MARTÍN OLMOS MEDINA

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Impávido en medio del ring, como una estatua de mármol

In Las doce cuerdas on 13 de abril de 2015 at 20:51

ringEl boxeador gitano Johann Trollmann se dejó ganar sin resistencia en un combate que humilló al Tercer Reich.

“La finalidad de tomar ciertas medidas por el Estado para defender la homogeneidad de la nación alemana debe ser la separación física de los gitanos de la nación alemana”

HEINRICH HIMMLER  

Impávido en medio del ring, como una estatua de mármol, con el pelo pintado de rubio y el cuerpo cubierto de harina, Johann Trollmann el Rukeli asentó sus piernas separadas y bajó la guardia para recibir el martirio. Impávido en medio del ring, como una figura de harina, sin el duende de su raza, sin la ventaja de la envergadura y sin la gracia del baile, Johann Trollmann el Rukeli se dejó pegar durante cinco asaltos interminables por Gustav Eder el Hombre de Hierro, que le tumbó inevitablemente. Al Rukeli le quitaron la patria y la gracia de pelear y le quitaron la simiente gitana para no dar niños pardos al país de los sigfridos y le dejaron la feria, el frente ruso y el holocausto. A Johann Trollmann el Rukeli le iban a matar a golpes con una pala de cavar zanjas por ganar su última pelea que disputó con la inferioridad del hambre.

Johann Trollmann era guapo y racial y probablemente sentimental y no imaginaba que iba a predecir el boxeo nervioso de Muhammad Alí. Trollmann era gitano sinti, descendiente de los nómadas de las Siete Caravanas, hijo de Guillermo y Federica, que dejaron el carro, tocaban el violín y se instalaron en Hannover. Nació en diciembre de 1907 y le dijeron el Rukeli, que en el misterioso idioma romaní quiere decir arbusto, porque salió magro de carne. El Rukeli empezó a pelear en el club Heros cuando tenía diez años y aprendió la esgrima de Erich Seelig, entrenador judío y antiguo reñidor, que le introdujo en los campeonatos de los circuitos regionales. El Rukeli tumbó a bestias cerveceras que parecían toros con las piernas soldadas a la lona boxeando un estilo bailón en el que corría el cuadro incesantemente. Con veinte años combatió los campeonatos nacionales de Alemania y estuvo a punto de ir a las olimpiadas de Estocolmo de 1928, pero la federación se lo impidió por gitano. El Rukeli hizo la manta y se fue a Berlín, al circuito profesional en el que se ganaban marcos de bolsa en vez de medallas y se hizo un cartel en los reñideros pensando que nadie iba a tener en cuenta su pretérito de carro y oso. A las fraus les gustaba el gitano danzarín que tenía crespos de pelo negro, pero a los herrs no les parecía que pelease a la alemana, tomando el castigo con el tiesto y contestando martillazos en horda, y el Völkischen Beobachter, el periódico del Partido Nazi, le llamó púgil afeminado.

En 1933 tuvo la oportunidad de disputar el campeonato de Alemania peleando contra el Maceador de Kiel Adolf Witt, un boxeador gigantesco y martilleador pero con dos patas de palo. Witt reñía a la alemana, estático en el centro del cuadro y pegando en la distancia corta como los hombres y no como los maricas. Pelearon doce asaltos en la cervecería Bock y Trollmann le toreó bailando y corriendo el ring, cogiendo apenas un par de golpes y acertándole, en cambio, casi todos los que ensayó. Al final del combate, Witt quedó medio desmadejado pero los jueces decretaron pelea nula porque los nazis habían colonizado la federación y no quisieron refrendar la superioridad evidente del gitano. El público protestó y tiró las sillas al ring y los jueces cambiaron la decisión para que no les linchasen y dieron por vencedor al Rukeli, que lloró de emoción lágrimas que iban a tener consecuencias. Una semana después, le despojaron del título desde una oficina enviándole una carta en la que le decían que los campeones no corren como liebres y adjudicándole un “comportamiento vergonzoso” por llorar como una mujer.

El luchador pálido
Un mes después le ofrecieron una pelea con la condición de que combatiese según el estilo de los arios. La federación le tendió la trampa y le amenazó con retirarle la licencia si no peleaba en el centro del ring, sin bailar alrededor del enemigo y combatiendo en la distancia corta sin aprovecharse de la envergadura de sus brazos. Le ofrecieron pelear sin distancia o retirarse y le pusieron en frente a Gustav Eder, el hombre de Hierro de Dortmund, un peleador acostumbrado a reñir quieto contra contrincantes estáticos. Trollmann no era un pegador y tampoco un fajador, con lo que sin la esgrima ni el movimiento no tenía posibilidad y comprendió el juego. Eder demolía en cada puñetazo pero tenía la cintura de cemento. Trollmann asintió y ofreció al público un luchador ario para el sacrificio. Se vistió de alemán de ópera y compareció en el ring con el pelo teñido de rubio y el cuerpo pintado con harina para ocultar su tono de oliva. Sin duende ni baile ni la ventaja de sus brazos, sin su raza gitana, les dio a los nazis su germano perfecto. Impávido en medio del ring, como una estatua de mármol, asentó sus piernas separadas y bajó la guardia para recibir el martirio. No la levantó ni una sola vez a lo largo de la caricatura de la pelea. Gustav Eder le tumbó a puñetazos sin resistencia que le pegó durante cinco asaltos interminables. Cada golpe levantó una polvareda de harina.

Trollmann el Rukeli apenas disputó otros diez combates en los que era obligado a pelear en quietud y tuvo que degenerar en los combates de feria, en tinglados de carpa en cervecerías y en rounds ilegales contra marineros medio curdas que querían tumbar al gitano. Volvió el gitano al circo del camino. La federación le acabó retirando la licencia y Trollmann se divorció de su mujer, que no era zíngara, para ofrecerle una oportunidad. En 1935 se promulgó la ley para la Protección de la Sangre y el Honor que más tarde desataría el terrible “porraimos”, el genocidio gitano. Como a otros de su raza, a Trollmann le esterilizaron para que no apestase el país de niños de ojazos negros y durante la guerra le alistaron a la fuerza y le mandaron a pelear al frente del este. En 1942 volvió a Hannover de permiso y fue detenido por la Gestapo, que le envió al campo de concentración de Neuengamme, en Hamburgo. Los guardias reconocieron al boxeador gitano que se había reído de la raza aria en el preso 721/1943 y le obligaron a disputar combates con reglas más bien laxas contra otros presos. Le ponían a pelear después de una jornada de tajo extenuante a cambio de una esquina de pan duro. En 1944, le organizaron un combate en el patio contra Emil Cornelius, un preso de los que llamaban “kapos”, que eran los chivatos que gozaban de la confianza de los guardias y comían con relativa frecuencia. Trollmann el Rukeli era una pura osamenta tapada de piel y harapo pero tumbó a Cornelius delante de los oficiales bailando su antigua esgrima. Prevaleció el ballet sobre el hambre. Emil Cornelius, humillado ante sus amos, tenía la potestad de organizar los turnos de trabajo y a la mañana siguiente obligó a Trollmann a una jornada doble y cuando le vio que apenas podía sostenerse sobre sus dos piernas le mató a golpes con una pala de cavar zanjas.

MARTÍN OLMOS

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El potro está cojo

In Las doce cuerdas on 25 de septiembre de 2014 at 23:14

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Policarpo Díaz sigue sumando arrestos y mojadas que adornan su biografía previsible

“El boxeo es terrible. He conocido muchos púgiles que han ganado dinero y ninguno que lo haya mantenido”
MANUEL ALCÁNTARA

Enseñando en los papeles el lomo ultrajado y la tocha quebrantada le toca ahora mismo al Poli escribir el cuento trágico del boxeo, que es de mucha retórica y se repite cada cierto tiempo como los misterios del rosario. El Poli dice que le zurró la pasma y que le dejaron en cueros en una celda de la comisaría del Puente de Vallecas después de detenerle en el Parque Azorín por dar bronca a los maderos, por hacer como que sacaba un pincho y por intentar mangarles una cacharra. Andaban los bofias viendo de dar grillete a un chorizo de bugas y se cruzó el Potro a hombrear (11-08-2014) porque últimamente va dando cancha para que le escribamos las crónicas fáciles del fracaso que te solucionan una columna que queda entre el noir y el tremendismo y que suele salir agradecida y tiene su público. Estos cuentos de boxers que salen de la canina, arrumacan la gloria y se derrumban en la cuesta abajo, son como las versiones del diluvio que son comunes en casi todas las religiones y al final son siempre la misma historia que se repite en cada generación como los misterios del rosario. El Poli Díaz salió del barrio arrabalero y de tango y se abrió la vía a hostias y conoció los langostinos y fue derrotando al barrio otra vez sin remedio haciéndose una biografía presentida de perico y violencia doméstica para que le acaben diciendo de juguete roto, que es una metáfora afortunada que se inventaron Manuel Summers y Tico Medina (“Juguetes rotos”, 1966). La mención al muñeco roto y tuerto de un ojo de cristal, enseñando las entrañas de trapo y con el que ya no quiere jugar nadie, le viene al Poli como un chaleco a la medida porque principió su carrera haciendo de adorno del liberalismo divine que sacaba los codos para hacerse la foto con el pony violento y plebeyo y bajar a la arena meada del reñidero con la titi de zapatos de tacón. Cuando le peleó al francés Roland Leclerq en Madrid, en febrero de 1988, era el pupilo de Enrique Sarasola, el empresario de Felipe González, le presentó el combate Ramoncín, el Rey del Pollo Frito, y salió con dos jamonas, vestido de batín rojo iluminado por un cañón de luz bailando la música de “Rocky”. El Potro tenía veinte añitos y le fueron a ver disputar el torero Jaime Ostos repeinao, el marqués de Griñón y el de Cubas con su parienta Marta Chávarri un año antes de enseñar el parrús, Luis García Berlanga y Alaska y los Pegamoides. El potrito de la barriada de Palomeras que una vez mangó un pernil del Museo del Jamón y cazó un pato del Retiro para llenar la cazuela se acabó retratando con Inés Sastre y con Almodóvar y con el rey, y acabó mordiendo de los cajeros sacadas de a diez mil duros para invitar a putas a los colegas y acabó pensando que le valía con sus pelotas y nada más. Y nada menos.

El boxeo en España lo entendieron Vadillo, Alcántara y Eduardo Arroyo y lo entendió el difunto Umbral sin cañones de luz ni música de “Rocky”. Umbral intuyó el boxeo español de raza delgada que solo daba chicarrones en el norte, el boxeo del hambre que salía de los talleres y de la construcción: el boxeo universitario, snob, fue una rareza inglesa que aquí no se ha conocido nunca, dijo. Luis Folledo vino de la fundición y Fred Galiana de la obra, y el Zurdo de Cuatro Caminos Young Martín era afilador y el negro Legrá limpiabotas. El potro vallecano vino de mangar jamones y de robar patos y su historia es la de tantos, con una variación o dos, que es la de uno que le huye a la jai a bofetadas y arrumaca la gloria y se distrae con las luces brillantes y lo tumba la vida, que es muy perra, y le devuelve a su lugar. Es la historia que se repite una y otra vez como los misterios del rosario, padrenuestroqueestásenloscielos, y se parece, por decir de una como se podía decir de otra, a la de Luis Folledo, que salió de la fundición como un vulcanito pobre del barrio de Las Ventas y a tortazos se llegó a comprar zapatos de dos mil duros. A Luis Folledo le fueron a ver pelear contra Laszlo Papp el príncipe Juan Carlos y su primo Alfonso de Borbón, cinco ministros del Régimen, el tasquero Chicote (que aún no le decían restaurador), Di Stéfano, Jean Paul Belmondo y Luis Miguel Dominguín y Luis Folledo, cuando se desprendió de la gloria, puso un mesón que quebró y acabó ganándose dos chavos, contaba Julio César Iglesias, jugando a los chinos, sacando tres con la tuya.

Rise and fall
El Poli vino de mangar jamones y de robar un pato en el Retiro y con el tiempo se ha ido inventando una infancia de prados verdes en Usánsolo, donde consiguió su padre tajo en la soldadura, en la que quiere recordar que no iba al pupitre y se pasaba el día corriendo el monte y dice que una vez se encontró un zulo de la ETA. De vuelta en Vallecas se puso tartamudo y sorteó el jaco, que se le llevó a algún compadre, y le pegó a un menda tres puñaladas en el culo porque le despeinó un tupé de gomina. Fue un zorzal medio quinqui que derivó en el box sin técnica, en “un boxeo pobre y con afición dura y no muy entendida, que aplaude la clásica torta castellana, y pare usted de contar” (Umbral). Peleó con huevos inconscientes igual en el peso gallo, que en el pluma o en el ligero y anduvo bailando el gramo porque era joven y combatía para que le llevaran a Canarias y le diesen de comer carne en vez de sopas de pan duro. El Poli Díaz llegó a campeón de Europa con sus pelotas nada más, y nada menos, peleando un boxeo ágrafo como de asaltante de bancos y se hizo fotos con los sarasolas, con los ramones y con las alaskas y fundió los duros con la colegada, convidándoles a zorras y a perico, como un indiano que no tuvo que navegar. Se hizo la corte de los gorrones y los cobistas -y esta ronda la paga él- y se fue a pelearle al negro americano la corona del mundo entero. Le hicimos la vigilia aquella noche que perdió porque fue al combate pasado de peso y sin empollarse al contrario (con sus pelotas nada más, y nada menos)  y palmó, claro, y lo demás fue cuesta abajo. Al principio fue la feria: salió en un Torrente y en tres pelis guarras con Nacho Vidal, juergueó con Mickey Rourke en Oviedo y acabó a hostias en un boliche y soltó la caña para ver si le encerraban en el Gran Hermano. Después fue el perico y el jaco y su mujer tirándose por la ventana de puro miedo, una paliza a su padre y una mojada que le pegaron en el pecho por vete a saber qué razón. Después fue la kunda para llevar a los zombis a la Cañada y una puñalada de destornillador que le metió a un moroso por un cañón de cinco bolos. Y ahora al Poli no se le arriman los ramones ni las alaskas y le arriman un par de hostias los maderos por ponerse peso gallo y enseña en los papeles el culo cardenal y la cara de pringao del que una vez fue el baranda de la barriada. Al Poli le queda biografía y le queda o la redención o diñarla en chándal en una campa, como un gorrión con las alas mojadas, para que digamos que ya se veía venir porque estas historias del ring suelen salir presentidas como los misterios del rosario, padrenuestroqueestásenloscielos, y te sale una columna agradecidita, que le dicen los ingleses de rise and fall, y que tiene su público.

MARTÍN OLMOS

Sopas de pan (y otro amanecer) para el vencedor

In Las doce cuerdas on 1 de marzo de 2014 at 12:31

Salamo Arouch sobrevivió al holocausto librando doscientas peleas a muerte

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Y todo eso por culpa del bistec”
JACK LONDON

Para reñir una pelea a puñetazos con una mínima posibilidad de llevarla hasta el final hacen falta huevos, un motivo y combustible. Los huevos pueden ser sustituidos por la desesperación y cualquier pasmón es capaz de buscarle un sentido a lo que hace por impulso y seguir durmiendo de un tirón. Sin combustible, en cambio, se arruga el pollino y no da un paso más y ninguna legión de famélicos ganó jamás batalla alguna. Vencer es una cuestión de nutrientes y de carne roja. Las vitaminas no pueden ser sintetizadas por el organismo y se obtienen comiendo. Antes de pelear al moro, Carrero Blanco le ofreció a Franco un plato de migas y Franco lo rechazó porque dijo que siempre entraba en combate en ayunas por si le herían y le tenían que operar. Franco no peleó al moro a puñetazos. En caso contrario hubiese merendado. Franco acabó merendando a destiempo y el difunto Umbral le escribió mojando soconusco en chocolate mientras firmaba sentencias de muerte sentadito en su escritorio después de la guerra. En una zurra a puras hostias, en cambio,  hay que ir comido. Un hombre tiene unos 650 músculos y puede que le haga falta mover razonablemente rápido una buena parte de ellos en una pelea física en la que se brinca, se fintea y se pega. Pelear es resuello y proteína, como cavar una zanja o tirar de un carro lleno de plomo. La técnica y la voluntad son factores que determinan solo si el cuero aguanta. En un combate de boxeo se pueden gastar mil calorías. La fe no mueve una montaña, por si le han dicho lo contrario. Comer mueve el mundo y no el amor, como predicaba Dante. La filosofía se hace en el postre, con el hartón. Comer es un proceso elemental, como mear y como sudar y como vivir un día más, y la cultura, decía Kapuscinski, es para los ociosos. La ética nació del ocio y por lo tanto de la digestión. La ética es un prejuicio. Los prejuicios se dejan en el paragüero cuando en la mesa ponen un plato para cada tres. El más rápido moja el pan en la yema. Los procesos elementales tienen la prioridad. En 1909 Jack London escribió el cuento “Un trozo de carne” (A Piece of Steak), en el que dijo la historia del boxeador viejo Tom King, que perdió su último combate contra un púgil más joven por no llevar comido un bistec que no le fió el carnicero. Tom King engañó al estómago con apenas una ración de gachas dejando en vigilia a la camada, gastó parte de su renta de vigor yendo al reñidero en el coche de San Fernando porque no tenía un mango para el tranvía y al final pagó con la derrota la carencia del filete cuando cada brazo le pesó una tonelada.

Cuando los nazis encerraron a Salamo Arouch en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau le ofrecieron boxear o morir y la bolsa del vencedor fue una esquina de pan y un cazo de más de sopa sin mondongo. Salamo Arouch combatió a muerte por un menú tan magro. Priorizó sus procesos elementales. Peleó doscientas veces.

Sin medallas de plata
Salamo Arouch nació el uno de enero de 1923 en Tesalónica. Su familia era judía sefardí y su padre le enseñó la Torá, la lengua de los ladinos y a boxear. Salamo Arouch disputó su primera pelea con catorce años y en 1938 ganó el campeonato griego de los pesos medios con una marca de veinticuatro combates seguidos vencidos por K.O. Arouch boxeaba sobre sus puntillas, cabriolando como un bailarín de ballet, y ensayaba un estilo clásico de sacar un jab de izquierda para preparar un cruzado de derecha con el que decidía. En 1939 ganó el título de los Balcanes y le ofrecieron formar parte del equipo olímpico de Grecia. En 1940 no hubo olimpiadas. En 1941 los alemanes entraron en Tesalónica. Al principio no se les aplicaron a los judíos las leyes de Núremberg. Después cerraron sus periódicos y  les prohibieron alternar en los cafés. Luego les prendieron la Estrella de David en las solapas de las chaquetas y les encerraron en guetos. En 1943 llegaron los hauptsturmführers Dieter Wisliceny y Alois Brunner, los músculos de la solución final de Adolf Eichmann. El 15 de marzo  metieron a 2.800 judíos en vagones de acémilas y les llevaron al campo de Auschwitz-Birkenau. Recién llegaron gasearon a 2.191 y a los 609 que lo contaron les mandaron a los SALAMO AROUCHcampos de trabajo para que les matase la extenuación, el hambre y el paludismo. El 15 de mayo, a las seis de la tarde, Salamo Arouch y su familia llegaron a Auschwitz a bordo de otro tren de la muerte de los Transportes Eichmann. A su madre y a sus hermanas las gasearon. A Salamo le pusieron en cueros, le despiojaron y le tatuaron en el brazo el número 136954. Un comandante llegó con su uniforme pardo con calaveras en el cuello y preguntó quién sabía boxear. Salamo Arouch no dijo nada. El comandante ofreció una esquina de pan y un cazo más de sopa a los peleadores. Salamo dijo que era boxeador profesional. El comandante no le creyó porque le calibró tapón. Salamo medía un metro y sesenta y ocho centímetros. Parecía un pellejo de apenas  cincuenta kilos. El pan era tangible. El comandante pintó un reñidero con un palo sobre la tierra y le puso a pelear contra otro preso. Salamo cabrioló como un bailarín, le preparó con un jab de izquierda y le tumbó con un puñetazo cruzado de derecha. Salamo ganó el chusco y el agua sucia. Su padre murió de cansancio en el tajo. A su hermano le alistaron en una unidad de  los sonderkommando y le mataron a tiros cuando se negó a sacarles los dientes de oro a los muertos. Salamo sobrevivió dos años peleando los miércoles y los domingos en combates con reglas laxas en los que no se tenía en cuenta el pesaje celebrados en barracones para el solaz de los guardias que cruzaban apuestas y se entrompaban. Revivió Roma con patricios arios. Salamo combatió doscientas diez peleas y obtuvo la prebenda del trabajo en la cocina en la que podía comer despistes del rancho, obtuvo la vida y una ración de sopas de pan. Ganó el bistec de Tom King. A los perdedores les gaseaban o les pegaban un tiro en el borde de la fosa común. Zurrados no servían para trabajar.  Lo importante no era participar. Tampoco hubo olimpiadas en 1944. Ni medallas de plata. Los perdedores acababan en el crematorio. La ética era un prejuicio. El pan era tangible.

A Salamo Arouch le liberaron los soviéticos en 1945. Se casó con una paisana del gueto. Se fue a Israel. Perdió su primer combate contra Amleto Falcinelli en 1955 en Tel Aviv. Puso un negocio de mudanzas. Le dio un derrame en 1994. Nunca se recuperó. Murió en 2009. Dejó una posteridad decente como podía haber sido al contrario. A los hombres les gustan los héroes o los villanos. Un hombre no es lo que es, sino la manera en la que le interpretan. A Salamo Arouch le interpretaron de héroe y Willem Dafoe le hizo una película en 1989 (“EL triunfo del espíritu” de Robert M. Young). La moneda cayó a su favor. Podían haberle pintado el cuadro de colaboracionista, como a las muchachas francesas a las que dejaron pelonas después de la liberación porque una tarde bailaron con un cabo de la Wehrmacht para procurarse unos leotardos con los que pasar el invierno. Un bistec, unas medias tupidas y sopas de pan. Necesidades elementales. 650 músculos que hay que mover. Salamo peleó para el público que le tocó. Cada día que vivió fue a costa de que otro no lo hiciera. Podía no haber peleado en aquellas ordalías de selección natural con borrachos mirando y haber elegido el martirio. Los mártires dan ejemplo, generalmente póstumo. Salamo Arouch no se quedó a esperar a que saliesen los leones cantando un salmo. Si queremos  verlo desde la ética del postre se vendió por un cazo de sopa y una partija de pan mientras aniquilaban a su estirpe y ensayamos dicha suposición siempre que no nos preguntemos por cuánto nos hubiésemos vendido nosotros.

MARTÍN OLMOS

Puñetazos como coces de percherón

In Las doce cuerdas on 1 de febrero de 2014 at 13:14

Luis Resto acabó con la carrera pugilística de Billy Collins Junior dándole una paliza con guantes sin relleno

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Billy Collins ha sido vapuleado durante diez asaltos a puño limpio”
HILARIO PEÑA.

Los blancos de mediana edad llevan a sus queridas al boxeo y se hacen los macarras. La mayoría de ellos no se han pegado a puñetazos desde el parvulario y, sin embargo, parece que lo saben todo. En realidad no son capaces de distinguir un crochet de un accidente de tráfico. El boxeo es el predio de los machos. Los blancos de mediana edad sacan su machismo intrínseco de paseo en las noches de velada y quieren impresionar a las queridas saludando a un tío con la nariz unidimensional llamándole campeón. Es como conocer a los gángsters. Es como ser Steve McQueen.

El antiguo Madison Square Garden levantaba una réplica de la Giralda de Sevilla. La diseñó el arquitecto Stanford White, al que le gustaba taparse el hocico con un bigote palermitano, beber champán francés y amancebarse con suripantas de coro. Stanford White fue amante de la actriz Evelyn Nesbit. A Evelyn Nesbit la pretendió John Barrymore, frecuentó los quirófanos abortistas y se casó con el millonario Harry Kendall Thaw, de los Thaw del carbón de Pittsburgh. En 1906 Harry Kendall Thaw le pegó tres tiros a Stanford White durante el estreno de “Mademoiselle Champagne” en el Madison y lo dejó para el cura. En el antiguo Madison Square Garden peleó Jess Willard y Jack Dempsey. Jess Willard medía el par de metros sin zapatos y decía que de joven había desbravado potros en Oklahoma, pero también corrió el rumor de que era  navarro de Tafalla y se llamaba Jesús Villar. Jess Willard tumbó a Jack Johnson, el negro de los dientes de oro. A Jess Willard le dio lo suyo Jack Dempsey en Toledo, Ohio, en 1919. Jack Dempsey, el Martilleador de Manassa, le tiró al suelo siete veces en el primer asalto, le rompió dos costillas, varios dientes y la nariz. Años más tarde Jack Dempsey reconoció que aquella noche aceró sus vendajes con yeso endurecido y por eso zumbó como una mula.

Un puñetazo es intuitivo y veloz. Un boxeador decente puede lanzar su puño a diez metros por segundo. Un puñetazo es energía cinética, que es la combinación de la masa con la que se impacta y la velocidad con la que se pega. El mejor puñetazo es a la contra porque suma las velocidades del pegador y del encajador. El mejor puñetazo es el que se zumba con los dos nudillos más cercanos al pulgar, alineados con el hombro. Los boxeadores no tienen manos de BILLY COLLINS JUNIORviolinista. Se provocan pequeñas roturas en los nudillos que cuando cicatrizan sacan microscópicos nódulos óseos que engordan el hueso haciendo que los puños ganen rigidez. Un puño rígido no se deforma al golpear y multiplica la energía cinética. En las peleas sucias se empuñan objetos cilíndricos para doblar la rigidez de la mano. Puede usarse un tubo de monedas, un mechero o una navaja cerrada. Los vendajes de yeso endurecido triplican la rigidez. Jack Dempsey pegó puñetazos como coces de un percherón en Toledo, Ohio. Los boxeadores no razonan los puñetazos y los lanzan por instinto. Los blancos de mediana edad que juegan a ser machos las noches de velada tienen que intelectualizar un puñetazo y lo convierten en un proceso leeeento. Los blancos de mediana edad se hacen un poquito los macarras cuando llevan a sus queridas al boxeo y se comportan como James Cagney. El nuevo Madison Square Garden era la Meca del Boxeo antes de que Don King se llevase las peleas a Las Vegas. En Las Vegas puedes llevar corbatas que no llevarías en ninguna otra parte. El 16 de junio de 1983 los blancos de mediana edad colgaron en la ofi los balances de contabilidad y se llevaron a sus chavalas al Madison haciéndose los chuletas. El combate principal medía a Roberto “Mano de Piedra” Durán contra Davey Moore por el campeonato del superwélter. La pelea de fondo era la de Billy Collins Junior contra Luis Resto en el peso de los 65 kilos.

Billy Collins Junior era medio irlandés e hijo de un boxeador profesional que una vez luchó contra el campeón Curtis Cokes. Era un producto de la clase obrera duro como el pedernal que había ganado sus primeras catorce peleas como profesional, once de ellas por K.O. Decían que podía aspirar al título contra Harold Brazier. Luis Resto era un puertorriqueño del Bronx que cuando tenía diez años se pasó seis meses en una clínica psiquiátrica por romperle la nariz de un codazo a su profesor de matemáticas. Intuyó que solo le iba a hacer falta llevar la cuenta hasta diez. Resto había ganado veinte de treinta peleas contra púgiles medio decentes, pero había perdido las importantes. No le conocía nadie fuera de Nueva York. El preparador de Resto era Panamá Lewis, un perro viejo de los gimnasios que había estado en las esquinas de “Mano de Piedra” Durán y de Aaron Pryor. Billy Collins era el favorito. Muhammad Alí se paseó por las filas del ring. Los blancos de mediana edad le saludaron. Alí les ensayó unos golpes de pega. Uno, dos. Ellos le llamaron campeón como si hubieran cenado con él la noche anterior y se pusieron en guardia metiendo tripa y crecieron un buen palmo de alto delante de sus chavalas. Las chavalas se preguntaron quién diablos era aquel negro. Así es la gloria de efímera, como la espuma de una cerveza que lleva un buen rato en el mostrador.

Billy Collins peleó con calzones verdes del color del trébol de Irlanda. Luis Resto los vistió azules con una franja blanca y adornó su nuca con una coletita estrecha como una lombriz. Pactaron la pelea a diez asaltos y Luis Resto soltó puñetazos como coces de un percherón. Collins pensó que dolían como el cemento. Panamá Lewis le gritaba a su chaval: “¡Mátalo ahora!” El árbitro Tany Pérez estaba en Babia. Billy Collins aguantó de media pieza pero no hincó y pensó que los guantes no tenían relleno. En el último asalto combatió con los dos ojos cerrados porque tenía los iris desgarrados. Los jueces dieron el veredicto de vencedor a Luis Resto por unanimidad y las apuestas se fueron por el sumidero. El padre de Billy Collins estrechó los guantes de Resto al final de la pelea y palpó sus nudillos mondos. Los guantes de Resto estaban desnudos de onzas. Resto se zafó del apretón. Hubo barullo en la lona. Panamá Lewis sacó a Resto del alboroto. Sacó al chico del follón. Collins parecía el Hombre Elefante. Luis Resto le besó. La Comisión de Boxeo de Nueva York incautó los guantes de Resto y comprobó que no tenían relleno. Resto le zurró a Collins puñetazos con los puños desnudos durante diez asaltos. Después reconoció que Panamá Lewis endureció sus vendajes con yeso seco y le administró un medicamento para asmáticos en el agua para proporcionarle más resuello durantes los últimos rounds. Un menda con los huesos de paja había apostado por él en tercera persona en connivencia con Panamá Lewis. Se anuló el combate y no recogieron la ganancia del tramposo. Panamá Lewis y Luis Resto pasaron tres años a la sombra y fueron expulsados del boxeo. Billy Collins perdió gran parte de la visión de sus dos ojos y tuvo que dejar de pelear. Se deprimió a la irlandesa y se echó al trago y seis meses después se mató en una cuneta cuando iba conduciendo trompa. Quince años más tarde Luis Resto le puso flores en la tumba. Después arrastró los pies por los gimnasios contando mentiras y pidiendo disculpas y acabó viviendo en el sótano de uno al lado de un balón de punch. Intentó volver a pelear pero la Comisión le negó la parte de la lona en la que se combate y le concedió la esquina de la escoria, en donde pudo sujetarles la banqueta a púgiles de cuarta. Un tajo para el que no tenía que saber contar hasta once.

Los blancos de mediana edad se fueron a sus casas a repasar los balances y dejaron de ser machotes. Se fueron a criar barriga y a recortar los parterres y dijeron que eran colegas de Muhammad Alí.

MARTÍN OLMOS

La misericordia del púgil del arco iris

In Las doce cuerdas on 3 de noviembre de 2013 at 10:55

El boxeador Emile Griffith mató a un hombre porque le llamó maricón y en su mundo de machos no le perdonaron su sexualidad ambigua.
(Dedicado al Marqués de Cubaslibres, a un tal Gómez y a Perroantonio)

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La gente aplaude al que me mata/El referee no dice break/ Que mi mujer no sepa nada…/ Mi nombre es Benny Kid Paret”
NICOMEDES SANTA CRUZ

El boxeo es violencia regulada, estimula la testosterona, es estoicismo y es pura próstata. Es la revisión de Roma. El boxeo es bailar ballet en una situación límite y requiere un estado de ánimo que no está al alcance de todos los hombres. El boxeo posee una complejidad que está ausente en cualquier otro deporte y exige intelectualizar movimientos automáticos, devolver el dolor con dolor y mantener una conversación corporal en los tiempos de la palabra y del eufemismo. El boxeo no es: una riña de chulos, zumbarse de hostias hasta que te den por el saco. No necesita la coartada mística de las artes marciales. Exige hombres que abandonan la cautela ante el tormento y que manejan una voluntad rocosa, que son indiferentes a la corrupción de la carne y capaces de cumplimentar una esgrima violenta y exacta con la frecuencia cardiaca desbocada y los vasos sanguíneos contraídos. El boxeo es macho y testicular, como el brandy y como la guerra. Joyce Carol Oates dijo: “El boxeo es una celebración de la religión perdida de la masculinidad”. Emile Griffith cultivó la liturgia masculina con ambigüedad y el lecho ecléctico del que lo mismo almuerza pez que filete y peleó un boxeo que fue primero iracundo y que después, condicionado por el hito incontestable de haber matado a un hombre que le llamó maricón, se hizo misericordioso. Entonces perdió la crueldad instintiva del gladiador. En la pared de una escuela de gladiadores se encontró escrita una recomendación: “Ut quis quem vicerit occidat” (degüella al vencido, sea quien sea). Emile Griffith, tres veces campeón del mundo del peso welter y dos del peso medio,  perdió la gracia de la barbarie y fue piadoso y sarasa en un mundo de machos hiperbólicos y en un tiempo de armarios cerrados a cal y canto y, como no sabía hacer otra cosa que reñir a puñetazos, se condenó a sí mismo a la derrota por pegar con atenuantes. Emile Griffith tuvo compasión y vivió en el desconcierto del hombre que camina por senderos que no le son familiares.

Emile Griffith nació en 1938 en Santo Tomás, en las Islas Vírgenes,  y de mozo es posible que demorase en la contemplación de los cuerpos endrinos de los muchachos que buceaban el Caribe en busca de langostas. Griffith trabajó en una fábrica de sombreros de señora y a veces, por bromear, se los probaba sobre su cabeza de pelo de búfalo. Le gustaba cantar, que no es de machos, y se vestía camisas fulgentes. Relucía de negro guapo y le sospechaban de mariposón. Un día se quitó la camisa en la fábrica para trabajar desnudo y fresco y enseñó su cuerpo espartano de músculos trazados en ébano. Quizá tuvo el gesto exhibición. Quizá quiso saberse contemplado como los narcisos que buceaban el Caribe y que le inquietaban. El dueño de la fábrica, que había sido boxeador aficionado, reparó en su porte de peleador y le recomendó al entrenador Gil Clancy, que había trabajado con el Tigre Ralph Jones, con Jerry Quarry, el Bombardero de Bellflower, y con Rodrigo Valdés, campeón del peso medio. Clancy descubrió la furia de Griffith y le enseñó a exteriorizarla con la derecha demoledora. En 1958 ganó el campeonato amateur de los Guantes de Oro de Nueva York en la categoría de los 67 kilos derrotando a Osvaldo Marcano y al año siguiente estaba peleando de profesional en el Madison mítico, midiéndose con otros negros bellos e implacables. Griffith era un golpeador natural y Norman Mailer le incluyó en su listado de boxeadores que eran hombres de una pieza, como George Chuvalo, Ringo Bonavena y Rocky Marciano, que combatían alimentados por la savia de su orgullo viril y estaban hechos de una sustancia parecida a la roca. Griffith ganó el campeonato mundial del peso welter el primero de abril de 1961 derrotando por KO en el capítulo decimotercero a Benny el Kid Paret. Griffith era furioso en el reñidero y fuera de él era un hombre desguarnecido que el lunes le gustaban las chicas, el martes los chicos y un miércoles se hizo omnívoro. Frecuentó los conventos de maricas del sórdido para tertuliar a media luz. Le comentaron de bujarrón en los gyms machos pero no se lo pronunciaban de frente por no entablarle diálogo. El 30 de septiembre  Benny Paret recuperó la corona venciéndole a los puntos  y pactaron una revancha legendaria para el 24 de marzo de 1962. La pelea la retransmitió la cadena de televisión ABC y durante el pesaje Benny Paret sonrió sus dientes santaclareños de Cuba delante de un Griffith aspirante y grave que mantenía la boca cerrada. Benny Paret le palpó una nalga y le dijo en español maricón. Griffith conocía el término de habérselo escuchado a los boxeadores puertorriqueños del gimnasio de Gil Clancy. A poco que se zumbaron recién se apearon de la balanza. No eran tiempos comprensivos para que se supiese que un boxeador se equivocaba de lado en la alcoba. Joyce Carol Oates dijo: “La diferencia obvia entre el boxeo y la pornografía es que el boxeo, a diferencia de la pornografía, no es teatral”.

El duodécimo round
Paret salió a defender su cinto. Era un pegador antillano. Griffith salió a consolidar su hombría. No hubo atisbo de teatro, puro teatro. Fue una pelea a muerte sin metáfora. Riñeron hasta la extenuación. En el sexto asalto a Griffith le salvó la campana. El duodécimo lo empezaron transidos pero no derrotados y se abrazaron en clinch para recuperar resuello. EMILE GRIFFITHParet era cristiano devoto, Griffith omnívoro y letal. A los dos minutos del asalto Griffith le acertó un crochet de derecha preciso como un mazazo y Paret retrocedió hasta apoyarse en el cordal. Griffith comprendió con su pragmático raciocinio que no le podía dejar recuperarse y le atacó depredadoramente zurrándole en los flancos, en el rostro y en el estómago. Aún no conocía la piedad. Lanzó treinta golpes consecutivos de los que le acertó diecisiete. Paret no podía caer porque tenía las cuerdas detrás y la cabeza fuera de ellas, moviéndose como un balón de punch, y a Griffith delante, culminando su furia. “Ut quis quem vicerit occidat”.  Norman Mailer dijo que Paret esbozó una media sonrisa de lástima que parecía decir: “No sabía que fuera a morir tan pronto”. El árbitro Ruby Goldstein le apartó de la bestia. Paret perdió el sentido y fue cayendo lentamente hasta quedarse sentado, el brazo derecho se le enganchó en la tercera cuerda y después la nuca se apoyó en la primera. Los segundos le tumbaron sobre la lona y le quitaron el bocado. Norman Mailer dijo que el sonido de los golpes de Griffith hacía eco en la mente, como un hacha pesada que a lo lejos hiende un tronco mojado. Benny Paret entró en coma y murió diez días después. Ruby Goldstein nunca volvió a arbitrar peleas. La cadena NBC dejó de transmitir combates y el gobernador de Nueva York Nelson Rockefeller creó una comisión para investigar el boxeo. Emile Griffith perdió la furia. Desde entonces peleó sacando el jab de izquierda para mantener a distancia al oponente pero embridó en corto el gancho demoledor y las secuencias de puñetazos. En las habitaciones de los hoteles le llamaban bujarrón a través de la puerta y Griffith se escondía en otra habitación. Se casó en 1971 con la bailarina Sadie Donastrog. Quería diseñar sombreros de mujer, pero solo sabía pelear. Perdió contra otros hombres que ignoraban la piedad, con Huracán Carter, que penó trullo por homicidio, y con el Indio Carlos Monzón, que mató a su mujer tirándola por la ventana. Solo ganó nueve de sus últimas veintitrés peleas. En 1991 unos hombres como Dios manda le metieron una paliza a la salida de un club gay cerca de la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria de Manhattan. Se pasó cuatro meses en el hospital. Terminó por reconocer su bisexualidad en la revista “Sports Illustrated”. Dijo: “Mato a un hombre y la mayoría de la gente lo comprende y disculpa. Sin embargo, amo a un hombre y esa misma gente lo considera un pecado imperdonable”. Emile Griffith, el guerrero misericordioso del balano bífido, murió el 23 de julio de 2013 sin un chavo y medio tonto por la demencia pugilística provocada por las conmociones que sufrió en su carrera de macho de una pieza.

MARTÍN OLMOS

Más dura será la caída (desde un décimo piso)

In Las doce cuerdas on 17 de septiembre de 2013 at 22:10

La historia de Urtain la han escrito Fernando Vadillo, Alcántara y Juan Bas como la podrían haber escrito Ring Lardner, Mailer, Gay Talese o Shakespeare

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Urtain es un chico fuerte que ha escogido un mal camino. Se lo han dado todo hecho y se ha acostumbrado a ello.”
PAULINO UZCUDUN

A Urtain le salió la vida como de novelón de auge y caída y la película se la tenía que haber hecho John Huston, pero se la hizo Summers (“Urtain, el rey de la selva…o así”, 1969) y le sacó haciendo el chorra vestido de Tarzán un año antes de que ganara el campeonato de Europa, pero cuando ya anotaba la pinta de muñeco de trapo descosido y tuerto de un ojo de botón, de noble bobo y golferas, de chavalón bueno para el campo y de forzudo de feria que se disfrazó, una tarde de carnaval, de champion del box. A Urtain le vino la biografía grande y los trajes pequeños y le quedaban apretados de sisa, como la tripa tersa alrededor de un morcón de lomo. Urtain venteaba a tongo incluso cuando llenaba los tendidos, pero su facha de Maciste de las fiestas del Pilar le vino fetén a la propaganda del Régimen, que quería vender un país de cocinas de formica y paellas los domingos. Umbral dijo de él que era como un altorrelieve musculado de la mitología del tardofranquismo, un Sísifo en camiseta que subía y bajaba la piedra para nada y que cuando acabó el Régimen también se acabó él. Urtain se retiró del tapiz un mes después de las primeras elecciones democráticas, pero hacía ya tiempo que nadie se creía sus victorias arrolladoras sobre rivales crepusculares. Hasta entonces dibujó con resultancia el arquetipo de vascón roblizo que se merendaba una vaca y te desmontaba de un sopapo de remanga, que era noblón y melancólico, como el sirimiri, y acababa las frases en pues, se enroscaba una hectárea de chapela y cantaba el Maitechu Mía. Para maletilla de Palma del Río con carpanta de pan y claveles ya tenía Franco al Cordobés y para gitana de ojos negros a La Faraona, ozú, y así iba completando el elenco de la celtiberia de las oportunidades, que le salió entre cañí y ye-yé.  A Urtain le vio la oportunidad la cofradía del trile y cuando se quitó de reñir en calzones contra camioneros de segunda se encontró el bolsillo magro y a los amigos de espaldas y le dio vergüenza volver al caserío. “Vuélvete al caserío, no llores más mujer, que dentro de unos años muy rico he de volver”. Maitechu mía, Maitechu mía.

Segundos fuera
La vida trágica de Urtain empezó en el viejo y serio y verde y nubloso monte vasco, que enseña el culto a la fuerza de los hombres, un poco como en Esparta, e inclina a sus mozos a probarse levantando monolitos de Atlas, ¡eup!, y tumbando robledales. La leyenda quiere que su padre fuese hombrón de oficio y por machear en la taberna se apostó a que le saltase la parroquia desde una silla hasta su pecho y aguantó quince acometidas y a la siguiente reventó. Urtain dejó el pupitre por la fragua y abrazó la piedra, sobre la que escribió su saga incontestable empatándoles la gloria a los levantadores míticos Arteondo, Aritza y Ziaran Zar. Urtain llegó a levantar una cúbica de 188 kilos y se convirtió en el héroe de un olimpo escueto de cantera y prao y tuvo que conceder ventajas en las apuestas de las ferias del chistu porque no le aguantó la postura ningún rival. Andaba Franco, dicen, buscando un peleador grande y bien comido para reverdecer la gloria del toro Paulino Uzcudun, tres veces campeón de Europa, y Vicente Gil, médico del generalísimo y presidente de la Federación Española de Boxeo, le hizo la tienta a José Antonio Lopetegui, que le decían Aguerre II y era levantador,  que le dijo que no porque acababa de poner sidrería en Asteasu y no quería dejar a la familia. Urtain, mientras tanto,  se había casado con su novia Cecilia Urbieta, un poco obligado por las circunstancias y por un bulto que le hizo, había cumplido la mili en Ceuta, en donde levantó un Jeep, y andaba buscando machos a los que desafiar en la piedra. A Urtain le ojearon como a un ternero Miguel Almazor y José Luis Lizarazu, caballeros talentosos en el oficio de arrancarle a un duro seis pesetas, y le cantaron con voz de sirena, le sacaron del prado verde y del frontón, le montaron un gimnasio en el hotel Orly de San Sebastián y le enseñaron en una tarde a soltar tortazos rudimentarios. Le debutaron en el campo de fútbol de Ordizia el 24 de julio de 1968 peleándole a Johnny Rodri, santanderino de Castro Urdiales y púgil de festivos, que aguantó escuetamente quince segundos en la vertical. El Régimen tuvo a su vasco forzudo y Urtain ganó treinta combates seguidos tumbando a prejubiletas y a morfeos, a tíos como a Charles Harris, que hizo la víspera del combate bailando en un tablao flamenco en Torres Bermejas, a Freddy Hubert, cuarentón y ferroviario de oficio, y a Mauro Miranda, que era estibador en el puerto de Pasajes. Urtain en los madriles, lejos del chistu y el tamboril, hizo un anuncio de Soberano, que es cosa de hombres, y tumbó gachisas en el Chicote, en veladas sobre rings de plumas que acababan al amanecer. Se le hizo pobre el chiquito y se aficionó al whisky gringo on the rocks y conoció el París de la Francia. Cuando el 3 de abril de 1970 ganó el campeonato de Europa peleando contra Peter Weilan, un gordinflón con peluquín al que le habían pescado conduciendo trompa un mes antes del combate, le fueron a ver disputar Marisol, el Cordobés, Palomo Linares y el ministro Torcuato Fernández Miranda. Presentó el match el cantante Torrebruno y lo dijo Matías Prats en clave de furia española.

K.O.
Urtain estuvo en el tinglado de los dioses y de los jetas nueve años en los que le sacaron el rendimiento promotores del chalaneo como Renzo Casadei y Yamil Chade, un turco charlatán que se ponía collares de quincalla. Por el camino dejó a Cecilia y a los hijos y puso familia nueva en Madrid. Cuando no tuvo en frente a los paquetes y le tocó pelear a hombres medio derechos conoció las derrotas dolorosas. Le zurraron boxeadores que estaban en la última parada del tranvía: Jurgen Blin, Goyo Peralta y el abuelo Henry Cooper. No pudo con Mariano Echevarría, que estaba casi en el retiro y no podía estirar el brazo derecho porque tenía hecho cisco el codo. Urtain se retiró tieso y triste y le dio vergüenza volver al caserío, donde le decían de golfo. Maitechu mía, Maitechu mía. Se quedó en Madrid y puso negocios que le fueron regular y acumuló deudas, fue relaciones públicas en una whiskería, que es manera de decir bonito el oficio de echar a la pura hostia a los curdas que alborotan, y acabó en el Campo del Gas peleando la comedia del catch contra el Inca Wuiracocha, dando volatines de mentirijillas. Se hizo cisco las cuerdas vocales en un accidente de tráfico y le quedó voz de ruina, que le hizo más trágico. Se la copió Marlon Brando, pero nunca lo reconoció. En verano de 1992 estuvo buscando un aval para que le concediesen un préstamo de tres millones de pesetas y poner un restaurante en la calle de Alcalá y el 21 de julio disputó su último combate contra la gravedad y se tiró por la ventana desde el décimo piso de su domicilio de la calle Arturo Soria, cuatro días antes de que se inaugurasen los juegos olímpicos de Barcelona. Perdió por K.O. O por abandono, usen la figura que les plazca. Hizo tanto ruido que el portero de la finca pensó que se había caído un saco de escombros pero era Urtain el que se encontró en la calle, boca arriba y reventado como reventó su padre por sostener una postura de macho (tan difícil de sostener), mirando al cielo con su nariz marchita como la frente del que volvía en el tango y los bolsillos vacíos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez.

MARTÍN OLMOS

El tango del Ringo

In Las doce cuerdas on 15 de mayo de 2013 at 23:31

Al boxeador Oscar Ringo Bonavena, quinto en el ranking mundial de los pesos pesados,  le mataron a la salida de un burdel de Nevada

ILUSTRACION BONAVENA

“Bonavena se desplomó espatarrado sobre la lona. Como una casa que se derrumba”.
NORMAN MAILER

El tango nació criollo en los conventos morenos de infame puterío y pendencias de facón, pero después se lo arrimaron los ilustres y se lo llevaron a la Recoleta para que lo bailaran las petimetras que se querían hacer las canallas. Los campeones del boxeo salen del hambre, y cuando se la quitan y ganan dos gordas se les juntan los aseñorados para enseñarlos en las fiestas y los campeones se hacen un lío porque sus manos de pelear no se apañan para pelar gambas. Al tango lo asesinaron Plácido Domingo y Serrat y lo intentó resucitar Antonio Bartrina pero el tiempo le ha ido arrinconando en el gramófono y en los cedeses de las gasolineras. Los boxeadores se arrinconan solos cuando al final del camino se miran la petaca y se la encuentran seca porque los promotores les trampearon la bolsa y ellos no se apiolaron porque en su oficio les basta contar nomás hasta diez. Cuando acaban esquilaos ya no les llevan al ágape porque dan follón cuando se esquinan y al Poli Díaz ya no se le arriman los Sarasolas porque anda a puñaladas por un cañón de cinco mangos y Urtain se tiró por el balcón cuando nadie se acordaba de que un día anunció el brandy Soberano. El tango se baila violento y el boxeo se riñe bailando y a Oscar “Ringo” Bonavena le pudo escribir la vida Discépolo con compás de milonga para que se la cantasen una noche en el Luna Park. Oscar “Ringo” Bonavena nació en la estirpe del hambre, se abrió paso peleando y lo acabaron jodiendo de un tiro traidor a la salida de un quilombo del gringo por andarle a la percanta del bacán, como en un tango sórdido. La bacana era vieja y coja de un jamón, al menos debió ser tórrida, pero difuntear al Ringo no tuvo mérito porque le balacearon a distancia, con un rifle de precisión, y Bonavena, aún de noche, ofrecía una gran superficie de blanco. Bonavena dijo una vez que cuando suena la campana te quedas tan solo que te quitan hasta la banqueta.

El pibe de La Quema
Oscar Natalio Bonavena nació el 25 de septiembre de 1942 en el barrio de Boedo de Buenos Aires, que sale en el tango “Sur” de Homero Manzi, pero creció en el Parque Patricios, que le decían el barrio de La Quema porque en el antaño se incineraba allí la basura de Buenos Aires. Su madre, Dominga Grillo, había alumbrado siete hijos pero la sudó para despachar a Oscar, que le salió res de cuatro kilos. Medró en la pobreza y se tuvo que sacar los mocos con la manga y siendo apenas pibe acaso intuyó su porvenir cuando le sacaron en un carnaval vestidito de boxeador porque era el traje más barato. Se lo apañó Dominga con unos calzones y un par de guantes prestados. Le pudo disfrazar también de Tarzán o de Adán. Le cogió querencia al curso sexto de primaria y más adelante reconoció que de tanto repetirlo casi se casa con la maestra. Salió chaval peleador y callejudo y se hizo hincha del Atlético Huracán. Al estadio del Huracán le dicen El Palacio y hoy la grada popular local, la que da a la calle Luna,  lleva el nombre de Bonavena.  En el Parque Patricios todavía se practica el culto al barrio y la barra del Huracán vocea en los partidos: “Somos del barrio/ del barrio de La Quema/ somos del barrio/ de Ringo Bonavena”. Bonavena empezó a pelear en el club San Lorenzo de Almagro cuando tenía 16 años a pesar de que no se lo recomendaron, porque era fuerte como un toro pero medio chueco porque tenía los pies planos. Sin embargo hizo carrera en el amateur hasta que en los juegos panamericanos de 1963 le retiraron la licencia por morderle en la tetilla al púgil brasileño Lee Carr porque estaba cogiendo y no le gustó. Como no podía reñir en Argentina emigró a los Estados Unidos y debutó en el Madison mítico el 3 de enero de 1964 derrotando por K.O. en el primer asalto a Ron Hicks. Ganó otros siete combates contra peleadores de segunda y descubrió que guapear en la tele en el preámbulo le acreditaba. Ya le llamaban Ringo porque se peinaba como el batería de los Beatles. Volvió a Argentina cuando Zora Folley le zumbó una leñada que lo barajó.

De vuelta en el pago fardó de cartel de boxer del Madison y ganó el título argentino de los pesados cuando derrotó a Goyo Peralta en el Luna Park. Cultivó su imagen de macho porteño, entre chuleta y naif, garufa y yegüero,  y encendía puros toscanos con billetes de cien pesos, salió en tres películas y grabó una canción que le compuso Palito Ortega que se titulaba “Pío, Pió, Pa” cuyo estribillo decía: “Pío, pío, pío/ pío, pío, pa/ siete primaveras/ hay felicidad”. Con todo lo muchachón que tallaba tenía la voz de pito. Se metió a la compadrada en el bolsillo pero comprendió que los mangos corrían en los reñideros del gringo y se fue allá a pelear a George Chuvalo y a Joe Frazier. En 1970 disputó contra Muhammad Ali el título de la NABF y palmó por K.O. técnico en el último asalto, pero le ganó en las preliminares de la prensa, que eran el predio del moreno. Ali venía de tres años de OSCAR RINGO BONAVENAinhabilitación por haberse negado a ir a Vietnam y Ringo le llamó gallina y dijo que pelearle era incómodo porque los negros olían mal. Ali no estaba acostumbrado a que le robasen los chistes en la antesala (Julio Cortázar, que dijo que el boxeo murió con Sugar Ray Robinson, le llamó “triste mamarracho que hasta escribe versos”). El Ku Klux Klan manifestó sus simpatías por Ringo y los Panteras Negras apoyaron a Ali. Tras la derrota, Ringo preguntó a sus paisanos: “¿guapeé?”, y le dijeron que sí. Siempre guapeaba el Ringo porque era el más bravo de la barra bullanguera. Sin embargo, a partir de ahí empezó la cuesta abajo y en 1976 se acabó mezclando con Joe Conforte, un patrón de rameras siciliano que no tenía licencia de promotor porque había merendado trullo por intentar sobornar a un fiscal y por evadir impuestos. Conforte era dueño del Mustang Ranch, un burdel de Reno, Nevada, en el que Ringo peleó contra un paquete llamado Billy Joiner mientras la parroquia atendía a sus asuntos. Hubiesen prestado más atención a dos chavalas zumbándose en una pileta de fango. Ringo se deprimió y frecuentó a la mujer de Conforte, Sally Burguess, que era una pelleja de 65 años, rubia de brocha, algo gorda y coja de una pierna. Sally no dormía con su marido y Ringo le hacía reír, pero el Mustang Ranch estaba a nombre de la mujer y Conforte y Ringo riñeron. El sábado 15 de mayo de 1976 Ringo se lió a puñetazos con el guardaespaldas de Conforte, William Ross Brymer, un gorila canchereador tuerto del ojo derecho con un historial de robos a mano armada. Conforte le prohibió la entrada en el Mustang Ranch. Ringo apalabró con Martín Berrocal un combate contra Urtain en España y el sábado 22 de mayo se llegó al Mustang Ranch para liquidar el contrato con Conforte. Recién se bajó del coche, William Ross Brymer le pegó un tiro a treinta metros con una carabina Remington 30-06 cargada con balas de punta blanda de plomo. Le acertó en el corazón y lo despachó frío en la vía y después se fue a zampar unos cereales con leche. Jodieron al Ringo en el aparcadero del quilombo gringo, puede que por hacerse el vivo, y le lloró la muchachada en su funeral en el Luna Park, donde lloró también a Gardel. Luego le pusieron una estatua en el Parque Patricios. A Brymer le metieron dos años de trullo pero salió con una fianza de doscientos grandes. Sally Burguess murió en 1992 y lo último que se supo de Conforte es que tenía negocios en el Brasil de la samba. El Ringo vivió en samba y murió en tango, porque era un compadrito porteño,  y una vez dijo que la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedás pelón.

MARTÍN OLMOS

El negro del arado

In Las doce cuerdas on 9 de febrero de 2013 at 12:45

Aún flota la sospecha sobre la muerte por sobredosis del campeón de los pesos pesados Sonny Liston

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Liston era un hombre sin protección, con los nervios al desnudo, como un alambre pelado”
NORMAN MAILER. Escritor.

Se estima que la yema de un huevo soporta con espíritu no más de cinco acometidas de pan, a partir de ahí se amojama y no hay donde rascar, con lo que donde comen dos, como mucho comen tres (aunque generalmente se levantan de la mesa con hambre), pero no veinticinco. Veinticinco hijos tuvo Tobe Liston, negro de Arkansas, de Forrest City por más señas, jornalero del algodón y aparcero sin tierras, que a la vista está que le sobraba la munición y su mujer enseguida hacía sitio. La mitad de medio centenar son ochocientos dientes, que requieren mucho pienso, y Tobe Liston les decía a sus hijos que si tenían edad para sentarse a la mesa, la tenían igualmente para coger el azadón. Charles Liston, que le decían Sonny, empezó a ir al campo a los ocho años, con lo que no tuvo tiempo para el pupitre. Jamás aprendió a leer, pero tampoco iba para intelectual. Cuando su mula entregó el alma de tanto trabajar, Tobe Liston unció a su hijo Sonny al arado y lo puso a arañar la dura tierra de Arkansas, y no se ahorró los latigazos. Con dieciséis años, el chaval  medía un metro ochenta y cinco y taraba cien kilos de pura carne negra de cañón, sin atisbo de sebo, cien por cien magro del matadero. Le escribieron los estigmas de la correa en el lomo, crió el cuello del toro bravo y alardeó la ignorancia absoluta del dolor. Y de casi todo lo demás. Aprendió lo justo para responder al palo, nunca vio la zanahoria y creció pensando que Dios creó a los hombres violentos, hambrientos y desesperanzados.

Analfabeto, presidiario y matón.
Un día, la señora de Tobe Liston abandonó a su marido y a su arma de repetición, cogió a la recua y se fue a St. Louis de Missouri para procurarse mejor suerte. Sonny fue a la escuela por primera vez y en clase se rieron de él por grande, por feo y por analfabeto. Al día siguiente decidió no volver y se intrincó en el sórdido callejón, en donde mandaba la navaja y la brutalidad y donde no era desventaja ser duro, malo y pagano, y se juntó con los hombres que practicaban el inconsciente coraje. Encontró su elemento en la selva y formó parte de las jaurías. Rompió crismas en peleas a muerte y tomó por la fuerza el botín que le otorgaba su músculo y su desesperación. La policía le rondaba, le llamaba el Bandido de la Camiseta Amarilla y el Number One Negro. Que otro arrastrase el arado, ahora él llevaba la correa, tenía hambre, le dijo al juez cuando le detuvieron por atracar una gasolinera en 1950. Le sacó el alma del cuerpo al dueño a golpes de sus puños de demolición. Le metieron en la cárcel, en la penitenciaría de Jefferson, inevitablemente. Le echaron la mayoría de edad a ojo porque nadie gastó un rato en inscribirle en el censo, allá en Arkansas, y se viene pensando que pudo nacer entre 1927 y 1932. Ni siquiera él mismo lo sabía.

En la trena se hacía respetar la fuerza bruta, y Sonny Liston la poseía por imperativo natural y le daban tres ranchos diarios y calientes por los que no tenía que disputar. Si hubiese sido un metafísico habría llegado a la conclusión de que la libertad es un concepto excesivamente ponderado, pero como no lo era se quitaba la gazuza y tenía la consideración de las demás fieras. El padre Alois Stevenson, el párroco del penal, decía el catecismo a los proscritos. Era irlandés y veneraba a Cristo y a Paddy Ryan, el campeón de los pesos pesados del condado verde de Tipperary. Le enseñó a Sonny los mandamientos del boxeo y a éste no le pareció mal introducir reglas en lo que ya hacía por instinto. En dos años obtuvo la libertad condicional y empezó a pelear en los  circuitos amateur de St. Louis. El analfabeto de Arkansas ganó el Guante de Oro y se hizo profesional, debutó en 1953 contra Don Smith, que aguantó apenas el medio minuto sobre sus dos pies. Combinó su carrera con entradas al talego por sacudir a un poli y por intento de homicidio, vistió trajes de solapas anchas y se mezcló con el promotor Frankie Carbo, el Zar del Boxeo, que había dado de beber al sediento durante los años secos de la Prohibición. Carbo se llevaba más de la mitad de las bolsas y le daba trabajo extra de matón en su fábrica de ladrillos, en donde apaciguaba a los huelguistas negros con diálogos en el callejón. Le llamaron el Oso Feo y nadie le quería, era sombrío y presidiario y se dejó bigote fino de chulo de golfas.

Negros de distinto color
Ser campeón negro en la segunda mitad del siglo XX significaba llevar la carga del hombre oscuro y Floyd Patterson tenía modales de caballero, amistad con Eleanor Roosevelt y era miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP). Fue el primer púgil negro al que se le concedió consideración y Sonny Liston era el moreno que no sabía leer, un hombre sin protección intelectual con el mérito de descuento de sus años de presidio. Cuando se enfrentaron en el Comiskey Park de Chicago el 25 de septiembre de 1962 a Liston le recibieron con insultos, estaba pendiente de un juicio por violación y se decía que sus calzones pertenecían a Frankie Carbo y a la alegre comunidad de Sicilia. Patterson el técnico sucumbió ante su psicología puramente física y el Oso Feo se ciñó el cinto de campeón del mundo de los pesos pesados, que le arañó con la misma violencia que el arado viejo de Arkansas. Le dio la revancha al año siguiente en Las Vegas. Patterson preparó la pelea en el monacal gimnasio, Liston se fue de copas y le tumbó en el primer asalto. Entonces pensó en cambiar. Pensó que podía representar a su raza esclava y contar el sueño americano; tímidamente, como un rústico arrugando su sombrero, intentó un acercamiento a la NAACP y nadie le fue a recibir. Como campeón, Sonny Liston era una mala noticia. Era el Negro Malo.

Dos años después le arrebató el título un negro guapo, medallista olímpico y bailarín, que hablaba en verso y dominaba el espectáculo. Era Cassius Clay y tenía un ego inquietante, la guardia baja y el boxeo alegre. En el combate de revancha, Clay le colocó un gancho de distancia demasiado corta para herirle pero que le tumbó en el primer asalto. Liston cayó de espaldas y extendió los brazos. Tenía en la lona cara de perplejidad, o tal vez de aquiescencia. Pocos se creyeron aquel puñetazo fugaz y lo llamaron el Golpe Fantasma. Soy el único héroe negro, dijo Clay. Aquel golpe olió a patraña. Flotó sobre el reñidero, como un SONNY LISTONcuervo negro, el proceloso negocio de apuestas de Frankie Carbo y la presión de la Nación Musulmana, que apoyaba al nuevo campeón. Con el tiempo, Clay se convirtió en Muhammad Ali y se abrigó con el aprecio de la intelectualidad progresista, que le permitió sus rebeldías. Se negó a ir a Vietnam porque dijo que ningún vietnamita le había llamado maldito negro. A Liston le llamaron cosas peores y continuó boxeando por oficio en mentideros organizados por Frank Sinatra, peleando contra paquetes. En enero de 1971 apareció muerto en su habitación de Las Vegas con una jeringuilla de heroína clavada en su brazo. Diagnóstico de sobredosis que sus íntimos no se tragaron. Tenía deudas con hombres de trajes chillones, aproximadamente 39 años, 54 peleas disputadas, 50 ganadas, 39 de ellas por KO, y solo cuatro derrotas. Tenía la lengua larga, tal vez. Está enterrado en el Paradise Memorial Gardens de Las Vegas, debajo de un epitafio escueto que reza: “Un hombre”. No gran cosa para un mundo de héroes y de dioses.

MARTÍN OLMOS

El duodécimo asalto

In Las doce cuerdas on 30 de noviembre de 2012 at 10:58

Alfredo Evangelista le aguantó quince asaltos a Muhammad Ali y catorce gramos de coca le llevaron al trullo

EVANGELISTA by martin olmos

“Evangelista me pareció un tipo noble y sin malicia, un campeón que sabía conservar el temple de campeón incluso en la derrota”
JESÚS QUINTERO

En el campeonato mundial de catecismos que nadie se cree ocupa el segundo lugar la frase del barón Pierre de Coubertin que dice: lo importante es participar. El primer puesto indiscutible lo tiene la sentencia que asegura que el trabajo ennoblece. Participar está bien en una orgía (en la que se ama al bulto y no hay que andar pendiente de dejar alto el pabellón) y en poco más, pero tomar parte en una pelea y no ganarla le deja a uno para los coyotes. El resto es eufemismo y uno acaba pronunciando,  dolorosamente y con las encías yermas como un campo en agosto: yo también zurré lo mío, cuando está seguro de que más le hubiese aprovechado salir pitando. Que corriendo se entiende la gente. En la pared de una escuela de gladiadores se encontró grabada una recomendación: “Ut quis quem vicerit occidat”, degüella al vencido, sea quien sea. No hay piedad para el caído, que tiene que adoptar en el suelo la posición fetal, si le quedan tripas, esconder entre las piernas sus partes y cubrirse con los brazos la cabeza para que no se la pataleen hasta reventarla: en el campeonato mundial de espectáculos que avergüenzan a la humanidad ocupa el primer lugar el de un hombre apaleando a otro que ya cayó, y sin embargo es uno de los más queridos placeres de los que no saben ganar.

Alfredo Evangelista, el Lince de Montevideo, quedó segundo en la pelea más importante de su vida. La disputó el 16 de mayo de 1977 en el Capitol Centre de Landover, en Maryland, contra Muhammad Ali cuando Muhammad Ali ya solo peleaba para alimentar  su ego y a su corte de gorrones pero era, inevitablemente, Muhammad Ali. Evangelista tenía veintidós años y no le conocía nadie fuera de los reñideros españoles, en los que había peleado contra Urtain en mayo del 76 y contra otros quince pugilistas de cuarta. Alfredo Evangelista, oriental montevideano del barrio de la Villa Española, paisano del Negro Varela, nació el 3 de diciembre de 1954 en un ranchito de techo de lata que más que atenuar la solana la multiplicaba por tres y ponía a sudar a la prole, que entre hijos y carnales estiraba lo de los veinte guachos que tenían a todas horas ganas de comer. Lo que no se ALFREDO EVANGELISTAmultiplicaba era el pan, que entraba poco, y Alfredito, por ser el mayor de la recua, se lo tuvo que ganar desde bien pibe acarreando sacos a los albañiles. Su padre, que se llamaba Vicente, estaba lisiado desde niño y no podía doblar la raspa, pero tuvo el sueño del box, que le estaba vedado por tullido y se tuvo que limitar a mirarlo en los gimnasios y a inculcárselo a su hijo, al que enseñó a fintear con los puños envueltos en toallas sobre el ring de un colchón viejo. Con el tiempo se inició en los circuitos amateur y con veinte años ganó el campeonato sudamericano de los semipesados no profesionales, emigró a la Argentina, trabajó en los docks del puerto de Buenos Aires estibando la lana y ofició de sparring del campeón Víctor Galíndez, el Leopardo de Morón.

El aspirante
A Evangelista le intuyó el futuro el campeón cubano Kid Tunero y se lo trajo a España, donde Urtain estaba en la cuesta abajo. Evangelista se nacionalizó español y derrotó a pesos pesados que habían tenido días mejores; a Vepi Ros, a Neville Meade, que le rompió dos dientes, y a Willy de la Cruz. Por aquí pasó por cholo buenito, por indiecito grandón que decía que le gustaba ver por la tele el “Un, dos, tres” y las películas de Lina Morgan. Le preguntaron qué clase de literatura prefería y contestó: la instructiva. Sin embargo había que llevarle al gimnasio a rastras y tiraba a fondón, le gustaba poco combear la soga y sudarle a la sombra y cuando descuidó la forma fue derrotado en Bilbao por Lorenzo Zanon, un italiano de segunda clase. En 1977, Muhammad Ali tenía treinta y cinco años y disputaba peleas inofensivas. Ya no le salía tan rápido su verbo bufón ni su esgrima. Un año antes se había estrenado la película “Rocky”, que es como un vídeo de Jane Fonda de abdominales en el que al final hay una pelea. Uno tenía que tomarse un suplemento de glucosa después de verla. En la película, el campeón indiscutible le daba una oportunidad a un muerto de hambre en un combate publicitario que casi le salía al revés. El mentor de Ali, Don King, le brindó a Evangelista su jornada mítica, pero Kid Tunero no lo vio claro. Evangelista sí; pensó que si ganaba lo ganaba todo y si perdía, no perdía nada. Era lo mismo que rezar a Dios: si Dios existe se gana todo, y si no existe no se ha perdido nada. Evangelista se apartó de Tunero por precavido y se hizo pupilo del promotor José Luis Martín Berrocal. El combate se celebró en Maryland, pactado a quince asaltos, la prensa norteamericana llamó gordito a Evangelista y Ali cumplió con su número y quiso pegar al uruguayo en el pesaje. Evangelista no contestaba a los insultos porque. como no sabía inglés, no los entendía. En contra del pronóstico de Tunero, Evangelista aguantó los quince asaltos de una pieza, y en el capítulo duodécimo acorraló al campeón contra las cuerdas y le administró una serie de manos. Cada uno tiene su día y Evangelista se ha pasado la vida diciendo que pudo tumbarle en aquel asalto, pero nadie le reprochó no haberlo hecho y su nombre fue predicado en los mentideros. Después fue dos veces campeón de Europa y peleó contra Leon Spinks y contra Larry Holmes, con el que perdió por K.O. en el Palacio del César de Las Vegas (Evangelista dijo que se tiró porque andaba flojo por una otitis que pescó en un jakuzzi).

La naturaleza le obligó a retirarse en 1988, después de pelear contra Arthur Wright, un boxeador de Brooklyn de palmarés vergonzoso. Miró su cartera y no encontró los buenos tiempos. Riñó con Martín Berrocal, que había hecho las cuentas con llevadas. Se ganó la vida echando a los borrachos de una sala de fiestas y le buscaron la madre curdas valientes de copas. Intentó mantenerse sereno, pero al macho que le dio la cara a Muhammad Ali se le puso cuesta arriba el chuleo de los bravos del sábado y les contestó. Se encontró con la ley. En 1995 le condenaron a ocho años de trullo cuando le pescaron menudeando con 14 gramos de cocaína en el pub El Lugar, en Vallecas, en el que oficiaba de apaciguante. El boxeo volvió a oler a canalla, cuando de canallas es el chalaneo de mulas, el negocio de la banca y el chulerío de putas. La sección XVI de la Audiencia Nacional apreció en Evangelista un bajo nivel de inteligencia que junto a los “abundantes traumatismos recibidos en su actividad como boxeador” le convertían en una persona manejable. Como si a los demás no nos zurrase la vida. Evangelista salió de la cárcel de Carabanchel en 2000, por buen comportamiento. En la reja entrenó en el patio, trabajó de pintor y puede que leyese libros instructivos. No se mezcló en pleitos y hoy está de pie, como en Maryland, atiende un restaurante en Calafell y sueña con el asalto duodécimo en el que pudo ganar el mundo.

MARTÍN OLMOS

Peleas con metáfora

In Las doce cuerdas on 15 de noviembre de 2012 at 13:50

Durante la Guerra Civil Española estuvo a punto de celebrarese un combate entre Paulino Uzcudun, el campeón de Franco, contra Isidoro Gastañaga, un boxeador exiliado, republicano y golfo

“El deporte es una escenificación de la guerra”
FRANCISCO UMBRAL.

De hombres es el brandy Soberano, abrazar como dogma de fe que los que bailan bien son maricas y la devoción por los deportes de contacto. Y en el deporte en el que más se contacta, por el propio imperativo de su naturaleza, es el boxeo entre dos caballeros de un gramaje similar que, como los machos de antes, no le tienen una especial estima a la regularidad de sus facciones y las exponen entre doce cuerdas para que se las estropeen. El boxeo tiene el aire canallesco del humo de los purazos y el cortejo de la mafia, y a las veladas no se lleva a la legítima  sino a la amiguita, y si es posible vestida de rojo, para que se la envidien a uno. En el rito social del espectáculo del boxeo no quedan mal los trajes chillones ni las corbatas de fantasía, ni los escotes de balcón, y se propende a la relajación de la conducta, que desemboca en escupir en los pasillos por un lado de la boca, en la pronunciación diáfana de la viril blasfemia y en dejar caer al suelo las cáscaras del maní, como en el circo. El boxeo gusta a los tíos que fuman negro y se soplan el whisky sin bautizar, gustó a Hemingway y a Conan Doyle, a Jack London, a Norman Mailer y a Buñuel. Le gustaba al sheriff Wyatt Earp, que ofició de arbitro de combates pugilistas, aunque él prefería pelear a más distancia. Sin embargo, también le gustó a Lord Byron, que lucía bucles ondulados y se disfrazaba de albanés.

Peleas simbólicas
El box nació granujiento en riñas de campas entre los campeones de cada mina que se zurraban hasta la extenuación hasta que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, lo reglamentó en 1867 para diferenciarlo de las grescas tabernarias. Al marqués de Queensberry le pregonaron en el club porque le salió un hijo zurdo que se hizo novio de Oscar Wilde. Las doce reglas del marqués condujeron a la profesionalidad del boxeo, que se llamó el deporte de los caballeros, hasta que con el tiempo fue colonizado por los negrazos de pedernal y por la mafia siciliana. El tongo se aparejó al boxeo como las pulgas a los perros flacos y los promotores ventajistas le sacaron la tajada, como se la hubiesen sacado a la petanca, es un decir, si en el pronóstico de su resultado se hubiesen puesto parneses. Sin embargo el boxeo guardó su dimensión mítica porque recuerda a las justas medievales en las que un campeón de cada rey decidía en un torneo el resultado de la batalla. En ocasiones se han celebrado combates en los que cada púgil representaba simbólicamente una manera de entender la vida, una idea política o la supremacía de una raza. En 1910, Jim Jeffries tuvo que salir de su retiro para devolver al hombre blanco su orgullo y pelear contra el campeón de ébano Jack Johnson, el negrazo chulo que se puso dientes de oro y perpetraba con arrogancia el garbeo del brazo de la mujer rubia, y en 1938 se escenificó la lucha entre la democracia y la superioridad aria en el combate entre Joe Louis y el campeón nazi Max Schmeling, el Ulano del Rhin. Schmeling se dejó dos costillas en la pelea, pero Hitler nunca le perdonó su derrota ante un negro de la selva y dejó de fotografiarse con él. En realidad, Schmeling nunca se afilió al partido y se mantuvo fiel a su manager Joe Jacobs, que era judío, y después de la guerra fue la imagen de la Coca Cola en Alemania. Más adelante, las victorias de Muhammad Ali eran las de la Nación del Islam, las de los Panteras Negras y las de Malcom X, mientras que en el boxeo de Foreman querían ver al Tío Tom, al negro manso que recogía algodón para el señor Rhett Butler mientras cantaba espirituales con voz grave y mucho sentimiento.

El toro y el martillo
Durante la Guerra Civil Española, el gobierno rebelde de Burgos y el leal de Madrid acariciaron la idea de celebrar un combate entre dos campeones que  representasen a cada bando, que eran los vascos Uzcudun y Gastañaga, ambos guipuzcoanos, uno el Toro de Régil  y el otro el Martillo Pilón de Ibarra. Cuando tenía nueve años, Paulino Uzcudun le dio un repaso a un chaval de doce en la plaza de su pueblo y con veinte tumbaba robles a hachazos y tenía que dar ventajas en las apuestas rurales de cortar troncos. Hizo la mili en San Sebastián y se interesó por la lucha grecorromana, pero el promotor Justo Oyarzábal le convenció para que se calzase los guantes de cuero y le hizo debutar en París en 1923, donde tumbó al campeón ruso Touroff en el tercer asalto. Al año siguiente se proclamó campeón de España de los pesos pesados al vencer a José Teixidor y en 1926 consiguió el título de Europa ganando a los puntos al italiano Erminio Spalla. Uzcudun peleó en el Madison Square Garden y una vez cenó con Al Capone en su mansión de verano de Miami, que tenía las ventanas a prueba de balas. Encontró al gangster simpatiquísimo, a pesar de que guardaba cadáveres debajo de la alfombra. Combatió contra Max Baer, contra Max Schmeling y contra el Gigante Asesino Primo Carnera en Roma, delante de Benito Mussolini. Isidoro Gastañaga era siete años más joven que Uzcudun, y como él, aprendió el box en las cuadras de Francia, pero decidió librar su carrera irregular en América. Era pegador y guapo y en Nueva York le llamaron el Bello Izzy, peleó contra Primo Carnera y en 1934 estuvo a punto de medirse contra Joe Louis en La Habana, pero el promotor Mike Jacobs pensó que el Martillo de Ibarra era demasiado peligroso para el Bombardero de Detroit. El Bello Izzy era farrista y mujereador, le gustaba beber en el buchinche, invitar las rondas y liarse con las costillas de sus promotores, le gustaba bailar el tango hasta el amanecer y las camorras de quilombo, que huelen a perfume francés. Ostentaba cartel de republicano, pero cuando estalló la guerra no quiso regresar a España porque, con notable criterio, decía que en las guerras se corría el riesgo de palmar. De Uzcudun, en cambio, decía César Ruano que profesaba tres devociones, que eran el frontón, el hacha y la iglesia católica. Durante la guerra abrazó la causa nacional y participó en una operación de comandos que intentó liberar a José Antonio Primo de Rivera de la prisión de Alicante. En la República se decía que se entrenaba golpeando un saco lleno de huesos de fusilados y, más adelante, Umbral corrió el rumor de que mataba a los prisioneros rojos a puñetazos.  Un promotor alemán propuso enfrentar a los dos boxeadores en un combate que concediese una tarde de tregua a la guerra, Gastañaga representaría a la República y Uzcudun al bando nacional. Se habló con ambos y les  llegaron a coser sendos calzones, a uno con los tres colores leales y al otro con los dos de la bandera nacional. El Bello Izzy declinó el frente y prefirió quedarse en los burdeles de Buenos Aires y Uzcudun, dijeron, durmió tranquilo porque temía la derecha demoledora de su paisano.

Uzcudun murió con casi noventa años en Madrid, con la cara rota de las viejas glorias, y al final sus recuerdos le abandonaron y no sabía quién fue. Al Bello Izzy le apioló a tiros un marido al que coronó a la salida de un burdel de La Quiaca, en la frontera entre Argentina y Bolivia, en 1944. Andaba tomando y de zambra,  tenía treinta y siete años de romerías, azumbres de roncito de caña y el millar de hembras tumbadas.

MARTÍN OLMOS

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