MARTÍN OLMOS MEDINA

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Réquiem demagógico por Bruce Reynolds, Q.E.P.D.

In Los chorizos on 6 de abril de 2013 at 13:24

En estos tiempos en los que nada es lo que parece, da gusto encontrar a alguien orgulloso de su oficio

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Mi padre eligió el sendero lunático y pagó por ello”
NICK REYNOLDS, hijo de Bruce Reynolds.

El final del invierno de este año en curso ha sido raro como un agosto con nieve y a la mano derecha de Dios se le puso cuesta arriba gobernar al rebaño y le han cambiado por un Papa porteño y tanguista,  cuando es por aquí donde mejor se canta la última estrofa de Cambalache, que dice: “¡El que no llora no mama/ y el que no afana es un gil!” Por aquí se está llorando largamente un llanto que no garantiza la lactancia y en cambio nadie quiere pasar por gil y afana todo Cristo cuando se le presenta la ocasión. En este final de invierno raro se ha muerto, por los achaques de la edad que no perdona, Bruce Reynolds, el cerebro del Asalto al Tren de Glasgow, que era un ladrón de los de plan, embozo y perista, un chorizo fino de los de antes. Bruce Reynolds murió sin sufrimiento, mientras dormía (que es como que se te alargue el sueño), la madrugada del jueves 28 de febrero, a los 81 abriles, después de que se le complicase un catarro. A depende qué edad un catarro complicado te deja para el cura.

Bruce Reynolds nació en el Hospital de Charing Cross, en el Strand de Londres, en 1931. Su madre era enfermera y su padre un sindicalista de las barricadas de la factoría Ford de Dagenham que se volvió a casar cuando enviudó y metió en casa a una madrastra con la que su hijo no congenió. Bruce dejó de estudiar a los catorce años y fue primero recadista de un periódico, después ciclista semiprofesional, más tarde traficante de antigüedades y al final le metieron en el trullo por limpiarle la ganancia a un corredor de apuestas. En el penal de Wormwood Scrubs compartió celda con Ronnie Biggs, un mangante epiléptico y desertor de la Fuerza Aérea Real con el que gastó las noches hablando de chavalas y de dar el golpe definitivo. Lo dieron el 8 de agosto de 1963 cuando asaltaron el tren postal de la Royal Mail que hacía el trayecto de Glasgow a Londres transportando cartas de amor impregnadas de jazmín y el dinero de los bancos escoceses. Bruce Reynolds urdió el plan y Biggs reunió un grupo de quince BRUCE REYNOLDSrufianes que fueron conocidos como la Banda del Suroeste. Por medio de una pila de seis voltios consiguieron detener el convoy de doce vagones en el cruce de Sears, en Cheddington, a cincuenta kilómetros de Londres, y desengancharon la locomotora eléctrica DR326 y los dos primeros coches, en los que sabían que viajaba el dinero. Al maquinista Jack Mills le abrieron la crisma con el mango de un hacha y le obligaron a conducir la cabeza del convoy hasta el puente Bridego, a dos kilómetros del cruce, en donde las vías casi se juntaban con la carretera y tenían aparcado un camión. Maniataron a los cuatro funcionarios que custodiaban el botín amenazándoles con barras de hierro y cargaron en el camión los 120 sacos que contenían más de dos millones y medio de libras improvisando una cadena humana. Dieron el golpe en apenas media hora, sin usar armas de fuego, disfrazados de soldados y les trincaron porque dejaron sus huellas en las fichas de un Monopoly con el que entretuvieron el tiempo mientras zanjaban el reparto en una granja que habían alquilado como refugio en Buckinghamshire, a media hora del puente Bridego. El tablero del Monopoly se conserva en el Thames Valley Police Museum del condado de Berkshire, junto con un billete de cinco libras que se les olvidó meterse en el bolsillo. Los miembros de la Banda del Suroeste cayeron como las fichas de un dominó. Ronnie Biggs cogió las de Villadiego, se hizo una operación estética en París y se pasó tres décadas bailando la samba en Río con las mulatas del carnaval. Bruce Reynolds se pasó cinco años escondido en Canadá, pero volvió a Inglaterra y le metieron diez años a la sombra. Cumplió la condena, salió y reincidió traficando con cocaína, después dio entrevistas en la tele con su aire de Michael Caine, escribió sus memorias, tituladas “Autobiografía de un Ladrón”, expresó con orgullo que el asalto al tren de Glasgow fue la Capilla Sixtina del birle, hizo coros en el grupo de rock Alabama 3, en el que tocaba su hijo Nick, y vivió en un piso en el sur de Londres que se lo pagaba la asistencia social.

La tentación demagógica
Bruce Reynolds, Q.E.P.D., conocía su lugar en la cadena alimenticia y guapeó de ladrón sin acomplejarse, lo que se agradece, y no le buscó el eufemismo al título de sus memorias. Este siglo veintiuno es como el anterior que decía Discépolo: “cambalache, problemático y febril…¡el que no llora no mama y el que no afana es un gil!” Solo que a nadie le gusta pasar por jaque y timador y se busca las justificaciones. Cuando el Lute dejó de ser quinqui quiso pasar por doctor y el Solitario Jaime Giménez Arbe dice al que tenga un minuto para escucharle que fue un expropiador de bancos que intentaba liberar al pueblo español de los atracos financieros. Este siglo veintiuno es también el de la demagogia, que es el atajo político que consiste en decirle al auditorio lo que quiere oír. Al español le ha convertido la tauromaquia en un pueblo de partidarios y la enseñanza obligatoria le ha librado del analfabetismo, con lo que ha concluído que por saber leer es dueño de una opinión para todo. Y entonces nos cae bien Bruce Reynolds por chorizo y robinhood (que se sepa no compartió ni un chelín con nadie y casi se llevó por delante al maquinista Jack Mills de un trompazo con un palo) porque le hacemos la comparación, que siempre es odiosa, con los urdangarines y los bárcenas, que jamás titularían sus memorias “Autobiografía de un ladrón”. Este razonamiento es tan fácil como robar a una borracha pero es que la demagogia es divertida de practicar, como un chiste con truco, y generalmente da resultado. Bárcenas y Urdangarín disfrutan de momento de la presunción de inocencia, que es un concepto jurídico indiscutible, pero no le calza bien a la política, en la que la mujer del César tiene que serlo y parecerlo y si sale a pasear con medias de rejilla no puede quejarse después de que le pregunten la tarifa. Bruce Reynolds buscó la pasta fácil pero no perdió un segundo en buscar una coartada moral. A Urdangarín se le han comido las mejillas los disgustos, le han salido canas y sus ojos azules como el mar se le van pegando a la nuca. Ya no es guapo.  Él no quiso hacerlo y todo tiene una explicación, que esto no es lo que parece, como le dijo mamá a papá mientras el butanero salía por la ventana. Bárcenas es otra cosa, con su abrigo Chesterfield, sus canas a lo Stewart Granger y su parienta con sombrerito. Con su mímica dactilar de macarra de merendero. Se jugará su prestigio en el título de sus memorias.

MARTÍN OLMOS

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