MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Lunáticos’ Category

Que muerto tan bonito

In Lunáticos on 17 de agosto de 2015 at 11:36

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

A Charles Manson le salió una novia que quería disecarle.

“Lo malo de morirse es lo que se descojonan de ti los que se quedan vivos”

CAMILO JOSÉ CELA

 

Al infame Charles Manson se le está acabando el crédito de tenorio de jais y se está quedando, el pobrecito, para muerto de salón que se pone en el recibidor, al lado del paragüero, y se enseña a las visitas, ay que muerto más bonito. Un muerto en el recibidor entretiene mucho a los niños, que le ponen sombreros y echan el rato.

   -Uy que muerto más sociable.

   -Y ni se le siente, que no da ninguna guerra, y en vida bien que enredó, que era el depravado criminal Charles Manson, santón de jipis.

   El infame Charles Manson, depravado criminal, ya no mete miedo y se está quedando para fiambre de presumir, para pellejo armado sobre un esqueleto de poliéster con ojitos de obsidiana y tono de oficinista al que no le da el sol. Se está quedando para momia, el pobrecito, y para señor mayor al que le quieren sacar el rendimiento las jambas que quieren labrarse un porvenir. Jambas que quieren hacerse un porvenir a costa de un señor mayor ha habido siempre y andan entre la gerontofilia y el plan de pensiones y manejan su capital de jamones en su punto de curación que les dan a catar a los carcamales para que la diñen de un corte de digestión y heredarles. Cuando joven, Charles Manson practicó el verbo de chalán y la mirada de faquir que baila cobras y se llevaba a las chavalas de calle, pero ahora arrastra ochenta calendarios y tarda hora y media en culminar una meada. Charles Manson, en cambio, piensa que el que tuvo, retuvo (y guardó para la vejez) y se echó a un romance otoñal con una jai de veintisiete con la que concertó casamiento y al final le salió urraca. La urraca es Elaine Burton Afton y es la hija de un meapilas baptista de San Luis de Missouri al que no le gusta el novio de la niña, usted verá. Elaine mira con vaga melancolía, como una monitora de catequesis guapita que te prepara para la confirmación y está a punto de ponerse a cantar una misa campesina con una guitarrita, en plan Carlos Mejía Godoy, pero detrás del naif se esconde una lagarta con un plan de jubilación. Elaine lleva el pelo negro lacio, tiene pinta de tener un huerto ecológico y se hace llamar Estrella porque a Manson le gustan las chicas con mote.

  Cuando Manson tenía pandilla y aire libre llamaba a sus monaguillas con nombres molones: Susan Atkins era Sadie la Sexy, Diane Lake era la Serpiente y Catherine Share era la Gitana. La historia de Manson ya es puro folclore: su madre era una ramera borracha que le cambió por una birra, le violaron en el reformatorio y acabó en el trullo por proxenetismo y por trapichear con mandanga. En la cárcel se merendó un combinado de Biblia y cienciología y cuando salió a la calle juntó una panda de lumbreras   a los que les zampó la mollera y luego vino la carnicería de Cielo Drive y Nixon dijo que la culpa era de los jipis y de tanto cuento de respuestas que están flotando en el viento. Manson aprovechó el tirón de hacerse el chota y pasó por un gurú del rollo sicodélico, se grabó una esvástica en la frente y aún se cree que es una estrella. Manson lo que quería es ser cantante pop y ligarse a las grupis y se quedó en santón de los majaretas porque a veces los planes no salen bien.

Elaine Burton Afton, que se hace llamar Estrella, empezó a leer las cagadas que escribía Manson cuando tenía dieciséis años y cuando cumplió dieciocho se ahorró dos mil pavos trabajando en un asilo de San Luis y se fue a vivir al lado de la prisión de Corcoran, en el condado de Kings, en California. Allá Manson pena la perpetua a cal y canto y tiene la próxima revisión de sentencia en 2027, con lo que más bien la va a diñar a la sombra. Estrella visitó a Manson cada domingo y se lo cameló y dijo a la CNN: Le quiero, y de alguna manera sé que posee la verdad cuando nadie más la tiene. Manson tuvo la ilusión de que aún guardaba predicamento y se prometieron matrimonio en noviembre de 2014. Manson como novio es un pelma porque no te saca los domingos, pero él piensa que todavía mola. Las autoridades leCHARLES MANSON Y ELAINE BURTON AFTON concedieron una licencia de matrimonio con una caducidad de noventa días que podía ser revocada en caso de que el recluso se metiese en líos y Manson se puso chulo con un guardia y se negó a someterse a un análisis de orina. La parejita se hizo fotos para la prensa: ella en plan de tía que toca el sitar mirando una puesta de sol y él en plan de baranda de los diabólicos. A algunas chicas les gusta enamorarse de los asesinos y se hacen fanses de los monstruos. Por lo visto es una inclinación femenina a la que los psicólogos le han puesto el nombre de enclitofilia y que consiste en que Josef Fritzl reciba cartas de amor. Sin embargo, Elaine Burton Afton, que se hace llamar Estrella, no sufría el trastorno y el “New York Post” descubrió que tenía un colega y un plan. El colega era Craig Hammond, un chico más de su edad, y el plan casarse en gananciales, esperar a que Manson la palmase y heredar el cadáver para meterlo en una urna de cristal y enseñarlo a los curiosos que pasasen por caja.

A un muerto, si se le cuida, se le puede sacar el rendimiento y ponerle en un bodegón, con sus cosas y en su ambiente, para que le visite la familia. A los muertos se les pasa por maquillaje, que le dicen tanatopraxia, para que reciban en el velatorio con mejor cara porque los vivos no nos damos cuenta de que le hace puta gracia el estado en el que se ve obligado y no tiene ganas de hacer vida social (generalmente un muerto está muerto a su pesar y no anda para vainas). Umbral decía que un muerto sin rictus es un gilipollas, un pisaverde de la muerte y un simpático que cae gordo. Un muerto es un estorbo porque abulta según su complexión y hiede al tercer día, como el pescado y las visitas. El muerto espectáculo, en cambio, es un actor mudo sin agente al que le rinden mientras no pudra y le birlan el porcentaje. A los vivos nos gusta ver muertos: en París, cuando prohibieron las ejecuciones públicas, los paisanos mataban el rato en la morgue municipal viendo los cadáveres sin reclamar. Muertitos célebres han sido Elmer McCurdy, bandido de Oklahoma al que liquidaron a tiros, le embalsamaron con arsénico y acabó de atracción en la taberna de Jefferson Smith el Jabonoso y el bosquimano de Bañolas, negrito sociable al que acabaron sacando de su vitrina del museo Darder para enterrarlo en Botsuana con el honor de un héroe. Al negro de Bañolas le disecaron los hermanos Verraux, célebres taxidermistas, y aún le echan de menos en el municipio porque hacía compañía. Los muertos están secos por dentro, como las mujeres estériles, y no conservan su fulgor ni su violencia y solo se les ve la gabardina. Charles Manson se enteró del plan de su novia y rompió el compromiso y no va a acabar de muerto de feria. Dijo, por hacerse el vivo, que siempre sospechó y que, en todo caso, el proyecto era inviable porque él es inmortal. Elaine Burton Afton ya no parece una catequista guapita que se arranca por Carlos Mejía Godoy y resultó ser una chavala que quería casarse bien y le vio industria a un carcamal. A su padre no le gustaba el novio, que usted verá. A los padres nunca les gustan los novios de las niñas (de sus ojos) por mil razones de fundamento, porque tienen un pendientito o porque estudian Periodismo. No es probable (aunque vete a saber) que Manson sea inmortal, más bien es un camelista que como le sigan saliendo novias ful se va a quedar para vestir santas.

MARTÍN OLMOS

 

El circo, el diablo y el merodeador de la noche

In Lunáticos on 8 de febrero de 2014 at 21:38

Richard Ramírez asesinó a catorce personas y entendió la conveniencia de hacerse seguidor de Satán

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Ramírez era la personificación del fantasma asesino que entra en un hogar cuando estamos durmiendo”
VICENTE GARRIDO

Al diablo le meten en chismes sin preguntarle y al final acaba recibiendo, qué culpa tendrá él, si ya tiene bastante con llevar la cuerna al aire y que le digan castrón. El diablo empezó poniéndole mucha vocación, queriéndose comer a Dios y a Cristo y haciendo triles con las bichas, lagarto, lagarto, pero le pasó lo que a los ciclistas impacientes que amanecen correosos, se escapan recién empezada la etapa y luego se desinflan en la primera cuneta. Con el tiempo, el diablo, que tuvo pero no ha sabido retener, se ha quedado el pobre en una especie de pariente tonto, que es una figura de mucho recurso para echarle la culpa cuando se rompe un plato. Al diablo ya no se lo cree ni el padre Karras y como mucho se ha puesto moderno y ahora está en el rollo de las bandas metálicas, en la onda de Black Sabbath y Alice Cooper, pero se ha quedado para excusa de los tarados que después de la masacre pintan con sangre de pollo  un pentagrama en la pared y dicen que la culpa ha sido de él. Un asesinato con la ronda de Satanás da para mucha novela y deja en prosa al criminal común que apiola por unos cuernos o por cuatro perras. El lunático ordinario se cree Napoleón pero el loco sanguinario enseguida se junta a Belcebú para que le den reclusión con pastillitas y sin negrazos en la ducha comunal y, si tiene suerte, empieza carrera en el circo y acaba diseñando camisetas. Y lo que viene después es espectáculo: una docena de adolescentes le escriben cartas a la trena y un menda que suele peinar perilla sale por la tele largando sobre la Iglesia de Satán de Anton LaVey y sobre Zugarramurdi. Pero a poco que se monde la peladura aparece el camino trillado de una iniquidad, no más, y el diablo Belcebú dice que le dejen en paz. Anton LaVey fue un charlatán que trabajó de prestidigitador y de pianista de un burdel antes de verle recorrido al demonio y decía que nació con una vértebra de más que le hacía de rabo que acabó desapareciendo durante la adolescencia.  En 1984 Ricky Kasso, un drogota chorizo de Northport, en Long Island, mató de cuarenta cuchilladas a su colega Gary Lauwers. Unas veinte mojadas se las dio en la cara y le sacó los dos ojos. A Ricky Kasso le gustaban los AC/DC, le llamaban el Rey del Ácido porque siempre iba de alucinógenos y una vez le detuvieron por mangar un cráneo de un cementerio. Ricky Kasso dijo que el diablo en forma de cuervo le ordenó el asesinato pero durante la investigación se descubrió que Gary Lauwers le había robado diez papelinas de fenciclidina y en la mayor parte de los pueblos con campanario dos más dos son cuatro.

Autopista al Infierno
A Richard Leyva Ramírez también le gustaban los AC/DC y, como a Ricky Kasso, le guardaban en los cuartelillos una biografía larga como un mes y era de esa clase de puercos que nacen para carne de cañón. Ramírez fue casi bisiesto y nació el 28 de febrero de 1960 en El Paso, Texas. A los dos años se le cayó un armario en la cabeza y le pusieron treinta grapas, a los cinco se quedó medio frito cuando se resbaló de un columpio, a los siete le diagnosticaron epilepsia y a los diez ya había pasado por un correccional por apandar en las tiendas. Su padre era un cholo de Juárez que se fue a la emigración y su modelo en la vida era su primo Miguel, un veterano de los Boinas Verdes que le enseñó a fumar marihuana y le contó como violaba chinas en el Vietnam. Miguel Ramírez  era un esquizofrénico con fatiga de combate que acabó matando a su mujer de un tiro en la cara con un revólver del 38 delante de Richard, que tenía trece años. El primo Miguel consiguió que le exonerasen por orate y se pasó cuatro años en un psiquiátrico y cuando salió continuó influyendo en la educación de Richard enseñándole instantáneas de Polaroid de guerrilleras del RICHARD RAMÍREZvietcong destripadas a bayonetazos. Con quince años Richard se fue a vivir con su hermana mayor Ruth, cuyo marido Roberto era un pervertido mirón que se llevaba al chaval a sus rondas autocomplacientes por las cunetas a media luz y le enseñó a sacarle provecho a un buen paisaje. Para entonces ya le daba al ácido lisérgico, tenía la costumbre de dormir en los cementerios, no aparecía por el instituto y se hacía cisco dándole a la manivela en extenuantes jornadas de amor propio en las que tomaba de referencia un imaginario de mujeres atadas y violadas. Encontró un empleo de botones en un Holiday Inn y le pusieron en la calle cuando le pescaron intentando abusar de una huésped. Cuando a los veinte años se instaló en Los Ángeles, Richard Ramírez era un perchero de piel y huesos que se alimentaba de chocolatinas, robaba coches y tenía los dientes podridos y una halitosis de hiena.

Richard Ramírez comenzó de chorizo marginal que derivó en un profesional del escalo para afanar sortijas y pagarse la coca y acabó sacando a la bestia sin que el diablo tuviese intermedio. En junio de 1984 mató por primera vez a una anciana a cuchilladas y en los meses sucesivos asesinó a otras trece personas a tiros, a palos y a puñaladas. A una chica le sacó los ojos con una cuchara, violó a varios menores y a Virginia Petersen, de veintisiete años, la pegó un tiro en el ojo izquierdo y la bala le atravesó el paladar, se llevó por delante la garganta y salió por la nuca dejándola viva, muda y desfigurada. Richard Ramírez empezó a pintar pentagramas en las paredes y a invocar a Satanás y le llamaron el Merodeador Nocturno. Escuchaba “Highway to Hell” de AC/DC en unos walkman chorados y no se le ocurrió borrar las huellas. Los pasmas empezaron a buscar a un hispano flaco con olor a acequia y le terminaron por identificar, llenaron la calle con pasquines con su jeta y el 30 de agosto de 1985 sus propios carnales mejicanos le reconocieron y le pegaron una paliza de muerte. En el juicio montó el circo, dijo que estaba más allá del bien y del mal, se grabó un pentagrama en la palma de la mano izquierda y le dio vivas a Satán como un padrino en un bautizo. Descubrió que gustaba a las mujeres y les ponía ojitos en las vistas y alguna de ellas se desataba dos botones para enseñarle el canal que le separaba los melones. Le acusaron de catorce asesinatos, nueve violaciones, tres de ellas a menores, dos secuestros, cuatro actos de sodomía y dos felaciones forzadas. Le condenaron a morir en la cámara de gas y cuando escuchó la sentencia dijo: “La muerte es mi territorio, nos veremos en Disneylandia”. Ramírez apeló constantemente retrasando la ejecución y se arregló los dientes, diseñó camisetas y llegó a tener una página web en la que correspondía a sus fanáticos, que generalmente eran mocosos con indigestión de “El Exorcista”. Los familiares de una víctima denunciaron a los AC/DC por inducción y Angus Young tuvo que decir que no eran miembros de ninguna sociedad satánica. La Autopista del Infierno era la carretera de Canning, en Perth, Australia, que llevaba a la tasca preferida del vocalista Bon Scott. Doreen Lioy, una editora independiente con una licenciatura en inglés y un coeficiente intelectual de 152 (lo que le hacía casi una superdotada) le escribió cien cartas a Ramírez y en 1989 se casaron en la Prisión de San Quintín. Lioy conservó la virginidad para concedérsela al hombre que la mereciese y es de suponer que aún anda sin estrenar porque la ley de California no permite revolcones a los condenados a muerte. Al diablo le volvieron a amargar la jubilación y le metieron en chismes como si no tuviera lo suyo. Como si no tuviera los cuernos y el rabito y las patas de chivo como para que le anden en líos de drogotas, de parias y de miserables que le quieren aprovechar para diseñar camisetas. A Ramírez no le salvó Belcebú de que le metieran gas y le libró la madre naturaleza, que se lo llevó el 7 de junio de 2013 a causa de una insuficiencia hepática.

MARTÍN OLMOS

El racista y el pornógrafo (y una gallina y un conejo)

In Lunáticos on 24 de noviembre de 2013 at 23:45

Un francotirador dejó parapléjico al magnate del porno Larry Flynt por publicar una foto de una relación interracial

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Me disparó a causa de una foto”
LARRY FLYNT

Larry Flynt se dedica al negocio de divulgar tetas y, sin embargo, arrancó prometiendo más pena que gloria y debutó en la equitación montando a una gallina. Tenía quince años y ganas, como todos, y unos chavales que estaban más vivos que él le dijeron que si no quería ir verde con una chavala lo mejor era ensayarle antes a un ave de corral. Larry Flynt mangó una gallina, le encontró la salida y atinó y, como se conoce que después le dio vergüenza, recién terminó la mató rompiéndole el cuello. Fue un asesinato innecesario, en realidad (y el final abrupto de una historia de amor), porque su padre era un borracho indecente, además de un hombre de mundo, al que le hubiera importado medio rábano que su hijo celebrase un matrimonio interracial. Con el tiempo a Larry Flynt las relaciones coloristas y las alegres mezcolanzas le trajeron la desgracia y por publicitarlas le pegaron un tiro en la médula que le condenó a una silla de ruedas.

Larry Flynt nació en noviembre de 1942 en el condado de Magoffin, en el húmedo estado de Kentucky, en el que destetan a los mamones con whisky de alambique y les duermen con nanas tocadas con un peine y un balde de latón. Poco después de su noviazgo con la gallina, Flynt mintió sobre su edad y se alistó en la marina, donde sirvió a bordo del mítico portaaviones USS Enterprise y aprendió a jugar al póquer. En los permisos traficaba con licor y se licenció honorablemente en 1964. Con las pagas atrasadas le compró a su madre el bar Keewee de Dayton, en Ohio, en el que trabajó en jornadas de veinte horas diarias sostenido por un régimen de anfetaminas que le hicieron polvo el tiesto y crió un trastorno bipolar. Larry Flynt echaba a los curdas personalmente inflándoles a hostias y empezó a coleccionar matrimonios, ordeñó la tasca hasta sacarle mil pavos a la semana y con los beneficios puso el Club Hustler, en el que había peleas por entrar porque las camareras ponían las copas enseñando los melones. El negocio le fue tan bien que puso franquicias de sus tinglados y se casó por cuarta vez con Althea Leasure, una bailarina de barra a la que la vida ya no le podía sorprender. Althea Leasure creció en un orfanato porque cuando tenía ocho años su padre se suicidó LARRY FLYNTdespués de liquidar a tiros a su madre, a su abuelo y a un tipo que estaba en casa tomando café. Althea conoció a Flynt cuando bailaba el parrús en uno de sus clubes y entre los dos levantaron la revista “Hustler”, un mensual de tetas que enseñaba primeros planos de vulvas y que dejó al Playboy en una hoja de parroquia. “Hustler” era para camioneros que iban al grano y no para los medias pichas que compraban revistas de chicas por los artículos. Sí, sí, y por los crucigramas. En el número de agosto de 1975  Flynt publicó fotos de Jacqueline Kennedy en cueros y se hizo millonario. “Hustler” prometía amarillismo y culos, cántaros y panochas y cada cierto tiempo pasaba por los tribunales por cargos de obscenidad. Larry Flynt salía de las ordalías de una pieza acogiéndose a la Primera Enmienda de la constitución y en 1977 vio a Dios durante un vuelo en su jet privado y se convirtió a la religión evangélica, pero dejó de mear pilas al año siguiente, cuando un supremacista blanco le pegó un tiro en la médula por haber publicado fotos porno en las que aparecía un hombre negro arrimado a una mujer rubia.

Un francotirador medio ciego
A James Clayton Vaughn no le gusta el café con leche. James Clayton Vaughn es una basura blanca de Mobile, Alabama, cuyo padre le deslomaba a correazos cada vez que se entrompaba. Desarrolló un trastorno alimenticio y se convirtió en un saco de huesos, acudía con regularidad a la iglesia y cuando estaba en el instituto se metió un trompazo en bici y perdió la visión total del ojo derecho y parcialmente la del izquierdo. Por ver menos que un topo se libró de hacer la mili en Vietnam, pero se tatuó un águila de cabeza blanca en el brazo y tuvo la intuición de que Dios le había elegido para iniciar una guerra racial. Se arrimó a los capirotes del Klan y se cambió el nombre por el de Joseph Paul Franklin, en honor a Paul Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, y a Benjamin Franklin. Se hizo forajido y vivió nómada asaltando bancos disfrazado de vaquero de Marlboro y de ángel motorista. En julio de 1977 le pegó fuego a una sinagoga y en agosto mató a tiros a una pareja mestiza en Madison, Wisconsin. Le cogió gusto al gatillo y practicó el tiro al café con leche durante tres años a lo largo de diez estados. Intentó asesinar al presidente Jimmy Carter cuando anunció su política de compromiso para favorecer la incorporación de personal de color en JOSEPH PAUL FRANKLINpuestos de gobierno. Carter se tomó unas vacaciones en abril de 1980 y se fue de pesca a Plains, Georgia. Joseph Paul Franklin se apostó en el bosque con un rifle Remington del 30-06 y dominó el caladero del presidente. A pesar de no ver a tres en un burro con su único ojo en funciones era capaz de acertar a un blanco a ciento cincuenta metros. Eligió el 21 de abril para disparar pero el día anterior a Jimmy Carter le atacó un conejo de pantano (sylvilagus aquaticus) y decidió suspender la siguiente salida. El suceso apareció en el Washington Post con el titular “El presidente atacado por un conejo” y lo ilustraron con un dibujo como el del cartel de la película “Tiburón”. La vida es un puro disparate. Bugs Bunny salvó al presidente del maní. ¿Qué hay de nuevo, viejo? Franklin también intentó matar al reverendo Jesse Jackson y en abril de 1980 disparó contra el líder negro Vernon Jordan, que sobrevivió de milagro a un tiro que le entró por la espalda, le destrozó el intestino y le salió por el pecho.

Franklin leía la revista “Hustler”, puede que con una sola mano, y no tenía nada contra Larry Flynt hasta que vio una pareja mixta en la página de la grapa y decidió escarmentar al editor. El 6 de marzo de 1978 le disparó desde cuarenta metros con un rifle Remington 700 del calibre 44 y le seccionó la médula. Después se escapó en bicicleta. Larry Flynt no volvió a pasear y se hizo adicto a los analgésicos, le extirparon varios nervios para atenuarle el dolor y se acabó presentando a la presidencia de los Estados Unidos disputándole la silla a Ronald Reagan. Ofreció un millón de machacantes por cualquier información sobre escándalos sexuales de políticos, le acusaron de insalubre por rodar pelis porno con actores sin condón y una hija suya le acusó de cariñoso. En 2001 su patrimonio neto era de cuatrocientos millones de verdes, centavo arriba, centavo abajo. A Franklin le trincaron en 1980 y le condenaron a dos penas de muerte por el asesinato de quince personas, entre parejas mestizas, hombres negros y una prostituta blanca que atendía a clientela morena. En el juicio dijo que era lamentable que fuese ilegal matar judíos. En el patio del trullo cinco negratas le metieron cuarenta puñaladas con cuchillos hechos con latas de sopa pero sobrevivió y hoy está a la sombra en el Centro Correccional de Potosi, en Missouri, tachando los días en el calendario en el corredor de la muerte. El 20 de este mes tiene cita con el practicante para que le ponga la inyección de la risa. Larry Flynt anda, es un decir, intentando que revoquen su ejecución y ha dicho que un gobierno que prohíbe la muerte entre sus ciudadanos no debería dedicarse a matar gente.

MARTÍN OLMOS

El nombre de los monstruos

In Destripadores y sacamantecas, Lunáticos on 2 de agosto de 2013 at 12:02

Bautizamos con imaginación a los asesinos y les concedemos un grado de prestancia, cuando generalmente no pasan de ser unos pobres diablos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El nombre que tenemos sustituye lo que somos”
JOSÉ SARAMAGO

No es lo mismo que te digan Pepe que don José. Pepe cuenta chistes en la tasca, imitando a Chiquito, pero es soso, el pobre, aunque él no lo sabe y se pone un poco plomo. Pepe es de un pueblo pequeño cerca de Murcia del que salió para medrar, pero es sueco a la hora de convidar y siempre le acabas pagando el vermú y a tu mujer no le gusta que le lleves a casa porque les enseña palabrotas a los niños y no encuentra la hora de irse. A Pepe se le quiere, coño, como se quiere a un hijo tonto, pero a veces le pegas el esquinazo si andas con prisa o no tienes tarde de verbena. Le dices que ya le llamarás. Otra cosa es don José, que tampoco abona el vermú, que lo toma con Campari y algo para picar, pero no porque se haga el sueco, sino porque no suele llevar moneda fraccionaria y además invitarle es un honor. Deje, deje, faltaría más. Don José no cuenta chistes; hace frases, que es distinto. A tu mujer no le importa que invites a cenar a casa a don José (y a su señora), pero se pone nerviosííííísima y te hace buscar las copas de tintinear y esconder los vasazos de Duralex de cristal caramelo, que no se rompen nunca. Don José dice que el vino se tiene que orear, veranea en La Toja, no ha ido nunca a Benidorm y a ver si puede hablar por el chaval mayor para que entre de botones en una sucursal, que sabe escribir a máquina y es despierto para los mandaos. Es distinto llamarse Pepe que don José y uno se da cuenta de la importancia de llevar un nombre campanudo cuando va a pedir un crédito y si tiene suerte le regalan un calendario.

A los asesinos que les falta un tornillo les bautizan con nombres toreros para darles un andamiaje cuando, en realidad, suelen ser una banda de retrasados mentales que se meaban en la cama con veinte años. No tienen una vuelta, pero con un nombre chulo los arreglas. Para que uno gane su blasón molón de asesino legendario tiene que matar por lo menos a dos personas en dos jornadas laborales distintas y sin mediar un motivo razonable. Si tiene suerte, la prensa le inventa una razón social y le comentan en la peluquería. En cambio, al bravo de baile que le pega dos mojadas a otro en las fiestas del patrón, bien bebido de pitarra, como mucho le ponen sus iniciales en los sucesos y se come un trullo pringao, de chándal y economato. Los nombres que les ponemos a los asesinos les otorgan una renta de leyenda que no se merecen y son como los menús de los merenderos con pretensiones, que te pasan una vuelta a una cebolla y te la venden por un lecho de chalota confitada. A Ed Gein le pusieron “El Carnicero de Plainfield”, pero era el tonto del pueblo y a David Berkowitz le llamaron “El Hijo de Sam” y le asociaron con el diablo, cuando nunca pasó de ser un gordinflón que se hartaba de hamburguesas y era incapaz de comerse una rosca. A Ed Kemper le dijeron “El Cortacabezas” y fue un borrachuzo gigantesco con problemas con mamá que estaba orgulloso de tener los pies más grandes que los de John Wayne (se los comparó en el Paseo de la Fama y se puso la mar de contento) y a Richard Chase le llamaron “El Vampiro de Sacramento” cuando su mayor mérito fue el de romper la marca mundial de no cambiarse de calzoncillos. Cuando a Richard Ramírez le empezaron a llamar “El Merodeador Nocturno” se grabó un pentagrama en la palma de la mano y se vendió de discípulo de Satán, cuando no fue más que un violador y un chorizo de segunda del que sus víctimas recordaban su halitosis.

La marca comercial
Los asesinos psicópatas nos han acabado por fascinar porque les ponemos novela y el nombre pero a poco que se les rasque la monda enseñan una carpintería más bien previsible y resulta que casi todos torturaban gatitos cuando eran pequeños, jugaban con cerillas, mojaban la cama y levantaron su primera bandera mirando la faja ortopédica de su abuelita. Son prosaicos a su manera tarada y les cortan con el mismo patrón. El primer asesino loco que registró su marca comercial fue Jack el Destripador y los periódicos le dedicaron un serial, y como nunca le pescaron le hemos ido poniendo camelos de folletín y ahora resulta que tenía sangre azul y la carrera de medicina. Que era elegante y señor y desparecía entre la niebla. La niebla de Londres se la inventó Whistler y a Jack le hemos inventado entre todos, cuando seguramente fue solo un paria del West End con un mes de buena suerte, probablemente alcohólico, corto de chavos y con las uñas sucias. A los asesinos en serie les vamos inventando entre todos poniéndoles el título y camelos de lechos de chalotas confitadas donde solo hay una cebolla pasada por la sartén porque preferimos escribirlos villanos de novelón para no reconocer la verdad en cueros, que es que cualquier imbécil con un cuchillo, una manía y la noche nos puede dar un otoño de terror.

Jack el Destripador desapareció un día entre la niebla que se inventó Whistler y desde entonces le hemos ido poniendo maquillaje para hacerle pasar por el Duque de Clarence, el médico de la Reina Victoria y una conspiración de masones, cuando si le quitas el tono sepia de las fotos victorianas se queda en un matón de cinco putas que quizás se apellidaba Smith y que se ahogó en el Támesis después de una trompa, le mató la viruela o le madrugaron de un estacazo a la salida de un mesón de jarras empringadas. Un tío que destacaba tanto como una meada en una cuadra y que, sin embargo, ha quedado de ruta turística con parada en el Pub de las Diez Campanas (84 de Commercial Street) con su nombre pinturero que le hace parecer alguien.

Cuando le pones un nombre a un perro le acabas contando tus cosas y que tu mujer no te entiende. Le acabas dando importancia a su vida de chucho y cuando la diña le haces un funeral con gaiteros y guardas sus cenizas al lado de las del abuelo, encima del piano. Cuando le ponemos marca al monstruo le despojamos de la vulgaridad de su índole y le terminamos por hacer una película para la sobremesa en la que sale con voz ronca y privilegiado de diabólico (también suele salir vestido de negro) y nos olvidamos de que cuando le pescaron y salió en el telediario tenía carita de tonto y una camiseta del mercadillo. Y el monstruo, con su nombre, se convierte en un género sobre el que acabo escribiendo yo.

MARTÍN OLMOS

El asesino pelón

In Lunáticos on 23 de mayo de 2013 at 23:45

Higinio Sobera, asesino necrófilo, se rapaba la cabeza porque creía que el crecimiento del pelo le producía jaquecas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“El aliento de Higinio Sobera era fétido, dado que la materia fecal no solo se la untaba, sino que era  alimento para él”
ALFONSO QUIROZ CUARÓN. Psiquiatra

A Higinio Sobera le decían el Pelón porque se mondaba el tiesto y se pasaba la vida de parranda. Su padre le dejó una fortuna que él empleó en labrarse una rutina concienzuda de curdas, putas y cochazos y se le fue arruinando el juicio primero progresivamente y después del todo. A Higinio Sobera le gustaban las pistolas, las chavalas del club Waikiki y las gorras de cuadros y no le gustaba trabajar, que le mentasen a la vieja y que le llevasen la contraria. De niño ya apuntó chifladuras de demente y hacía ruidos con la garganta, gesticulaba como un lunático y crió un natural susceptible que le inclinaba a interpretar ofensas, pero su madre, Zoila de la Flor, decía que no podía ser malo porque le gustaban los gatos. Zoila de la Flor era la viuda de José Sobera, comerciante español que había hecho pesos en México y tenía una hacienda en Villahermosa, en el estado de Tabasco, y ya tenía otro hijo loco, por lo que prefirió hacerse la ilusión de que Higinio era un excéntrico y no un orate. Zoila de la Flor practicó la devoción materna y la interpretación laxa de la ropa manchada de sangre que a veces traía su hijo de sus noches de cabaret y le decía a la criada María López, que era de Pichucalco de Chiapas, que los meros pinches del vecindario le miraban al chaval con mala sombra. A María López, que era de Pichucalco de Chiapas, le daba miedo el joven Higinio porque se pelaba el melón porque decía que cuando le crecía el pelo le salía la jaqueca. Tenía prohibido mirarle el ropero.

Higinio Sobera nació en Ciudad de México en 1928, cursó parte del bachillerato en Los Ángeles de California y estudió contabilidad en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero nunca ejerció más que de garufa y escribió blasón en las noches de la capital rindiéndolas generalmente en el club Waikiki, en el Paseo de la Reforma,  con chavalas del mercantil. Una vez tiró a una desde un coche en marcha porque se conoce que no le cumplió el servicio y la dejó en la vía raspada de alquitrán. A Higinio le decían el Pelón por el corte de pelo y la bofia le tenía en el catálogo de juerguista y peleón, pero le hacía la vista gorda cuando arrugaba un coche contra una farola. Se las pescaba tremendas y armaba escándalos, frecuentaba la marihuana y el gin  y tenía cartel de esperar al sol de zambra en los burdeles de Tampico y de Veracruz. Le gustaban las de pago, que no enredan, porque tenía la petaca rumbosa con los pesos de papá, la mano ligera y la precaución de llevar pistola por si salía desacuerdo. Alguna vez la enseñó por charrear en alguna pendencia y en una ocasión despeñó un Ford Mercury por una  barranca para demostrar a sus compañeros de farra, que eran pilotos, que él también sabía volar. Quedaron todos a tres cuartas de diñarla. Mediando lo de untar la ley le obvió el contratiempo. La ley en México, como la de todos los pueblos con campanario, es maleable como un pellejo de vino y se arruga o se tersa según el riego.

Tres días de furia
El Pelón Sobera podría haber dejado nada más que biografía de rentista juergón y roto de mano, alborotador según lo que acarrease comulgado, si no se le llega a esquinar la tarde del sábado 10 de marzo de 1952, que le salió de litigar. La empezó buscándole la pendencia a una chica que atendía la tienda de perfumes de un hotel, a la que le encañonó con su pistola porque no le gustó la calidad de un frasco de colonia y después se sentó en el vestíbulo hablando solo y diciendo que tenía que matar a HIGINIO SOBERA EL PELÓNalguien. Cuando se aburrió de perorar se fue a un bar de la Avenida Juárez y ordenó un trago de gin. El camarero le pidió que se quitase su gorra de cuadros y el Pelón Sobera le sacó el pistolón, se lo acercó a la jeta y le dijo: “Tu mejor te callas, meserito hijo de la chingada”, y el meserito se calló porque entendió que la vaina no andaba para nerviosear. El Pelón se atizó el trago de una sola buchada y salió de la tasca corriendo como un lunático. Rindió la víspera violenta sin bajas, de milagro, y al día siguiente, el domingo 11 de marzo, cogió el coche para acercarse al club Waikiki para procurarse una doña. Sobre la una de la tarde tuvo un incidente de tráfico en la esquina de la Avenida Insurgentes con Yucatán cuando el Buick que conducía el capitán Armando Lepe Ruiz le cortó el paso en un semáforo. No se rozaron la chapa pero el capitán le dijo que le estaba pidiendo vía, le llamó payaso y le gritó que chingase a su vieja. El Pelón se bajó del coche y le acribilló a tiros dejándolo  seco en el acto. En el tiroteo hirió en un dedo a la novia del capitán Lepe, María Guadalupe Manzano, que más tarde describió al asesino como un loco con una gorra de cuadros. El Pelón volvió a casa y le contó a su madre que acababa de finar a un macho que la mentó, se negó a comer y pasó la jornada riéndose a carcajadas. Doña Zoila le sugirió que durmiese en un hotel y empezó a prepararle un exilio en España. A la mañana siguiente salió el Pelón a buscar mujer y encontró a Hortensia López Gómez esperando a un autobús. La cortejó sin éxito y por no perder la metió en un taxi a la fuerza, la intentó besar y cuando recibió las calabazas la pegó tres tiros a quemarropa y la mató. Robó el taxi, que era un Plymounth del 46, y llevó a la muerta a hombros al hotel Palo Alto diciendo en la recepción que era su novia que se había pescado una trompa. En la habitación la disfrutó en frío, durmió abrazado a ella y al amanecer la reiteró. Después tiró el cadáver en una cuneta de la carretera de Cuajimalpa.

Al Pelón Sobera le trincaron los federales al día siguiente, en la habitación 108 del hotel Montejo, en la Avenida de la Reforma. Llevaba puesta la gorra de cuadros y tenía una pistola del nueve corto y cuarenta balas. Le metieron en la cárcel del Palacio Negro de Lecumberri, en la celda 21 del pabellón H, donde ensayó una huelga de hambre con postre y zurró a un fotógrafo. El psiquiatra Alfonso Quiroz Cuarón determinó que estaba loco, le diagnosticó esquizofrenia y concluyó su irresponsabilidad penal, por lo que le encerraron en el manicomio de la Castañeda. Al Pelón se le acabó derrumbando el tiesto sin remedio, adelgazó veinte kilos en un año y se quedó en la raspa, empezó a beber su propio pis y a merendarse las  heces. De tanto comer mierda crió aliento de hiena y el doctor Quiroz Cuarón tuvo que interrumpir sus visitas porque no le aguantaba el olor. Apestaba a almizcle de tanto cerdear, cochineaba sus horas largas harinándose en su propio caldo. Pasó treinta años en el asilo, loco y hediondo, y en 1982 le sacaron viejito y en una silla de ruedas. Vivió tres años más y se le veía dando de comer a los patos del estanque del parque de Chapultepec. Con su gorrita de cuadros y su mirada vacía. Ya no estaba doña Zoila para decir que malo no podía ser, si le gustaban los patos.

MARTÍN OLMOS

El psicópata pop

In Lunáticos on 17 de enero de 2013 at 13:28

Charles Manson es hoy un icono popular, como las latas de sopa Campbell

CHARLES MANSON POR MARTIN OLMOS

“¡Soy el Hijo del Hombre y el Ángel Exterminador!”
CHARLES MANSON

Los que nos dedicamos a escribir porque no servimos para un trabajo honrado y encima lo hacemos mal terminamos por atender a la recomendación de George Bernard Shaw que dice que si no consigues lo que te gusta, será mejor que te guste lo que consigues. Que en vernáculo quiere decir que el que no se consuela es porque no quiere. Charles Manson también ha tenido que adaptarse a las circunstancias,  porque quiso ser una estrella del rock y se ha quedado en psicópata pop y le ha ido cogiendo gusto al oficio. El que empezó de robaperas, de chulo de cuarta y de aparcabicis del presidio terminó de asesino mesiánico y hoy es una marca registrada, le glosan los conjuntos del jevimetal y tiene un club de fans en el internet que vende camisetas con su jeta por veintiún pavos las tallas normales y veinticuatro las extra grandes. Cuarenta dólares la sudadera, veinte el mechero y quince el colgante para el cuello. A Charlie Manson le escriben a la trena adolescentes con la cara hecha un cráter que jamás se han comido una rosca y ha salido en el “Today Show” de la NBC, en las portadas del Life y de Rolling Stone y en Vanity Fair, compartiendo la primera página con Lady Gaga y Carla Bruni. Hoy Manson es un viejo, probablemente no vuelva a ver el sol sin rayas y es un negocio. Ayer fue la pesadilla de América, que ha criado unas cuantas. Anteayer solo fue un chorizo con labia, un mangante de coches, un chulo del amateur y un timador de cheques ful que le supo sacar el rendimiento a la Era del Acuario. “When the mooooon is in the seventh house…”

El chorizo
La primera parte de la biografía de Manson no se diferencia de la de cualquier cofrade del birle con un balde lleno de boletos para acabar tieso durante el atraco a la tienda de un coreano: nació el 12 de noviembre de 1934 en Cincinatti, Ohio, su madre era una borracha que se llamaba Kathleen Maddox que deslastró con dieciséis años y vivía saltando la mata y del comercio del revolcón. Su padre le sembró, se subió los pantalones, recogió el cambio y desapareció. El pequeño Charlie se crió en las cunetas y al arrullo de la música de somier en pensiones perreras. Una vez que estaba trompa, su madre le intentó cambiar por una pinta de cerveza, que eso es tener sed. Cuando inevitablemente la entrullaron, Charlie fue a parar con unos tíos de Virginia que interpretaban la Biblia al pie de la letra y le molían a palos. Con nueve años ya estaba en el reformatorio por chorizo, con quince en un colegio para tarados en donde le violaron en la lavandería después de romperle la boca a patadas y con diecisiete le pescaron sodomizando a punta de navaja a otro chico del correccional. De los diecinueve a los treinta y dos años se pasó más tiempo a la sombra que en la calle, generalmente por mangar coches, endosar cheques falsos, traficar en menudo con setas de la risa y por sacarles un rendimiento a sus novias. Manson era pequeñajo y frágil, una desventaja física que no augura un porvenir cómodo en la cárcel, pero se libró de acabar de novia de un kie con tatuajes en los bíceps porque tenía, como los profetas, el don de la palabra y se dio cuenta de que si tocaba la flauta, las ratas le seguían. Se merendó la biblioteca de la prisión y adquirió una verborrea en la que mezclaba la Biblia, el budismo y la cienciología de Hubbard, aprendió a tocar la guitarra que le regaló Alvin Karpis el Monstruo, un antiguo miembro de la banda de Mamá Baker, y decidió ser más grande que los Beatles.

El gurú
Salió a la calle con treinta años largos, cantó en el metro, no recogió ni un centavo, no entraba en sus planes trabajar, escuchaba a los Grateful Dead, a Janis Joplin y a Jefferson Airplane  y se mezcló con la tribu del Verano del Amor del distrito de Haight-Ashbury, en San Francisco. Recogió su rebaño de chavalas con flores en el pelo y se puso hasta arriba de mescalina. Fundó la Familia, las ratas le siguieron  y se hizo su voluntad. En Los Ángeles conoció a Dennis Wilson, el batería de los Beach Boys, y le intentó convencer para que le financiase un disco. Wilson le presentó a Terry Melcher, el creador del rock californiano y Mason se hizo ilusiones. Decía Dalí que la lectura delirante del mundo que hace un paranoico es tan real como la de uno que está en su sano juicio pero las carnicerías que alentó Manson suenan un poco a la  revancha de un desengaño. Manson predicaba el Apocalipsis a CHARLES MANSONsus acólitos y les convenció de que estaban a cinco minutos de que los negros empezasen una guerra civil en la que derrotarían a los blancos, pero después no sabrían administrar el país debido a su inferioridad racial y le buscarían para asumir el mando. El primer asesinato del rebaño de Mason fue un crimen de trapicheo: cosieron a puñaladas al traficante Gary Hinman en julio de 1969 después de cortarle una oreja por una deuda de anfetaminas. Diez días después culminaron la masacre de Cielo Drive, en la que destriparon a machetazos a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski, a sus tres invitados y al jardinero. Sharon Tate estaba embarazada, le sacaron el feto, le cortaron los pechos, la colgaron de una viga y escribieron con su sangre la palabra “cerdo” en la pared, seguramente con la intención de que les cargasen el mochuelo a los morenos de las Panteras Negras. A la mañana siguiente asesinaron al matrimonio La Bianca en su casa de las colinas de Los Feliz siguiendo la misma pauta macabra, grabaron con un tenedor de trinchar la palabra “guerra” en el pecho del marido y con la sangre de la mujer escribieron disparates en la nevera.

El circo
Durante el juicio, Charles Manson montó el circo de los hippies locos: se grabó una esvástica en la frente, amenazó a todo el mundo, hizo el chorra y sus seguidores se manifestaron en la puerta del tribunal con la cabeza pelada, largó sus discursos de orate y echó la culpa a John Lennon. Para estar como un cencerro, Manson guardó la precaución de no participar personalmente en los asesinatos y dejaba las cuchilladas para la infantería. En las grabaciones de la vista pone su colección de muecas como un mimo de parque, bizquea y dice: “Soy una navaja afilada”. Dice: “Yo manejo el inframundo”. Dice: “Soy el malabarista del vino”. En ocasiones parece un actor de función de fin de curso sobreactuando de loco. Quizá solo sea un impostor. El asesinato de Hinman fue un ajuste de drogotas con poca paciencia y el rancho del 10050 de Cielo Drive había pertenecido a Terry Melcher, el productor que no le grabó el disco, con lo que es posible que la jauría de Manson, hasta arriba de ácido, se confundiese de víctimas. El crimen de los La Bianca fue una distracción para culpar a los negrazos, que llamaban “cerdos” a los bofias. Puede que toda su parafernalia de barbas de Abraham, su discurso del anticristo y toda la mierda esconda su frustración por no estar cantando en la MTV, puede que no esté tan loco ni usted tan cuerdo. Puede que no consiguiese lo que le gustaba y ha terminado, a la fuerza, por gustarle lo que ha conseguido, que es ser el santón de los asesinos, salir en las portadas y que se vendan camisetas con su jeta en el internet.

MARTÍN OLMOS

El necrófilo mañoso

In Lunáticos on 1 de noviembre de 2012 at 23:30

El tonto de Plainfield unió el asesinato y la pretecnología

“Edward Gein, necrófilo, caníbal, asesino y artista naïf no reconocido”.
JESÚS PALACIOS. Escritor.

En todos los pueblos hay un tonto y una fuente. En verano, durante las romerías que suceden a la procesión de la virgen, es habitual que ambos elementos confluyan y el primero acabe dentro de la segunda. Cosas del mocerío, que hace la gracia, ja, ja, es para morirse de risa. El alcalde y el maestro no comparten el chiste, pero miran para otro lado porque comprenden que los mozos del agrario tienen pocos entretenimientos, otra cosa sería en la capital, donde existe el invento del cinematógrafo y los cabarés. En algunos pueblos hay también un campanario, pero el tonto duerme tranquilo porque desde allí lo que suelen tirar los mozos es una cabra. El tonto del pueblo sirve para los recados si no son complicados, para tirarle piedras y para que te salga por cuatro perras pintar una pared. El día del tonto es duro, pero más dura es la noche del listillo, cuando apaga el candil y hace inventario de méritos, y si le quedan dos dedos de frente se da cuenta de que su capacidad de intimidación solo funciona con el que partió con desventaja. Lo bueno del listillo es que, como no le tiene afición a la lectura, no sabe que Boileau escribió que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira. Lo malo es que no es nadie sin un tonto a mano, y el tonto, en cambio, se arregla con una tiza. A veces, hacerse el tonto te salva la piel, le pasó al emperador Claudio, que como era tartaja se libró de las dagas  pretorianas y, en cambio, cuando espabiló, su mujer Agripina le envenenó con un guiso de setas (como tardaba en morir, Jenofonte, cómplice de la asesina, le introdujo en la garganta, con el pretexto de hacerle vomitar, una pluma impregnada de veneno que aceleró la operación. Como se ve, bien utilizada, la pluma es más fuerte que la espada). Pero generalmente, el tonto es fácil de despachar, por una tunda que le atizan de guasa y  se les va la mano o porque es confiado y no recela de las emboscadas. Sin embargo, también sabe dar lo suyo, porque para asesinar no hace falta ser un lince, ni el bachillerato, ni siquiera hace falta un motivo, solo se precisa determinación y un pulso decente. A Francisco García Escalero, que mató a catorce mendigos a lo largo de siete años, la mollera le alcanzaba justita para hacerse la lazada de los zapatos y a Wild Bill Hickock, el pistolero más rápido de la frontera, no le mató otro duelista sino Jack McCall, el tonto de Deadwood, en Dakota, que además era bisojo y chepudo.

El idiota de Plainfield, en Wisconsin, era Edward Gein, que era el resultado de mezclar muy pocas luces con una educación estrafalaria en la que el primer mandamiento era considerar a la mujer como una  serpiente venenosa de la que más valía mantenerse alejado. El padre de Gein era un borracho indecente que le tenía miedo a su parienta, así que, para desahogarse,  le daba gusto al cinto sobre el lomo de Edward y su hermano. Cuando murió de una tajada mal digerida  dejó a sus dos hijos bajo la única influencia de su madre, Virginia, una fanática de la Biblia que pensaba que todas las mujeres eran unas frescas y todos los hombres  una piara de canallas lujuriosos, ateos y sinvergüenzas,  que solo vivían para darle al frasco y perseguir faldas en las tabernas. Dios fue compasivo con el otro hermano Gein y se lo llevó pronto para ahorrarle el trago, así que Virginia preservó al único hijo que le quedaba de cualquier influencia ajena a la granja en la que vivían, que estaba a unos diez kilómetros del núcleo urbano, con lo que el escaso horizonte de Ed se limitó a los acres alrededor de la verja y a la interpretación caprichosa que hacía mamá de las Sagradas Escrituras. Le gustaba especialmente el capítulo séptimo del Eclesiastés, el versículo veintisiete, que dice que el que es grato a Dios huirá de la mujer, que es más amarga que la muerte, pero el pecador quedará preso de ella. Cuando Virginia murió en 1945, todo el mundo de Ed, que tenía cuarenta años, se fue al garete y los pocos tornillos que le quedaban se pasaron de rosca.  Empezó a acechar las muertes naturales de las vecinas de Plainfield para desenterrar sus cuerpos y llevárselos a la granja, en donde los sentaba a la mesa y les preparaba la cena hasta que empezaban a descomponerse y los disecaba para fabricarse con ellos su siniestro menaje. Como era habilidoso, se hizo un cinturón de piel humana adornado con pezones, una sopera hecha con un cráneo vacío, una silla de huesos, tulipas de pellejo para las lámparas y nueve caretas perfectamente cosidas que casi conservaban la atónita expresión de las difuntas.  Con los vivos se relacionaba lo justo para sacarse unos cuartos haciendo chapuzas, arreglando un grifo o reparando una cerca, de modo que se iba apañando a base de la economía rudimentaria del favor por favor, de la permuta y las propinas. Ed no se acercaba mucho al jabón, iba siempre con una gorra de cazador de cuadros montañeros y unas botas de trabajar, y cuando hablaba con otro ser humano se le soltaba la risa floja, decía incongruencias y se le caía la baba. A veces, se sentaba en el bar de Hogan, pedía café y echaba la tarde mirando a Mary, la propietaria, que le dejaba estar porque no molestaba, aunque luego tuviese  que aguantar las bromas de la parroquia, que le decía que era la novia del tonto.  Mary estaba en la cincuentena pero conservaba virtudes, les seguía los chistes a los hombres y lucía con alegría los pulmones sobre la barra, era la hembra sobre la que le había prevenido su madre, pero Gein se sentía atraído por ella y en marzo de 1954 la cogió a solas, la pegó un tiro con su rifle de caza del calibre 22 y se la llevó a casa en su furgoneta. Acabó convertida en Dios sabe qué, en unas cortinas o en una gabardina o en una pantalla para el flexo. En noviembre de 1957 hizo lo mismo con Bernice Worden, que regentaba la ferretería de Plainfield, le encargó un bidón de anticongelante y cuando fue a recogerlo la acabó a tiros y se la llevó a la granja para trabajársela sin prisas. Con el cuerpo pretendía hacerse un traje completo de mujer, con todos sus atributos, y coronarlo con una de sus máscaras, pero le pescaron cuando iba a meterse en faena y tenía el cadáver colgado de una viga del granero, boca abajo, decapitado, desangrado y abierto en canal. El sheriff, que mil veces había pegado la hebra con Gein, pasando por alto su risa floja y su baba titubeante, se quedó de una pieza al ver el mobiliario de su cueva, en la que se mezclaba la mugre, revistas pornográficas, manadas de gusanos y el ajuar siniestro hecho con los despojos de sus paisanas.

Gein no pasó por la trena, le mandaron directamente al Instituto de Salud Mental de Mendota y perdieron la llave. Los loqueros se lo pasaron bomba mezclando el complejo de Edipo con el canibalismo, el fetichismo, la necrofilia y la pretecnología. Hubo un tío despierto, un listillo, que quiso comprarle la granja para exhibirla como la Casa de los Horrores, pero un vecino con dos dedos de frente le ganó por la mano y pegó fuego a la propiedad  en 1958.  Gein murió en 1984 siendo un paciente modelo y cumplidor, y el que mejor hacía los ceniceros en el taller.

MARTÍN OLMOS

Calor y perros

In Lunáticos on 30 de septiembre de 2012 at 21:39

David Berkowitz dijo, como podía haber dicho otra cosa,  que un demonio de 6.000 años que había poseído al perro de su vecino le ordenaba matar

“ De hecho, el término “asesino serial” surgió con el caso Berkowitz”
SPIKE LEE.

En Nueva York, en verano de 1977, los termómetros no bajaron de los cuarenta grados. Por la noche la canícula no concedía tregua y las juergas de amigos del alma acababan en peleas a muerte. Las truchas del río Hudson desovaban huevos cocidos, la Estatua de la Libertad se moría por bajar de su peana y mojarse los pies. El ayuntamiento estaba a un paso de la bancarrota, los Yankees ganaron la liga y el Studio 54 se acababa de inaugurar. Detrás de sus cortinas se escondía la pasta y la cocaína y en el sótano Jimmy Carter, el Rey del Maní,  se metía por las napias raciones de felicidad en línea recta. Cantaba Donna Summer. Cantaba Frank Sinatra: “New York, New York, quiero despertarme en una ciudad que nunca duerme”. Nadie dormía en el horno y pesaban las sábanas y estorbaban las parientas y no funcionaban las plegarias y no hacían gracia los chistes. Se abrieron las espitas de las bocas de riego y los puertorriqueños se pusieron en remojo. El héroe del verano fue Reggie Jackson, Mister Octubre, que bateó tres cuadrangulares a los Dodgers, sea lo que sea una cuadrangular. La noche del 13 al 14 de julio hubo un apagón. La compañía Consolidated Edison dijo que fue un acto de Dios y el alcalde Abraham Beame contestó que un carajo, que eran una pandilla de negligentes. Salió la jungla. Hubo una juerga de barra libre en la noche sin faroles. Se saquearon mil quinientas tiendas. Los negros se llevaron las teles en los carritos. En el Bronx mangaron medio centenar de Pontiacs de un concesionario. Bugas nuevos de momio en la Cocina del Infierno, hermano, Papá Noel adelantó la navidad. Se desataron los incendios. Quinientos polis acabaron en el hospital con las cabezas rotas y se llevó a cabo una detención masiva de cuatro mil salteadores. No sabían donde meterlos y se habilitaron los sótanos de las comisarías. Dios sabe como debieron apestar. Se vieron los primeros punks en Harlem, se bailaba a Gloria Gaynor debajo de las bolas horteras de mosaicos de cristal y fue un mal año para meterse mano en los coches a la luz de las farolas. En las noches de verano de 1977 depredaba el Asesino del Calibre 44 disparando a las parejas que demoraban sus despedidas. A los novios jóvenes les cuesta decir adiós. Todavía tienen cosas que decirse. Con el tiempo se acaban despidiendo a la francesa. Todo el mundo tiene un culo y una excusa. La de la Consolidated Edison fue Dios y la del Asesino del Calibre 44 el diablo, que le exigía sangre para el sacrificio.

El tío raro de Yonkers
El diablo tenía cara de querubín mofletudo porque el hábito no hace al monje. El padre de David Berkowitz preñó a su madre y se largó. Mamá se echó un novio italiano que dijo que no quería llevar maletas y dieron al crío en adopción. David creció en otro nido, como el cuco,  y se enteró a los siete años de que era un niño adoptado cuando los chavales del barrio le dijeron que no era un hijo de verdad. David amó a su nueva madre Pearl Berkowitz con devoción y entendió que el loro de ésta le disputaba la atención y le envenenó. A los diez años no soportó su muerte y frecuentó su recuerdo velándola en el cementerio, durmió debajo de la cama y empezó a provocar incendios. Fue un chico violento, hiperactivo y solitario, le gustaba el béisbol, los tebeos de vampiros y la comida grasienta. No le gustaban los demás. Las hamburguesas le pusieron mofletes de ángel de postal de navidad y con veinte años no se había comido una rosca. Su padre adoptivo le abandonó y David se puso al amparo de la madre patria y se alistó en el ejército. Sirvió en Corea, se estrenó por dos gordas con una china del oficio y pescó una gonorrea, se peleó con el sargento y le licenciaron sin honor. Regresó a Nueva York en 1974, con veintidós años, y provocó dos mil incendios en yermos y solares, alquiló un apartamento en Yonkers y trabajó de vigilante, de taxista y de cartero. Se ponía hasta reventar de hamburguesas con queso y papas fritas y gastaba porno, era adicto a la tele y escribía en las paredes loas a la violencia, hablaba con Satán y dormía sobre un colchón desnudo sobre el suelo: soñaba que era guapo y conquistador y que las chicas se lo rifaban. Acarreaba cien kilos de puro colesterol y salsa barbacoa y soñaba que era apolíneo. En 1976 le pegó un tiro a Harvey, el perro labrador de su vecino Sam Carr, y una semana después mató al pastor alemán de Jack Cassara, otro limítrofe de su barrio. Le escribió a su padre y le dijo que la gente le odiaba y que las chavalas le llamaban feo por la calle. Entre usted y yo: guapo no era.

Primero acuchilló a dos chicas pero no las mató y la intimidad del machete, que exige capea de cerca, no le resultó agradable. Se compró un revólver Special Bulldog del calibre 44. Buscó parejas para chafarles el postre. Se limitó a los barrios de Queens, Brooklyn y el Bronx. New York, New York, la ciudad que nunca duerme. Prefirió la noche. Acometió en ocho ocasiones desde el 29 de julio de 1976 hasta el 31 de julio de 1977 y dejó de corolario seis muertos a tiros: cinco chicas y un chaval. Los pescó en el coche cuando les suponía haciendo manitas y sin avisar les fusiló. La poli le llamó el Asesino del Calibre 44 pero a David no le gustó y escribió un carta diciendo que era el Hijo de Sam, el recadero de Satanás. Le trincaron en agosto de 1977 porque le pusieron una multa por aparcar bloqueando una boca de riego después de su última expedición. Dijo que cumplía las órdenes de Harvey, el perro labrador de su vecino Sam Carr, que estaba poseído por un demonio de 6.000 años de edad. Dicen que si las vacas tuviesen dioses, éstos tendrían forma de vaca. No se sabe como es el diablo de los perros. Puede que tenga forma de lacero municipal. El perro Harvey hacía las cosas que hacen los perros: mear en los rosales, ladrar al cartero y meter el hocico en la retaguardia de los chuchos forasteros para hacer vida social. Le condenaron a 365 años de sombra. El criminólogo del F.B.I. Robert Ressler, especializado en elaborar perfiles psicológicos, le interrogó en la prisión de Attica. David Berkowitz se puso a cuatro patas y ladró. Ressler le dijo que no se lo tragaba y David reconoció que a veces se masturbaba después de los tiroteos. Se le desinfló el camelo en la primera mano. Los actores de tercera sobreactúan y no ganan el Oscar. David no necesitaba cargar las tintas para pasar por orate. Igual si hubiese meado levantando la pata. David Berkowitz sigue tomando el sol a franjas en la prisión de Attica. Ha encontrado a Dios y le divulga, como el Bautista, y está vivo de milagro, porque un preso le degolló en el patio con un pincho trullero y le tuvieron que coser cuarenta puntos a la altura de donde a los perros les ciñen el collar. Repite como una letanía el versículo séptimo del Salmo 33: “Le llamó el pobre y el Señor le oyó, y lo sacó de todas sus angustias”. Amén.

MARTÍN OLMOS

El asesino de los pies grandes

In Lunáticos on 16 de septiembre de 2012 at 22:33

Edmund Kemper gastaba zapatos del cuarenta y seis con rozadura y las mujeres, como las gambas, le gustaban sin cabeza

“Era un gigante egoísta”
OSCAR WILDE

El gigante Edmund Kemper, el Cazador de Cabezas, mató a su abuelita, y como pensó que su abuelito se iba a enfadar, lo mató también. El gigante Edmund Kemper mató también a seis muchachas que estaban en la edad de la doncellez y quisieron ver el ancho mundo en autostop, a su madre, que era campeona de pulsos y estaba en el límite mental de recibir una pensión del gobierno, y a su gatito siamés por conducirse con inconstancia y no tener claras sus prioridades afectivas. Decapitó también a una muñeca Barbie, dejando viudo a Ken, que dejó de afeitarse y de planchar su jersey de tenista. La muñeca Barbie no cae bien a los chavales del montón porque se mira mucho en el espejo y es rubia teñida, tiene cinturita de avispa, zapatitos de tacón y operada la vanguardia. Y es un poquito pendón. Los chavales del montón, que viven instalados en el rubor, prefieren a la Nancy, que es más vecinal y gasta mofletes y cabezón. Edmund Kemper medía dos metros y cinco centímetros y llegó a pesar ciento sesenta kilos y sin embargo era un cagón. Lo malo de los gigantes es que se te pongan delante en el cine y por lo demás los hay buenos, malos y regulares. En el Majábharata se dice de la giganta Putana, que se untó los pezones con veneno para matar al dios Krisná cuando era mamón. El gigante Cristóbal de Licia, en cambio, ayudó al Niño Jesús a vadear un río cargándoselo sobre los hombros y hoy es el patrón de los taxistas.  Edmund Kemper era un gigante malo y le pasaba lo que a Goliath, que a las primeras de cambio le zurraba una tunda un canijo.

El asesino de Barbie
Edmund Kemper nació en Burbank, en California, en 1948 y cuando era pequeño pensó que su padre era John Wayne. Edmund Kemper padre era un tiarrón de dos metros, veterano de la Segunda Guerra Mundial y dueño de un par de manazas sobre las que se podía echar la siesta un adulto de buen tamaño sin que le colgasen las piernas y sin embargo, era la mitad de duro que su mujer. Clarnell  Strandberg era una bruja borracha con voz de soprano que cuando se entrompaba echaba pulsos con los camioneros y les ganaba. Eructaba sonoramente, le olían los pies y estaba en la frontera del cretinismo. Le dio una vida tan feliz a su marido que éste aceptó un trabajo en el Pacífico para probar armas nucleares. Edmund Kemper creció sin padre y mamá le melló el morro de un golpe con la hebilla de un cinturón. En clase era el grandullón pero tenía pavor a la violencia física y los matones del tinglado le ponían la cara del revés. Su profesora de lengua cruzaba las piernas y descalzaba su zapato manteniéndolo en equilibrio con los dedos de los pies y Edmund se enamoró de su blanco talón desnudo y de su tobillo, pero llegó a la conclusión de que no podría besarla si no la decapitaba antes. Jugaba a ser ejecutado, mutiló a la Barbie de su hermana y enterró vivo a su gato siamés por ronronear entre piernas que no eran las suyas. Luego lo desenterró, le cortó la cabeza y la clavó sobre el cabezal de su cama. Clarnell le desterró a dormir en el sótano para que no atacase a sus hermanas. Era miope como un topo, tocaba sinfonías de zambomba y mató al perro del vecino. Clarnell le envió a vivir con los abuelos, que tenían una granja de cuatro hectáreas al norte del estado con vacas y un caballito. Edmund tenía quince años y el abuelo Ed le regaló un rifle del veintidós, le señaló un petirrojo y le dijo: “No mates a nuestros amiguitos”. Kemper mató liebres, crótalos, lirones y petirrojos y el 24 de agosto de 1963 mató a su abuelita de dos tiros traicioneros y la deshuesó a puñaladas. Pensó que el abuelo no iba a encajar con comprensión su nuevo estado civil y por no andar en explicaciones, que probablemente no iba a comprender, le pegó un tiro en la cabeza recién le vio aparecer y se sentó a ver cómo se desangraba.

El genio de Atascadero
Como era menor no le entrullaron por lo común y le metieron en el Hospital Psiquiátrico de Atascadero, que estaba lleno de orates duros como el pedernal de una media de edad de treinta años. El gigante pimpollo se las arregló, en cambio, para mantener la retaguardia en barbecho porque se hizo el preferido de los funcionarios y los médicos descubrieron que tenía un cociente intelectual de 136: el tonto y medio resultó que era casi un genio. Le diagnosticaron esquizofrenia paranoide y le pusieron a ordenar los archivos. Kemper se aprendió de memoria las respuestas convenientes de los exámenes y con veintiún años obtuvo el alta, borraron sus antecedentes y le soltaron por el mundo. Durante los cinco años que se pasó en la grillera, California había entrado en la Era del Acuario y a Kemper le desagradó la tribu de los melenudos que decían que la respuesta estaba flotando en el viento. Le parecieron patulea, bacines de piojos y alucinados de murria. Se fue al Paseo de la Fama de Hollywood y comparó sus pies con los de John Wayne, se cortó el pelo al cepillo marcial y se dejó crecer bigote republicano. Ya le llamaban el Gran Ed, tapaba el sol de puro grandón y era un tío de una pieza. Quiso ser madero pero le sobraba talla y se conformó con soplar cervezas Budweisser con los pasmas del bar “El Jurado”, en el condado de Santa Cruz. Pegó su primer tiro con una de la profesión que le contagió la gonorrea, le dolió cada meada y se le pusieron las pelotas gordas. Kemper no quería puercas hippies  ni comisionistas sino chicas que se tapasen sus gracias con los apuntes de sociología. Desde mediados del 72 hasta febrero del año siguiente recogió a seis estudiantes que hacían autostop y las mató a cuchilladas, a golpes o a tiros. Las decapitó y violó sus cuerpos sin cabeza, a una se la comió con macarrones, cebolla y queso y a otra la disecó. Usaba una navaja de apenas diez centímetros de hoja que clavaba en la carne y haciendo palanca desbloqueaba la vértebra. Cuando no salía a cazar cabezas se pasaba la tarde borracho y se soplaba treinta litros de vino malo a la semana. Llegó a la conclusión de que la ebriedad le apartaba de las matanzas pero concluyó que no podía estar eternamente trompa. Por las resacas, principalmente. Fue a pedir consejo a mamá y le aplastó la cabeza con un martillo de estaquillar y como odiaba su voz de soprano la extrajo la laringe y la tiró a la basura. Después la decapitó y colocó la cabeza sobre la repisa de la chimenea. Le tiró unos dardos. Le acertó las napias y un ojo. Le cantó las cuarenta y por primera vez mamá no le contestó. Más tarde se acostó con el cuerpo descabezado y lo disfrutó. No hubo mucha conversación después del amor. Siempre había pensado que su madre era invencible y se sintió bien. Tuvo que llamar tres veces a la policía para que le tomaran en serio porque los pasmas del bar “El Jurado” le conocían y le tenían por patán y borrachuzo. Pidió que le hicieran una lobotomía pero le encerraron en la prisión de Vacaville y tiraron la llave. No hay chicas en Vacaville y duerme con los pies fríos porque le queda corta la manta, come por dos, le cuesta una pasta al erario, y transcribe al Braille las obras inmortales. En la sala de la tele se pone en la última fila, por no molestar.

MARTÍN OLMOS

Por donde caminan los monstruos

In Lunáticos on 7 de septiembre de 2012 at 13:29

Luis Alfredo Garavito, la Bestia de los Andes, mató a ciento setenta niños mientras decía las Escrituras a los aldeanos de los cafetales

El malo, cuando se finge bueno, es pésimo”
FRANCIS BACON

El miserable Luis Alfredo Garavito, que le decían Tribilín, de oficio predicador y buhonero de la quincalla, fatigaba los caminos de los departamentos colombianos rumoreando su género y entre las estampas del Papa de Roma escondía la muerte. Cromitos de Juan Pablo II vendía, aseguraba que milagreros, y del Niño Divino del 20 de Julio, que es el Cristo de los pobres de Bogotá, y la muerte la regalaba porque le salió el cuchillo generoso. Garavito el Tribilín tenía jeta de peladito del cafetal, de cholito bueno y cumplidor que baila la cumbia, ni bien ni mal, en la fiesta de la vendimia; tenía cara de nadie y cara de todos, de peladura común, que le venía muy bien para su industria, en la que no conviene llamar la atención. Tribilín andaba las sendas colombianas de norte a sur difundiendo desahogadamente la muerte en un país que ya estaba hecho al espanto del narco y de la guerrilla, que al perro flaco le van todas las pulgas. A Garavito el Tribilín le gustaba tomarse el coñá bravo de garrafón y arrimarse la trompa y decía que era pastor de la Iglesia Pentecostal y que expulsaba al demonio del cuerpo de los pecadores. Se corrió cinco veces el país en alpargatas, con sus cromos de santos y de Papas, confiando en la caridad de Dios y en el sol de mayo, y guardando el puñal en la camisa. A Garavito el Tribilín le gustaba tomarse el coñá bravo de garrafón y le gustaban los niños parias, que no tienen quien les defienda, y si eran guapitos mejor. En Colombia abunda el café, el tabaco y la quina, y abundan los niños guapitos que pisan descalzos, que por no llevar zapatos andan en el riesgo de que les muerda una bicha. Al mundo, tal como está, hay que salir con botas, y si son de caña alta mejor.

El predicador
Luis Alfredo Garavito nació en Génova, en el sur del departamento de Quindío, el 25 de enero de 1957. A los del Quindío les dicen paisas por ahorrarse la última sílaba de paisanos, tienen cartel de buenos arrieros de mulas montañeras y no apean el tratamiento y dicen de vos, como los tanguistas del Río de la Plata. A Garavito le molió su padre a palos con una correa de piel hermoseada de pesos de plata y cuando tenía trece años el cura del pueblo le violó benditamente. Creció infancia violenta y no hizo compadres, estudió hasta quinto grado de primaria y un buen día lió el costal, no se despidió, porque tampoco le iban a echar de menos, y cogió el camino para buscarse el porvenir. No esperaba mucho de la vida y se dio al bebercio sin remisión, encontró trabajo en una agencia de ventas en la que  acabó a trompadas con un compañero, al que le dobló el belfo a puñetazos,  y se acordó  sin respeto de la madre del director, dormía mal, llegaba tarde al tajo y convivió con dos parientas que le dejaron porque las zurró. Acariciaba a los niños voluptuosamente y mezclaba lecturas de esoterismo con el “Mein Kampf”. Por las noches hablaba con Satanás negociando su alma y tenía problemas de mansedumbre sexual, se le agachaba el pajarito en la suerte de matar y decidió vivir del cuento. Estando en la ciudad de Cartago se compró una sotana de cura y dijo las escrituras en las aldeas, sacándoles los pesos a los crédulos y prometiéndoles la paz de Dios. Se hizo chamarilero y nómada y recorrió el país vendiendo estampitas del Niño Jesús y calderos de cobre, se inventó fundaciones piadosas y largaba charlas ejemplares en las escuelas, se hacía pasar por cojo y como tenía peladura de las que abundan, gastó también nombres abundantes y le decían, según municipios, el Loco, el Conflicto y el Monje. Ofició de brujo, dicen que obró milagros, tomaba el licor granuja de las tambarrias de mala muerte sin moderación y una noche que se agarró la curda en Cali vendió su alma al diablo y le prometió sembrar la peste a cambio de la omnipotencia. El diablo no le puso entusiasmo a la transacción porque el alma del Tribilín no valía el chavo.

En 1992 el Tribilín pasó de molestar a los niños a matarlos en la selva muda. Los buscaba en las cocheras de las guaguas, en las huertas del cafetal y a la salida de los desasnaderos de pueblo adonde no les iban a recoger sus padres porque andaban agachándose en la molienda para llevar a la choza algo de masticar. Los buscaba pobrecitos y lindos de mirar, de entre cinco y quince abriles, como mucho dieciséis. Los enredaba con palotes de regaliz y les decía para andar juntos la vereda y cuando daba una vuelta el camino los amarraba con un alambre y les mataba a palos. Donde empezaba la jungla y no había concurrencia les molía a patadas en la cabeza y les saltaba encima para romperles las costillas. Los violaba cuando se lo permitía la mamada de coñá y le daba la correa y los finalizaba a cuchilladas de destornillador. Se entregaba a veces a la mutilación. Después dormía la mandanga y le despertaba el rocío en los riñones, apuntaba su hazaña en un librito de tapas de hule, enterraba el despojo y se iba a otro pago a predicar a Dios. Durante los siete años que duró su ministerio asesinó a ciento setenta y dos chiquillos en los departamentos de Cundinamarca, Quindío, Caldas, Antioquía y el Valle del Cauca. La policía empezó la pesquisa en 1997 cuando se encontraron treinta y seis cuerpos descompuestos a las afueras de la ciudad de Pereira, pero siguió la pista de la santería del narco, de los traficantes de sebos y de los chulos del puterío.

Al Loco Garavito, el Tribilín, le cogieron en 1999 en el municipio de Villavicencio, cuando andaba en la labor de apiolar a un chaval. Se arrugó temprano, el cagón, y se echó de rodillas, en postura de penitenciar, y largó el inventario de sus infamias que tenía anotadas en su librito de tapas de hule. Dijo versículos de San Pablo durante la confesión. Con su cara de cholo del cafetal, de pinche pobre y flaco, dijo que fue el diablo el que le enredó. A vueltas con el diablo andan los canallas, echándole la culpa de todo al pobre. Le metieron en el penal de Valledupar, aislado de los camaradas que lo quisieron capar porque ni a la hez del presidio le gusta un Herodes. Querían cortarle el riego de los colgantes laceándole un cable en la base de la bolsa. Con el tiempo se ha ido poniendo mofletudo y gafoso y una vez se quiso matar abriéndose la cabeza a golpes con los barrotes. No embistió como es debido y apenas se rasguñó la cornamenta. El que se quiere matar encuentra la manera, lo demás son verónicas. Ahora va portándose buenecito en el presidio para ir rebajando pena porque quiere salir y levantar una fundación que recoja donativos para paliar con platas los lutos duraderos de las familias de sus víctimas. Está lleno de buenas intenciones.

MARTÍN OLMOS

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