MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Reyes y caudillos’ Category

Regicidios, desmembramientos y la cabeza de Enrique IV

In Ejecuciones y linchamientos, Reyes y caudillos on 21 de febrero de 2014 at 19:05

El primer Borbón que reinó en Francia fue asesinado por un místico pelirrojo que fue ejecutado con verónicas en la plaza de la Grêve

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“París bien vale una misa”
ENRIQUE IV

François Ravaillac enloqueció de Cristo y de hambre, afanó un puñal en un hospicio y le pegó dos cuchilladas al rey Enrique IV de Francia, que hasta entonces había demostrado un notable talento para salir vivo de una docena de atentados y para cambiar de confesión según las circunstancias. A Enrique IV París le costó una misa, y puede que también un rosario, contribuyó a la demografía con once hijos bastardos y se pasó la vida rezando en latín o por Calvino dependiendo de la estación del año. Durante su reinado (1589-1610) los protestantes hugonotes pelearon a la Liga Católica de la casa de los Duques de Guisa y se rebanaron pescuezos con desahogo en el nombre de Dios. Enrique IV tuvo que gobernar como Damocles, expuesto a la daga de los jesuitas que pendía sobre su cabeza sujeta por una crin de caballo, y aprendió a soplar frío y caliente con el mismo aliento y a echarse las siestas con un ojo abierto mirando detrás de las cortinas. A su antecesor en el armiño, su cuñado Enrique III, se lo madrugó por la teológica un clérigo dominico llamado Jacques Clément pegándole una puñalada en el vientre. El jesuita Jean Guignard llamó a Enrique III sardanápalo por no llamarle maricón porque el monarca se pintaba los ojos y sacaba mozos de paseo por París. A Jacques Clément le destriparon   a alabardazos y le desmembraron después de muerto atando sus extremidades a cuatro caballos al galope, quemaron sus restos y sus despojos se los dieron de comer a los cerdos. El jesuita Jean Guignard dijo que a Jacques Clément le inspiró el Espíritu Santo, llamó zorro a Enrique IV y acabó asado en una hoguera por llamar a la ejecución de los príncipes herejes.

A Enrique IV le quisieron mandar al purgatorio los de la Liga Católica contratando a un ballestero italiano que al final no tuvo puntería y a la alquimista Nicole Mignon, que era medio bruja y pretendió impregnar el lecho del monarca con un líquido venenoso de su invención. En la Matanza de San Bartolomé (1572) estuvieron a punto de afeitarle a la altura de la corbata y una vez que cruzaba a caballo el Puente Nuevo de París, un loco llamado Jacques des Isles le tiró de la montura agarrándole por la capa. Jacques des Isles decía descender del primer rey francés Faramond y acabó pudriéndose en La Bastilla. El rey se escapó de los atentados de Jean Guesdon, Señor de Haut-Plessis, que fue ENRIQUE IV DE FRANCIAquemado en la Plaza de Grêve, y de los monjes capuchinos Ridicoul y Langlois, a los que les dieron el suplicio de la rueda. En 1594 el joven Jean Châtel le atacó con un cuchillo en mitad de un baile en la casa de su amante Gabrielle de Estreés y le cortó el labio superior y le rompió un diente. Jean Châtel era hijo de un vendedor de telas, había sido educado por los jesuitas y era medio bujarrón. El padre Guéret de la iglesia de Saint André des Arts le bendijo la daga y le dijo que Dios le cuadraría las sodomías en el balance del Juicio Final a cambio de la vida del rey. A Jean Châtel le amputaron la mano derecha, le despellejaron con tenazas al rojo y le descuartizaron atándole a las grupas de cuatro caballos, después le dieron fuego y aventaron sus cenizas en una encrucijada.

François Ravaillac era pelirrojo como decían que fue Judas y probablemente epiléptico. Nació en Angulema en 1578 y de niño vio como los hugonotes usaron la pila del agua bendita de la catedral de San Pedro como abrevadero de sus monturas. Ravaillac era un mazorral roblizo que podía enderezar la duela de un barril a pulso que sin embargo no anduvo en faldas por ser virtuoso y un poquito manso de astil. Propendía al éxtasis y unas veces veía a Jesucristo coronado de espinas y otras al demonio en forma de búho.   Durante un tiempo fue monje bernardino en el convento de Saint Honoré y enseñó el catecismo a los niños, pero generalmente vivió de la mendicidad, dormía en un pajar y acumuló deudas que le llevaron a prisión. Viajó a París pidiendo en los caminos y trató de entrevistarse con el rey para recomendarle combatir a los herejes, pero le acabaron echando de la plaza del Louvre por lunático. En un hospicio birló un cuchillo desmangado, le puso unas cachas de palo y el 14 de mayo de 1610 consiguió acercarse al carruaje real en la calle de la Ferronnerie, en el camino del Cementerio de los Inocentes. Escaló al estribo del coche y le pegó dos puñaladas al rey: la primera le hirió superficialmente el pecho y la segunda se la hundió hasta el mango en el pulmón y le seccionó la aorta y la vena cava matándole en el acto. Después  se dejó prender por el gentilhombre de Courson, que le pegó en la cara con el pomo de su espada.

La ejecución
A Ravaillac le encontraron un relicario en forma de corazón y monedas chicas, le llevaron preso a la Torre de Montgomery en la Conciergerie y con una cuña de madera y un mazo de carpintero le rompieron los pulgares, los tobillos y las rodillas. El 27 de mayo de 1610 le condujeron a la plaza de la Grêve sobre un carro de desperdicios vestido con una camisa vieja y sujetando un cirio encendido de dos libras de peso. La muchedumbre le quiso linchar por el camino y se negó a cantar con él el Salve Regina. El padre Filesac no quiso confesarle. En el cadalso le FRANÇOIS RAVAILLACsumergieron la mano derecha en un cubo de azufre fundido y le abrieron con tenazas al rojo tajos en los pezones, los brazos y las pantorrillas sobre los que vertieron plomo fundido, pez blanca ardiendo y cera en ebullición. Después le ataron a cuatro caballos y los fustigaron para descuartizarlo. Los cuatro pencos tiraron durante media hora rompiéndole los huesos pero no consiguieron desmadejarlo y los ciudadanos ofrecieron sus propias monturas para sustituirlos. Ravaillac sostuvo que actuó solo pero probablemente fue un precedente meapilas de Lee Harvey Oswald y un primo para el martirio de un oscuro complot. El cronista del rey L´Estoile aseguró que antes de diñarla dijo: “Se burlaron de mí cuando quisieron convencerme de que el acto que iba a cometer sería bien recibido por el pueblo, que ahora ofrece sus caballos para que me descuarticen”. Arrearon durante más de una hora a los caballos frescos que al final le desmembraron y de Ravaillac solo quedó el torso decapitado, que fue desgarrado por el popular con cuchillos de cocina y quemado en una plaza. Algunos aldeanos se llevaron despojos a sus pueblos para asarlos con los paisanos y los mercenarios de la Guardia Suiza quemaron un trozo debajo del balcón de la reina María de Medici. El alguacil de la villa de Angulema desterró del reino a la madre de Ravaillac prohibiéndole el regreso bajo la pena de estrangularla, derribó su casa natal y obligó al resto de su familia a renunciar a su apellido. No obstante, durante un tiempo se les llamó “ravaillacs” a los pelirrojos.

Enrique IV fue momificado por unos embalsamadores italianos y le enterraron en la basílica de Saint-Denis. En 1793 la chusma de Robespierre profanó su tumba y como el despojo estaba en buenas condiciones lo apoyaron en un pilar para que fuese abofeteado por el popular, que encendido por el entusiasmo lo decapitó. Su cabeza desapareció hasta que un anticuario la compró en 1919 por tres francos y se la dejó de herencia a su hermana, que la vendió a un hombre llamado Jacques Bellanger en 1955. Bellanguer la cedió al forense Phillippe Charlier en 2010, que certificó su autenticidad, y se la regaló a Luis Alfonso de Borbón, al que los monárquicos franceses consideran el legítimo heredero del trono de Francia (Luis XX), que desde entonces es su custodio y ha recomendado que sea devuelta a la cripta de Saint-Denis junto con un pulgar que se conserva del rey en un museo de Pontoise.

MARTÍN OLMOS

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El mortal oro

In Reyes y caudillos on 8 de agosto de 2013 at 15:38

 No es oro todo lo que reluce y ni flota ni se puede beber en fundición, y dicen los que lo tienen que no da la felicidad. Los que no lo tenemos no sabemos qué opinar

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dicen los romanos que a las muchas virtudes de Craso sólo un vicio hacía sombra, que era la codicia”
PLUTARCO

Las tardes de ocio sin tele inclinan a darle vueltas a la de pensar y llegamos a la conclusión de que la única ventaja que tenemos sobre los ricos es que a ellos les tiene que importar más morirse. A nosotros los del salario como que nos da un poco igual diñarla porque si morimos un martes, nos queda el consuelo de no tener que madrugar el miércoles. A los ricos les espera una jubilación de tardes de balandro y los nietos les van a visitar, para ver lo que trincan. A nosotros nos queda una hernia de hincarla que nos impide progresar en el golf y estirar la mortadela, y no nos viene a ver ni Dios. Una eternidad de mortadela te deja el estómago para vinagre y resulta que ahora el Almax no lo cubre la Seguridad Social. El tipo que dijo que el dinero no da la felicidad era primo del que concluyó que el trabajo ennoblece y ninguno de los dos se lo creía del todo y no firmó la sentencia. El cuento del hombre feliz que no tenía camisa lo escribió Tolstoi y uno no se acaba de creer que un ruso aguante sonriendo un invierno en la tundra a pecho descubierto. Más bien pensamos como Heráclito de Efeso, que le decían el Oscuro, que sostenía que solo a los asnos les gusta más la alfalfa que el oro. El oro, al igual que las reputaciones, cuesta mucho conseguirlo pero más guardarlo, y además no flota. A la hora de flotar lo mejor es guardar la ropa o, por lo menos, tirarse a nadar con la menor cantidad de calderilla en el bolsillo. Yusuf Ismail, que le llamaban el Terrible, sudó su oro en los mentideros de la lucha libre y no calculó que suele respirar mejor un pobre a flote que un tesoro debajo del mar.

Yusuf Ismail nació en una aldea cerca de Shumen, cuando Bulgaria era parte del Imperio Otomano, en 1857. A Yusuf Ismail le llamaron el Turco Terrible, medía casi dos metros y pesaba ciento cuarenta kilos descalzo y cuando se quedó sin rivales en las lonas europeas de la lucha libre inició una gira por los Estados Unidos apadrinado por el promotor William Brady, que llevaba la carrera del campeón de los pesos pesados Jim Jeffries. El Turco Terrible se exhibió en el London Theatre de Nueva York apostando cien dólares a que nadie podía aguantarle quince minutos sobre el reñidero y venció al campeón americano de lucha Evan Lewis, que le llamaban el Estrangulador, dejándole frito con su famosa Llave del Dormilón. Después de un año de victorias, Yusuf Ismail recogió la ganancia y sacó un pasaje de vuelta con la intención de abrir un café en el barrio de Üsküdar de Estambul y jubilarse en tertulias interminables debajo de medias lunas. Exigió el pago de su botín de 10.000 dólares en monedas acuñadas en oro y se las ciñó en un cinturón con el que se embarcó en el SS La Bourgogne, un trasatlántico de dos chimeneas y cuatro mástiles que se fue a pique el 4 de julio de 1898 a la altura de Nueva Escocia, en Canadá. Yusuf Ismail se lanzó al mar y el mar se lo tragó inexorablemente porque no se quiso desatar de sus monedas de oro que eran su sueño de mesonero en Estambul y murió rico, húmedo y emprendedor.

Muertes de ricos
Los pobres nos morimos de cualquier cosa y, a veces, de hambre, pero rara vez de un empacho, que es un final de pudientes que pueden encargar otro postre. El emperador Maximiliano I de Austria, padre de Felipe el Hermoso, murió en 1519 de una indigestión de melones y Enrique I de Inglaterra, hijo de Guillermo el Conquistador, la diñó en 1135 por hartarse de lampreas. Las lampreas son unos peces feos y vampiros que se preparan a la borgoñesa con un poco de coñac, cebollas, pimiento y laurel y Enrique I fue el rey inglés que más bastardos reconoció. El Gran Duque de Vendôme, Louis Joseph de Borbón, murió en Vinaroz en 1712 de una indigestión de langostinos y el rey Adolfo Federico de Suecia, que destacó más de tragón que de monarca, dejó este mundo en 1771 por una complicación digestiva después de zamparse una cena de langosta, caviar, repollo y medio ciervo que rindió repitiendo quince veces el postre. Marco Licinio Craso, que fue el financiero de Julio César y el hombre más rico de Roma, murió de un empacho de oro, que lo tomó en su estado líquido, como el chocolate de después de las verbenas.

Craso tuvo el talento de arrimarse al ascua que calienta y de multiplicar los dividendos. Primero distinguiéndose en el apoyo a Lucio Cornelio Sila y después asociándose en un triunvirato con Julio César y Pompeyo, se hizo con el control financiero de Roma por medio de una intrincación de industrias que iban desde la explotación de casas de putas que BUSTO DE MARCO LICINIO CRASOponía a nombre de testaferros hasta la especulación inmobiliaria y el comercio de gladiadores. Puso de manifiesto su ignorancia absoluta del escrúpulo cuando gestionó en monopolio el cuerpo de bomberos de Roma a la vez que dirigía una red de incendiarios que mantenían la demanda. Cuando sus pirómanos le metían candela a una villa sus funcionarios le daban a la bomba solo cuando el propietario le vendía el inmueble a Craso por un precio de risa. No le quedaba más remedio que asumir que más valía quedarse con poco que perderlo todo. Cuenta Plutarco que por ese medio la mayor parte de Roma vino a ser suya.

Lo malo de los ricos es que también quieren ser guapos y más altos y Craso no se conformó con lo que tenía, que era casi todo, y persiguió la gloria militar. Se ganó cierta reputación guerrera aplastando la rebelión de los gladiadores de Espartaco por la que obtuvo el derecho de tocarse con una corona de laurel, pero no de mirto, que se reservaba para los vencedores de ejércitos regulares y no de revueltas de esclavos. Craso quería su guerra y la encontró invadiendo el imperio parto, al noreste de lo que hoy es Irán,  para hacerse con su oro. Financió la leva de siete legiones y cruzó el Eúfrates. Por el camino saqueó el Templo de Jerusalén y recuperó la brutal punición del diezmo, por la que en casos de tibia combatividad de las legiones eran ejecutados uno de cada diez soldados arbitrariamente y para dar ejemplo, con lo que se corría el riesgo de sacrificar al bravo y dejar de una pieza al cagón. En el año 53 antes de Cristo, el ejército de Craso llegó a las puertas de la ciudad de Carras extenuado y después de pasar un invierno en molicie durante el que su general, según Plutarco, se pasó los días inclinado sobre las balanzas, cuadrando la contabilidad. En la batalla que se sucedió, los arqueros del general parto Surena masacraron a las legiones de Craso, que cayó prisionero y fue ejecutado por el medio de forzarle a beber una copa de oro fundido, que le limpió definitivamente los intestinos en una lavativa mortal.  A Craso le hizo en el cine Lawrence Olivier y le dibujó un poquito bujarrón de sauna que se ponía pulpo con el esclavo Antonino, que era Tony Curtis sin comedia y vestido de bañista del paseo de Venice. Cuenta Plutarco que las rameras seleucienses que seguían a las tropas partas hicieron escarnio del cadáver de Craso cantándole de afeminado. El general Surena le cortó la cabeza y se la envió al rey Orodes, que permitió que con ella hiciese una performance el cómico Jasón de Tralis durante la representación de Las Bacantes de Eurípides, en la que la enseñó al público y cantó los versos: “Del monte a nuestro techo esta dichosa caza traemos…”

MARTÍN OLMOS

El terrorista libertario

In Matanzas, Reyes y caudillos on 29 de junio de 2013 at 13:59

El anarquista Mateo Morral quiso hacer jaque al rey y derribó 23 peones

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Por tu negro verbo de Mateo Morral”
RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

Una boda generalmente la tuerce el cuñado que se la engancha, canta una jota a destiempo y le pellizca las sentaderas a una prima del pueblo que es fea pero formal. Sobre las nalgas de la prima, que son percheronas, no son frecuentes las llamadas a la lujuria y el pellizco, por inusual, lo agradecen, pero como hay gente delante, la prima se ve en la obligación de avisarlo con escándalo y manifestar conturbación. Después se arma, qué vergüenza. En las bodas reales, en cambio, se observa más el miramiento y los comensales, que andan en no marrar en el manejo del cubierto numeroso, cumplen la función con decoro y si alguien tuerce el festejo suele ser un anarquista al que se olvidaron de invitar. Al anarquista le irritan las pitanzas de lujo con postres de tiramisú y cuando se entera de una se levanta aguafiestas. Al anarquista no le apetece rendir las noches en el cabaret mirando el muslo burgués de las cigarreras y prefiere pasarlas a la luz de una vela leyendo a Kropotkin, que por ruso tiene mucho predicamento. El anarquista gasta gabán negro de faldón en invierno y en verano (no le gustan los tonos de primavera), que le sirve para ocultar la bomba y el puñal, el mentón azul de no rasurarse con esmero y la carita de hambre, aunque a veces el ayuno lo imposta pudiendo comer caliente. Decían en los casinos que al anarquista se le pasa la acracia, como si fuese un sarampión, cuando se encuentra un duro y tiene para gastar pero Mateo Morral no guardaba esa condición porque venía de familia de posibles que le había brindado educación de esmero, parlevufransé y almuerzos de primero, segundo y postre. Y, sin embargo, como a otros les llaman las musas, a él le llamó la revolución.

Es bien sabido por estos pagos que afuera están los librepensadores y Mateo Morral, después de un viaje a Alemania, regresó a Sabadell pensando libertario. Pasaba poco de los veinte años y le dijo a su papá, que era comerciante textil, que quería la parte que le tocaba y se puso a trabajar en el centro educativo de Francisco Ferrer y Guardia, masón y anarquista que acabó fusilado en 1908 en el foso de Santa Amalia, en la prisión de Montjuic, por su participación en los sucesos de la Semana Trágica (Anatole France dijo que su único crimen fue haber fundado escuelas laicas). A Morral le prologó un libro Federico Urales, el padre de Federica Montseny que más tarde fue uno de los fundadores de la CNT, y se enamoró de la señorita Soledad Villafranca, la compañera de Francisco Ferrer y probablemente una de las razones por las que se fue a Madrid en 1906 a contribuir al triunfo de La Idea, a practicar la propaganda de acción y a tirarle una bomba al rey de España el día de su casorio.

Victoria Eugenia de Battemberg renunció al anglicanismo para casarse con el rey Alfonso XIII de España, en este caso Madrid valió la misa. El obispo de Nottingham celebró la ceremonia de su conversión al catolicismo en la capilla privada del Palacio de Miramar en San Sebastián y el 9 de marzo de 1906 la Casa Real Española anunció el compromiso matrimonial. A Alfonso XIII le decían el Piernillas porque era flaco y le gustaban, por motivos diferentes, los militares y las chavalas. A Victoria Eugenia le llamaban en familia Ena, por abreviar, y era moza walkiria y de estampa, con lo que prometía lucimiento como reina consorte. Se casaron el 31 de mayo de 1906 en la iglesia de San Jerónimo el Real, el novio ciñó uniforme de gala de capitán general, la banda de la Gran Cruz Roja del Mérito Militar y espuelas de oro y la novia satén blanco bordado en plata, cola de cuatro metros y en la cabeza la Diadema de las Flores de Lis, una tiara de brillantes diseñada por el joyero Ansorena regalo del prometido.MATEO MORRAL

Unos días antes, Mateo Morral grabó a navaja en un árbol del Retiro “Ejecutado será Alfonso XIII el día de su enlace”, y firmó: “Un irredento”. Se alojaba en la Fonda Iberia, en el dos de la calle Arenal, pero alquiló por veinticinco pesetas diarias una habitación con ventana al exterior en el cuarto piso de una pensión del 88 de la Calle Mayor, por donde iba a discurrir el cortejo nupcial. Hoy el inmueble sigue derecho y debajo abre la Casa Ciriaco, en donde hacía tertulia Julio Camba,  que presume carta de pepitoria de gallina y perdiz con judiones en temporada. Durante su breve y violento lapso madrileño Mateo Morral frecuentó la imprenta del panfleto anticlerical “El Motín”, dirigido por José Nakens, que llevaba por blasón tener a 47 redactores excomulgados por la iglesia de Roma, y la horchatería de Candelas de la calle de Alcalá, en donde hacían tertulia los modernistas. Quizás también frecuentó los alivios putañeros porque le encontraron boticas contra la sífilis en su bolsa de viaje. Mateo Morral guardaba una bomba de tipo Orsini, que también la dicen “corbeille” o de cesta, debajo de la cama de la pensión de la Calle Mayor. La bomba Orsini explota al impacto, porque carece de dispositivo de tiempo o de espoleta, la inventó el independentista italiano Felice Orsini y la estrenó tirándosela al paso del carruaje de Napoleón III cuando salía de la ópera de París en 1858.  La víspera del enlace Mateo Morral ensayó lanzamientos con naranjas desde la ventana de la habitación y los guardias le llamaron al orden, luego se fue a garbear por la horchatería de Candelas con dos compadres de la causa, uno era el ex tranviario Ibarra y el otro un polaco de apellido Semovich que era viajante farmacéutico con exclusividad en el producto “La Lecitina Billón, para facilitar la digestión”. Allí tuvieron altercado, que no pudo llamarse tángana, con el pintor Leandro Oroz, que les dijo que los anarquistas dejaban de serlo cuando juntaban cinco duros. Se saldó en zarandeo y hombrada pero no se contaron puñetazos.  Después se retiró al dormidero, tenía veintiséis años y hazaña a la mañana siguiente, pero se demoró en escribir una postal de amor a la señorita Soledad Villafranca.

Al pueblo de Madrid, por disfrutar de clima amable, le gusta salir a la calle por ver pasar el bautizo o el funeral y así distraer el hambre y no ir a la oficina. El 31 de mayo abarrotó la Calle Mayor para hacerle el jaleo al carruaje real, que rendía el trayecto entre la iglesia y el palacio. Al paso por el número 88, sobre las dos de la tarde, frenadas las caballerías por doblar curva, Mateo Morral tiró la bomba envuelta en un ramo de flores pero como el hombre propone y la curva de trayectoria dispone, el paquete tropezó con los cables del tranvía y cayó sobre el tumulto mirón matando a 23 paisanos e hiriendo al centenar. A la reina Victoria Eugenia le salpicó la sangre plebeya el manto de flores de lis. El civilerío, la Guardia Real y los soldados de escolta del Regimiento Wad-Ras escribieron las bajas, la nobleza salió ilesa. Mateo Morral huyó en la confusión y dos días después sus modales finolis, el acento de Sabadell y la cara de haberse comido al canario levantó el recelo de la parroquia de la venta de los Jaireces, en Torrejón de Ardoz. El guarda Fructuoso Vega le pidió filiación y Mateo Morral le asesinó de un tiro y después se suicidó disparándose en el pecho. En la cripta del Hospital del Buen Suceso, Ricardo Baroja le hizo una aguafuerte al cadáver del anarquista, al pobre Mateo Morral, libertario y mal lanzador, que calzaba alpargatas nuevas, mono de tajo y carita de mal de amores. Acaso pensó que Soledad Villafranca podía ignorar un soneto pero no un regicidio.

MARTÍN OLMOS

Negros zulúes y sangre azul

In Hazañas bélicas, Reyes y caudillos on 19 de junio de 2013 at 23:13

Las excursiones de la nobleza a zonas en conflicto persiguen la publicidad y huyen del riesgo pero, a veces, se complican

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“¿Quién es ese pueblo extraordinario que vence a nuestros generales, convence a nuestros obispos y acaba en un día con una gran dinastía?”.
BENJAMÍN DISRAELI.

Resulta que por ir un molón a un festejo, el príncipe Harry, que es pecoso y zanahorio, y tercero en la línea de sucesión al trono de Inglaterra, se vistió de oficial nazi, se pescó una trompa y salió en la portada de “The Sun”. Cuando vieron la foto, los polacos acopiaron latas de conserva y se metieron debajo de la cama. Decían en Roma que la mujer del césar, además de serlo, tiene que parecerlo y el príncipe Harry aquella noche pareció gañán, curdela de guateque y poco sensible con la parte de sus paisanos que aún recordaban el Blitz. Cuando le leyeron la cartilla en Clarence House, la casa del Príncipe de Gales, el chaval se quiso ir a las Cruzadas, como Ricardo Corazón de León, porque en las biografías reales adorna más una guerra que en las de las bailarinas un amante tísico. Su tío Andrés ya frecuentó Las Malvinas, leyendo revistas de polo en el camarote mientras los gurkas tibetanos barrían el patio trasero  de mamá. A pesar de la oposición del Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra sir Richard Dannant, Harry de Afganistán fue destacado en la región de Helmand, en el suroeste de Kabul, para que combatiese al  barbudo talibán y se hiciese postales pintureras debajo de un sol de Lawrence de Arabia. Sir Richard Dannant, que es Caballero Comandante de la Orden del Baño, seguramente sabía que el ilustrerío en el frente complica y que las balas, como las flechas de Cupido, son ciegas y no miran si en el que se meten es huérfano y sustento de la familia, rey, santo o uno que pasaba por allí. Al general que le toca un célebre en la tropa se le levanta una jaqueca y si se descuida le pasan la cuenta del funeral; en el ejército inglés, que es dado a reñir en las colonias, lo saben muy bien desde que los negros cafres le matasen al último de los Bonaparte, que pretendió recuperar el trono de Francia jugando a ser Gordon de Jartum.

Fue durante el levantamiento zulú contra la ocupación inglesa del Transvaal sudafricano en 1879. Los casacas rojas de la reina Victoria  se fueron a dar un paseo, con los galgos y el servicio de té, pensando que le iban a pegar un repaso a un hatajo de negros en taparrabos hasta que, recién empezada la campaña, los zulúes les dieron una paliza bajo las colinas de Isandlwana y aniquilaron a media docena de compañías de infantería. “¡Ahí llegan, señor, espesos como la hierba y negros como el infierno!”, avisó el soldado Hitch, del 2º Batallón del 24º Regimiento, cuando unos días después atacaron el puesto de Rorke´s Drift. Zulú significa cielo y sus guerreros cruzaban los ríos cantando un sonido onomatopéyico que simulaba el zumbido de las moscas para espantar a los cocodrilos, podían recorrer sesenta kilómetros en una jornada a paso de carrera y atendían la lucha cuerpo a cuerpo deteniendo las bayonetas con el “isihlangu”, el escudo de piel de toro curtida en estiércol, y atacando con el “assegai”, la tradicional lanza corta cuyo temple guardaban en secreto los herreros de la tribu. Cuando se enteró del desastre, Luis Enrique Juan José Napoleón Bonaparte solicitó al duque de Cambridge, comandante en jefe del Ejército Británico, alistarse en el NAPOLEON IVcontingente de refuerzo que la metrópoli se disponía a enviar a Ciudad del Cabo. Luis Enrique era el último de la casa de los Bonaparte, sobrino nieto del corso e hijo de Napoleón III y de Eugenia de Montijo, Grande de España y condesa de Teba. Eugenia de Montijo era granadina y nació durante un terremoto, Rubén Darío le escribió un poema y practicó una alcoba hospitalaria, restauró el castillo de Arteaga y puso de moda los veraneos en Biarritz. Napoleón III fue el último soberano de París y había muerto en 1873 en el exilio en Inglaterra, después de la derrota francesa en la guerra franco prusiana. Estaba enterrado en la cripta imperial de la Abadía de Saint Michael. Luis Enrique era mozo guapetón, buen jinete y rumoreado de novio de la princesa Beatriz, hija de la reina Victoria, y los franceses que albergaban la esperanza de restituir la casa bonapartista le rendían el tratamiento de Su Alteza Imperial. El primer ministro Benjamín Disraeli consideró que la alternativa encerraba riesgos que no estaba dispuesto a correr pero la reina Victoria ejerció su influencia y consiguió que el príncipe, que se había graduado con el número 7 de una promoción de 34 en la Academia Militar de Woolwich, pudiese desplazarse a la campaña como observador civil, sin mando militar ni opción de entrar en combate.

El 28 de febrero de 1879 Luis Enrique zarpó desde Southampton con destino a Ciudad del Cabo. En el puerto le despidió su madre, la prensa y la comunidad francesa en el exilio. Luis Enrique tenía 23 años y ganas de engordar méritos, tenía un ojo en París y se llevó el sable de su tío abuelo Napoleón y dos de sus caballos preferidos, un par de pura sangres de silla alta. Le duraron lo justo, uno se rompió una pata al desembarcar y hubo que sacrificarlo y el otro se murió por fino, porque no se acostumbró al pasto africano. El periódico Le Figaro envió al corresponsal Paul Deléage para seguir las andanzas del príncipe y Luis Enrique comprendió las ventajas de una publicidad brava, desenvainó el sable del abuelo y sacó a relucir el armiño. El 1 de junio de 1879 se obstinó en efectuar un reconocimiento topográfico en las orillas de Blood River, en la zona de Natal, para buscar un lugar idóneo para acampar. Le obligaron escolta de seis hombres y la sumisión a las órdenes del teniente Brenton Carey, que estaba propuesto para capitán y lo último que deseaba era complicarse la vida. Cuando llevaban cabalgadas cinco horas era Luis Enrique el que dictaba el paso y decidió desmontar para descansar. Aunque la zona estaba considerada segura la rebanada, como casi siempre, cayó por el lado de la mantequilla y una patrulla de treinta guerreros zulúes les atacaron abatiendo a tiros a dos hombres de la expedición. En inferioridad, el teniente Carey mandó retirarse al galope pero la brida de Luis Enrique se rompió y le dio en tierra dejándole solo y a pie ante el enemigo. Le mataron de frente, a lanzazos de “assegai”, y en señal de respeto no le mutilaron. Encontraron su cuerpo desnudo a la mañana siguiente, con más de diez heridas frontales y ninguna en la espalda, que parece que no ofreció, con lo que murió valiente pero llevándose por delante el ascenso del teniente Carey, al que el teniente coronel Redvers Buller le recomendó que se pegase un tiro, y la carrera política de Disraeli. La sangre azul no es refractaria al cuchillo y el turismo de guerra tiene su riesgo, como el esquí, el polo y otros pasatiempos nobles. El príncipe Harry volvió de Afganistán de una pieza y con la imagen repasada,  puso las fotos de la mili encima de la tele pero no pudo evitar que, poco después,  el Channel 4 emitiese la agonía de su madre en el túnel de l´Alma. Eso no le mató, pero seguro que tampoco le engordó. Y sir Richard Dannant volvió a dormir de un tirón.

MARTÍN OLMOS

El asesino oportuno Jack Ruby

In La política, Reyes y caudillos on 6 de abril de 2013 at 13:32

Para redondear la verbena, un mafioso de cuarta escribió el epílogo del magnicidio de Kennedy

RUBY MATA A OSWALD

“Una vez que Jack Ruby hubo matado al presunto asesino de Kennedy, el asunto quedó cerrado”.
JAMES ELLROY.

De alguien que se llama Jack Ruby no se puede esperar nada bueno. Es como llamarse Johnny Diamond o Golden Lucky Bill.  Con un nombre así uno no puede ser contable, cirujano internista o registrador de la propiedad. Puede ser proxeneta, burlanga o, como mucho, jockey de hipódromo, un jockey ful que arregla carreras tonguistas, pero no puede aspirar a un empleo decente, uno como Dios manda del que presuma mamá. Además, Jack Ruby no solo ostentaba su nombre con alegre desenfado, sino que desterró el suyo de nacimiento, que era Jacob Rubinstein, un nombre hebraico, emigrante y formal, de hombre que madruga y se viste por los pies. De lo que se deduce que Jack Ruby tenía vocación de Jack Ruby. Vocación de gerente de cabaret y de amigo de los malos. Vocación de cabeza de turco. También tuvo la ambición soñadora de poner su nombre en el blasón de la vieja Texas, al lado del de los héroes del Álamo.

Nació en Chicago en 1911, dentro de una desordenada camada de ocho hermanos. Su padre era un gañán tremebundo, un borrachuzo con la mano muy larga y un canalla de los pies a la cabeza, y su madre era una loca de atar que se pasó la mitad de su vida entrando y saliendo de una camisa de fuerza. La otra mitad andaba esquivando la derecha pronta de su legítimo e ignorando con desdén la educación de su recua, que campaba a su albedrío con los mocos pegados al  morro y adquiriendo un punto de vista excéntrico de lo que era vivir en sociedad. A los once años, el que todavía era Jacob Rubinstein ya conocía el reformatorio y la clínica mental, en donde le metieron por llevar algún tornillo flojo, y donde algún lince con un exacerbado sentido de la JACK RUBY POLICIALobservación dedujo que carecía de la más elemental vigilancia parental y lo envió a recorrer un rosario de hogares sustitutos de los que le echaban a patadas a la semana de aguantar su índole montaraz. Cuando tuvo edad de ganarse la vida se enredó en trabajos que bordeaban la ley y en 1939 se sentó por primera vez delante de un juez al implicarse en el asesinato de León Cooke, que le había introducido en el sindicato de chatarreros y en las malas compañías. Ruby –ya había enterrado a Rubinstein- salió limpio por falta de evidencias y se trasladó a Dallas, Texas, con una carta de recomendación para los hermanos Campisi, soldados del clan de Carlos Marcello, el don de las familias del suroeste. El ejército le movilizó cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Ruby sirvió como soldado de Primera Clase en el cuerpo aéreo, pero no pisó Europa y se entregó a peleas y arrestos, aunque consiguió una baja honorable en 1946.

De vuelta a la vida civil se enredó en tramas que le venían grandes y testificó durante la Caza de Brujas del senador McCarthy, largando, obediente,  lo que le escribían y se libró de responder de sus relaciones con  la Cosa Nostra por la recomendación del F.B.I. de Hoover de que le dejasen en paz por ser miembro del equipo del congresista Richard Nixon, alias Dick el Embustero, futuro presidente de los Estados Unidos. Ruby se acostumbró a conducirse por un mundo extraño y a medio limpiar, en el que se mezclaban políticos de la ultraderecha y tíos malos de Sicilia, viajes a La Habana precastrista de los casinos de Santos Trafficante y turbios recados en la penumbra de un tugurio, un mundo en el que se bandeaba con comodidad pero del que nunca perteneció a la elite, y se quedó en mandadero del montón. Los barandas le permitían comer los canelloni, pero en la mesa de atrás, y no le dejaban untar el plato.

Ruby puso un cabaret, el Singapore, y su nombre empezó a sonar como enlace de las familias de Chicago con las bandas del Oeste. Después regentó el Club La Espuela de Plata y el Carrusel, en donde las chicas bailaban con el traje que les dio Dios y los rudos de segunda se hacían los chulos sacándole brillo a la barra con la manga de sus chaquetas de rayas y pagaban el champán de charco a las cigarreras. También iban todos los pasmas de Dallas a soplar de gorra y a escuchar chismes, y a coger un dólar de aquí y otro de allá.

Lo que los americanos tenían más parecido a una familia real eran los Kennedy, que habían hecho su fortuna durante la Prohibición, proporcionando consuelo al sediento. Al presidente John F. Kennedy le asesinaron el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, a tiros de fusil. A Lee Harvey Oswald le pescaron a la salida de un cine, le adjudicaron un pasado rojo y una puntería de escándalo y le colgaron el mochuelo. Le dejaron un ojo a la funerala y cara de perplejidad. Dijo, soy inocente. El asesinato de JFK tuvo algo de circo de tres pistas, televisado como un partido de hockey, en la ciudad de las pistolas y los bugas de un kilómetro con una cornamenta en el capó. Con la viuda bella reptando por el Ford Lincoln, huyendo de la balacera. Cuánta elegancia se pierde cuando se huye de la muerte. Dos días después, cuando trasladaban a Oswald a la cárcel del condado, Ruby se coló entre los polis y la prensa y le metió un tiro en el estómago. Oswald murió en la ambulancia diciendo soy inocente. Ruby dijo que había querido restituir el buen  nombre de la ciudad de Dallas, pero con su apellido de judío polaco era tan tejano como un párroco de Varsovia.

Murió de cáncer en prisión, en 1967. Dicen que ya sabía que estaba enfermo cuando disparó a Oswald, y así echó tierra sobre la implicación de la mafia en el asesinato del presidente, que andaba enredando en los negocios de Carlos Marcello y las Cinco Familias. También puede que quisiera, por una vez, ser el tío importante y no el recadista, y untar el plato en la mesa principal. Su sombrero, que era gris, se subastó en 2008. Pagaron por él 60.000 dólares.

MARTÍN OLMOS

El príncipe enamorado

In Reyes y caudillos on 15 de febrero de 2013 at 14:19

 El heredero al trono de Nepal masacró a su familia en una noche de pataleo de amor

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Pienso que el rey es un hombre como yo: la violeta le perfuma como lo hace conmigo”
WILLIAM SHAKESPEARE

El príncipe Harry es zanahorio y pecoso, como un niño de cartón, es tercero en la línea de sucesión al trono de Inglaterra y en la vida civil se las engancha tremendas y se pone a hacer el chorra para animar las revistas de la peluquería. Como artista de variedades dispone de un variado registro y lo mismo enseña el culo bermejo en una partida de strip-billar en Las Vegas que se viste de nazi o hace una carrera de meadas. La reina Isabel II se gasta 150 millones de euros en salvaguardarle la privacidad, pero al pobre Harry le acaban pescando zurrándole a un fotógrafo, metiéndole mano a una chavala y haciendo trampas en los exámenes de Eton. Cuando no queda más remedio que limpiarle el expediente le mandan a Afganistán, a pelear al barbudo talibán y a darse un baño de plebeyez y de olor a sudor de calcetines y sobaco de furriel. De tanto ir a la guerra le ha ido cogiendo arte y ha llegado a ser copiloto artillero de un helicóptero Westland Apache desde el que ametralla infieles desde la posición de superioridad que le otorga la cuna. Disparar hacia abajo tiene menos mérito porque juega a tu favor la ley de la gravedad. Un copiloto artillero de un helicóptero Apache tiene el control de dieciséis misiles aire-tierra Hellfire (que cuestan unos 70.000 pavos la pieza), un lanzacohetes y un cañón Hughes de treinta milímetros con una cadencia de fuego de 625 disparos por minuto. El príncipe Harry, que es zanahorio como Esaú, ha reconocido que ha matado talibanes, que para eso fue a la guerra, y que no se le ha dado mal porque es muy bueno jugando con la PlayStation. Al príncipe Harry se le da mejor enseñar el culo bermejo en una juerga de litronas que ponerse a hacer analogías como si fuera Clausewitz y la coordinadora pacifista Lindsey German le ha llamado arrogante, el portavoz de defensa del Partido Laborista cándido y el heraldo de la insurgencia talibán Zabiullah Mujahid retrasado mental y cagón, porque fardó de hazañas bélicas cuando ya había dejado la milicia y estaba tomando el sol en Chipre.

El príncipe pazguato
La realeza lo que mata bien es el tiempo, pero también le gusta matar otras cosas, elefantes de la selva y eso, y si no hay nada más a mano mata a la familia al final de un banquete con la alegría del que no tiene que lavar el mantel después del fangal. La sangre azul hierve a igual temperatura que la roja y se ha llegado a la conclusión de que las almendras coronadas guardan dentro las mismas ruineras que las que se tapan con boina. Las cabezas regias también se sacan de quicio y la del príncipe Dipendra Bir Bikram Shah Dev (ni más ni menos), heredero al trono de Nepal, soportaba las frustraciones con la misma cintura que la de un adolescente granudo al que le cortan la línea del internet. El príncipe Dipendra nació en 1971 en Katmandú y como era el primogénito del rey Birendra de Nepal se le preparó desde niño para la sucesión. Estudió en el colegio de Eton en Inglaterra, donde se aficionó a las películas de mamporros de Jackie Chan y a empinar el codo y cuando cumplió dieciocho años obtuvo la dispensa de acudir a la capilla que le otorgaba la tradición nepalí por la que un heredero al trono, cuando alcanza la mayoría de edad, se convierte en un dios que no puede ser visto adorando a otro. El príncipe Dipendra se pasó sus años colegiales aprendiendo kung-fú, chalaneando alcohol con los bedeles y una vez que se entrompó, se coló en un templo católico y desató el escándalo en su país por dejarse ver con su homólogo cristiano. Cuando regresó al Nepal le regalaron un doctorado en geografía en la universidad de Tribhuvan,  acabó su formación en la Academia Militar de Kharipati, en la que no pasó una tarde sereno, y se dedicó a la corte.

La corona es un privilegio que exige sangre acrisolada y un rey tiene el deber de casarse con la que le toque, aunque le huelan los pies, y no mezclarse en experimentos morganáticos que acaban en príncipes mulatos. A cambio tiene un buen empleo que, salvo que la chusma indecente tome la Bastilla, es de carácter vitalicio, no exige madrugones y el coche lo pone la empresa. El amor es para el pueblo villano, que lo disfruta con pan y cebolla y el tocino se lo tiene que sudar. El príncipe Dipendra, que además era EL PRÍNCIPE DIPENDRA DE NEPALdios, no entendió este extremo y se enamoró de Devyani Rana, una joven de linaje noble pero no lo suficiente para complacer a su madre, la reina Aishwaraya. El rey le advirtió que si persistía en el romance tendría que renunciar a la corona en favor de su hermano Nirajan y los astrólogos de la corte determinaron que el príncipe no debía casarse antes de los treinta y cinco años. Lo malo de mandar a los príncipes de oriente a estudiar al extranjero es que se suscriben al canal Disney y se acaban creyendo La Cenicienta. Dipendra se casó en secreto con Devyani Rana a finales de mayo de 2001 y lo anunció en los postres de una cena familiar en el palacio de Narayanhity el primero de junio después de haberse regado de copas. Se desató una discusión y el príncipe se retiró a su habitación, se ciñó un fajín militar, se puso una gorra y regresó al banquete con una pistola automática y un subfusil Uzi para zanjar la discrepancia ametrallando a sus padres, a dos de sus hermanos, a una prima y a tres tíos carnales y uno político. La masacre duró quince minutos, se saldó con nueve muertos y acabó cuando Dipendra se pegó un tiro en la cabeza. Tardó tres días en morir, durante los cuales, y en virtud de la sucesión automática, fue rey de Nepal a pesar de estar en coma. El Rey de los Vegetales murió definitivamente el 4 de junio de 2001 y la corona la heredó su tío el príncipe Gyanendra, del que sus paisanos pensaron que fue el instigador de la matanza. El rey Gyanendra ordenó incinerar a su sobrino en menos de cinco minutos y con el tiempo abolió el régimen democrático del país, asumió el poder absoluto y nombró sucesor a su hijo, el príncipe Paras, que era un putero golfo y borrachín que solía conducir trompa por las calles de Katmandú. La reverencia a la monarquía tiene algo de superstición y cuando ésta enseña el andamiaje pierde el hechizo de soberanía y zapatitos de cristal y el pueblo villano acaba adorando a un cantante. El rey Gyanendra enseñó su albañilería absolutista y a su hijo parrandero y practicó la virtud de poner de acuerdo a los partidos políticos, a la guerrilla maoísta y al ejército para despojarle del armiño y el 11 de junio de 2008 le echaron del palacio real de Katmandú e instauraron  la república federal terminando con casi tres siglos de monarquía.

MARTÍN OLMOS

La venganza de la cabeza cortada

In Reyes y caudillos on 4 de febrero de 2013 at 23:41

El caudillo picto Màel Brigte mató de un mordisco al jefe vikingo Sigurd el Poderoso después de que éste le matase a él

ILUSTRACION de MARTIN OLMOS

“Que antes del alba lo despojen los lobos;
la espada es el camino más corto”
JORGE LUIS BORGES. Nortumbría, 900 A.D.

Cuenta la Crónica Anglosajona que en el feroz año de 793 se vieron dragones volar sobre Northumbría y los druidas agoraron tiempos de desgracia. Después quedaron los campos incultos, las ubres de las vacas se secaron y gobernó la hambruna. En junio llegó del norte una horda salvaje de paganos cubiertos de pieles de foca que, debajo del estandarte de un cuervo, saquearon la abadía de Lindisfarne, degollaron a los monjes y profanaron el cuerpo sagrado de San Cutberto. Llegaron en barcos cuyas proas tenían forma de serpiente, preferían pelear a pie, con hachas de mano y espadas de tajo, y en sus yelmos no crecían cuernos. Los cuernos vikingos se los inventó el pintor Johan August Malmström en 1868 cuando ilustró “La saga de Frithiof”, la interpretación que hizo el obispo Esaias Tegnér de la historia antigua de Frithiof el Audaz. Al año siguiente del saqueo de Lindisfarne los hombres del norte regresaron a la Northumbría y dieron fuego al  monasterio de Monkwearmouth y asolaron las islas de Iona, de Innisboffin y de Rathlin, en Irlanda. San Alcuino de York escribió a Carlomagno advirtiéndole de que no había visto antes tanta atrocidad: “La iglesia de San Cutberto, que es el lugar más sagrado de Gran Bretaña, ha sido empapada con la sangre de los sacerdotes del Señor”. Solo quedó encomendarse a Dios y en las iglesias de Northumbría se elevó esta plegaria: “A furare normannorum libera nos Domine”, líbranos Señor de la furia de los hombres del norte.

El estandarte del cuervo
Los vikingos fascinaron a Tolkien, a Robert E. Howard, a Wagner, a Hitler y a los hinchas del fondo norte del Santiago Bernabeu. Fascinaron a Borges, que consideraba las sagas islandesas del siglo XIII como las primeras expresiones novelísticas que se adelantaron 400 años al Quijote. Sobre la lápida de su tumba en el cementerio medieval de Plainpalais, en Ginebra, están tallados siete guerreros nortumbríos que conmemoran el saqueo de Lindisfarne y, sin embargo, pensaba que el dragón contagia de puerilidad todos los relatos en los que aparece. Los feroces vikingos veneraban al dios Odín, que tenía tres esposas y dos cuervos que se llamaban Hugin y Munin. Los cuervos enseñaron a Floke Vilgerdsson el rumbo a Islandia y los hijos de Ragnar Lodbrok, que murió cuando los anglos le arrojaron a un pozo de serpientes venenosas, pelearon bajo el estandarte del cuervo cuando condujeron el Gran Ejército Pagano que devastó Inglaterra. Uno de ellos, Ivar el Deshuesado, pertenecía a la casta de los “berserker”, que eran guerreros fanáticos que se entregaban al combate desnudos y borrachos de la hierba loca del beleño negro, que les hacía insensibles al dolor. A su hermano Sigurd le llamaron Serpiente en el Ojo porque nació con la imagen de un dragón mordiendo su propia cola rodeando la pupila de su ojo izquierdo. Los hijos de Ragnar Lodbrok vengaron la muerte de su padre, capturaron a Aella, el rey de los anglos, le abrieron en canal, le separaron las costillas y le vertieron vinagre en los pulmones.

Las sagas antiguas
La era de las incursiones vikingas acabó con la derrota de Harald el Despiadado en la batalla de Stamford Bridge en septiembre de 1066, pero perduraron las epopeyas que contaron los escaldos, los poetas guerreros al servicio de los reyes escandinavos que difundieron las sagas de los usurpadores que llegaron del norte. Quedaron las historias bárbaras con sus complicadas genealogías para que Borges las soñase y Malmström les pintara los cuernos que se han acabado poniendo los gandules en las despedidas de soltero y los hinchas del Orgullo Vikingo de la grada norte del Bernabeu. Aquellas historias hablaban de Erik Hacha Sangrienta, que mató a sus hermanos para sentarse en el trono de Noruega; de las trescientas vírgenes guerreras que pelearon al lado de Harald, el del Fiero Colmillo, en la batalla de Bravalla y de Hrolf Ganger, que sitió París y le llamaban Rollon el Caminante porque ninguna montura era capaz de acarrear los ciento cincuenta kilos de músculos repartidos en sus dos metros de estatura.

Rollon el Caminante era hijo de Rognvald Eysteinsson, que le llamaron el Sabio, a quien el rey Harald el de la Hermosa Cabellera le dio, en compensación por sus servicios en batalla, el gobierno de las islas Orcadas, al norte de Escocia. Rognvald el Sabio, con el consentimiento del rey, transfirió el dominio a su hermano Sigurd, que extendió su potestad conquistando porciones del norte de Escocia que iban desde el extremo oriental de los territorios de Caithness hasta el fiordo de Moray. A Sigurd le llamaron el Poderoso y quiso clavar el estandarte del cuervo en los confines de Irlanda, para lo que no reparó en sangre. Hacia el año 892 entabló batalla con los rebeldes pictos del caudillo Maèl Brigte y pactaron un combate a campo abierto en el que concertaron que pelearían cuarenta hombres por bando. Sigurd el Poderoso, en cambio, llevó al campo ochenta guerreros que, en proporción de dos por cada uno, derrotaron a los resistentes de Maèl Brigte. Sigurd celebró la victoria decapitando a su enemigo y colgando su cabeza del pomo de su montura para pasearla de trofeo. Maèl Brigte era dentón como un castor y murió boquiabierto y sus dientes difuntos se clavaron en el muslo de Sigurd el Poderoso durante la cabalgada de exhibición. Sigurd no concedió importancia al mordisco de un muerto y estimó que la herida no merecía cataplasma, pero se le infectó y con el tiempo le provocó la muerte. El caudillo Maèl Brigte se vengó póstumamente del error de cálculo, naturalmente a su favor, del tramposo Sigurd y se adelantó dos siglos al Cid Campeador a la hora de ganar una batalla después de muerto. Sobre su higiene bucal hay que pensar que no estrenó el cepillo de dientes y acarreaba un balde de sarro en cada muela, lo que le emparienta con el detective Allan Pinkerton, que murió por una infección provocada al morderse la lengua después de un resbalón. Se ignora, sin embargo, si la folclórica Pantoja sabía de su historia cuando acuñó la frase de los dientes, pero se recomienda no ponerse al alcance de su radio de bocado por lo que pueda pasar.

MARTÍN OLMOS

El dictador macarra

In Reyes y caudillos on 7 de enero de 2013 at 22:01

El joven Mussolini peleaba con la ventaja que le daba el puñal y el puño de hierro, se agarraba curdas y coleccionaba amantes

ILUSTRACION BY MARTIN OLMOS

“Mussolini no mató a nadie, mandaba a la oposición de vacaciones al exilio”
SILVIO BERLUSCONI

El generalísimo Franco fue un tirano a la gallega, con voz de pito y misa diaria, y uno acaba imaginándoselo como lo escribió Umbral,  merendando chocolate con soconusco mientras firmaba sentencias de muerte (Leyenda del César Visionario). De pequeño, en El Ferrol, le llamaban Cerillita, porque era flaco y cabezón y con el tiempo crió panza de conserje y culo de artesa y lo intentó disimular con pantalones de montar y fajines de velludillo, pero siguió firmando sentencias de muerte igual. En la Academia de Toledo le llamaron Franquito y le rieron la tapujez serrándole un palmo del cañón de su fusil de instrucción. Ay, el humor de la soldadesca. Franquito no le tuvo nunca afición a doñear y no se arrimó a una golfa ni cuando estaba en la Legión, en donde el putañeo es prescripción. Franco tuvo una novia en grado de tentativa y otra formal, con la que se casó en la iglesia de San Juan el Real de Oviedo, apadrinado por poderes por el rey Alfonso XIII. La primera fue Sofía Subirán, sobrina del general Luis Aizpuru, que le dio calabazas porque no sabía bailar y Franco, como en “Beau Geste”, para curarse el desengaño pidió el traslado a Regulares, y la segunda fue Carmen Polo, que estudiaba en un convento y era de una familia bien que se había quedado en regular. Franco practicó la bragueta escueta, la bayoneta en la vaina y la devoción por la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús, que tiene algo de fetichismo. A otros les gustan los pies. Se comentó que le habían volado un huevo en la toma de El Biutz, a diez kilómetros de Ceuta, donde recibió un tiro moro en el bajo vientre, y algo debió oír él, porque treinta años después dijo que el disparo se lo habían dado en el hígado y así evitó la susceptibilidad. No había que buscar mutilaciones en donde lo que había era el rencor que le guardó a su padre, don Nicolás, que reconoció a un hijo natural que sembró en Filipinas, era golfo y burlanga y medio masón, se apostaba los cuartos en el casino y se acabó fugando con la criada.

El Duce bárbaro
Desde el punto de vista exclusivamente folclórico, Franco hizo un dictador pelma, como de señor que brinda la nochevieja con una copita de sidra con burbujitas, que si no me pongo piripi, y solo se permitió dos excentricidades, que fueron su caballo blanco Zegrí y la Guardia Mora. Seguramente sobrevivió porque se guardaba los pedos para dentro y donde olía mal era en casa, con lo que al vecindario le daba un poco igual. Hitler, en cambio, salió expansivo y Mussolini un poco bufón y, al contrario que Franquito, practicó la alcoba diversa y fue de joven un macarra de futbolín. El mozo Mussolini fue asaltador de hembras, lujurioso, peleador de ventaja y navajero y acabó de Duce como podía haber acabado mercando pelucos de consumao debajo de un farol. O chuleando putas. Nació el 29 de julio de 1883 en la región norteña de la Emilia-Romaña. Su padre era un herrero anarquista que le puso a su hijo el nombre de Benito en honor al presidente mejicano Juárez y el chaval crió desde niño ganas de camorra, un alto concepto de sí mismo y una sexualidad omnipresente. Le echaron del colegio de los padres salesianos de Faenza por zurrarle una tunda de puñetazos a un compañero y del colegio Carducci de Forlimpopoli, al que llegó más aprendido, por atravesarle a otro la mano con una navaja de estilete. En el mujerío se estrenó a los dieciséis años por lo mercantil en un burdel de Forli al que le llevó su amigo Benedetto Celli. Le inauguró una ramera pelleja, tirando a gorda, que le cobró cincuenta céntimos y a Mussolini le quedó impresión de haberse tragado un sapo. Un año después, en la aldea de Dovia, culminó por lo militar con una moza que se llamaba Virginia: la tumbó a la fuerza detrás de un portal,  la montó y la dejó llorando por su honra. En 1902 sentó plaza de profesor de pueblo y predicó con el ejemplo: gastaba capa y sombrero negro de ala de cuervo, se entrompaba a diario, practicaba el boxeo con reglas en el gimnasio y la tángana en los bailes, en los que sacaba a relucir un puño americano. Sedujo a una mujer casada y cuando su marido amaneció cornudo la abandonó. Mussolini entonces la paseó sin esconderse y dio el escándalo y una vez que riñeron en la plaza él la pegó una cuchillada y la mordió.

Iba Mussolini para chulo de merendero, pero influido por su padre se afilió en el partido socialista y se escapó a Suiza para no hacer la mili. De allí le echaron dos veces; una por agitador y otra por falsificar papeles. De vuelta en Italia medró en el aparato del partido y conoció diversos calabozos que frecuentó por amenazar a un patrón, organizar plebiscitos ilegales, instigar a la violenciaBENITO MUSSOLINI y pelearse con la policía. Cuando los socialistas predicaron la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, Mussolini rompió con sus camaradas y se alistó voluntario, ascendió a cabo y fue licenciado cuando recibió una herida de mortero durante unas maniobras según unos, o cuando pescó una gonorrea, según otros. Mussolini sembró de bastardos el camino que le condujo a proclamarse Duce y a algunos les dio pensión cuando llegó al poder. A otros no. Cuando se casó en 1915 con Rachele Guidi, se le conocían, tirando por lo bajo, tres amantes. A una de ellas la preñó y cuando le fue a enseñar el hijo a la redacción del periódico Il Popolo d´Italia, Mussolini la espantó a tiros. La despechada se llamaba Ida Dalser, era austriaca y regentaba un salón de masajes y Mussolini consiguió que la internasen en un manicomio de Venecia.

Cuando Duce del fascismo, a Mussolini le gustaba posar en camiseta imperio, inflando el pecho fortachón y llamando a la lujuria. Un poco como lo que hace Putin ahora, que lo mismo rema en piragua que te caza un oso. Cuando se entrevistó con el canciller austriaco Engelbert Dollfuss, que era un tío chaparro, le citó en la playa de Riccione y posó para los fotógrafos con el torso a la intemperie. Dollfuss se quedó de una pieza y le comparó con un busto romano. También le gustaba soltar discursos desde un caballo, pero se lo tenían que sujetar porque como jinete era un zoquete. Mussolini hizo un dictador físico, como de hombre fuerte del circo que levanta con una mano unas mancuernas de bolas. Hizo un dictador sátiro al que le ha heredado su paisano Berlusconi el pichacentrismo político de peluquín y arrobas de toxina botulínica. Al bello Mussolini le cogieron los partisanos de la Brigada Garibaldi en un coche con bandera española en una carretera de Musso el 27 de abril de 1945. Iba disfrazado de soldado de la Wehrmatch con su amante Clara Petacci y pretendía llegar a Suiza. Walter Audisio, que le decían en el “partigiani” el coronel Valerio, les fusiló sin miramientos a la mañana siguiente en una granja de Giulino di Mezzegra, en la región de Como. Clara Petacci se puso entre su novio y las balas y cayó la primera, Mussolini dijo que le dispararan al pecho y le tomaron la palabra. Le remataron de un tiro en el corazón, llevaron sus cuerpos a Milán en un camión de mudanzas y los colgaron cabeza abajo en una gasolinera de la Plaza Loreto, donde la multitud les desfiguró el físico a pedradas y les tumbó en la morgue cogiditos de la mano. Cuando Hitler se enteró, escenificó un final más a su gusto para no correr el riesgo de ser expuesto en el zoológico ruso.

MARTÍN OLMOS

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