MARTÍN OLMOS MEDINA

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Una bruja con tacón de aguja, un cerdo vietnamita y un cipote de Castellón

In Timadores y burlangas on 6 de junio de 2015 at 17:42

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS FILTROS DE AMOR

En estos tiempos descreídos aún quedan hombres que buscan el amor.

“Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”

FRIEDRICH NIETZSCHE

 

El menda: José Laparra, tonto de mal perder, sentimental y neoclásico, casi medieval. La viva: Lucía Martín, trabajadora autónoma del abracadabra (pata de cabra) que con el rendimiento de los primos se compró un cerdo vietnamita y le puso de nombre Valentino. Digresión sobre el cerdo vietnamita: es un cerdo con plus por vietnamita, mundano y cosmopolita, que recibe trato diferente del cerdo común que caduca en San Martín. Lo puso de moda George Clooney junto a las cafeteras Nespresso (what else?) y las ventas se dispararon. El cerdo vietnamita adulto deja de ser gracioso y puede pesar sus setenta kilos, por lo que se le abandona en una campa y se hace silvestre, depreda los nidos de perdiz y se ha llegado a cruzar con el jabalí de monte. El cerdo en general, vietnamita o de Badajoz, es el único animal que tiene en común con el hombre el padecimiento de la ansiedad y se puede morir de estrés. Además del cerdito Valentino, Lucía Martín se gastaba las rentas en zapatos de Manolo Blahnik y en bolsos de Louis Vuitton. Lucía Martín es hechicera sin verruga ni caldero ni lechuza y con complementos de presumir y, como la de Tino Casal, es bruja con tacón de aguja. José Laparra, tonto neoclásico y sentimental, no fue siempre tonto y, muy al contrario, antes estuvo muy vivo. José Laparra es empresario inmobiliario y fue durante seis años presidente del Club Deportivo Castellón, que juega en Tercera, y le acusaron de desviar cinco millones de pavos procedentes de subvenciones públicas. José Laparra no es doncel ni maduro resultón y tiene ojitos pequeños, quizá soñadores, alopecia y trompa chatunga. José Laparra está, ay, enamorado y le dan al pobre calabazas. Pretende a una secretaria -ya dijimos que es neoclásico- que se llama Sandra y no tiene ojos para él. Es improbable que José Laparra haya leído a Shakespeare (y por su devenir, es posible que no haya leído nada) y, sin embargo, concluye como el poeta que el amor no prospera en corazones que se amedrentan de las sombras. José Laparra enamorado se adentró en las sombras.

Apuntes sobre el tonto romántico: es un tonto de circunstancias y no de nacimiento, lo que le convierte en un tonto imprevisible. El tonto romántico echa el día suspirando y mira la luna llena, luna lunera y cascabelera, y demora el tiempo escuchando cantar al ruiseñor. El tonto romántico es empático al principio pero aburre a medio plazo porque es monotemático y siempre está hablando de su julieta. A veces se suicida, como un héroe de Goethe, y es dado al soneto, que no le reporta razón, porque ya expresó Camilo José Cela que a la hembra contemporánea ya no se la conquista con versos sino invitándola a gambas y vermú. El tonto romántico, si no es buen rimador, no tiene rubor en plagiar a Bécquer. El tonto romántico, si tiene posibles, los pone a disposición de su pasión y mueve la economía y a su alrededor florece una industria de floristas y mariachis, con lo que el tonto romántico no carece, entonces, de cierta utilidad. El tonto romántico, como el cerdo, puede morir de estrés.

 

Agua de flores y tierra de sepultura

José Laparra, tonto sentimental y neoclásico, agotó los versos sin rendimiento y acudió a Lucía Martín, bruja de tacón de aguja, para pedirle un filtro de amor. Lucía Martín disfrazaba su industria detrás de un gabinete psicológico y vendía magdalenas por internet. Lucía Martín le recomendó bañarse con el agua en la habían estado sumergidas unas flores durante cuarenta días y frotarse el cuerpo con la tierra de un cementerio y le cobró 165.000 euros por la consulta. José Laparra, untado de flores y camposanto, recibió calabazas como ayer y le salió el mal perder y para no quedar por primo formó una patrulla de recuperación compuesta por una mujer con una pistola de pega, dos cristianos que se hicieron pasar por pasmas y un morito del Rif que entraron a la fuerza a la casa de la pitonisa y retuvieron a su padre con la intención de que le devolviesen al enamorado los machacantes del elixir. Lucía Martín se escondió debajo de un colchón y el cerdito Valentino no ladró. Comparecieron los picoletos avisados por el follón y detuvieron a los usurpadores y a José Laparra, tonto romántico y neoclásico e intruso del amateur, le van a caer seis meses de trullo y 1.500 euros de pena pecuniaria por los delitos de allanamiento de morada, amenazas con arma de fuego, extorsión y pertenencia a cuadrilla criminal. Nadie se ha preocupado, en cambio, del cerdito Valentino, que puede que presente un cuadro de estrés.

Este suceso singular adornó la prensa recién andaba rindiéndose este mayo enrarecido de política municipal y algunos lo vieron fleco de tiempos oscurantistas de piojo verde y bálsamo de Fierabrás, pero a los tontos sentimentales nos entraron ganas de gritar en la calle que viva el amor (en primavera). Este suceso singular recoge clasicismo a baldes y contiene el eco de La Celestina y del Elixir de Amor de Donizetti, con don José haciendo de Nemorino y Lucía Martín del doctor Dulcamara, e introduce el detalle imprescindible de la tierra de cementerio como ingrediente del hechizo, porque la brujería tiene en común con la alta cocina el uso de condimentos difíciles de encontrar: ni los ungüentos ni las recetas de los grandes chefs se hacen con pan de molde y jamón york y hay que ponerles cuernos de unicornio. Es como el gusto por usar palabras raras de los profesionales de oficios especializados (medicina y mecánica del automóvil). Para hacerse amar por una mujer recomendaba San Cipriano de Antioquia machacar en un almirez la cabeza de una culebra que se hubiera tragado el corazón de una paloma virgen y, una vez reducida a polvo, mezclarla con unas gotas de láudano, y el licenciado Amador Velasco hacía un filtro con el espinazo seco de una rana devorada por las hormigas dentro de un tintero. Hubo un curandero llamado John M. Crous que le vendió al ayuntamiento de Nueva York un remedio contra la rabia (el amor no deja de ser una enfermedad transitoria) compuesto por la quijada pulverizada de un perro, la lengua seca de un potro recién nacido y las limaduras de cobre de una moneda de un penique que debía estar forzosamente acuñada durante el reinado del rey Jorge I. A San Cipriano de Antioquia le decapitó Diocleciano y al licenciado Amador Velasco le dieron destierro en un auto de fe celebrado en la plaza de Zocodover de Toledo que presenció el Greco. A Lucía Martín no le va a pasar nada, pero dejó en entredicho su oficio al no vaticinar la visita de su cliente y tener que esconderse debajo de un colchón poniéndole al suceso el intermedio cómico de chiste de Eugenio (un tío llama a la puerta de un adivino, pom, pom, y el adivino pregunta quién es y el tío dice: vaya mierda de adivino). José Laparra, tonto sentimental y neoclásico, ha enriquecido el catálogo de cipotes que hacen país, como aquel célebre Bartolín, artista y concejal de deportes de La Carolina de Jaén que se secuestró a sí mismo y se escapó tirándose por un terraplén. A José Laparra hay que perdonarle la multa por romántico y que salga con una reprimenda, decirle que, venga hombre, que será porque no hay mujeres, y reconocerle el valor de no amedrentarse de las sombras como recomendaba Shakespeare, al que probablemente no ha leído pero lo intuyó. Tampoco parece que haya escuchado a Serrat, que en su canción “Receta para un filtro de amor infalible” recomendaba para conquistar a la amada un bebedizo hecho a base de borra de ombligo, leña de flechas de Cupido y polvo de una estrella fugaz y si acaso le fallara “haga la prueba con materias tangibles./ Cubrirla de brillantes o montarle un piso/ son buenos ingredientes para infalibles/ filtros de amor”.

MARTÍN OLMOS

 

 

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Dos maneras de ser presunto o la venganza del cuñado

In El cañí, Timadores y burlangas on 29 de marzo de 2015 at 19:47

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Estéticamente, Bárcenas hace mejor villano que Urdangarín

“Si uno vive en la impostura/ y otro roba en su ambición/ da lo mismo que si es cura,/ colchonero, rey de bastos,/ caradura o polizón”
ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO.

Al jamón le dicen presunto los portugueses y par acá les hacemos el chiste de que comen presunto jamón. Por acá somos chisposos de la puñeta cuando nos ponemos a inventar gracias. Los portugueses, sin embargo, curan un buen jamón con el cerdo alentejano y con el de pata blanca de Chaves. Por acá pensamos que los portugueses se pasan las tardes cantando fados trágicos y vendiendo toallas en mercadillo, los pobres, y los franceses piensan que nosotros nos pasamos el día cortejando a Carmen con los huevos prietos dentro de una taleguilla de toreador. Los alemanes piensan que los franceses difundieron la sífilis por besarse en sitios raros y los polacos se ponen nerviosos cuando escuchan música de Wagner. Los franceses le dicen “jambon” al jamón y los alemanes le dicen “schinken”, que hay que joderse, y vete a saber cómo le dicen los polacos, pero se sabe que lo ahuman. Los portugueses le dicen al jamón presunto y al presunto le dicen alegado y por acá, como somos pueblo de Dios, al jamón le llamamos jamón y al sospechoso presunto, cuya forma adverbial se ha convertido en una fórmula periodística para difundir reputaciones sin tener que abonar la dolorosa. Por acá ya no llevamos la huevada prieta dentro de la taleguilla de toreador y cortejamos a Vanessa y, sin embargo, andamos todos de presuntos de algo, como siempre. El presunto, si es vocacional, tiene que conducirse como la mujer del César y además de serlo, tiene que parecerlo. El presunto sin ganas desmerece y no tiene gracia y acaba haciendo un sospechoso menestral de horario de oficina.

Dedos y abrigos
Ahora tenemos el paisaje adornado por dos presuntos célebres que exhiben índoles distintas: Iñaki Urdangarín es un alegado sin gracia que le viene grande el personaje y no lo ha sabido gestionar y José Luis Bárcenas tiene la actitud y el traje y se va a esquiar. Bárcenas gasta hebras de plata en las sienes patricias, como Stewart Granger en Las Minas del Rey Salomón, abrigo Chesterfield de cuello de terciopelo negro y el dedo medio beligerante y un poco macarra, avisador y esgrimista. Urdangarín gasta nomás zancada larga de galgo y zinga que te cagas echando carreras  por las calles de Washington y uno piensa que si corre es que algo habrá hecho. Bárcenas no corre, que suda y sudar es de gañanes, y cita en torería haciendo desplantes y amenazando con estocadas frascuelinas que se clavan hasta el puño. Urdangarín ha hecho un torito maulón que enseñaba estampa en la dehesa pero en el ruedo se ha puesto manso, un toro albahío y descepado que no va a dar lidia, de los que dicen huidos los entendidos porque esquivan las suertes y rehuyen el engaño. Bárcenas hace toro cárdeno y un poco probón, que es como dicen los de la afición al animal que amenaza con embestir y se queda a la expectativa queriendo descubrir donde está el cuerpo del matador. El abrigo Chesterfield de Bárcenas va para icono pop, como el puro de Churchill, y lo emparientan con el que sacaba Robert de Niro haciendo de Al Capone en “Los intocables” de Brian de Palma, con vestuario de Giorgio Armani. El abrigo Chesterfield lo puso de moda George Stanhope (1805-1866), sexto duque de Chesterfield y criador de caballos de carreras y el cuello de terciopelo negro proviene de los ribetes de  luto que se cosieron los nobles franceses en la ropa para mostrar el duelo por la ejecución de Luis XVI. A uno le cae bien un abrigo si culmina cierta estatura porque la prenda requiere zancas y si no se tienen se acaba pareciendo una marioneta de manopla. Bárcenas debería ir de abrigo hasta en verano como gasta Indiana Jones la misma chaqueta en el Nepal con un frío del carajo y en Egipto con la calor. Bárcenas, más que a un Capone de Armani, se parece a John Gotti, el Don Apuesto de la familia Gambino que vestía de trajes de Brioni de dos mil pavos y calcetines con iniciales. Gotti era un matón de Brooklyn que acabó saliendo en revistas de moda y se vestía de hampón chuleta porque si no para qué quieres ser un mafioso. A Bárcenas le llamaban Tarzán porque dicen que llegó a la sede de Alianza Popular en taparrabos, con los zapatos rotos, por lo que es normal que ahora no quiera prescindir del Chesterfield ni de las cenas de lujo en Carcassonne. En el trullo se arregló fetén jugando al mus con los chorizos y librando dos pleitos o tres con los pasmas y como los toros probones, amaga con los papeles que tienen pinta de Macguffin de Hitchcock, porque Bárcenas es cine de sesión continua.

Urdangarín no tiene papeles sino correos con chistes malos. Le trincaron uno en el que firmaba como el Duque Empalmado y uno se lo imagina escribiéndolo con una mano y con la otra haciendo el gesto de balancear los dedos índice y medio como hacía Milikito cuando soltaba una gracia de doble sentido para que estuviésemos atentos para pescarla. La salida es como de chaval de BUP que se ha fumado un pito en los billares. Urdangarín va de tonos pastel y carrera de gamo y ha desmejorado mucho y se pone a conducir un Volkswagen Polo verde de diecisiete años para pasar por prieto, pero nadie se lo cree. Urdangarín ostenta zancas largas para llevar abrigo, pero las usa, sin embargo, para zingar que te cagas delante de la pobre Paloma García Pelayo que, claro, no le pescó, usted verá. A Bárcenas le merece un George Sanders con hebras de plata en las sienes, como Stewart Granger, aunque por el momento solo ha llegado a ser personaje de Ibañez en un tebeo de Mortadelo (“El tesorero”, abril de 2015), pero al pobre Urdangarín como mucho le va a hacer un guaperas de teleculebrón tipo Fernando Carrillo. Bárcenas le pega vuelta y media a Urdangarín como villano de escaparate porque además es alpinista (en 1987 coronó el Everest y pretendió haber abierto la Ruta de los Españoles, que fue puesta en tela de juicio por un comité de expertos que sospechó que rindiese la cima) y cuando sale de la trena se va a esquiar a Baqueira en vez de subirse a un Polo para impostar a un mileurista. Uno acaba echando de menos la villanía vocacional de capa negra y voz de barítono en un andurrial en el que todos queremos pasar por monaguillos que vamos con la verdad por delante. Urdangarín, como el profeta velado del Jorasán, escondía la lepra detrás de la seda, pero Bárcenas avisaba por puro somatotipo, le llamaban el Cabrón y solo le faltaba el monóculo de Rupert de Hentzau.

Urdangarín ha hecho un presunto de asco que solo ha servido para elevar la figura un poco trágica del duque de Lugo y, por el camino, enderezar el cartel ominoso del cuñado pobre. El español que no lleva la huevada prieta dentro de una taleguilla porque ya no le quedan cármenes anda de presunto de algo casi siempre y también de cuñado pobre. El cuñado siempre es más listo que tú y a él no se la pega nadie. Rafael Azcona se preguntaba si los cuñados eran de alguna utilidad y proponía la solución de que el servicio militar se nutriese exclusivamente de ellos para que en la paz estuvieran guardados en los cuarteles y en caso de guerra los aniquilasen. A don Jaime de Marichalar le tocó ser el cuñado dudoso al lado del vigoroso Urdangarín de ojos azules y rubiales, grande y deportista. Don Jaime tenía pinta de Oscar Wilde tardío y primaveral y se ponía pantalones con estampados de paramecios, combinaba rayas y lunares y se paseaba en patín y uno se lo imagina apestadito en la cena de navidad en la que le ignoraba el suegro porque prefería hablar de fútbol y de gachises con su cuñado. Don Jaime también sufrió la presunción de farlopero después de que le dejase medio patón una isquemia cerebral y andaba, medio renco y con capa, en desfiles de París con Nati Abascal en vez de irse a librar regatas extenuantes y varoniles. Todos nos reíamos un poco de Marichalar, pero todos éramos él en las cenas de nochebuena cuando nos teníamos que someter a la ordalía de la comparación con el marido de nuestra hermana, que le iba tan bien en la vida. Cuando a Urdangarín le salieron los naipes de la bocamanga se dignificaron los pantalones con estampados de paramecios y quedamos compensados los cuñados, que pudimos por fin cenar tiesos como si hubiésemos invitado nosotros, que fumamos de lo nuestro.

MARTÍN OLMOS

Mujeres con bigote

In Timadores y burlangas on 31 de enero de 2015 at 20:25

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
La primera mujer que votó en California iba con pantalones y un parche en el ojo.

“Pero si el hábito no hace al monje, sí que hace al sexo, y ya dicen las viejas sabidurías que el que se finge fantasma acaba siéndolo”
FRANCISCO UMBRAL

El feminismo ha acabado con el tango y con los albañiles poetas que decían arriba del andamio: quién fuera el viento para acariciarte el pelo (los había quevedescos que ponderaban el nalgatorio y los bíblicos, más escasos, que recitaban el séptimo  capítulo del Cantar de Salomón: “Tu ombligo es un ánfora redonda en la que no falta el vino perfumado. Tu vientre un montón de trigo rodeado de lirios. Tus pechos como dos crías mellizas de gacela”). La presidenta del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, Ángeles Carmona, que es rubia, con perdón, ha dicho que hay que erradicar los piropos y quiere poner a los albañiles a hablar del tiempo. Van a acabar prohibiendo blasfemar en las cuestas arriba. En Suecia, en Japón y en Taiwan pretenden que los tíos meen sentados en vez de hacerlo a pie firme contra una tapia, silbando y embridando con una mano. Mientras tanto las mujeres alternan vino en el lóbrego bodegón con los codos en el pesebre y se tatúan el lomo como los lejías y los corsarios. Las mujeres lo que han querido siempre es mear de pie, que proporciona un alivio más inmediato,  hace sufrir menos a los muslos porque no se tienen que combar en equilibrio y reduce el riesgo de mojarse los talones. Las mujeres saben hacer dos cosas a la vez y hablan al revés y dicen no cuando quieren decir sí. Los hombres no las entienden porque se manejan mejor con la buena letra y cuando les dicen no, interpretan que no. Decía el moralista suizo Henri-Frédéric Amiel, escritor de diarios, que se entiende a las mujeres como se entiende el lenguaje de los pájaros: o por intuición o de ninguna manera. Las mujeres han preservado a la especie con su dolor y con el alimento de las crías mellizas de gacela que cantaba Salomón (una evidencia que no es machismo, sino biología) y los hombres se quedaron con la impresión de que eran accesorios pero fueron tirando una temporada porque salían de la cueva a cazar. Con la agricultura tuvieron que hacerse valer inventándose cosas importantes como la política y la guerra (y más tarde inventaron el fútbol). La guerra les entretenía mucho a las mujeres y seguían a los soldados como lavanderas, como furcias o como esposas a pesar de la advertencia que decían los sargentos de los Tercios españoles: “Quien se casa habiendo de andar tras una bandera vivirá lacerado”. Para no alentar los casamientos, se toleraba que a los Tercios les siguiese un contingente de putas que era de seis a ocho por compañía hasta que el archiduque Alberto de Austria, que era meapilas, lo redujo a dos y las obligó a vestirse de mujeres honradas. Sancho de Londoño, maestre de campo del Tercio Viejo de Lombardía, dejó escrito que “es preferible que no haya hombres casados, pero debe permitirse, para evitar mayores inconvenientes, que haya por cada ciento ocho mujeres, y que éstas sean comunes a todos los hombres”.

Las mujeres que querían combatir tenían que vestirse de hombre, como le pasó a Catalina de Erauso, que le dijeron la Monja Alférez. De Catalina de Erauso supone José Luis Hernández Garvi que era bollera y la acabó reconociendo el grado que ganó en la batalla de Valdivia Felipe IV y el papa Urbano VIII le otorgó la dispensa de vestir de macho a pesar de que una vez en La Paz robó una hostia consagrada. Catalina de Erauso dejó plantadas en el altar a dos doncellas en Tucumán: una era una huérfana mestiza y la otra la hija de un canónigo. En Piscobamba mató a un tío en una timba y en Saña, en Perú, dio fin a un tal Reyes porque se sentó delante de ella en una comedia y con su sombrero no la dejaba ver. Mató también a su hermano en un duelo, a un auditor del rey y a un número indeterminado de indios en las matanzas de Chuncos y dijeron que murió en el pico de Orizaba, en Méjico, conduciendo una reata de burros. Otra que meó contra la pared fue Loretta Velásquez, cubana que decía bajar del linaje del pintor, y que se alistó con un bigote postizo bajo el nombre de Harry T. Buford para combatir en la guerra de Secesión en el bando confederado. Velásquez peleó en las batallas de Bull Run, Ball´s Bluff y en la del fuerte Donelson, conoció a Lincoln, al profeta Brigham Young el de los cien lechos y se casó cuatro veces, una de ellas con un metodista. En Shiloh le pegaron un tiro mientras enterraba muertos y en el hospital de campaña le vieron el contorno y tuvo que escapar a Nueva Orleáns a pesar de ostentar el grado de teniente. Loretta Velásquez escribió sus memorias con copiosidad y le salieron seiscientas páginas en las que dijo que odiaba a los malditos yanquis porque le robaron a su padre unas tierras de pasto en San Luis de Potosí, pero más adelante, el general confederado Jubal Anderson Early, veterano de Bull Run y comandante de las fuerzas sureñas en el Valle de Shenandoah,  aseguró que el libro era una patraña desde el prólogo hasta el punto final. A Hannah Snell, nacida en Worcester en 1723, le abandonó su marido, que era un notorio borracho que acabó en la horca por asesino, y ella se puso la ropa de su cuñado y se alistó en la Marina Real con el nombre de James Gray, entró dos veces en combate y recibió una docena de heridas, once de ellas en las piernas y una en la ingle. Cuando se retiró recibió una pensión militar y puso un bar que se llamó La Guerrera.

Sufragio femenino
A la política llegaron las mujeres a costa de que a las primeras sufragistas les diesen brea y plumas y votar, si se quiere mirar por ahí, es masculino por lo que tiene de inserción, pero sobre esto ya hicieron una canción los de La Trinca (“Por primera vez”). La democracia, como el vinagre de Módena, está un poquito sobrevalorada y Churchill decía que es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás, pero por el camino crea una ilusión de participación. Bukowski la diferenciaba de la dictadura por el hecho de poder votar antes de obedecer las órdenes y el periodista Dutton Peabody consideró que a veces se llevaba muy lejos cuando se enteró de que no se podía echar un trago en el colegio electoral. Las mujeres no pudieron votar en California hasta 1911 (que fue anteayer), pero una lo hizo cuarenta años antes y era una tuerta blasfema que mascaba tabaco negro como la pez. Charlotte Parkhurst nació en New Hampshire en 1812, se quedó huérfana de padre y madre y se crió en un orfanato del que se escapó para irse a trabajar a los establos del señor Ebenezer Balch, de Worcester, Massachusetts, en el que aprendió a mandar carros de seis caballos. Por ser hembra, cobraba menos que los demás postillones y se marchó a Providence, en Rhode Island, se cortó el pelo, se vendó la proa y empezó a trabajar en pantalones conduciendo diligencias con el nombre de Charley Parkhurst disimulando el tamaño de sus manos con unos guantes de piel de gamo sin curtir que no se quitaba ni en verano. Después emigró a California durante la fiebre del oro y encontró un asiento de pescante en los coches de la California Stage Company, juró como los de su profesión, empinó el codo con los matones y perdió un ojo de una coz que le pegó una mula. Se puso un parche negro y varonil, se lavó poco y una vez espantó a tiros de escopeta del diez al bandido Black Bart, que le decían el Ladrón Poeta porque era sonetista, inglés y el más notorio asaltante de diligencias del norte de California y el sur de Oregón. Se sabe que, por lo menos, mató a un rufián. En 1868 se instaló en Soquel, California, y vio el nombre de Charley Parkhurst en el censo de las elecciones presidenciales que disputaron Ulysses S. Grant por los republicanos y Horatio Seymour por los demócratas. Charley Parkhurst, que le decían Látigo y el Tuerto, votó, pero no se sabe a quién, y cuando dejó los carros porque estaba medio tullido por el reúma puso un negocio de cría de pollos y murió en Watsonville, California, de un cáncer de lengua en 1879. Cuando le fueron a embalsamar para darle tierra en el Cementerio de los Pioneros descubrieron que Látigo Charley Parkhurst no era un tío, sino una tuerta como la Princesa de Éboli y unos años después los bomberos voluntarios de Soquel le pusieron una placa conmemorando a la primera mujer que votó en el estado.

MARTÍN OLMOS

Home run, o como se diga

In Timadores y burlangas on 28 de diciembre de 2014 at 23:18

ILUSTRACUON DE MARTIN OLMOS
Amañar partidos no es de hoy y ya lo hicieron los Medias Blancas de Chicago en 1919

“El béisbol es un amor”
BRYANT GUMBEL, PERIODISTA DEPORTIVO

A Borges le parecía el fútbol una forma de tedio y a Camus, sin embargo, le enseñó todo lo que sabía acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres. Camus fue portero del Racing Universitario de Argel y le retiró la tuberculosis. Borges, como era misántropo, prefería los juegos solitarios como el ajedrez y no los deportes masivos “como el fútbol y el cóctel”. Vázquez Montalbán dijo que el fútbol era la religión diseñada en el siglo veinte más extendida del planeta y Baldomero Fernández Moreno, poeta y médico rural, escribió: “algo vuela hacia el sol y no se sabe si es la pelota o si es la misma tierra”. El fútbol ha dado al mundo pensadores ilustres como Vujadin Boskov, que pronunció tres sentencias incontestables que fueron: una, el fútbol es el fútbol. Dos, penalti es cuando el árbitro lo pita. Tres, el fútbol es imprevisible porque todos los partidos empiezan cero a cero. Lo de que no hay rival pequeño lo dijo más bien Goliath. Otro filósofo empirista fue un jugador de la selección chilena al que pescaron en una casa de putas la noche antes de un partido y dijo: “Vimos unas luces rojas, creíamos que pasaba algo y por eso entramos”. Pelé no desaprobaba, en cambio,  lavar el periscopio   antes de un partido ni después, pero aconsejaba guardar la vigilia durante el descanso. Sartre dijo que en el fútbol todo se complica por la presencia del rival, lo mismo que podría haber dicho Napoleón sobre la guerra y usted en una reunión de vecinos. Puestos a tener ideas insensatas y, sin embargo, difundirlas, al barón Pierre de Coubertin se le atribuye erróneamente el camelo manso (que en realidad es del obispo episcopaliano Ethelbert Talbot) de que lo importante no es ganar, sino participar, lo que no diría Napoleón sobre la guerra ni usted en la reunión de la comunidad y como vive en el primero no piensa pagar la derrama del ascensor porque al del quinto le hayan amputado las dos piernas. Para palmar uno no sale de casa, que ya decía Aragonés que del segundo no se acuerda nadie, y las derrotas hermosas se las inventan los poetas viendo el partido en diferido: los lanceros de la Brigada Ligera no cargaron contra la artillería rusa para que Tennyson les hiciese un poema, sino que Tennyson después  le hizo un arreglo bonito a la zurra que se llevaron.

Batear al revés
El fútbol sirve para vender periódicos y bufandas de punto y el de ahora no es leñero y macho como el que jugaban antes tíos como de cuadro de Aurelio Arteta, con alpargatas, botijo y un pañuelo de nudos en la mollera. Los futbolistas de ahora se podan el entrecejo y salen en anuncios de champuses, que ya  no les huelen ni los pies, y cuando les rozan una taba se ponen jeremías que parece que se les ha caído encima un piano. Pero se besan el escudo con mucho sentimiento y salen a ganar los partidos por lo fullero o por lo mercantil y, como están en la onda, quieren su temporadita en el trullo, como la Pantoja, que es lo que se lleva ahora. Están a un paso de la trena dieciocho jugadores del Zaragoza y del Levante por amañar un partido el 21 de mayo de 2011 y propiciar el resultado que mantuvo al primer equipo en la primera división y así seguir saliendo en los cromos. Los que controlan el pasto nos dicen a los que no vemos más lejos de las quinielas que no son raros los arreglos futboleros por lo de las apuestas en el internet. Las apuestas en la mesa son como lo que decía el Marqués de Sade del adulterio, que eleva el precio del placer, y sin ellas te queda una brisca de viejitas con puestas de garbanzos. Porque el fútbol será muy pasional, pero si le aplicas el candado italiano te queda hora y media sin un puerco gol y a ver quien se merienda ese plan para un domingo por la tarde. Por eso el fútbol no acaba de contagiar en la índole expansiva de los norteamericanos, que quieren marcadores copiosos, ruido y majorettes, y allá el pasatiempo nacional es el béisbol, que aquí nunca hemos entendido del todo y nos parece el juego de la piñata. El béisbol se manchó desde joven y no esperó al internet para amañar las apuestas. En 1919 ocho jugadores de los Medias Blancas de Chicago  vendieron la final de la temporada palmando intencionadamente contra los Rojos de Cincinnati para cobrar las apuestas que llevaban a favor.

El propietario de los Medias Blancas era Charlie Comiskey, que le decían el Patricio Romano, y era tan tacaño que firmó una cláusula con el lanzador Eddie Cicotte por la que se comprometía a pagarle una prima de diez mil dólares si ganaba treinta juegos  y cuando llevaba ganados veintinueve le puso a chupar el banquillo hasta el final de la temporada. Las ocho estrellas de los White Sox pensaban que cobraban poco y acordaron palmar la final de las series mundiales de 1919 en las que llevaban las apuestas a favor en connivencia con los corredores fulleros del callejón. Los ocho fueron el propio Cicotte, Joe Jackson el Descalzo, Arnold Gandil, Buck Weaver, Oscar Felsch el Contento, Fred McMullin, el Zurdo Claude Williams y Charlie Risberg el Sueco. Cualquiera que sospechase que una pelota era redonda y estuviese en su sano juicio iba a apostar a favor de los Medias Blancas porque los Rojos iban al sacrificio, con lo que poner la pasta en el lado contrario multiplicaría la ganancia si se producía un resultado sorprendente. En cualquier caso, los asertos del librepensador Vujadin Boskov eran aplicables al béisbol, lo que le convertía en un juego imprevisible porque todos los partidos empezaban cero a cero. Arnold Gandil, primera base del equipo, que le decían el Pollo, frecuentaba coimas de trastienda y se puso en contacto con los fulleros Joe “Sport” Sullivan y Arnold Rothstein el Barajador para apostar en el nombre de los jugadores pronósticos en contra. A Arnold Rothstein el Barajador le decían también el Cerebro y el Financiador, era judío, hermano de un rabino y compadre de timbas de George Raft, el gángster de las películas. Rothstein tenía seis o siete manos zurdas y jugaba al billar, al póquer y a los caballos y Scott Fitzgerald le usó de modelo para el personaje de Meyer Wolfsheim de “El Gran Gatsby”. Era el padrino del pistolero “Piernas” Diamond y amigo del Suertudo Charles Luciano y decían que se había mezclado en el asesinato de Joey Noel, un bribón protegido del contrabandista Schultz el Holandés, un tío nervioso y tan imprevisible como un escorpión dentro de un calcetín. Los periodistas deportivos escucharon tambores en la jungla y advirtieron que algo se estaba cociendo. Prometieron ponerle mil ojos al partido y analizar cada lanzamiento marrado. Los ocho apostaron contra ellos mismos, quizá porque eran humildes, Rothstein le pagó casi cien verdes al Pollo Gandil y los Medias Blancas palmaron un partido de ganga. Al año siguiente les juzgaron por marrulleros pero salieron absueltos, pero independientemente al veredicto, les expulsaron de por vida de las ligas mayores. Los Medias Blancas, sin sus ocho campeones, se hundieron en la medianía y no volvieron a ganar un campeonato hasta 1959. Los ocho vivieron hasta la senectud en una jubilación prematura y los bolsillos llenos, pero a Rothstein el Barajador le mataron de un tiro en la barriga en la habitación 349 del hotel Central Park de Nueva York en 1928. Se había mezclado en una timba de póquer de tres días organizada por George McManus (que tenía un hermano cura) con los notorios burlangas Joe “Black Jack” Bernstein, el Gran Titanic Thompson y  Nate Raymond el Negro, que entre los tres juntaban unas cuarenta manos izquierdas. Rothstein palmó cerca de cuatrocientos mil pavos porque le repartieron con trampas y se negó a pagar y el matón de McManus, Hyman Byller, borrachuzo notable y quisquilloso, le retiró de la mesa de un tiro en el bajo vientre. Para entonces ya llamaban a los Medias Blancas los Medias Negras, pero no por el escándalo de la final apañada sino porque el roñoso de Comiskey no les pagaba la lavandería y sacaban las polainas al campo echas un cristo de pura mierda.

MARTIN OLMOS

Los lanceros bengalíes

In Timadores y burlangas on 11 de diciembre de 2014 at 11:47

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Los libros de autoayuda recomiendan cambiar de vida si la que tienes no te gusta

“La vida no debe ser una novela que se nos impone, sino una novela que inventamos”
FRIEDRICH LEOPOLD VON HARDEMBERG, NOVALIS.

“Tres lanceros bengalíes” es una película de Henry Hathaway de 1935, de aventuras exóticas con Gary Cooper, en la que salen emires de Gopal y el malvado Mohammed Khan, torturas asiáticas y una astuta espía rusa, acciones heroicas y una Cruz Victoria prendida en la silla del caballo de un teniente muerto al volar un arsenal enemigo para salvar, con el sacrificio de su vida, a su regimiento de lanceros.

Dejad en paz al Pequeño Nicolás con su carita de niño un poquito trucha y su mentón en fuga de mal peleador, que usted también soñó un día con ser bombero, torero o lancero bengalí. El Pequeño Nicolás, con su apodo de zarevich hemofílico, solo quiere jugar a ser un Santiago Matamoros escrito por Graham Greene y en su saga de intrigas internacionales ha cabido, como no podía ser de otra forma, una Dulcinea jamona a la que le hemos puesto un nombre vanguardista. Otros niños juegan a ser Harry Potter. Los niños son jodones y arruinan las cenas porque les tienes que sacar a los toboganes, y el Pequeño Nicolás ha jodido bien en las moquetas y ha gritado, con su par de compañones, que el rey está desnudo. Les dicen compañones a los cojones de los perros. Al Pequeño Nicolás le tienen que hacer un serial con un actor lesbiano de la Disney o le tienen que poner una máscara de hierro y encerrarle en la Bastilla custodiado por Benigno de Saint-Mars y un criado sordomudo para que luego le escriba Dumas. Para que un día le salven los tres mosqueteros. Dejad en paz al Pequeño Nicolás con su carita de niño un poquito trucha y su cabellera prerrafaelista de retrato de camafeo y que siga jugando a ser el Conde Duque de Olivares, que usted también soñó un día, que quizá ya haya olvidado, con ser corsario, santo o aviador.

Permítanme que hable un poco de mí: una selección de estas crónicas criminales con las que sombreo las mañanas de sus domingos merecieron, generosamente, el premio literario del Café Bretón-Bodegas Olarra y de la impresión del volumen, con una portada de José Guadalupe Posada, se hizo cargo la editorial riojana Pepitas de Calabaza (son quince euros, oiga). El editor don Julián Lacalle me pidió para ennoblecer la solapa un apunte biográfico de un servidor, que quedó breve pero no dos veces bueno,  y se saldó con mi escueta epopeya escrita nada más que en quince palabras que decían así: nació en Bilbao en 1966 y lleva cinco años contando crímenes en el periódico El Correo. En esta frase no hay economía de medios sino ausencia de navegación, y lo que me hubiese gustado es escribir que boxeé en el peso medio en los circuitos profesionales, que sufragué mis estudios de egiptología en la Sorbona traficando con tabaco en Pigalle y que seduje a una condesa húngara en el Transiberiano y cuando la abandoné se colgó con sus medias de seda en el vagón restaurante, encima de una langosta al Termidor. Soñé un día con ser lancero bengalí, ya ven, pero por lo visto no di la talla. El impostor, en cambio, materializa su sueño pero sin pasar por la cocina, que es como empezar la casa por el tejado, y es un novelista autobiográfico que tiene un proyecto de vida y se toma un atajo. Shakespeare (que quizá fue también un farsante que aprovechó el rédito de Christopher Marlowe) recomendaba decir siempre la verdad para avergonzar al diablo, pero lo que suele hacer la verdad sin adorno es aburrir soberanamente y, al final, todos somos el Pequeño Nicolás y le tenemos que poner a la vida un par de trolas o tres como nos ponemos pantalones que nos suben el culo que parece una tabla.

Impostores ha habido siempre y se ordenan por gremios y se clasifican según la gracia que tengan. Ha habido impostores mendicantes y napoleónicos, pretendientes al armiño, prosistas, en verso y mutilados de guerra. Un impostor de salitre fue Emilio Salgari, que se inventó una biografía de viajes por mar y casi no salió de su pueblo, y una de sangre azul Anna Anderson, que pretendió ser la Gran Duquesa Anastasia de Rusia porque no le gustaba ser Franziska Schanzkowska, una obrera polaca más bien cortita de entendederas. Tania Head se cansó de ser gordita e invisible y se anunció de superviviente del holocausto del 11-S pero cargó un poquitín las tintas con detalles románticos y le salió la chica del Titanic:  contó que ese día iba a casarse con su novio, que murió en la torre norte, que fue salvada por un misterioso hombre con un pañuelo rojo y que un moribundo le entregó su anillo de boda para que se lo devolviese a su viuda. Le faltó nada más que la canción de Céline Dion (Near,…Far…Whereeeeever you are) y que DiCaprio la pintase en cueros mientras los aviones se estrellaban y, sin embargo, le vendió el camelo al alcalde Rudolph Giuliani durante seis años hasta que se descubrió que no estuvo aquel día en el piso 78 de la torre sur, que no tenía novio y que era en realidad Alicia Esteve, una catalana con familiares fulastres que habían merendado trullo por endosar pagarés falsos.

Louis de Rougemont
El impostor aventurero fue suizo, como los bollos, se llamaba Henri Louis Grin y antes de convertirse en el fabuloso Louis de Rougemont se dedicó a criado de la actriz inglesa Fanny Kemble, a curandero, fotógrafo de fantasmas y emprendedor de negocios con epílogo ruinoso. Como no prosperaba según sus expectativas, emigró a Australia, se cambió de nombre y en 1898 empezó a publicar sus memorias en el semanario inglés “The Wilde World Magazine”, en el que contó cómo participó en banquetes caníbales y cómo los salvajes del interior de  Nueva Guinea le tomaron por un dios. Contó que cabalgó sobre una tortuga y vio volar a un wombat, que es un marsupial subterráneo, y que envió mensajes en intrincados dialectos locales por medio de pelícanos carteros y que se curó de las fiebres durmiendo dentro de un búfalo destripado que aún conservaba el calor de las entrañas. Louis de Rougemont llegó a escribir el libro “Treinta años entre los caníbales de Australia” y aseguró haber encontrado el despojo de la expedición de Alfred Gibson, que desapareció en 1874 mientras cruzaba de este a oeste el desierto occidental de Australia. Cuando le examinaron en la Real Sociedad Geográfica, eludió dar detalles cartográficos forzado por un contrato de confidencialidad que decía que había firmado con una empresa minera para la que trabajó buscando oro. Cuando descubrieron su sarta de patrañas emigró a Sudáfrica y montó un tinglado de vodevil en el que se anunciaba como “El más grande embustero del mundo”, que cosechó ovaciones cerradas excepto en su tour australiano, en 1901, donde le recibieron a pitidos y le tiraron una silla de tijera. Murió pobre como un mendigo en Londres, el nueve de junio de 1921.

Al Pequeño Nicolás, con su carita de niño un poquito trucha y su papadita de lector yacente, aún le queda carrete y cuando se le derrita el trampantojo puede iniciar la industria del último Rougemont y vivir del cuento en los platoses, que son más cómodos que las caravanas de feriantes, y entonces será dueño legítimo de una biografía en condiciones y no de una cosa escueta de nada más de quince palabras huérfanas de navegación, que es la que hasta ahora puede enseñar un servidor que va para cincuentón. Qué decepción, que ustedes creían que mis copiosas sapiencias del alrededor del hampa me venían de haber sido pasma de antivicio en Brooklyn. Y lancero bengalí.

MARTÍN OLMOS

La honorable esgrima del sable

In El cañí, Timadores y burlangas on 6 de junio de 2014 at 10:49

El gorroneo es profesión vinculada a las letras que permite tomar el vermú de mogollón

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“…y les parece que debemos andar como solicitadores o hechos estudiantes capigorristas, enlutados y con gualdrapas”  
MATEO ALEMÁN

Al sablista hay que tener la precaución de saludarle desde lejos, como a la mujer bigotuda, y prevenirle el discurso de cercanía como si tuviera halitosis, porque en cinco minutos te enreda y te toca la petaca. El sablazo es cañí como un par de castañuelas y es industria de estudiantes y de periodistas que no hay que confundir con la comisión, que es manejo de sujetos menos imaginativos y de más elevación social que han derivado en la trapaza por enchufe y sin vocación. El comisionista vil prospera sin mérito porque ceba la bolsa sin sudarla y le llueve del cielo el matute que va aparejado al cargo, al que ha trepado doblando la bisagra delante de la gerencia y poniéndose a los pies de su señora. El sablista, en cambio, está obligado a procurarse la ganancia inventándose un hilo argumental, con lo que por lo menos es narrativo, y es neoclásico porque procede de la tradición picaresca del Siglo de Oro. Los antiguos estudiantes de Salamanca vestían de capa negra y gorro del mismo color, que embozaba más la mierda,  y como siempre andaban a la cuarta pregunta comían de mogollón colándose en los bautizos y Quevedo les escribió de “susto de los banquetes y cáncer de las ollas”. Les llamaban capigorristas o capigorrones y lo fueron Tácito y Andronio en la comedia “El laberinto de amor” de Cervantes. El presbítero José María Sharbi y Osuna sostenía que la cuarta pregunta a la que estaban los carpantas, que la decían también la última, era la que terminaba la serie de inquisiciones que les hacían los estudiantes a sus nuevos camaradas para descubrir si tenían salud, talento, amores y posibles. Como eran bachilleres las decían en latín: “¿Salutem habemus? ¿ingenium habemus? ¿amores habemus? ¿pecunian habemus?”. Los novicios asentían las tres primeras pero enseñaban la bolsa pelona para negar la cuarta y arrimarse a la cofradía de los gorreros y aprenderse los pesebres del puntapié donde almorzar al trote.

La diferencia entre el sablista y el gorrón es que el primero acecha rapaz, industria por barrios triangulándolos como predios de caza observando la precaución de agostarlos por temporadas para no yermarlos y después pergeña y procede con determinación porque es, en el fondo, un hombre de acción, mientras que el segundo es pasivo y oportunista, parasitario, y su mérito procede del estoicismo y de la paciencia para esperar que el rumboso pague la ronda de gambas inmutable como una esfinge, como el que otorga callando. Al gorrón le dicen también guagüero y sopista, y le dicen rozavillón y tifus, y tiene el estómago elástico, como el de los calés. Un sablista legendario fue el poeta Pedro Luis de Gálvez, anarquista y escritor de sonetos, que llegó a pasear por los cafés a un hijo que le nació muerto metido dentro de una caja de zapatos para arrimarse los duros del supuesto entierro y escribió el tratado “El sable. Arte y modos de sablear”, en el que incluyó un listado de primaveras entre los que anotó al torero Nicanor Villalta, a Carlos Arniches y a don Jacinto Benavente, que, a lo que parece, eran rotos de petaca. A veces alquilaba la lista a otros sablistas por diez pesetas y una comisión sobre el resultante. Pedro Luis de Gálvez llegó a hacerse pasar por muerto para sacarle diez duros al cura que fue a darle la extremaunción y una vez empeñó a su gato en el Monte de Piedad y en 1940 le fusilaron los vencedores de la guerra en la cárcel de Porlier acusándole de haber asesinado a doce monjas.

Fondas del sopapo y cafés de poetas
El gorrón desprecia a la hormiga de Samaniego y es fumador de petaca ajena (a veces pone la lumbre) y en la primera mitad del siglo del cambalache frecuentó las pensiones y los cafés, y como siempre andaba sin una gorda no podía aliviarse en el putañal y se tumbaba lo que podía. El guionista Rafael Azcona contaba que se alojó una temporada en una pensión de la calle del Carmen colonizada por opositores a Correos cuyo dueño era un marica que se llamaba Paquito y en la que trabajaban una cocinera calva y una criada enana que siempre andaba en hospitales curándose los desgarros de vagina que le producían los estudiantes cuando se ponían belicosos por la contemplación de unas modistas que vivían en el piso de abajo. Azcona mantenía que los cafés se llenaban porque en las casas no había calefacción central y él frecuentó el Varela, en cuyos servicios se afeitaban los habituales porque había agua caliente y un otorrino pasaba consulta en una mesa. En el Varela se celebraban veladas poéticas y cuando uno participaba en ellas conseguía el derecho de sentarse en una mesa sin consumir y hasta le daban una jarra de agua. La pluma y el sable son parientes y antes de que en el periodismo se pusiesen de moda las tertulias y las columnas con foto, el de gacetillero era un oficio en el que había que ir saltando la mata y previniéndose de la autoridad municipal. Alejandro Sawa, que inspiró a Valle su Max Estrella, tenía por costumbre sacarle a Alfredo Vicenti, director de El Liberal, cinco duros de adelanto por artículos que no había escrito (ni pensaba hacerlo) y Felipe Navarro, Yale, pensó que se podía escribir sin comer pero se equivocó y alternó el oficio con el estraperlo de tabaco y la venta de condones. A Yale le echaron de la pensión y dormía sobre un colchón entre dos coches en un garaje, una vez robó un reloj en una piscina y lo mercó por quince duros que se gastó en comer una paella de doce pesetas con guarnición de moscas y le pretextaba entrevistas a la actriz Ana Mariscal para que le invitara a pastas en el Hotel Gran Vía. Frecuentaba la Bodega Bohemia en la que recitaba en un tablao el romance “El hijo de la Volantes” para que le convidasen a un café con leche y a una ensaimada y en una ocasión iba tan tieso que no tenía ni las tres pesetas que costaba un menú de caldo, tripas de gallina y una mandarina que daban en un restaurante de la calle Wifredo y aún así cenó, se levantó y najó sin abonar andando despacito porque era poliomelítico, pero se arrugó recién salió y se metió en un portal, y como el sereno no le vio, cerró con llave y tuvo que rendir la noche en la escalera hasta que le sacaron a las siete de la mañana del día siguiente. Hoy el periodista es un intelectual que a veces llega a fin de mes y se puede enseñar la cartera en el bolsillo culero del pantalón cuando se entra en una redacción y con suerte salir con ella (hay casos documentados).

Un sablista del profesional fue el dibujante Manolo Vázquez, el creador del agente secreto Anacleto, las hermanas Gilda y la familia Cebolleta. Vázquez era putero y anarquista, decía que su abuelo había sido el sastre de la Familia Real y tuvo once hijos con siete mujeres distintas. Era moroso por devoción y mató a su padre dos veces para conseguir adelantos para el entierro y EL TÍO VÁZQUEZquiere la leyenda que fuese el inquilino de la buhardilla de la 13 rue del Percebe, de Ibáñez, que hacía que su mujer sacase un loro al alfeizar de la ventana para avisarle de que había acreedores en la puerta. Vázquez trabajó en régimen de galeote para la editorial Bruguera en unos tiempos en los que los dibujantes de tebeos  no conservaban los derechos de sus personajes y ganaban dos gordas (Josep Coll dejó el lápiz porque le rentaba más ser albañil de obra y se suicidó en la bañera con un secador de pelo) y estuvo tres veces en el trullo, dos por deudas y una por bigamia. Fue un sablista artístico que descubrió que el truhán cae simpático y acabó dibujándose a sí mismo huyendo de los sastres en la serie “Los cuentos del tío Vázquez”. Sostenía don Camilo José Cela que hay tres cosas que un hombre no debe negar: un sopapo a un impertinente, un revolcón a una señora que lo demande y un pitillo a un mendicante.

MARTÍN OLMOS

Las aventuras de Smith el Jabonoso

In El Far West, Timadores y burlangas on 20 de enero de 2014 at 18:56

Jefferson R. Smith fue el trilero más notorio de la frontera

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Jefferson Smith nunca dejó de vestir con traje y corbata”
JAVIER REVERTE

Este es el memorial de las extraordinarias hazañas del infame ladrón Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso, que Dios le haya perdonado sus iniquidades si lo ha tenido a bien según su divino entendimiento, que nosotros no somos los que debemos juzgar Su voluntad porque sus razones se escapan a nuestra comprensión. Est humanum errare, divinum ignoscere, que quiere decir que el error es cosa nuestra y de Dios perdonarlo, y sin embargo no hay que tener por segura esta aseveración. El poeta Heinrich Heine dijo en su lecho de muerte, si hemos de creer a Johannes Fastenrath: “Dios me perdonará: es su oficio”. Nada más lejos, maese Heine: Isaías en el capítulo 55 nos dice que Dios es generoso en el perdón pero añade que sus caminos no son los nuestros, y por lo tanto se escapan a nuestro común discernimiento. El infame Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso buscó la fortuna en el oficio de los más procelosos menesteres que fueron, por mencionar los más notables, los de trilear el naipe con ventaja, chulear mastuerzas, aguar los licores, robar a los muertos, correr diamantes falsos y enredarse en riñas a tiros de las que por allá llamaban gunfights y en las que no era poco común que alguien terminara manco si tenía la suerte de vivir para contarlo. Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso dejó blasón en la azarosa frontera de tahúr y de organizador de raposos y murió a tiros en el que se conoció como el Combate del Muelle de Juneau, en la fría Alaska, el 8 de julio de 1898. El que vivió como un príncipe murió como un perro y su cuerpo se dejó toda la noche al sereno sin siquiera cubrirlo con una manta. Aequat omnes cinis, que quiere decir que la ceniza iguala a todos los hombres y lo dijo Séneca el cordobés.

Jefferson Ryolph Smith II nació en el condado de Coweta, en Georgia, al que llaman el Estado del Melocotón, el Día de los Difuntos de 1860. Su familia de pretéritos ingleses fue de postín que se arruinó con la guerra y perdió los algodonales, pero no obstante le brindó una educación esmerada que Jefferson Ryolph Smith II supo aprovechar y durante toda su vida fue capaz de recitar con gracia singular los hexámetros de Homero y los poemas de Shakespeare, además de ir siempre vestido con corbata. Los Smith emigraron a la ruidosa Texas para procurarse la fortuna y en Round Rock Jefferson Ryolph Smith II, que tenía a la sazón quince años, presenció la ejecución del bandido Sam Bass, notorio pistolero y atracador de bancos y diligencias. Si de aquella experiencia concluyó alguna moraleja es de suponer que pronto la olvidó. De bien joven, siendo su posterior mostacho negro apenas la sombra de un bozo, Jefferson Ryolph Smith II se fue de casa para cabalgar la riesgosa vida y condujo durante un tiempo ganado desde Texas hasta Kansas a través de la antigua ruta de Chisholm y asimismo comprendió bien pronto que ajerezarse los JEFFERSON SMITH EL JABONOSOriñones sobre un penco, comer judías y tocino y contemplar el horizonte escueto del culo de una vaca no iba con su natural emprendedor. Dejó, pues, el ingrato oficio de vaquero y se puso a correr el país entero vendiendo diamantes de cristal y quincallas tan falsas como un rumor debajo de una lona en la que se anunciaba como Johnny el Baratijas. De aquellas jornadas en la legua aprendió que abundaba en el camino el primo de pasto, que es más bien un rumiante que un  hombre hecho y derecho y se caracteriza por ser refractario al sentido común e intrínseco a la confianza en sus semejantes, que Dios le proteja, y en el exterior se le reconoce porque se abriga, en lugar de con vello y pellejo, con plumas que siempre lleva a disposición del que se las quiera pelar. Jefferson Ryolph Smith II aprendió a desplumar al primo cuando los notorios charlatanes Clubfoot Hall y “Old Man” Taylor le enseñaron a dominar el trile y el monte de dos cartas y él por su cuenta patentó el Timo del Jabón, que consistía en subastar pastillas de jabón en las que aseguraba meter en una de cada dos un premio oscilante entre el dólar y los cien pavos. Sus acólitos conseguían los premios amañados y los voceaban, y los primos pujaban por lo alto las jabonetas y las acababan pagando al precio del azafrán. Se le dijo desde entonces Smith el Jabonoso y se asentó en Colorado; primero en Denver, donde abrió el casino Tivoli bajo el lema “Caveat Emptor” (Que tenga precaución el comprador), y después en Creede, en donde puso el Orleans Club, una coima de fulleros cuya atracción principal era la exhibición de un cadáver momificado. Allá Smith el Jabonoso le robó el predio del hampa al infame Bob Ford, el traidor asesino de Jesse James, y organizó un sindicato de bribones que gestionaba un fondo de pensiones para pagar fianzas, atender a las madres de los que pagaban presidio y morder a los concejales. Formaron parte de aquella cofradía de bellacos el pistolero Texas Jack Vermillion, que cabalgó junto a los hermanos Earp; el Gran Ed Burns, asesino y especialista en el timo del lingote; el reverendo Charles Bowers, que se hacía pasar por masón; el juez Norman Van Horn y su licenciatura de Harvard y el ladrón Slim Jim Foster, que dominaba el arte de hacerse el tonto. Sin embargo llegó un día de 1897 en el que Smith el Jabonoso no ajustó el precio de un gobernador y la milicia le echó de Colorado.

El Gold Rush
Al año siguiente, que fue uno después de que se encontrase oro en el Yukón, Smith el Jabonoso desembarcó en Skagway, en Alaska, un campamento minero en mitad de la ruta de los argonautas. Reunió a su cuadrilla y abrió el Soapy Smith´s Parlor, limpió a un misionero en el trile, engrasó a dos periodistas para que le propagasen, estableció una comisión del cincuenta por ciento por cada asalto en la calle y participó con entusiasmo en la recuperación de los cadáveres de sesenta hombres que murieron al ser sepultados por un alud en el Camino de Chilkoot y antes de enterrarlos les robó las prótesis dentales. Entre otras cosas, vendió acciones de explotaciones mineras que no existían, montó una oficina de telégrafos falsa, le puso un sueldo al oficial de la policía y entabló tratos con Wyatt Earp, notorio proxeneta, para abrir una casa de tertulias. En poco tiempo tuvo el sombrero boca arriba en unas cincuenta casas de juego y se nombró a sí mismo capitán del Primer Regimiento de la Guardia Nacional de Alaska, una milicia de voluntarios que pretendían ir a Cuba a pelear contra España. El primero de mayo de 1898 desfiló con su tropa montando un caballo gris y el reverendo John Sinclair, fotógrafo aficionado, le tiró un retrato. Los ciudadanos que aún pensaban que el Gran Norte podía ser un lugar decente formaron el Comité de los 101, liderado por el audaz Frank Reid, ingeniero, camarero y antiguo teniente del ejército, y Smith el Jabonoso respondió armando a una hueste de matones y, amparándose en su condición de capitán, proclamando la ley marcial. El 7 de julio de 1898 un minero llamado J. D. Stewart llegó a Skagway con treinta mil dólares en pepitas de oro que le duraron un suspiro cuando los bellacos de Smith se los  birlaron. El Comité de los 101 exigió al Jabonoso la devolución del botín y éste les amenazó con cortarles las orejas. A la mañana siguiente Frank Reid y Smith el Jabonoso se emplazaron en el Muelle de Juneau y el trilero compareció en la reunión ostensiblemente borracho con un rifle Winchester 30-30, una pistola Remington escondida en la manga y un Colt 45 en el cinturón. Ambos hombres parlamentaron con el plomo y a una distancia tan corta que se podían oler los alientos respectivos se dispararon hasta matarse. Smith el Jabonoso recibió un tiro en la pierna izquierda y otro en el corazón y murió en el acto y Frank Reid cogió un balazo en el vientre, a la altura de la pelvis, que le llevó a la tumba doce días después. Nadie consideró conveniente recoger el cuerpo difunto de Smith el Jabonoso y el rocío le hizo la mortaja durante la noche entera. Le enterraron una semana después en el comienzo del camino del White Pass y acaso mereció un responso más conciliador que el que le hizo el reverendo John Sinclair, ministro presbiteriano y fotógrafo aficionado, que dijo: “Lamentamos que en la carrera de uno que vivió entre nosotros haya muy poco que podamos mirar como bueno”.

MARTÍN OLMOS

La pirámide de doña Baldomera

In El cañí, Timadores y burlangas on 13 de diciembre de 2012 at 13:24

Más de un siglo antes que Bernard Madoff, la hija de Mariano José de Larra puso en práctica un tinglado de financiación  piramidal

ILUSTRACION de martin olmos

“¿Qué es mayor delito, robar un banco o fundarlo?”
BERTOLT BRECHT

A vueltas con el concepto del europeismo, don Miguel de Unamuno, que acometía las polémicas ideológicas como si fuesen combates de lucha libre, le dijo a Ortega y Gasset: “¡Que inventen ellos!”, y desde entonces al español le ha quedado la impresión de que mientras él se iba a los toros, los rusos mandaban al espacio a la perrita Laika. Parece ser que don Miguel pronunció por primera vez su sentencia durante una discusión a voces en el Café Gijón, pero la repitió, por lo menos, en otras tres ocasiones: en una carta a Ortega en 1906, en el funeral del político regeneracionista Joaquín Costa y en el ensayo “El pórtico del templo”, en el que añadió que “la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”. La perrita Laika apenas duró cuatro horas viva a bordo del Sputnik 2 y se murió por las taquicardias que le produjo el pánico y medio asada por las altas temperaturas de la nave, como un pavo en un horno, pero sin sus hojitas de laurel. Ortega le llamó a don Miguel energúmeno, africanista y morabito, que es el moro que vive como un ermitaño cristiano. No es lo peor que le llamaron a don Miguel. A la perrita Laika le levantaron una estatua en 2008. Antes de ser astronauta fue chucho callejero y meaba a los pies de las farolas de Moscú, daba vueltas sobre sí misma intentándose morder el rabo y tenía sangre diversa, de husky, de samoyedo y de terrier; tenía la pobre perrita Laika una vida sencilla y sin pretensiones. Sin embargo el español, que cuando quiere matar a un perro lo cuelga de un olivo sin tanto aparato, ha inventado lo suyo y, a pesar de la frase de Unamuno, ha contribuido al bienestar de la humanidad con el ingenio de los pueblos hechos a base de bailar con el hambre con la intimidad de los que se tienen confianza. Inventos españoles son el submarino de Peral, anterior al Nautilus del capitán Nemo, el autogiro de Juan de la Cierva, el futbolín y la fregona; la siesta de después de comer y la siesta del cordero, que es menos común y se ejecuta antes del almuerzo, la pausa para el cafelito, la tortilla de papas y los seis días de Moscoso. Español es el Chupa Chups, el porrón y las figuritas de Lladró, los zapatos de rejilla (que decía el difunto Umbral que cuadriculan el pie), el Calendario Zaragozano y el cóctel Molotov, que lo copiaron los finlandeses y le pusieron el nombre del ministro de asuntos exteriores soviético. Y tan cañí como el pasodoble de Marcial (eres el más grande) es el estraperlo, el timo del tocomocho, el de la estampita y la estafa piramidal, que no la inventó Bernard Madoff, sino Baldomera, la hija del poeta romántico Mariano José de Larra.

Vida de Larra
Larra nació en 1809 en la calle Segovia de los madriles, en el edificio de la antigua Casa de la Moneda, y era el hijo de un médico afrancesado que tomó el camino de París después de la batalla de Arapiles. El doctor Larra regresó a España abrigado  por la influencia del infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII, pero su hijo tuvo que pasar por el calvario de ser considerado un medio gabacho por sus compañeros de pupitre. Empezó entonces a sospechar que su país era tierra de partidos y más tarde escribió: “Aquí yace media España; murió de la otra media”. No obstante, con dieciocho años compuso una Gramática Castellana y tradujo del francés los versos de La Ilíada. Por aquella época se enamoró de una mujer a la que escribió poemas para descubrir, más tarde, que era la querida de su padre. No tuvo suerte con las hembras y con veinte años se casó pronto y mal con Pepita Wetoret, una mujer infantil que le dio tres hijos que fueron Luis Mariano, que se hizo libretista de zarzuelas, Adela, que fue amante de trastienda del rey Amadeo de Saboya, y Baldomera, que creó la ilusión de la fertilidad del capital sin sacarlo de debajo de una teja, cogió su parte y tomó las de Villadiego. Larra abandonó a su mujer apenas cinco años después, se enredó con una cantante y, más tarde, pretendió a la mujer de otro hombre. Se llamaba Dolores Armijo y le dio calabazas y Larra, que tenía veintisiete años,  se apoyó una pistola entre la oreja y la sien derecha y se pegó un tiro a las nueve menos cuarto del trece de febrero de 1837. La bala le salió por encima de la sien izquierda, atravesó una puerta vidriera y se incrustó en la pared de su habitación del tercer piso del tres de la calle de Santa Clara. Le enterraron en el cementerio de Fuencarral, en tierra de Dios, y fue el primer suicida español que fue cubierto en sagrado.

La Caja de Imposiciones
Baldomera tenía cuatro años cuando su padre se mató, pero se las supo apañar y cuando tuvo la edad de emparentar se casó con el doctor Carlos de Montemayor, médico del rey Amadeo de Saboya, que era figurín, gafe y tontorrón y andaba en ayuntamientos adúlteros con su hermana Adela. Cuando Alfonso XII fue restaurado en el trono de España, el doctor Montemayor se exilió en las colonias de Cuba y dejó a  Baldomera en Madrid, habituada al lujo y sin posibles, y con la suerte torcida  la mujer se enredó con BALDOMERA LARRAprestamistas. Un día le pidió prestada a una vecina una onza de oro y se la devolvió al mes doblada en dos, la paisana corrió el suceso y los ahorradores del barrio le confiaron a Baldomera sus parneses para que se los multiplicase con la misma suerte. La mujer prometía un rendimiento del treinta por ciento en el plazo de un mes y lo cumplía, y en poco tiempo montó tinglado, que llamó la Caja de Imposiciones, detrás de la calle de Alcalá. La oficina era una habitación con estufa y un recadista que se llamaba Nicanor, un fichero con papelería y la caja de los dineros. En poco tiempo triplicó la clientela y todos se iban contentos y cuando alguien le pedía una garantía le señalaba el viaducto que unía la calle Mayor con el barrio de la Morería y que era el lugar desde el que se arrojaban los suicidas. Baldomera tiraba a mofletuda e inspiraba confianza, y como convirtió a los carboneros en financieros la llamaron La Madre de los Pobres. En realidad pagaba los intereses a los primeros inversores con el dinero de los siguientes, con lo que no ponía en el negocio ni un céntimo ni arriesgaba nada. Un día de diciembre de 1876 Baldomera se esfumó con el capital y dejó en la ruina a sus impositores, en la oficina de la Caja quedaron apenas cien reales y ningún libro de contabilidad. Dos años después la detuvieron en Auteuil, en Francia, donde vivía con desahogo con un nombre falso, y la condenaron a seis años de prisión por un delito de alzamiento de bienes. El Tribunal Supremo, sin embargo, la absolvió en 1881 y Baldomera se reunió con su marido en Cuba, en donde vivió sin hacerse notar hasta que enviudó, regresó a España y acabó sus días haciéndose llamar la Tía Antonia en la casa de su hermano Luis Mariano, que se había hecho famoso por escribir el libreto de la zarzuela “El barberillo de Lavapiés”, con música de Barbieri. La estafa piramidal se puede disfrazar de ingeniería financiera pero en realidad tiene la costura del timo clásico, en el que es necesario el carisma del burlón y la codicia del panoli. El refrán es también invento español que consiste en usar la sabiduría prestada, y hay uno que asegura que nadie da duros a cuatro pesetas.

MARTÍN OLMOS

De lilas, golfos y tranvías

In El cañí, Timadores y burlangas on 7 de septiembre de 2012 at 13:42

Un artista del alambre le endilgó a un destripaterrones un tranvía de postín por cuarenta mil duros de los de antes

“Uno de los timos mejor preparados en los años de la posguerra fue aquel que se llamó el timo del 1.001”
MARGARITA LANDI

Se considera mala costumbre apoyarse sobre las nalgas de una señora que no haya dado muestras de estar en disposición de agradecer el gesto, llamar papá al obispo, aunque se ostente su misma nariz, y dejar la cartera de un primo llena al final de la jornada. El primo abunda en cualquier clima, es omnívoro y lo hay de diverso pelaje, siendo el menos frecuente el primo con conciencia de tal, que acostumbra a languidecer en los recodos y a estarse calladito, para que no le noten. El primo más abundante es el que no sabe que lo es y, por el contrario, arraiga fuero de librepensador y se mete en las conversaciones interrumpiéndolas sin dar aporte. Se le dice zurumbático o falso lince y no es lo malo que albergue opiniones, sino que las distribuya con gratuidad pensando que enriquece a la civilización. El falso lince tiene buena voz y el gesto marcial del que nació para el galón y como no ha considerado leer al clásico se suele citar a sí mismo (porque el primo no necesita modelos) y empieza sus parlamentos con la expresión: “Como yo suelo decir…”, como si dijera por Gracián. Boileau escribió que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira y en el caso del primo, lo que encuentra es a un congénere al que acierta más primo aún y le despierta la vocación de listo y quiere sacarle provecho. Lo que generalmente se encuentra el primo es a un golfo, que es otra especie abundante pero más mimética. El golfo es camaleónico, a veces políglota, y licenciado en mundología. El golfo es lírico y hace bien de primo, con muchas tablas, y enseguida compone el gesto abriendo un poco la boca y hablando despacito. También hace bien de cura, de promotor, de pobre y de cojo.

De la intersección de un primo y un golfo sale un timo, tan seguro como que el sol se pone por el oeste. El golfo es bribón y está a la ocasión, que la pintan calva. El golfo cala al primo y lo calibra, ve si es julai  o lila y no lo desperdicia porque considera un deber desplumarlo. El golfo es tauromáquico y a parte de por los cuartos está en el oficio por el arte. El timo es un robo por lo finolis sin intermedio de violencia, es teatro fuera del proscenio, lo que ahora llaman performance. Timadores legendarios fueron Victor Lustig, que era austrohúngaro y le vendió a un chatarrero la Torre Eiffel en 1925, y George Parker, que dos veces a la semana ponía a la venta el Puente de Brooklyn. En España el timo ha ido derivando en el pelotazo y al estafador de toda la vida le han ido arrinconando en el callejón, como a los barquilleros y a los limpiabotas. El difunto comisario Eugenio Benito Poveda, que fue jefe de la BIC, recordó en sus memorias a José Petronilo, que vendía teodolitos, a Carlos Julio el Colombiano, que les daba el cambiazo a las loteras, y al Andresent, que era valenciano y se ganaba la vida engañando a los sastres. El timo español ha sido el de la estampita, el del tocomocho y el del entierro, en el que es imprescindible la codicia del julai. Las ratoneras funcionan porque a los ratones les gusta el queso. El timador cañí desciende del pícaro del Siglo de Oro y anda en la brecha por un plato de habas, porque en este pago nunca se han hecho planes de pensiones, pero de vez en cuando sale un lince que no desmerece a Lustig y va y le vende a un primo un tranvía municipal.

El 1.001
El menda era Paco el Muelas y el lila un rústico que quiso hacer los madriles para fardar de don en el terruño. El tranvía era el 1.001, azul y blanco, fabricado en Italia por la Fiat, y los gatos de Chamberí lo llamaban el Cielo, porque decían que era azul y entraban en él los justos. Destacaba sobre las demás carracas porque fue el primero con puertas automáticas y cojinetes silenciosos. Paco el Muelas junó a un pueblerino que alardeaba de posibles en el bar de un hotel de la Gran Vía y le frecuentó haciéndose el rumboso, convidando a gambas y a coñac de la Francia. El vivo suele llevar monosabio, al que le dicen los pasmas el consorte, y que le hace de reparto. Paco el Muelas vistió a su consorte de tranviario y le acostumbró a comparecer con un carterón lleno de duros a la hora en la que departía con el rústico, que generalmente era la del café.  Le explicó que era dueño de la línea del tranvía 1.001, que era negocio provechoso. El primo le dijo que pensaba que el servicio era del Ayuntamiento pero el golfo le aclaró que el 1.oo1 era la excepción porque él mismo lo había traído de Italia y había arrendado la línea, haciendo la mejor inversión de su vida. Una tarde se lo llevó de ronda en su tranvía, que iba de bote en bote. Se hicieron compadres los dos y al aldeano le gustaba alternar con un señor de la capital y se ponía fanfarrón a la hora de pagar porque su dinero pueblerino valía como el que más. Hasta las gambas y el vermú le fueron saliendo de gorra al Muelas después de la primera inversión.

El timo es como la lidia y la más difícil es la suerte de matar, porque si no es toreo portugués, que es una cosa como de forzudos de feria y saltimbanquis. Paco el Muelas le dijo al rústico de sus negocios en la ultramar, cosas de platanales que requerían su atención porque se le estaban torciendo de no atenderlos como es debido. Le dijo que iba a vender el negocio pingüe del tranvía, a su pesar, para irse a Sudamérica a ordenar lo suyo. El aldeano se vio industrial del transporte y el vivo le hizo precio de amigo y como le tenía tanta fe le dio la opción de pagar en dos partes. Lo dejaron en doscientas mil pesetas de posguerra, que no eran barro, y zanjaron el negocio en una notaría ful que se agenció el golfo para la ocasión. El hombre fue a la mañana siguiente a las cocheras de la calle  Fernando el Católico a pedir su tranvía y les alegró la mañana a los operarios. Le explicaron que todos los vehículos eran propiedad municipal, incluido el 1.001, italiano y azul que daba gusto verlo. Se quedó el pobre sin negocio y con jeta de primavera, más escueto de cartera que cuando llegó, menos ensoñador. Don Paco se había ido del hotel de la Gran Vía con la cuenta sin pagar (por prurito profesional), acaso a Sudamérica o acaso no, y de la notaría no había ni la placa de bronce. El hombre que se veía prendiendo puros en Chicote con billetes de cien duros volvió al agropecuario, que era lo suyo, y eludió dar explicaciones en el casino, para que no le hiciesen refranes, que en los pueblos son de componer cantares a la hora del dominó. Que a uno le empiezan llamando el Tranviario, le van perdiendo el respeto y le acaban tirando al pilón en las fiestas del santo.
 
MARTÍN OLMOS

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