MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Vilezas’ Category

Carl Panzram, que sin embargo era humano

In Vilezas on 27 de junio de 2014 at 23:41

Dijo: “No creo en el hombre, ni en Dios ni en el diablo”

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto”
GOETHE

Esta es la atroz historia del nefando Carl Panzram el asesino de niños, el sodomita, el incendiario de iglesias, el ladrón y el pirata, que la noche antes de morir colgado por el cuello en la prisión de Leavenworth, en Kansas, el cinco de septiembre de 1930, cantó una canción procaz y escupió al verdugo manifestando la tenuidad de su arrepentimiento. Carl Panzram sofocó la voracidad de los cocodrilos de Angola alimentándolos con los cuerpos de seis negros a los que mató a tiros, le robó al presidente de los Estados Unidos William Taft un revólver del calibre cuarenta y cinco y le lisiaron un huevo en la enfermería del penal de Dannemora, en Nueva York, mientras le operaban para apañarle las dos piernas rotas y cuando fue capaz de volver a caminar, lo celebró  rompiéndole el culo a otro preso. Tuvo en común con el diablo las marcas y los planes desmesurados. Las marcas fueron: un ancla en el antebrazo izquierdo, la cabeza de un chino en el antebrazo derecho y dos águilas en el pecho. Los planes desmesurados fueron: envenenar con arsénico un río, volar una estación de metro y hundir un barco inglés anclado en el puerto de Nueva York para provocar una guerra entre su país y Gran Bretaña. Como el diablo, usó de otros nombres en la consecución de sus iniquidades, que fueron: Carl Baldwin, Jefferson Rhodes, John King, Copper John y el capitán O´Leary. Como el diablo, no tuvo interés en perpetuar su faz y las únicas fotografías que de él se conservan se las hicieron en los penales. Además era impuntual, pronunciaba el nombre de Dios en vano y no observó regularidad en su aseo personal. Sin embargo, no frecuentó las distinciones y dijo: “Odio a la raza human entera, incluyéndome a mí”.

Carl Panzram nació en el condado de Polk, en los Grand Forks de Minnesota, el 28 de junio de 1891, en una familia de granjeros austrohúngaros que apenas le robaban a la tierra un manojo de nabos para quitarse el hambre. Su padre se llamaba Johann y era un hombre sin voluntad que, una vez que la juntó toda, se largó de casa dejando a su mujer a que se las viese para sacar adelante a siete mocosos. A Carl le arrestaron por primera vez a los ocho años por embriaguez y a los doce le mandaron al reformatorio del estado por mangar en la casa de unos vecinos. Allí le mataron a palos y un celador le metió un dedo en el culo y le enseñó el rudimento de la maniobra de la masturbación. En el reformatorio estatal de Minnesota, además de promover la gimnasia,  enseñaban la Biblia a correazos y a uno de sus barracones le decían la Casa de la Pintura, porque los chavales entraban en él con la piel en blanco y la sacaban pintada de cardenales a las puras hostias. Panzram quemó la Casa de la Pintura pero no le descubrieron y salió al de dos años grande, aprendido y villano. Frecuentó brevemente la escuela hasta que le echaron por intentar asesinar a un maestro y con catorce años se escapó de casa para ver mundo colándose en los trenes en marcha. En uno de ellos conoció a una banda de vagabundos que le prometieron ropa limpia y un café y le violaron tumultuosamente y en melé. Durante dos años mangó al descuido y mendigó la calle hasta que le volvieron a enchironar en Montana y en el trullo le abrió la cabeza a un guardia con un tablón. Se fugó al año siguiente y se dedicó a quemar iglesias hasta que se alistó en la Armada mintiendo sobre su edad. Hizo la quinta borracho y le condenaron a tres años de trabajos forzados por robar intendencia y pulirla de matute. Cumplió en un secarral de Missouri picando pedruscos durante diez horas al día y soportando una bola de veinticinco kilos mordida en el tobillo. Potenció sus músculos, talló casi dos metros, se dejó un bigote negro y retrocedió su piedad. Se convirtió en un hombre malo, grande y duro.

El animal
Durante los años siguientes vagó Kansas y Texas y espantó manadas, quemó cosechas y robó y violó a cualquier hombre con el que se cruzó. Sodomizó a un vigilante ferroviario en un tren que iba a Oregón y luego le tiró en marcha y se hizo el baranda de la trena en el penal de Deer Lodge, en el que agrupó a una corte de queridos que se sometían por el puro terror que inspiraba CARL PANZRAMsu ferocidad. Panzram no era necesariamente homosexual y usaba su chisme como un ariete de punición y es probable que nunca disfrutase de una mujer. Sus acometidas llevaban más resentimiento que lujuria. En 1920 entró en la casa del ex presidente  William Taft en New Haven, en Connecticut, y le robó tres mil dólares y un revólver Colt del cuarenta y cinco. Con el botín se compró un yate y practicó la piratería sin consolidar tripulación. En los puertos reclutaba marineros y a bordo les rompía la bullanga y les tiraba al mar con una piedra atada al cuello. En 1921 se embarcó en un mercante con rumbo a Angola, en donde trabajó brevemente en una compañía petrolífera, pero no se hizo al horario y reclutó a seis negros para una expedición de caza y en la selva los mató a tiros y los dio de merienda a los cocodrilos. En Lobito Bay violó a un niño de once años y le aplastó la cabeza con una piedra. Volvió a América e intentó iniciar carrera de asesino a sueldo, mató y violó a otro chaval de doce años en Salem, Massachusetts, y a otro más en New Haven; le sacó un rendimiento a su violencia empleándose como rompehuelgas, robó un barco, se hizo llamar el capitán O´Leary, se mancilló la piel con tatuajes de anclas marinas y se enroló en un barco con rumbo a China pero no llegó a embarcar porque la noche anterior se mezcló en una pelea. Conoció prisiones y le metieron palizas de muerte y planeó envenenar un río y volar una estación de metro para vengarse de la humanidad. En la cárcel de Dannemora intentó fugarse escalando un muro de diez metros y se rompió las dos piernas, los dos tobillos y se hizo puré la espina dorsal. Le devolvieron a su celda roto y sin aspirinas y nadie se preocupó de enmendarle las fracturas hasta que fue inevitable operarle catorce meses después y perdió un testículo. Se quedó en medio capón. Se recuperó, no obstante,  y violó a otro preso. Le trasladaron al penal de Leavenworth. Les dijo a los guardias que no le tocasen el cojón. El oficial Robert Warnkle se lo tocó. Panzram le sorprendió en la lavandería y le mató a golpes con una barra metálica. Le condenaron a morir en la horca y Panzram recién escuchó la sentencia se rió como un orate. Nunca le dieron nada y devolvió el doble.

La noche anterior a su ejecución se la pasó cantando una canción obscena que él mismo había compuesto y maldijo a su propia madre. Rompiendo las seis de la mañana del cinco de septiembre de 1930 le sacaron de la celda y le condujeron al patíbulo. Se estaba quedando calvo, vestía la sarga del presidiario y ostentaba el número 31614. Era un medio cojo de treinta y nueve años y ni una semana de honradez. Subió los trece escalones del cadalso y escupió al verdugo que quiso cubrirle la cara con un trapo negro. El verdugo le acomodó el nudo cuidadosamente y Panzram le metió prisa y le insultó. La trampilla se abrió pasando tres minutos de las seis y Panzram se precipitó en una caída de un metro y sesenta centímetros y se rompió el cuello. Había confesado haber matado a veinte hombres. Había dicho que su madre no le enseñó nada que mereciese la pena. Dijo haber asesinado a cuatro marineros con el revólver del presidente Taft. Dejó ese imponderable para la gloria de la nación. A las seis y trece un médico certificó su muerte. Se fue al infierno a dar por el culo al diablo, resentidamente. A las seis y catorce, un periodista pidió pincharle los pies con una aguja para comprobar que era cierto.

MARTÍN OLMOS

El séptimo hijo de doña Benilda

In Vilezas on 17 de abril de 2014 at 23:58

Puede que siga vivo el infame Pedro Alonso López, que ostenta la marca mundial de asesinato de niñas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En estos tiempos, el diablo está tan cansado que prefiere dejar las cosas en manos de los hombres, más eficaces que él”
LEONARDO SCIASCIA

Mataron a Jorge Eliécer Gaitán en la Carrera Séptima de Bogotá y Colombia sucumbió a las balaceras. Mientras tanto, doña Benilda López, puta de profesión, paría abundantemente y sin necesidad. Más que parir, doña Benilda López, puta de profesión, demografiaba de vientre con soltura y vehementemente, sin practicantes y a las sentadillas y cagó trece meones a los que alimentó lo justo con el rendimiento del oficio. Doña Benilda López, puta de profesión, recibía detrás de una jarapa y los chiquillos escuchaban los lances y se imaginaban que aquello era amor. Poco a poco se fueron desengañando. A Jorge Eliécer Gaitán, candidato del Partido Liberal,  le mataron el 9 de abril de 1948 a la una de la tarde de tres tiros –dos en la espalda y uno en la nuca- a la salida de su oficina del Edificio Agustín Nieto, en la Carrera Séptima, cuando iba a coger la vía del Hotel Continental, en donde tenía reserva para almorzar. Le disparó Juan Roa Sierra, un tapujo medio raro que frecuentaba a los echadores de cartas y se creía la reencarnación de don Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. Roa Sierra consiguió un revólver Iver Johnson del calibre treinta y dos de los que les decían en Colombia “lechuceros” por el grabado de un búho que ostentaban en la parte superior de las cachas. Recién le mató, a Roa le trincó la turba y le arrastró por la calle atado con unas corbatas. En la Plaza de Bolívar le aplastaron la cara con un ladrillo, le pusieron en cueros, respetándole solo los calzoncillos y la corbata, y le mataron a palos. Dejaron su cadáver mutilado frente al Palacio Presidencial, al pie de un mástil en el que enarbolaron sus pantalones manchados de sangre. Seis meses después, doña Benilda López, puta de profesión, contribuyó a infamar este mundo pariendo a Pedro Alonso López, que fue el séptimo de la camada,  en la aldea de Santa Isabel, en el departamento de Tolima, en los Andes colombianos. El asesinato de Gaitán desembocó en el decenio que los colombianos llamaron La Violencia, para no buscarle una metáfora, en el que la guerra entre los partidarios de los liberales y los conservadores dejó medio millón de muertos y a la quinta parte de la población en la emigración. En el campesino, los comunistas se armaron para defenderse de las matanzas del presidente conservador Mariano Ospina, se agruparon en repúblicas independientes y ensayaron la crisálida de las FARC. Colombia dejó que sus hijos se matasen con desahogo. Doña Benilda López, como era puta de profesión, aprovechaba las quimas de cualquier mata y no anotaba los linajes, pero recordó que el padre de Pedro Alonso López fue Megdardo Reyes, al que mataron a balazos los liberales cinco meses antes de que naciera su hijo.

Pedro Alonso López medró sin padre y con la madre repartida entre los hermanos de la recua y los comensales que venían al menú y cuando tenía ocho años se llevó a su hermana pequeña detrás de la jarapa y le tocó el juego de tazas. Irguió el pendejo y quiso estrenar pero le sorprendió doña Benilda López y le sacó a palos de la barraca y le echó al mundo a que se procurase la suerte por su cuenta. El niño Pedro tuvo que hozar en las basuras y dormir al sereno como una alimaña y un viejo le apiadó, le acarició la cabeza y le prometió techo y comida, pero cuando le confió le apretó uno por la retaguardia y le rompió el cagón. Le tuvo de huésped a la fuerza en un chamizo costroso amándole por el  revés y cuando se cansó le devolvió a la vía, medio roto, de vuelta a hozar en las basuras y a dormir al sereno como una alimaña. Pedro Alonso López llegó a Bogotá con nueve años y se juntó con los gamines a fumar la escoria de la cocaína, que la dicen “basuko”, y a pelear a cuchillo por un portal. Una pareja de gringos le adoptó y le dio techo y un pupitre y durante tres años conoció el sosiego, pero una tarde en la escuela un profesor le intuyó cedido de fondo y le violó. Pedro Alonso López robó cuatro cuartos de la secretaría y por no alborotar volvió a la calle. Vivió del robo escuálido y aprendió a mangar coches hasta que a los dieciocho años le metieron en el trullo. En la cárcel demoró las noches mirando pornografía y tres presos le vieron casadero y le dieron sodomía en el retrete. Unos días más tarde los mató a cuchilladas y decidió ser más malo que una fiera.

El Monstruo de los Andes
Pedro Alonso López salió del penal en 1978 con la determinación de no volver a ser la piel del tambor y corrió los Andes dándose al instinto como un animal. En Perú asesinó a más de cien niñas después de violarlas en el territorio de los indios ayacuchos. Después las enterraba en la selva y esperaba que las fieras hicieran su parte. Los ayacuchos le capturaron cuando intentó llevarse a una de nueve años y le enterraron vivo hasta la cabeza, que se la untaron  de jalea para que las hormigas le comiesen los ojos. Una misionera gringa que aún creía en la redención convenció a los indios para que le soltasen y prometió entregarle a la ley, pero por el camino le liberó en la frontera de Colombia. La gringa era pelleja para el gusto de Pedro Alonso y por eso se salvó. Las mujeres hechas le desconcertaban porque se acordaba de doña Benilda López, puta de profesión. Las PEDRO ALONSO LOPEZblancas le prevenían porque andaban más vigiladas y prefería a las mestizas porque iban sueltas y los pasmas no las ponían atención. Pedro Alonso López asesinó a otras doscientas niñas en Ecuador y Colombia haciéndose pasar por buhonero y engañándolas con baratos. A veces volvía a hablar con las muertitas y les contaba sus cosas. En 1980, una riada en San Juan de Ambato, en la provincia de Tungurahua del Ecuador, dejó al aire a sus doncellas muertas y le trincaron cuando le andaba detrás a la niña Carvina  Poveda, una indita de nueve años que le salió desconfiada y pidió socorro. El capitán Córdoba Gudino se hizo pasar por cura y le sacó la confesión y encontraron sesenta cadáveres medio enterrados en los yermos que empezaban la selva. Pedro Alonso López pasó quince años de presidio en el Penal García Moreno grabando la cara del diablo en las cruces de las monedas con un punzón y evitando el solecito del patio para que no le partieran en dos. Cuando cumplió le detuvieron por indocumentado y le deportaron a Colombia, en donde le metieron en un sanatorio para darle inyecciones. Le dieron por sano en 1998 y le dejaron en libertad. La tele echó su excarcelación a la hora del  culebrón. La poli le sacó en furgón para que no le linchasen y se fue a visitar a su madre, doña Benilda López, puta de profesión, que ya no estaba para recibir detrás de la jarapa y tuvo que vender la cama para darle al hijo célebre dos cuartos y quitárselo de casa, en donde no hacía más que dar tertulia a las vecinas, ustedes verán. Los familiares de las víctimas reunieron un escote de 25.000 dólares y los prometieron por su cabeza. Pedro Alonso López cogió los cuartos de la vieja y desapareció. Tiene cara de peladito de cafetal y la napia doblada ligeramente hacia el oeste, seguramente de un puñetazo, el pelo de mata gruesa y los ojos pequeños. Es flaco y juncal y magrito de mal comer como un cholito de cumbia que anda corto a final de mes. Pertenece a la clase de rufianes que cuando se ven publicados se creen Moriarty y dijo: “Soy el Hombre del Siglo. Nadie podrá olvidarme”, y lo que pasa es que a nadie le importan las indias que van descalzas y se cuidó bien de no seguir rubias del turismo. Puede que lo hayan matado. Otros dicen que lo han visto caminando los Andes. Estará viejito, de seguir vivo. Carraco y yendo para setentón.

MARTÍN OLMOS

Los asesinos diletantes

In Los raros, Vilezas on 7 de julio de 2013 at 16:27

Nathan Leopold y Richard Loeb asesinaron a un chaval de catorce años para llevar a cabo un juego intelectual

LUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”
THOMAS DE QUINCEY

El hombre lleva asesinando a sus semejantes desde que descubrió que una piedra es más dura que una cabeza, pero generalmente necesita un motivo, que o lo tiene o se lo inventa. La razón de matar es grandilocuente en los magnicidios, quizás altruista, pero normalmente es codiciosa y se viene matando frecuentemente por quitarle al otro lo que tiene y, puestos a buscar causas, David Berkowitz decía que asesinaba porque se lo mandaba el perro de su vecino, que era el diablo Belcebú. Se mata por amor y por desamor, por celos o por un calentón de pitarra, se mata por una idea que normalmente no merece la pena y se mata porque uno siempre tiene la razón; y por un millón lo mismo que por una perra gorda, por la linde de la huerta, por el honor, por presumir de macho delante de la novia y por hambre. Pero no se mata por nada como no se sale a la calle una noche de diluvio si no se tiene que ir a por pitillos. Ni se mata por juego, que para eso se inventaron los árabes el ajedrez. Los niños juegan a matar en verano, disparando con el dedo índice, que amartillan con el pulgar, pero luego se les pasa. La muerte en los juegos de los niños es un estado transeúnte que limita con la resurrección a la hora de la merienda, pero cuando los chiquillos dejan de serlo descubren que la muerte de verdad no tiene arreglo, como la mona que se viste de seda, y ya no les hace tanta gracia dejarse matar la tarde del domingo porque les tocó ser indios. El asesinato como crucigrama es un RICHARD LOEB (IZQ) Y NATHAN LEOPOLDentretenimiento de diletantes que juegan al Cluedo pero al revés y entretienen la sobremesa haciendo una disertación estética sobre el arte de matar que se queda en toreo de salón. Cualquiera con un concepto mediano de sí mismo piensa que es un Moriarty, pero se queda en pensarlo. Nathan Leopold y Richard Loeb tenían un gran concepto de sí mismos y decidieron cometer el asesinato perfecto para demostrar que eran los más listos del club de campo. Secuestraron y mataron a un chaval de catorce años pero el crimen les salió chapuza, les trincaron en un par de días y se arrugaron a la primera vuelta de tuerca que les atornilló un poli con los pies planos que se tenía por un tío del montón.

Nietzsche y ginebra
Nathan Leopold y Richard Loeb eran amigos, eran raros, leían a Nietzsche, descendían de familias forradas de pasta y vivían en esa clase de vecindarios en los que los perritos mean en francés. Tuvieron una infancia con juguetes, dejaron de mojar la cama a una edad razonable, sus padres no llegaban a casa trompas y pegaban a la abuela y no sufrieron ni diez minutos de frustración.  Nathan Leopold era hijo del presidente de la Fibre Can Company, tenía diecinueve años y dijo su primera palabra esdrújula a los cuatro meses. Y la pronunció bien. Con dieciocho años se licenció en Filosofía por la Universidad de Chicago, hablaba diez idiomas y era un ornitólogo notable que había llamado la atención al Departamento de Historia Natural del estado de Michigan por filmar en libertad a una curruca del pino, un ave tan extremadamente esquiva que los expertos hacía años que la consideraban extinta. Por lo demás, gastaba sus ocios visitando iglesias de barrio porque le fascinaba la contemplación de las imágenes de Jesucristo crucificado y practicaba el desprecio riguroso hacia sus contemporáneos. A Richard Loeb le decían Dick por humanizarlo, tenía dieciocho años, le pregonaban de sarasa, era hijo del vicepresidente de la cadena de tiendas Sears y Roebuck y fue el graduado más joven de la Universidad de Michigan. Los dos muchachos se conocieron en la facultad de derecho y comenzaron una amistad hecha de chistes con segundas y bromas a parte y descubrieron que ambos concedían una valoración subterránea a la humanidad. Estornudaban pasta y matriculas de honor e iban para Gatsbys empollones porque eran los años veinte de Chicago, durante la monarquía de Capone, y faltaba un lustro para que los linces de Wall Street se tirasen ventana abajo. Leopold y Loeb mezclaron las lecturas de las teorías de Nietzsche sobre el superhombre con el gin de desagüe y decidieron cometer un asesinato perfecto como juego intelectual. Quizás les aburría el golf. Eligieron secuestrar y matar a un chico del vecindario para demostrar que podían salir impunes y, por el camino, cobrar un rescate que no necesitaban. Construyeron su plan durante cuatro meses, se procuraron identidades falsas en hoteles de los alrededores, escribieron una pauta de carta de rescate que servía para cualquiera, hicieron una lista de posibles víctimas contra las que no tenían nada en contra, pero tampoco nada a favor, y urdieron un sistema para hacerse con el botín que minimizara los riesgos. Armaron su rompecabezas entre jerez y risas. Ellos no eran hombres ordinarios.

La elección de la víctima fue aleatoria. El 21 de mayo de 1924 se encontraron con Bobby Franks, de catorce años, vecino de Loeb e hijo del millonario Jacob Franks. Le convencieron para subir a su coche para ir a jugar unos puntos de tenis y en cinco minutos le mataron rompiéndole la cabeza con un cincel. Desnudaron su cadáver, lo rociaron con ácido clorhídrico y lo arrojaron al lago Wolf, después enviaron una petición de rescate de 10.000 dólares al señor Franks y se fueron a cenar perritos calientes. Un obrero polaco llamado Tony Minke encontró el cuerpo cuando atajó por el lago para ir a un taller para que le arreglasen el reloj. El detective Patrick Byrne encontró en el escenario un par de gafas con un sistema especial de bisagra que pertenecían a Nathan Leopold (hoy se enseñan en el Museo de Historia de Chicago). El plan perfecto se fue al carajo. Leopold y Loeb no le aguantaron media hora a un poli que no leía a Nietzsche y arrastraba un verbo vernáculo, tirando a monosilábico. Reconocieron que cometieron el crimen por la emoción de llevarlo a cabo, como quien inventa una trampa infalible en el  bridge. Sus trajes caros se llenaron de piojos en el calabozo, durmieron con dos chorizos y llamaron a sus papás. Sus papás contrataron los servicios de Clarence Darrow, un picapleitos zurdo de las dos manos que era capaz de presentarle un contencioso  a las tablas de Moisés. Un cuarto de hora de sus consejos legales costaba lo mismo que el producto interior bruto de un país mediano. Nathan Leopold intentó sobornar a un pasma para que le procurase ginebra. Un muerto de hambre llamado Curt Geissler se ofreció para ser ahorcado en el lugar de alguno de los dos muchachos a condición de que les pagasen a sus herederos un millón de dólares. Lamentó no tener dos pescuezos para sacar el doble. Clarence Darrow les libró de la soga y les metieron cadena perpetua por asesinato y noventa y nueve años por secuestro. El padre de Loeb se suicidó un mes después de la sentencia. Richard Loeb observó el clasicismo carcelario y se dejó matar de cincuenta cuchilladas en las duchas de la prisión de Stateville en 1936. Nathan Leopold enseñó a leer a los negros analfabetos del penal, se contagió voluntariamente la malaria para investigar la enfermedad y después de treinta años en el trullo le concedieron la condicional, se fue a vivir a Puerto Rico, se casó con una viuda y cuando murió de diabetes en 1971 hablaba veintisiete idiomas y en ninguno de ellos aprendió la palabra compasión. En el juicio había dicho: “Estábamos haciendo un experimento. El crimen fue accidental y secundario. Pero es tan justificable una muerte en dichas circunstancias como lo es que un entomólogo empale un escarabajo en un alfiler”. Donó sus córneas.

MARTÍN OLMOS

El ejército sin ojos

In Hazañas bélicas, Vilezas on 17 de junio de 2013 at 22:58

El emperador bizantino Basilio II ordenó cegar a 15.000 prisioneros búlgaros pero permitió a uno de cada cien conservar un ojo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En el país de los ciegos el tuerto es rey”
ERASMO DE ROTTERDAM

Cuando el emperador Samuil, zar del Primer Imperio Búlgaro -al que sus vasallos consideraban “invencible en poder e insuperable en fuerza”, al que el poeta Juan Geometres comparó con un soberbio cometa-  vio regresar a su ejército de la batalla de Kleidion, se sumió en un silencio que no interrumpió en dos meses. Sus hombres que partieron orgullosos volvieron ciegos, guiados por pastores tuertos y apoyados sobre sus espadas rotas que ahora eran bastones de tientas. Al empezar el tercer mes pareció que iba a hablar y sin embargo murió porque tenía el corazón roto.

La ley del miedo
Decía Voltaire que quien se venga después de la victoria es indigno de vencer. Los antiguos reyes guerreros celebraban sus victorias exhibiendo carnicerías que por una parte satisfacían sus desquites y por otra les otorgaban la propaganda sanguinaria que quitaba las ganas de reñir al vecindario, al que es bien sabido que si le ofrece la  mano se cree con el derecho de coger el brazo. Dicen las viejas que saben por viejas y no por sabias que de la mano de la misericordia entra en el hogar el hambre.  Cuando se va a una pelea hay que dejar las buenas intenciones en casa y llevarse a los arqueros, hay que manejar adecuadamente el miedo, que siempre comparece, pero dejar que el pánico lo tenga que administrar el enemigo. Es malo luchar contra lo desconocido, pero es peor hacerlo contra lo que ya se ha oído decir, si lo que se dijo no es bueno. Una fama de salvajismo convenientemente construida ejerce la misma función que las antiguas galas guerreras de yelmos en forma de dragón y pinturas de guerra dibujando colmillos en la faz. Lo decía Lucio Accio: que me odien con tal de que me teman. En los tiempos de la barbarie, que nadie sabe cuándo terminarán, no se respeta tanto al compasivo como al implacable y el código artúrico es una ilusión de los poetas. Cuando se tiene en frente a un matón de laurel el brazo de pelear se pone temblón y el cuerpo pide dejar la discrepancia para otra ocasión. Contaba Borges que dos peleadores de cuchillo de bravura cantada, don Nicolás Paredes y don Juan Muraña, disolvieron ellos solos una manifestación del Partido Radical que pretendía cruzar la calle Canning de Buenos Aires. Los dos machos ni lucieron el puñal y esperaron la comitiva, formada por un centenar de hombres con palos. Cuando los tuvieron en cara don Nicolás Paredes se dirigió a ellos con suavidad y les dijo: “Mejor que se vuelvan ustedes a casa” y el desfile se suspendió porque no quisieron cien probarse contra dos y sus prestigios.

Alguna razón tendrá la fama cuando  la comentan, y más vale el por si acaso que lamentarlo. El emperador Vlad III de Valaquia ordenó dejar una copa de oro junto a la fuente de la plaza de Târgoviste para que sus súbditos bebieran de ella. El emperador Vlad III, que le decían el Dragón, tenía la costumbre de ejecutar a sus enemigos empalándolos con una tranca que les introducía por la retaguardia y que iba abriéndose paso por los adentros hasta que les salía por la boca. Durante los años que duró su reinado no solo nadie osó robar la copa de oro de Târgoviste, sino que los sedientos preferían hacer cuenco con las manos y beber de la fuente por sus medios. Al enemigo solo se le respeta en los libros de la caballería andante y en las intenciones de la Convención de Ginebra y en realidad lo que se hace con él cuando sucumbe es darle el escarmiento, para que el vecino ponga sus barbas a remojar. Durante la revuelta de los gladiadores, el imperio de Roma tuvo que sacar de sus cantones a las tropas bregadas en Hispania para contener a los esclavos y en la batalla del Río Silario Espartaco peleó de rodillas porque tenía las piernas rotas, pero no rindió su espada. El reconocimiento que brindó el general Craso a los derrotados que quedaron con vida, que fueron unos 6.000 y riñeron con bravura, fue crucificarlos a lo largo del tramo de la Vía Apia que iba desde Capua hasta Roma. Los dejó de carroña para la cuervería y de paisaje educativo para que no cundiese el ejemplo.

En el reino de los ciegos…
Los emperadores bizantinos eran dados a grabar la letra con sangre. Miguel III, que le decían el Beodo por borrachuzo, mutilaba a sus enemigos y les cauterizaba los muñones con azufre para que conservasen la vida y la dedicasen a mendigar por las calles de Constantinopla. Basilio I el Grande dejaba a los reos tuertos y mancos y su hijo León VI, que le dijeron el Sabio, asaba a familias enteras empaladas en una parrilla. Al emperador Basilio II le terminaron llamando el Asesino de Búlgaros y con razón. Basilio, cuando joven, prefirió la guerra a caballo y el mujereo al gobierno de su imperio, que dejó en manos del eunuco Basilio Lecapeno, que era, a la sazón, hijo de trastienda del emperador Romano I. Lecapeno era envenenador de discrepantes, intrigante y ambicioso de tierras. Cuando Basilio II decidió administrar su predio le desterró, firmó una alianza con Rusia que le proporcionó una guardia personal de 6.000 mercenarios vikingos a los que llamaron “los portadores del hacha” y extendió la influencia de Bizancio entregándose a la guerra contra el Imperio Búlgaro. En 986 asedió Sofía durante veinte días con un ejército de 30.000 hombres pero tuvo que retirarse y de regreso a Constantinopla fue derrotado en la batalla de las Puertas Trajanas, de la que escapó con vida de milagro. La guerra duró tres décadas y el declive del imperio del zar Samuil comenzó después de la batalla de Kleidion, el 29 de julio de 1014. Basilio II sitió la fortaleza de Baba Vida, en Vidin, en las orillas del Danubio, y obligó al ejército búlgaro a pelear en el valle entre las montañas de Belasica y Ograzhden, cerca de la aldea de Kleidion. El general Nicéforo Xifias se infiltró en la retaguardia de las posiciones búlgaras mientras Basilio rompía las líneas frontales. Aquella jornada el emperador de Bizancio capturó 15.000 prisioneros a los que sometió a una modalidad perversa de los diezmos del emperador romano Macrino, que cuando consideraba que sus tropas no se habían conducido con valor ordenaba una zurra de latigazos a uno de cada diez soldados (con lo que es de suponer que a veces cobraba el bravo y se libraba el cagón, dependiendo de donde le cogiese la cuenta). Dividió a los prisioneros en grupos de cien y mandó que a noventa y nueve les vaciasen los dos ojos y al que hacía el ciento solo uno, para que sirviese de lazarillo a sus compañeros en el camino de regreso. Le devolvió Basilio II al zar Samuil su ejército inútil, casi quince mil soldados ciegos guiados por ciento cincuenta hombres tuertos. Sus mujeres no quedaron viudas, pero dejaron de afeitarse.  El emperador de Bulgaria sufrió un ataque de apoplejía cuando presenció el siniestro espectáculo de sus regimientos tullidos y murió tres meses después sin que nadie le volviese a oír pronunciar una palabra. Cuatro años después, los búlgaros prefirieron ver las caras de sus hijos que defender su reino.

MARTÍN OLMOS

Viernes sin samaritanos

In Vilezas on 30 de mayo de 2013 at 23:15

Alrededor de treinta testigos escucharon cómo asesinaban a una mujer en el distrito más poblado  de Nueva York y, sin embargo, cerraron las ventanas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Kitty es justamente un símbolo del sueño americano, y la espantosa manera en que murió (treinta y cinco minutos de verdadero suplicio), es una pesadilla”
DIDIER DECOIN. Escritor

Una noche de marzo de 1964, Catherine Susan Genovese, que le decían Kitty y tenía los ojos verdes, derramó su sangre siciliana por todos nosotros, que Dios la bendiga, en un callejón de los Kew Gardens, en el distrito de Queens, el más grande de los cinco que componen la ciudad de Nueva York. Fue un viernes que los samaritanos confundieron con un domingo y echaron pronto la persiana. Fue un día trece, que es jornada en la que se desaconsejan los casamientos y hacerse a la mar. Contando a  Jesucristo fueron trece los comensales de la Última Cena y después los acontecimientos se complicaron vertiginosamente hasta desembocar en la tragedia del Gólgota. Nadie quiere al trece, desde entonces, como nadie quiere a una mujer con bigote ni a un amigo que recita sus desgracias.

Los ojos mudos
Aquella noche Kitty Genovese ni se casó ni se embarcó y quería llegar a casa porque le dolían los pies. Había rendido la jornada al pie del cañón, detrás de la barra del Ev´s 11th Sports Bar, en la avenida Jamaica, sirviendo copas a la parroquia del viernes después de la oficina, que lleva menos prisa porque a la mañana siguiente no tiene que madrugar y encarga un trago más para el camino.  Acabó tarde, condujo hasta los Kew Gardens, quería quitarse los zapatos, eran las tres de la madrugada y aparcó a treinta metros de su apartamento. Había tenido mejores noches, llevaba la semana al hombro, que pesaba como un mes, y había reñido con su novia, Mary Ann Zielonko. Hacía frío, era el final del invierno, tenía treinta años y nunca volvió a casa. Winston Moseley había salido a cazar. Era un lobo negro que tenía una navaja que ya no era doncella. Trabajaba de maquinista, estaba casado y se despertó a las dos de la madrugada, besó a su  esposa, le dijo que la amaba y salió a matar a una mujer. Moseley asesinó a puñaladas a Kitty Genovese en tres secuencias separadas que se sucedieron en algo más de media hora. Primero la acuchilló en la espalda y en el vientre y se retiró al oír un grito. Después regresó y la degolló, le rasgó la falda y le cortó los genitales. Kitty fue dejando un corredor sangriento desde el aparcamiento hasta la entrada de un portal y pidió auxilio, pero nadie bajó. Unas treinta luces se encendieron en los apartamentos del complejo residencial de los Kew Gardens y detrás de sus ventanas no había samaritanos. Los pasmas de Nueva York recomiendan a las mujeres que en caso de violación no pidan socorro sino que griten ¡fuego!, para tener alguna posibilidad de que alguien se acerque a echar un vistazo para ver lo que se cuece. Moseley supo que nadie iba a bajar a la calle y remató a la mujer en el suelo, la intentó abusar mientras agonizaba pero se arrugó porque tenía la menstruación, se tumbó sobre ella, se hizo un solitario y le robó los cuarenta y nueve dólares de las propinas. Un vecino subió el volumen de la radio para mitigar los gritos, era el año de Pretty Woman de Roy Orbison y de Dancing in the Street, de Martha y las Vandellas. Estaban bailando en la calle el siniestro cancán de la muerte pero nadie fue a decir que los músicos desafinaban. De los treinta ciudadanos que cerraron sus ventanas había dos asistentes sociales y varios padres de hijas, había gente que, como usted y como yo, no  desconocía la compasión y, sin embargo, solo un hombre llamó a la policía cuando ya no había nadie a quien salvar. Se lo pensó largamente, estudiando sus propios perjuicios, llamó a un amigo  que vivía en el Condado de Nassau para pedirle consejo y, por si acaso, usó el teléfono de una vecina medio sorda que vivía en la otra punta del edificio. Hubiese sido más rápido el Correo del Zar. Dijo que no quería involucrarse. Kitty Genovese murió desangrada muy cerca de su casa, de su vaso de leche y de su pijama, y muy lejos de la misericordia, que se escondió detrás del frágil cantón de un palio de cretona y una canción de Roy Orbison. Aquella noche, poco propicia para el matrimonio y para las aventuras en la mar, ganó la vergüenza. Winston Moseley se fue por donde vino. Llevaba un sombrero tirolés, un puñal manchado y menos de cincuenta pavos de ganancia.

La estrategia del avestruz
Los hombres dicen que los elefantes no olvidan, que si tocas a un sapo te salen verrugas y que las avestruces entierran la cabeza en la tierra dando por sentado que si ellas no ven al diablo, el diablo no las ve a ellas. Ninguno de estos extremos es cierto, seguramente se los inventó Esopo, Samaniego o Walt Disney. Las avestruces saben que no creer en el demonio no te protege de él. A veces se tumban en el suelo, entre el jaral, con el cuello estirado, y procuran ocultarse del leopardo, pero nadie ha visto a una KITTY GENOVESEmetiendo su cabeza plana dentro de un agujero. Los hombres saben, sin embargo, que si los ojos no lo ven, el corazón no lo sufre. Norman Mailer decía que el miedo es una mano que te oprime el pecho y que si no la apartas lo pagas durante el resto de tu vida. El miedo es un conservador de pellejos de primera clase. ¿Hubiésemos bajado usted o yo? Todos tenemos una radio y unas cortinas de cretona, y a mano el interruptor que apaga la luz, y el valor solo se da por supuesto en la Legión y entre los valentones de tasca, a los que nadie vio jamás dudar pero tienen las posaderas soldadas al taburete y obligan a las camareras a alargar su jornada y a salir tarde para cruzar solas la selva. Bertolt Brecht escribió: “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era; enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mi no me importó porque yo tampoco lo era, después detuvieron a los sindicalistas, pero a mi no me importó porque yo no soy sindicalista; ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde”. Nadie fue Kitty Genovese aquella noche de marzo, y todos lo pudieron ser y se hizo tarde.

El síndrome Genovese
Una semana después del crimen, el periodista Martin Gansberg escribió en el New York Times el artículo “38 personas vieron un asesinato y no llamaron a la policía”. Los habitantes de los Kew Gardens dieron sus excusas y los psicólogos escribieron la parábola. La llamaron el Efecto Espectador o el Síndrome Genovese y concluyeron que no fue el miedo el que provocó la inacción de los testigos, sino que es menos probable que alguien intervenga en una situación de emergencia cuando hay más personas que cuando está solo. El grupo difumina la responsabilidad y el individuo deduce que otro se arremangará la camisa, así que cree que su ayuda es innecesaria. Apesta a la excusa de un mal pagador. Para mitigar el efecto recomiendan no pedir un auxilio general a una multitud sino dirigirse a una persona en concreto que forme parte de la misma, a la que grava con todo el peso de la obligación. En cualquier caso, la pobre Kitty Genovese duerme fría en un sepulcro de New Canaan, en Connecticut, enterrada por la tierra y por nuestra vergüenza. A Winston Moseley, el negro malo, le trincaron por otra causa y confesó el asesinato de Kitty y el de otras dos mujeres. Estaba como un cencerro, era necrófilo y depredador y le dieron la perpetua. En 1967 se metió una lata de sopa por el culo y en la enfermería dejó medio ciego a golpes a un guardián, tomó cinco rehenes, abusó de uno e intentó escapar abriéndose paso a golpes de estaca pensando que, otra vez, alguien iba a mirar para otro lado.

MARTÍN OLMOS

Que se mueran los feos

In Vilezas on 5 de mayo de 2013 at 23:23

El psiquiatra Cesare Lombroso sostenía que el criminal nato mostraba estigmas físicos regresivos que le acercaban al mono

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Que se mueran los feos,/ que se mueran los feos,/que no quede ninguno, ninguno, ninguno, ninguno.”
LOS SIREX.

A la fea del pueblo la llaman el Susto y los mozos no la sacan a bailar en la verbena del santo, aunque se deje arrimar. Y al feo del regimiento, que para la trinchera sirve lo mismo que el guapo, no le dejan desfilar el Día de la Bandera para que no estropee la formación, a no ser que sea de la Legión, en donde le ponen a pasear a la cabra. De los feos se hacen chistes, como de los calvos y de los curas, que son generalmente malos. Nació un niño tan feo que la comadrona le dijo a su madre: hicimos lo que pudimos, pero nació vivo. Y así.  Tampoco ser guapo es un chollo, que decía Umbral que  España, país de hombres machos y con barba cerrada, no está preparada para ciudadanos demasiado guapos y la gente les mira por la calle de manera torva. Pero en términos generales el guapo nace con una parte del camino hecho, porque adorna la oficina, mientras que un tío malacara tiene más posibilidades de acabar echando a los borrachos en una whisquería. En términos comparativos, los ricos tienen a Midas, los altos a las jirafas y los feos a Picio, que dice la leyenda que fue un zapatero granadino, del municipio de Alhendín, que fue condenado a muerte e indultado, y tanta impresión le dio que le salieron bultos en la jeta, se le cayeron las pestañas y tuvo que cubrirse con un sombrero de alón para que los niños no le tiraran piedras. Picio fue a darse las aguas a Lanjarón, pero no le arreglaron, y dicen que cuando la  estaba entregando, el cura le dio la extremaunción con una vara de medio metro.

Cráneos difíciles
La maldad humana se ha asociado tradicionalmente a la fealdad física y los pintores clásicos han retratado a Judas mirando de reojo, contrahecho de corcova y encima besucón, cuando nadie ha demostrado que no fuese un tío resultón que se las llevase de calle en donde fuera que bailasen en Jerusalén. Antiguamente, el Edicto de Valerio recomendaba que en caso de duda se condenase al más feo, pero asesinos guapos han sido Ted Bundy, que mataba universitarias, y Jeffrey Dahmer, el Carnicero de Milwaukee, que era hermoso y rubio como el marinero de la copla de Rafael de León. Sin embrago, a un guapo se le compra un coche usado y a un feo no se le abre la puerta cuando va a leer el contador de la luz. A partir del siglo XIX se le quiso dar refrendo científico a la desconfianza hacia el tipo que es difícil de mirar dándole una vuelta a la frenología (o craneoscopia) fundada por Franz Joseph Gall, una teoría que sostenía que la forma de la cabeza determinaba el carácter de su dueño. El primero que llevó a cabo un estudio minucioso acerca del aspecto físico de los delincuentes fue el médico francés Humbert Lauvergne (1796-1859), pero fue el psiquiatra Cesare Lombroso el que desarrolló la escuela del positivismo criminológico, que mantenía que el delito provenía de un orden genético anormal que se podía observar en ciertos rasgos físicos acentuados. Para Lombroso, los delincuentes eran feos, orejudos, pilosos y generalmente zurdos.

Tatuajes y hombres lobo
Cesare Lombroso nació en Verona en 1835 y estudió medicina en la universidad de Pavía. Siendo médico militar en el ejército del Piamonte realizó un estudio de campo sobre los tatuajes de la soldadesca, copiosos de puñales, calaveras, y ragazzas añoradas que se quedaron en la aldea, generosas de busto, exageradas como Venus prehistóricas por un artista canalla en la cantina del cuartel, una noche de aguardientes. Después fue director de un manicomio en Pésaro y profundizó en el estudio de la pelagra, una CESARE LOMBROSOenfermedad que en la Edad Media solía confundirse con la licantropía.  En 1871 empezó a desarrollar su teoría de que un criminal lo es por sus deformaciones craneales cuando hizo una mala digestión de la doctrina evolucionista de Darwin y observó anormalidades morfológicas en la cabeza de un bandido llamado Villella, que interpretó que eran semejantes a las de los mamíferos inferiores.  Haciendo mediciones de las almendras de los reos llegó a la conclusión de que el delincuente común era un atavismo más cercano al medio mono que hacía fuego frotando un palo que al ser humano moliente que se viste por los pies con ropa relativamente limpia. Expuso su teoría presentando la calavera de Charlotte Corday, la célebre asesina del revolucionario Marat, en la que señaló asimetrías difusas producidas por el aplastamiento de su cráneo (platicefalia), caracteres viriloides y cavidades orbitales demasiado grandes, rasgos que le discutió el antropólogo francés Paul Topinard por considerarlos variaciones individuales normales en cualquier ciudadano sin ficha policial.  Lombroso diseccionó alrededor de cuatrocientos cadáveres de criminales y observó a más de seis mil delincuentes vivos y coleantes en los que reconoció lo que él llamó estigmas de regresión atávica que les convertía en híbridos entre hombres y bestias salvajes. Los delincuentes natos, a los que diferenciaba de los ocasionales, eran un accidente de Dios a los que traicionaban sus rasgos regresivos de una época sombría en la que el hombre apenas se diferenciaba del animal.

Bizcos, zurdos y orejudos
Los criminales de Lombroso eran tan reconocibles como los Golfos Apandadores que robaban al Tío Gilito; solo les faltaba el antifaz. Los estigmas que exhibían eran numerosos pero poco precisos, recordaban a la fisonomía antropoide y no se manifestaban en su totalidad, porque en ese caso el criminal no hubiese necesitado el delito y se hubiese hecho rico en un circo. Tenían la frente baja y huidiza, una acusada prominencia de los arcos ciliares que recordaba la turgencia suborbital de los simios, gran desarrollo de los maxilares y de los pómulos, el dedo gordo del pie separado de sus hermanos pequeños y prensil, las orejas en forma de asa, arrugas precoces y pilosidad anormal. Además solían ser zurdos o ambidextros, estrábicos  y poco sensibles al dolor pero en cambio propensos a las influencias de los imanes y de las variaciones atmosféricas, apegados a los tatuajes obscenos y a las orgías y entregados a la superstición. Los asesinos, siempre según Lombroso, tenían la mirada apagada, fría y fija, y los chorizos inquieta, oblicua y errante y el criminal nato o bien tenía un cráneo anormalmente pequeño o, al contrario,  desmedidamente grande. A Lombroso le podía discutir cualquier tipo con un poco de sentido común, un cuñado con pinta de chimpancé  (¿quién no tiene uno?) y un par de datos contrastados. Sus teorías eran poco concluyentes y el asesino Le Pelley compartía una capacidad craneana de 1.945 centímetros cúbicos con el fabulista La Fontaine, que jamás mató a un semejante, y sin embargo su doctrina fue abrazada por Enrico Ferri, profesor de derecho penal y socialista que acabó acercándose al fascismo de Mussolinni, por el jurista Raffaelle Garofalo, que acuñó el término “criminología” y por el profesor Franz von Liszt, diputado del Reichstag. Lombroso murió en 1909 y sus hijas divulgaron su obra, pero su pensamiento hace tiempo que no se sostiene. Hoy los feos corren el riesgo de quedarse para vestir santos, como siempre,  pero no los detienen por bizcos y se sabe por Walt Disney que la belleza está en el interior (aunque sostuvo este teorema en una película en la que hablaban las tazas). Otra cosa son las fotos de la ficha policial, en las que siempre te cogen cuando parece que has dormido con el traje puesto.

MARTÍN OLMOS

Golazos del 38

In Vilezas on 2 de mayo de 2013 at 13:42

El autogol del defensa colombiano Andrés Escobar en los octavos del Mundial del 94 le costó la vida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El fútbol es la religión diseñada en el siglo XX más extendida del planeta”
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Si uno llega a cierta edad y sigue disfrazándose de enano de la Tierra Media se le considera un friqui (neologismo que declina del inglés Freak, que quiere decir fenómeno y lleva implícita la feria) y debe desistir de ser considerado un hombre que se viste por los pies. Si con la misma edad se embucha, como un morcón en una tripa, dentro de la elástica de su equipo de balompié, se pone una bufanda en verano y toca un bombo como de tío que anuncia el circo, entonces es un hincha, que es un hombre de una pieza que sufre episodios de histeria los domingos pero al que nadie le pone en duda su derecho a votar. En la escala social el hincha está mejor visto que el que se viste del doctor Spock pero en realidad ambas especies practican ritos similares, porque es lo mismo pasar la noche al sereno para comprar el último chisme de Apple que para conseguir una de preferente en la semifinal de la Copa. La diferencia entre un hincha y un friqui es de orden público. Si ponen un maratón de la trilogía de El Señor de los Anillos en el cine del pueblo, el ministro del interior no tiene la necesidad de movilizar las tropas como si fuese la Noche de los Cuchillos Largos. En un partido de juveniles, en cambio, es tradicional abrirle la cabeza al arbitro y en uno de máxima rivalidad se requiere más pasma que en la frontera de Tijuana. Cuando pierde su equipo, el hincha decapita a la Cibeles, se muestra en cueros ante el compadraje, que le vitorea, y acuchilla a un semejante. Asimismo, cuando gana, el hincha decapita a la Cibeles, se muestra en cueros ante el compadraje, que le vitorea, y acuchilla a un semejante. El hincha propende al rebaño, al sudor comunitario y macho y a olvidarse del cumpleaños del hijo primogénito pero no de la alineación mítica del gol de Maracaná. El hincha propende a la violencia conmemorativa y a beber sin cuartel el vino peleón de la amistad tenue, a comulgar con ruedas de molino, a morderse las uñas de las manos y de los pies y a ser más listo que el entrenador. El hincha, el pobre, se hace en el estadio la ilusión de la democracia y piensa que grita al mismo tiempo el señor y el gañán. El fútbol, como el sufragio universal, está sobrevalorado y se juega con los pies, lo que no dice mucho de él. Y si usas las manos es falta. Borges decía que el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Borges no era del River. También decía que es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida. Pero si un hincha entra en el bar que no debe con la bufanda equivocada se juega los dientes, en el mejor de los casos, y en el peor convertirse en el tema de una tertulia de sociólogos.

En propia puerta
Los futbolistas también se equivocan, generalmente de pierna, porque tienen una buena y otra regular, como los actores el perfil. A veces equivocan el punto cardinal y chutan contra su propia portería. Es una especie de dislexia, con perdón. En el Mundial de Fútbol de 1994 que se disputó en los Estados Unidos a Maradona le mandaron a casa por mear efedrina. Pelé declaró que su selección favorita era la colombiana, que estaba formada por la generación mágica del Pibe Carlos  Valderrama, Freddy Rincón, Hermán Gaviria,  el Tren Adolfo Valencia y el Caballero Andrés Escobar. Sin embargo palmaron tres a uno en el primer partido ANDRÉS ESCOBARcontra Rumanía y en el segundo, contra la selección anfitriona, el defensa Andrés Escobar, que le decían el Caballero,  metió un gol en su propia portería al intentar impedir que el centrocampista norteamericano John Harkes rematase un pase desde la banda izquierda. Fue en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, el 22 de junio de 1994, trece minutos después de empezar el partido. En el minuto 52 metió el dos a cero Earnie Stewart y en el noventa marcó el que dicen de la honra el Tren Valencia, pero fue tarde para enderezar el marcador. Colombia ganó a Suiza en el tercer partido de la primera ronda (dos a cero, goles de Gaviria y Lozano) pero quedó la última de su grupo y fue eliminada del campeonato. La generación mágica regresó a casa con sus camisetas del perro Striker, la mascota del mundial que había diseñado la Warner Brothers y que se parecía a Canuto, el chucho de los dibujos animados de Hanna-Barbera. Andrés Escobar recibió amenazas de muerte por el autogol. Tenía 27 años cuando lo metió y le quedaban diez días de vida.

Andrés Escobar el Caballero era antioqueño de Medellín, del barrio Calasanz, nació el 13 de marzo de 1967 y jugó toda su carrera en la defensa del Club Atlético Nacional, con el que ganó la Copa Libertadores en 1989. Don Pablo Escobar el Patrón, el Zar de la Coca del cartel de Medellín, era hincha del Atlético Nacional y del Deportivo Independiente y colocó a gente de su confianza en la directiva de ambos clubes. Se sospechaba que mandó asesinar al juez de línea Álvaro Ortega al no compartir su juicio en un partido que perdió el Independiente contra el América de Cali. Pablo Escobar y Andrés Escobar compartían apellido pero no tenían vínculos de sangre. Andrés Escobar llegó a capitanear el Atlético Nacional y diez días después del autogol del mundial se fue a bailar la cumbia al restaurante El Indio, en la Vía de las Palmas, en el alrededor de Medellín, y a las tres de la madrugada le buscaron la madre los hermanos Gallón Henao, criadores de pencos de pura sangre, apostadores del fullero y adyacentes a la mafia paramilitar. Andrés Escobar rehuyó la riña y abandonó el bailón. El guardaespaldas de los Gallón, Humberto Muñoz Castro, tenía noche de bronca y  de presumirles a los amos y le siguió al aparcamiento, le insultó y cuando Escobar le pidió respeto le pegó doce tiros del calibre 38. El bocón valiente acompañó cada disparo gritándole al moribundo “¡golazo!”. A los pistoleros ventajistas de los bailaderos de cumbia les sale la mala digestión de las películas de Al Pacino y ensayan frases chulas. Andrés Escobar no llegó vivo al hospital y le identificaron en la morgue sus compañeros Chicho Serna y René Higuita el Escorpión. René Higuita el Escorpión tenía que haber sido el portero de la selección colombiana pero se perdió el Mundial porque estaba en el trullo por mediar en un secuestro.

El Mundial del 94 lo ganó el Brasil de Romario. En el Mundial del 94 el defensa italiano Mauro Tassotti le rompió la nariz a Luis Enrique y casi llaman a consultas a los embajadores. Adolfo el Tren Valencia acabó jugando en el Atlético de Madrid pero no se acostumbró al fresco serrano y el presidente del club, Jesús Gil, dijo que “al negro había que cortarle el cuello”. René Higuita el Escorpión, que había exhibido su amistad con el Patrón Pablo Escobar, el Zar de la Coca,  acabó haciéndose una liposucción y saliendo en “La Isla de los Famosos”. El Patrón Pablo Escobar, hincha del Atlético Nacional, no llegó a ver el Mundial porque un año antes  le mató la policía en un tejado de Medellín. El centrocampista Hermán Gaviria murió en 2002 cuando le fulminó un rayo durante un entrenamiento con el Deportivo de Cali. Al bravo Muñoz Castro, peleador de ventaja, le condenaron a 43 años de prisión, pero solo rindió once y cuando le fueron a anunciar su liberación no estaba en la celda porque disfrutaba de un permiso y le tuvieron que buscar en un boliche, donde andaba tomando roncitos. Vivió de lujo en el caldero por cuenta de los hermanos Gallón, que tenían una hacienda en las Guacharacas donde entrenaba la guerrilla paramilitar. En 2002, la alcaldía de Medellín encargó al escultor Alejandro Hernández una estatua de Andrés Escobar que se levantó en el Complejo Deportivo de Belén.

MARTÍN OLMOS

La realidad inevitable

In Hazañas bélicas, Vilezas on 18 de abril de 2013 at 13:50

Ningún ejército luce un historial virgen de agresiones sexuales, que en ocasiones se han llegado a considerar como armas de guerra

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En ninguna otra área nuestro fracaso para defender a los civiles parece más evidente que en las masas de mujeres y niñas cuyas vidas son destruidas cada año por la violencia sexual que se perpetra en los conflictos armados”
BAN KI-MOON. Secretario General de las Naciones Unidas.

Decía Napoleón que la guerra es para el hombre su estado natural. A la guerra iban antes los caballeros y dejaban a los gañanes agachándose en la huerta, pero iban a caballo y con el servicio y la infantería del pinrel la formaban los de siempre. Iban los caballeros a entretenerse al campo de batalla y a charlar de sus cosas y así se libraban de la parienta y de madrugar, que es de pobres. No es de caballeros la guerra, sin embargo; de caballeros es el polo y pelar las gambas con cuchillo y tenedor. Aunque les pese a Kipling y a Tennyson. Y tampoco es de señoras, ya lo dijo el poeta Horacio: las guerras son el espanto de las madres. “Bella matribus detestata”, que a Horacio hay que decirle en latines, que suena doctor, y si es posible fumando en pipa para darle a la sentencia valor de inapelable. Las cosas de la guerra, sin embargo, hay que decirlas en el alemán bronco de adiestrar perros, en la lengua imperativa del “fuss” y del “platz”, que pone firmes a los dobermanes. Por eso la han disertado tanto los prusianos. El mariscal Helmut von Moltke escribió que  la guerra forma parte del orden creado por Dios y que en ella se manifiestan las virtudes más nobles del hombre: el valor y la abnegación, el espíritu del deber y el sacrificio de sí mismo. La definición de Moltke se acerca más a la arenga del entrenador de baloncesto de un instituto de pueblo que a la opinión de un tío que sabe de lo que está hablando. Moltke no fregó mucho, según parece, y se murió con noventa abriles y un sobrino suyo hizo el ridículo en la batalla de Marne. Carl von Clausewitz se manejó con un poco más de criterio y dejó a Dios fuera de los asuntos de los hombres. La finalidad principal de la guerra, escribió, es la destrucción de las fuerzas enemigas, pero observó que no había que limitar este concepto a las fuerzas físicas sino que, por el contrario, debían comprenderse en ellas, necesariamente, las morales.

Las guerras de otros
La guerra solo les divierte a los idiotas y a los extranjeros. Con los idiotas no hay nada que hacer porque cualquier cosa les saca la risa: una pared y una tiza, una bizca o un señor que se cae. Lo malo del idiota es que cuenta a efectos de la administración y ejerce su derecho de voto con solemnidad, que vale lo mismo que el de los demás. Esta perversidad se manifiesta porque el idiota es manejable, sobre todo si camina en grupo, o porque es mimético con el entorno, como el insecto palo, y solo le sospechan en el círculo íntimo, que no le tira al río porque es de la familia. El extranjero va a la guerra como si fuese a una merienda porque la guerra es la del vecino y él dejó a la parentela en casa con la calefacción encendida. El contingente extranjero no tiene la distracción del combatiente local, que pone un ojo en salvar el pelaje y otro en preocuparse de que un regimiento de soldados, exhibiendo las nobles virtudes del hombre de las que hablaba el mariscal  Moltke, ocupe su aldea y le viole a la hija. El caballero de la guerra ha venido ultrajando al mujerío que se ha encontrado en el camino desde que se inventaron las batallas a pedradas. Unas veces lo ha considerado un derecho de pillaje, parte del botín de guerra del vencedor, como los dientes de oro de los muertos o los retablos de las ermitas. El redondeo a comisión de la estrecha paga del soldado. Otras veces ha sido la consecuencia del proceso de erosión, gradual primero y definitivo después, de los principios morales del hombre en combate. Y otras veces ha sido la interpretación perversa de la doctrina, que también se dice en latines como las sentencias de Horacio, del “respondeat superior”, la obediencia debida al Estado Mayor, que decidió aniquilar, además de los cañones, las fuerzas morales de las que escribió Clausewitz.

La promesa de mujeres blancas
Antes de la Convención de Ginebra, la violación era considerada “una realidad inevitable en tiempo de conflicto armado”, es decir, lo que conocían los coroneles pero evitaban mencionarlo en las tertulias del Club de Oficiales. El verso que no incluía Tennyson en sus poemas épicos. En el Antiguo Testamento hasta las madres tenían en cuenta la diversión de sus hijos tras el combate; en el Libro de los Jueces (5, 28-30), el comandante cananeo Sísara, que está en la guerra contra Israel, tarda en regresar y su madre baraja entre las posibilidades de su demora el reparto de los despojos de la batalla o “una joven o dos jóvenes para cada uno”.  Desde el medio millón de mujeres tutsi violadas en Ruanda, desde la estrategia de limpieza étnica de la guerra sin frentes de los Balcanes con la colonización de los vientres enemigos y desde las pastillas de Viagra que llevaban en las mochilas los leales a Gadafi en la última rebelión libia, la realidad inevitable ha acabado por  contemplarse como un arma de guerra, como una alabarda infame. Y sin embargo no es nada nuevo.

Espartaco consideraba la violación de las mujeres romanas de las villas que conquistaba como un elemento de cohesión  del desordenado Babel que era su ejército de gladiadores, formado por tracios, galos, germanos y nubios que solo tenían en común querer huir del circo. Durante la guerra civil española, el general Mohamed el Mizzian, que le decían el Moro de Franco, prometió a su hueste rifeña mujeres blancas si tomaban Madrid, y para que comprobaran  la seriedad del premio les ofreció a cuarenta de sus hombres el aperitivo de dos prisioneras sindicalistas en Navalcarnero. Las desgraciadas duraron dos horas vivas, cada una tocó a tres minutos por barba mora. Mientras tanto, el general Queipo de Llano decía en Unión Radio Sevilla que sus legionarios habían enseñado a los rojos lo que es ser hombres, “y de paso también a sus mujeres que ahora han conocido hombres de verdad y no milicianos castrados. Dar patadas y berrear no las salvará”. En la masacre de Nanking de 1937, durante la segunda guerra chino-japonesa, las tropas de Hiroito sometieron al ultraje a más de ochenta mil mujeres, a las que mutilaron a bayonetazos después de disfrutarlas a la vista de sus maridos. Es difícil entender el orden creado por Dios del mariscal  Moltke. A no ser que sea el Dios implacable de los libros antiguos: “Y yo reuniré todas las naciones para que vayan a pelear contra Jerusalén, y la ciudad será tomada, y derribadas las casas, y violadas las mujeres” (Zacarías 14, 2). Pero esos libros antiguos también los escribieron los hombres. Y ninguno de ellos está libre de la barbarie, ni de sufrirla ni de otorgarla. Eran soldados de Berlín los que violaron a las mujeres de Leningrado (o lo que quedaba de ellas después de haberlas matado de hambre) y fueron las berlinesas las que fueron tomadas por los combatientes soviéticos cuando entraron en la ciudad. La madre de Günter Grass estaba entre ellas.

Durante la guerra de Vietnam, el teniente Rusty Calley, que fue acusado de ordenar la matanza de My Lay, reconoció que las violaciones eran comunes pero suponía que “montones de muchachas preferirían que las violasen a que las mataran en cualquier caso”. Él era un puritano del sur en ese aspecto y una vez recriminó al soldado Dennis Conti que forzase a una madre que sostenía a un niño a practicarle una felación. Le ordenó que se subiese los pantalones y después mató a la mujer y al niño a tiros de M-16. Dice un proverbio africano que cuando dos elefantes luchan, la que sufre es la hierba.

MARTÍN OLMOS

El pigmeo y los enanos mentales

In Vilezas on 30 de marzo de 2013 at 21:18

 El pigmeo Ota Benga fue capturado en el Congo y exhibido en un zoo de Nueva York dentro de una jaula que compartía con un orangután

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No es el más fuerte de la especie el que sobrevive, ni tampoco el más inteligente. Es aquel que es más adaptable al cambio”
CHARLES DARWIN

A la patulea de puercos que somos nos gusta pasar la tarde contemplando al desgraciado que está peor que nosotros  para reírnos y tal, ja, ja, y volver a casa pensando que somos unos tíos grandes. Decía Boileau que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira, pero lo que siempre encuentra un tonto es a otro al que le toma por más tonto y entonces le salen las ganas de hacerse el listo. El tonto se ríe y duerme a pierna suelta y confunde el punto de vista con la primera impresión, y con primeras impresiones va construyéndose una filosofía que es inalterable, porque el tonto no contempla el privilegio de las segundas impresiones. El tonto es gregario y homogéneo, prefiere el calor de la manada y es mimético con la misma y al raro le tira piedras o le tira al río, dependiendo de su estado de ánimo. Si el raro gasta las proporciones  antropomórficas básicas es un excéntrico y tiene solución, pero si le salieron torcidas las medidas es probable que le metan en una jaula y le vayan a ver sus semejantes las tardes de los domingos, con los niños y un cucurucho de maní. Ahora los raros salen por la tele y exhiben opinión, pero antes había que ir a verlos a las ferias que se hacían para celebrar la cosecha o para conmemorar a la Virgen.

La parada de los monstruos
La exhibición de los monstruos servía de preámbulo al número de la trapecista jamona y así los errores de Dios podían ganarse el plato y no andar por las esquinas asustando a las viejitas. Los monstruos de feria cumplían una triple función social que era la de llenar el sombrero del vivo que les representaba, solazar al popular, que pasaba una tarde de cachondeo y se olvidaba de la mina, y provocar la compasión de los que encontraban placer en sentirse mejores cristianos los días festivos. Monstruos célebres fueron Julia Pastrana, la Mujer Mono de Sinaloa, que tenía barba negra y dos filas de dientes; el Hombre Elefante Joseph Merryck; los hermanos dicéfalos Giacomo y Giovanni Tocci, que compartían el tórax, el abdomen y las piernas; Daniel Lambert, que llegó a pesar 340 kilos y el Increíble Hombre Torso Johnny Eck, que jamás se dio un paseo para estirar las piernas. Todos hicieron a la fuerza carrera en la farándula y los que consiguieron retirarse del circo cayeron en el espectáculo científico, haciendo de ratones que buscan su queso a través de un laberinto. La normalidad se mide en términos comparativos y si todos lleváramos la cabeza en las posaderas sería un fenómeno el que la tuviese sobre sus hombros y miraríamos su foto en una revista médica. Dentro de su comunidad de pigmeos de la etnia batwa, en la ribera del río Kasai, en el Congo, Ota Benga era un individuo normal, pero a los ojos de los que medían más de metro y medio era la confirmación de que el hombre descendía del mono. Ota Benga nació alrededor de 1880, aprendió a cazar con la tribu y tuvo dos hijos que fueron asesinados en una batida de la Fuerza Pública del rey Leopoldo II de Bélgica, que era un contingente policial formado por oficiales mercenarios blancos y tropa caníbal reclutada en los mercados esclavistas de Tippu Tip, el comerciante de hombres de Zanzíbar. En 1904, los organizadores de la Exposición Universal de San Luis encargaron al explorador Samuel Phillips Vermer que trajera una familia de pigmeos de África para exhibirlos en el pabellón antropológico. Vermer compró a Ota Benga y a otros siete pigmeos en una alhóndiga de esclavos, los cargó de cadenas en la bodega de un barco y se los llevó a América. La Exposición Universal de San Luis fue inaugurada por el presidente Theodore Roosevelt y la visitaron veinte millones de personas que se dejaron en la taquilla más de veinticinco millones de dólares, en el pabellón español se construyó una reproducción de la Alhambra y en el francés se podía ver un mechón del pelo de Napoleón metido en una urna de cristal y Ota Benga y sus compañeros fueron enseñados en taparrabos y sometidos a pruebas de inteligencia para retrasados mentales. En invierno les negaron los abrigos para que pintasen más auténticos y los anunciaron como “el vínculo más cercano con el ser humano”. Milagrosamente, no la diñaron de pulmonía. En la Exposición Universal de San Luis se comercializó por primera vez el algodón de azúcar, se escucharon las marchas de John Philip Sousa y los burdeles de los alrededores trabajaron a destajo.

La jaula de los monos
Cuando se clausuró la Exposición, Ota Benga fue comprado por William Hornaday, director del zoológico del Bronx de Nueva York, que le limó los dientes hasta sacárselos punta para darle un aspecto amenazador y le metió en la jaula de los monos junto a un orangután amaestrado que se llamaba Dohong. Diseminó por la jaula huesos mondados para insinuar su canibalismo y le obligó a hacer exhibiciones con un arco y unas flechitas. Ota Benga hizo caja y Hornaday le sacaba de la jaula para que se pasease al lado de los visitantes, que a veces le tiraban mondas de plátanos y le zurraban coscorrones. Ota Benga tenía 23 años, medía un metro y treinta y cinco centímetros y una vez mordió a un turista que le contó con un palo las costillas, por lo que se le terminaron las performances y le devolvieron a la jaula. Cuando el reverendo James Gordon, de la Conferencia de Ministros Bautistas Negros, se quejó del trato que recibía, William Hornaday se amparó en que la exhibición del pigmeo cumplía la función de refrendar el darwinismo y dijo: “No puede quejarse el pequeño, porque tiene la mejor habitación del pabellón de los primates”.

OTA BENGA Y SUS DIENTES PUNTIAGUDOS

Las campañas de los periódicos Globe, Tribune y New York Times acabaron con el negocio de Hornaday y a finales de 1906 Ota Benga fue recogido en el orfanato Howard para Personas de Color, le pusieron zapatos, ropa con botones y le enseñaron el catecismo. Cuatro años después le trasladaron a Virginia bajo la tutela de la poetisa negra Anne Spencer, que le reparó los dientes implantándole un juego de coronas y le inscribió en una escuela teológica, pero Ota Benga no entendió al dios del hombre blanco, abandonó su educación y se puso a trabajar en una plantación de tabaco. Acaso echaba de menos al orangután Dohong. Acaso le dolían los zapatos. Sus compañeros de tajo le llamaban Bingo pero él prefería pasear el bosque y cazar ardillas con su arco. El 20 de marzo de 1916 robó una pistola, se sentó debajo de un árbol, encendió una hoguera ritual y habló con sus dioses paganos. No se conocen los términos de la conversación. Se arrancó las coronas de los dientes, bailó una danza mística y se pegó un tiro en el corazón. Tenía unos 32 años, mes arriba, mes abajo, y no le acabó de coger la medida al mundo. No estuvo a la altura de las circunstancias, pero eso nos pasa a todos. Le enterraron debajo de una piedra gris sin nombre en el sector negro del cementerio de Lynchburg, en Virginia, muy lejos de la ribera del río Kasai.

MARTÍN OLMOS

El hijo del héroe

In Vilezas on 30 de noviembre de 2012 at 10:42

Aún se sigue cuestionando la culpabilidad de Bruno Hauptmann en el secuestro y asesinato del hijo del aviador Charles Lindbergh

LINDBERGH BY MARTIN OLMOS

“La acusación contra Bruno Hauptmann se ha excedido, no creo que en esta cacería el zorro haya tenido demasiadas oportunidades”
FORD MADOX FORD.

Una sociedad civil razonablemente saludable puede permitirse la exoneración de un culpable, pero jamás la condena de un inocente, y si esto ocurre puede salir al ágora y rasgarse las vestiduras o enterrar al muerto de noche con la mayor cantidad de tierra que pueda encontrar, silbar una melodía casual y mirar para otro lado. Para esas cosas inventó Dios la cal viva. El pueblo norteamericano está orgulloso de sus doscientos años de democracia sin interrupción de tiranos y está orgulloso de sus héroes victoriosos. Al pueblo norteamericano, como a todos los pueblos, hay que darle un poco de pan y un poco de circo para que no se eche a la calle a tomar la Bastilla, y hay que darle de vez en cuando a un tipo al que ahorcar en mitad de la plaza pública para que se vuelva a su casa con sus apetencias de venganza cumplidas y con la idea disparatada de que existe un concepto de justicia. Los héroes victoriosos son cada uno de su madre y algunos tienen pinta de fanáticos rubios y acaban encontrando simpático a Hitler; los hombres a los que cuelgan en la mitad de la plaza pública tienen todos la misma cara de susto. No quieren estar allí, dicen que son inocentes y no se aburren. Decía John Donne que nadie se aburre en el carro que le conduce al cadalso.

Ícaro en París
El héroe americano de 1927 fue Charles Lindbergh, el primer piloto que cruzó en solitario el Atlántico en un vuelo sin escalas. A Lindbergh le llamaban el Flaco, su familia tenía el pretérito en Suecia y su padre fue congresista y poco partidario de que los Estados Unidos entraran en la Primera Guerra Mundial. Pensaba que las pulgas que se rascaban los franchutes tenían pocas posibilidades de picar a los neoyorquinos. Su hijo le demostró que París solo quedaba a día y medio de Long Island, pero no lo hizo con el sentimiento altruista de los que buscan un camino más corto, sino por un premio de 25.000 machacantes que ofreció un empresario hostelero al primer piloto que culminase un vuelo trasatlántico sin escalas. Linbergh despegó el 20 de mayo de 1927 del aeródromo Roosevelt de Nueva York a bordo del “Espíritu de San Luis”, un monoplano de un solo motor Ryan modificado, y aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París, treinta y tres horas y media después. Un millón de los franceses cuya suerte preocupaba tanto a su padre le aclamaron como si hubiesen visto a Napoleón regresar de Egipto. Le invitaron a champán y las BRUNO HAUPTMANNmademoiselles quisieron que se lo bebiera en sus zapatos. El país que había construido su épica sobre los hombres que viajaron hacia el oeste le recibió como al héroe que había hecho el camino de vuelta y Lindbergh tenía un buen traje para la faena: los ojos le hacían juego con el color del cielo que rindió. Le llevaron a Washington con una escolta de acorazados y aviones de combate y el presidente Calvin Coolidge le prendió la Cruz de Vuelo y la Medalla de Honor del Congreso. Le pusieron su cara a un sello de correos, se ligó a la hija del embajador americano en México y le dieron un empleo en la Panamerican. Era agradable ser un ángel rubio y  bailar con la buena suerte canciones de agarrar. Cinco años después Lindbergh se iba a enterar de que las feas también bailan, solo que con menos gracia.

Billetes marcados
La noche del 1 de marzo de 1932 secuestraron a su hijo Charles Junior, de dieciocho meses,  llevándoselo de la habitación donde dormía, a la que accedieron trepando por una escalera artesanal. Al héroe le dejaron la desesperación y una nota en la que le pedían 50.000 dólares a cambio del chaval y la recomendación de no avisar a la pasma. Cinco minutos después, sin embargo, el asunto se hizo carnaval y compareció la bofia, un escuadrón de abogados, la prensa y los que fueron a chismorrear. Pisaron los parterres de rosas, tiraron los pitillos en el jardín y dejaron la escena del crimen como una campa después de un partido. Lindbergh pagó el rescate con billetes marcados por el Departamento del Tesoro pero no le devolvieron a su hijo. El 12 de mayo un camionero negro que buscaba un árbol para solventar un alivio encontró el cuerpo del niño tirado en un matorral. Tenía la cabeza rota y las alimañas se habían comido sus brazos. Ni siquiera su pediatra se vio capaz de jurar que era Charles Junior. Los malos mataron al hijo del héroe y América lloró. Exigió su cuota de resarcimiento. Dos años después, un desgraciado llamado Bruno Hauptmann pagó medio galón de gasolina con un billete cuyo número de  serie coincidía con la remesa que se usó en el rescate. La poli visitó su garaje y encontró 15.000 dólares marcados. Hauptmann gastaba un buen traje para digerir mochuelos; era alemán de Sajonia, del pago del Káiser, había entrado en el país sin tocar a la puerta, de polizón en un carguero, y tenía antecedentes por chorizo. Los polis que le interrogaron le metieron en una habitación sin ventanas, mandaron a casa a las mecanógrafas y asumieron que a sus parientas les iba a llevar un rato sacar las manchas de los puños de sus camisas. Hauptmann pasó una tarde larga y hubiese firmado que fue el tipo que se dejó el grifo abierto la mañana que empezó el Diluvio. Los países que se creen bendecidos por Dios se inclinan a cargar los crímenes execrables a los tipos que vinieron de fuera. El fiscal David Wilentz dijo que Hauptmann era “la serpiente más asquerosa que haya reptado sobre la tierra”. Le sentaron en la silla eléctrica de la prisión de Nueva Jersey, que la decían la Vieja Humeante los que la tenían confianza, y le frieron la sesera.

A Lindbergh y a su mujer les invitaron a la barbacoa pero declinaron el convite y se marcharon a Europa. El pueblo tuvo su monstruo cosido para la ocasión y el gobierno promulgó la Ley Lindbergh, que tipificaba el secuestro como delito federal. A Lindbergh le reservaron un palco en las Olimpiadas de Berlín y el mariscal Hermann Göring le impuso la Cruz de Servicio del Águila Alemana. Cuando regresó a su país en 1939 recomendó al presidente Roosevelt que no le buscase las cosquillas a Hitler y se declaró partidario de la eugenesia y de los partos selectivos. No le volvían loco los judíos y consideraba a los pilotos de la Luftwaffe caballeros teutones descendientes del Barón Rojo. Los paisanos empezaron a encontrar demasiado rubio al ángel rubio. Los héroes no son perfectos y al director del F.B.I., J. Edgar Hoover, tampoco le pareció perfecto el procedimiento contra Bruno Hauptmann. A parte de su confesión expresada con los dientes rotos no se encontraron evidencias notables de su culpabilidad. Entre la prensa sensacionalista y los testigos incentivados construyeron un villano para la función, que además era un sucio boche de Sajonia con referencias de chorizo. A nadie le importó su suerte y quedó bien en el patíbulo, dejando que asaran su cabeza a la parrilla para que todos se fueran a dormir tranquilos. Su última cena fue pollo con papas y pastel de cerezas, sus últimas palabras que era inocente y su última acción en este mundo fue descargar su digestión cuando los voltios de la Vieja Humeante le aflojaron los intestinos. Depende del humor con el que se levante puede usted leerlo como una metáfora.

MARTÍN OLMOS

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