MARTÍN OLMOS MEDINA

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El meretricio del west

In El Far West on 28 de junio de 2013 at 0:13

Las prostitutas llegaron al Oeste cinco minutos después que los carretones de los pioneros, las llamaban las Palomas Sucias y tuvieron, a la fuerza, que ser de armas tomar

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“He conocido a muchas mujeres del oficio y siempre me he preguntado por qué no eran más flexibles con los precios”.
LARRY McMURTRY

El Oeste lo escribieron embusteros notorios como Ned Buntline, que se inventó las hazañas de Búfalo Bill birlándoselas al Salvaje Hickok, y los novelistas de perra gorda que hicieron pasar por una orden de caballería el oficio de amarrar vacas. A las mujeres les dejaron un sitio en la grupa del héroe y las pusieron a gritar cuando venían los comanches. El Oeste lo escribieron los homeros del destajo con faltas de ortografía, pero lo construyeron las mujeres dando de comer a quince con una ración para tres y pariendo a la recua debajo de una lona, mordiendo una cincha de cuero. Sin embargo, el blasón de su género lo dejaron las frescas que bailaban el can-can con impertinencia en las casas de conversar. Los cuadernos de dos céntimos las pintaron de mujeres de buen corazón que ofrecían consuelo y canciones tristes y guardaban un penco ensillado debajo de la ventana, cuando lo que tuvieron que tener fue un estómago blindado para recibir, los días de paga,  a la caterva de patizambos que olían a pis de novillo y a patán. Que traían las pelotas rojas de carne viva de cabalgarlas sobre una silla de cuero sin desbastar, los pies sucios y las ganas de fandango después de meses de ver el culo de una vaca. El historiador William C. Davis estima que entre 1850 y 1900 unas 50.000 mujeres se dedicaban a la prostitución en las comunidades de la frontera, pero en enclaves mineros y ganaderos como Dodge City o Deadwood las furcias censaban el veinticinco por ciento de la población. En 1870 había tantos salones de tertulias en Abilene, Kansas, que el alcalde McCoy tuvo que sacarlos de los límites de la ciudad para dejar sitio a los comercios decentes. Abilene, entonces, creció por el sudeste en una popular avenida a la que llamaron la Prolongación de McCoy.  H. J. Stammel asegura que la sífilis causó tantas bajas como las guerras contra los indios y las disputas de los cercados, y los vaqueros a los que se les arrugaba la regadera se aplicaban la grasera de un asador entre las piernas y el remedio, como todos, los curaba o los mataba.

Los pistoleros de leyenda encontraban más fácil buscarse la costilla entre la comunidad de magdalenas de las cuevas de tratar que frecuentando a las virtuosas, que les miraban con prevención: la segunda esposa del sheriff Wyatt Earp fue puta, se llamaba Celia Ann Blaylock y le decían Mattie y se suicidó en 1888 soplándose una botella de láudano, y dos de sus cuñadas, Bessie y Sally Earp, fueron multadas con ocho dólares en Wichita por exhibirse con indecencia. Su amigo el pistolero tísico Doc Holliday frecuentó la compañía de la ramera Kate Elder, que le decían la Narizotas y era húngara de nacimiento. Kate Elder practicaba la bebida voluntariosa y cuando se entrompaba se le desataba la húmeda y la mala sangre y una vez que se encurdó le predicó al juez Wells Spicer que Holliday había matado a un hombre durante el asalto a una diligencia en Benson, Arizona, para desquitarse porque el pistolero la andaba alternando con otra del oficio llamada Libby Haley Thompson, a la que llamaban Alice Dientes de Ardilla. Alice Dientes de Ardilla era mellada de quijal, y de ahí le vino el membrete, y tuvo mala suerte en la vida. ALICE DIENTES DE ARDILLACuando tenía nueve años fue secuestrada por los comanches y cuando fue liberada tres años después sus paisanos la repudiaron porque dieron por hecho que los pieles rojas la habían estrenado. Holliday, en cualquier caso, no era jauja para acostarlo porque escupía sangre por la tisis y la enfermedad le tenía comido el magro, con lo que era como dormir con un perchero, y además tenía la mano larga cuando volvía tieso del naipe. Bob Ford, el asesino de Jesse James, se casó con una prostituta llamada Mabel que atendía a los mineros de Cripple Creek en una tienda de lona y el bandido Cole Younger fue medio novio de Belle Starr, que empezó de pendanga y acabó mandando una banda de cuatreros. Belle Starr tomó el apellido de su segundo marido Sam Starr, un mestizo cheroqui notorio ladrón de caballos, y fue asesinada a tiros de escopeta en Oklahoma, en 1899, probablemente por su propio hijo Ed, con el que mantenía un idilio incestuoso. El Grupo Salvaje de Butch Cassidy y Sundance Kid solía esconderse con frecuencia en el burdel de Fannie Porter en San Antonio, Texas, y a la banda pertenecieron putas notables como Laura Bullion y Della Moore. Etta Place, la novia de Sundance Kid, era en cambio maestra de escuela, pero se sospechó que en 1909 se cambió de nombre por el de Eunice Gray y regentó una casa de citas en Forth Worth, Texas, que estuvo abierta hasta 1962.

Las Casas del Barril
Prostitutas que se hicieron un nombre en el camino a California fueron la joven “Timberline”, que recibía en Dodge City y la mató la tuberculosis, y Big Minnie, el Gran Ratoncito, que era la sensación del Crystal Palace de Tombstone porque pesaba ciento treinta kilos en cueros. En Tombstone oficiaron con crédito rufianas de altura como Eleanor Dumont, que la decían Madame Bigote y hacía trampas a las cartas, Crazy Horse Lilly y Mag la Irlandesa, a la que jubiló un minero. Las putas blancas no se acercaban a un chino hasta que no se encontraban en el último tramo del camino pero como había que dar consuelo a los obreros amarillos del ferrocarril se importaron chicas de oriente para trabajar en las casas de San Francisco. El primer burdel para limones lo abrió en la calle Clay una china de veinte años llamada Ah Toy, que se hizo rica con el oficio de alcahueta y con el tráfico de opio y se murió en San José con cien primaveras. La Casa de los Espejos de Denver, en Colorado, tenía tres pisos, veintisiete habitaciones,  una lámpara de araña,  un pianista fijo y una banda de cinco músicos negros. Lo regentaba Jeannie Rogers, una madame de San Luis que una vez le pegó un tiro a su amante. Otras coimas no eran tan lujosas y en los caminos de la herradura se levantaban tumbaderos en los que los cazadores de búfalos, caballeros refractarios a cualquier utilidad que se le pueda dar al agua limpia, disfrutaban de las mujeres apoyándolas sobre una tabla y reposaban los bebercios sobre un tonel hueco, por lo que los llamaban las Casas del Barril.

Martha Jane Canary, a la que llamaron Juana Calamidad y fue desbravadora de toros, exploradora para el general Crook, artista de circo y bebedora contumaz, también yació con tarifa en tiempos de necesidad, aunque era más fea que un mandril. Juana Calamidad perdió de muy joven la costumbre de decir la verdad y acabó contando que tuvo una hija con el Salvaje Bill Hickok. Cuando le vinieron mal dadas ofició de puta en las casas de Dora DuFran, en Deadwood, Dakota del Sur. Dora DuFran era inglesa de Liverpool, se llamaba en realidad Helen Bolshaw y estaba en la mancebía desde los trece años. En los territorios de Dakota, cerca de las Colinas Negras de los indios sioux, regentó media docena de burdeles de los que el más famoso era el “Diddlin Dora´s”, en la quinta avenida de Belle Fourche, que Madame DuFran anunciaba como “El lugar al que podrías traer a tu madre”. Dora DuFran murió en 1934 con sesenta y seis años, de un ataque al corazón. Tuvo varios maridos pero solo le guardó fidelidad a su loro Fred, con el que fue enterrada en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood.

MARTÍN OLMOS

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Calamidad

In El Far West on 17 de agosto de 2012 at 20:18

Según se mire, Jane Canary fue un precedente del feminismo, una golfa embustera o un marimacho

“En la historia de Calamity Jane puede afirmarse o negarse cualquier cosa”
FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA. Escritor.

Dicen que la suerte de la fea, la guapa la desea, pero a las feas se las tiende a saludar desde el otro extremo de la calle, por si les pincha el bigote, y terminan por hacer poca vida social. Martha Jane Canary era fea como un susto detrás de una esquina y, sin embargo, ejerció el puterío con solvencia cuando se vio en la necesidad: se conoce que tenía la grupa ecuestre. Los mineros zafios la galopaban por económica y porque las bellas, a la larga, sosean, cuestan más y después de la equitación bostezan con displicencia y miran al techo, mientras que las feas, como ponen de su parte, levantan el epílogo contando chistes verdes. Cuando no serviciaba de puta, Martha Jane empinaba el codo con dedicación, escupía tabaco negro por ambos lados de la boca (en ocasiones a la vez), blasfemaba su buen cuarto de hora sin repetirse y se liaba a puñetazos con los gañanes y los tumbaba a rodillazos en el prostático. Martha Jane Canary no usaba polisón para que le abultase el asiento, que lo tenía plano y raspudo, llevaba la cara sucia, pulgas en los refajos y era un tío de una pieza que jamás se pintó las uñas de los pies. Montaba a horcajadas, expelía vientos jolgoriosos y de su boca nunca salió una verdad. El tiempo que esculpe las rocas le fue pintando un carácter que ella asumió con complacencia y lo exageró, para no decepcionar al auditorio, inventándose novios pistoleros y duelos a muerte, y acabó siendo una especie de Clara Campoamor de pasto, eructo y pedo zullón.

Martha Jane Canary nació el primero de mayo de 1851 en Princeton, Misuri, y acaso intuyó un padre, pero jamás le conoció. Su madre, que se llamaba Charlotte, trabajó en la horizontal y un día le dijo: Jane, no confíes en varón y mucho menos si aparenta virtud y no incumple alguno de los mandamientos de Dios, no te dejes enredar por unos ojazos negros ni por un bigote militar, estas certezas que te digo las he adquirido en el oficio y me han sido refrendadas por el espectáculo patético de hembras viejas, de encías yermas y pechos vacíos, que he visto en la vía, abandonadas a su suerte perra y a su incierto albur después de romperse el alma afanándose para un gandul. Te dejo, Martha Jane, este imponderable, que es seguro como un artículo del credo, por no poder dejarte un juego de servilletas de hilo. Una vez le dijo esto murió y la dejó huérfana a la edad de quince años. Martha Jane, apenas niña, se vio en la obligación de sostener a sus hermanos y trabajó ordeñando vacas descuidando su educación y no aprendió a tocar el piano. Fue creciendo pellejuda y parda de piel y la naturaleza le concedió pocas gracias y, sin embargo, alzó jirafuda y de lejos parecía esbelta. De cerca precavía. Aprendió a leer con esfuerzo y a sumar con los dedos y probó los oficios de lavandera, arreadora de mulas, bailarina de bodegón y ramera, continuando la estela de mamá. Deleitaba con las botas puestas, era mullida y comprensiva. Dejó pronto la falda en favor del zahón vaquero y se inclinó por las labores de los machos, se fue a Cheyenne, en Wyoming, y encontró plaza en las obras del ferrocarril, manejando el mazo y ganándose el derecho de acodarse en la taberna. A los veinticinco años ya era una alcohólica irredenta. Puede que asaltase alguna diligencia, se apartó del jabón, disparaba con tino y enterró a dos maridos. Meaba de pie. Le empezaron a llamar Calamidad.

La viuda del pistolero
Como le apetecían más los gaznates sedientos de la soldadesca polvorienta que comadrear en la costura, en 1870 se alistó de exploradora a las órdenes del general George Crook, notorio exterminador de indios, en los territorios sin prejuicios y, a partir de entonces, vivió en pantalones. Vistió la piel sin curtir y el fleco y comió serpientes de cascabel, durmió, con un ojo abierto,  al arrullo amenazante de la pena del coyote, se quitó el frío a lingotazos, el miedo a juramentos y rompió una cincha a pedos. Sus hazañas demostradas fueron salvar al capitán Egan de ser tonsurado por el sioux en Goose Creek, cruzar el río Platte a nado y abrir la ruta Newton-Jenney en las Colinas Negras. El resto de sus bravuras se las inventó cuando intuyó que iba criando leyenda de amazona. Con el gollete en regadío y por diez céntimos la sesión, contó mentiras en el espectáculo de Pawnee Bill y en el circo de Búfalo Bill. Contaba sin rubor que sirvió a las órdenes del general Custer y que estranguló con sus manos a un oso pardo. Comparecía en el proscenio con un cuchillo entre los dientes y dos colts cruzándole el vientre, era procaz y bárbara, era, como la vida, puro teatro.

En 1876 se asoció con Colorado Charlie Utter y puso un negocio de postas en Deadwood, en Dakota del Sur, en donde plantaron comunidad los buscadores de fortuna, los tramposos, las golfas y los traficantes de opio. Martha Jane trabajó yaciendo en el burdel de madame DuFran y ofició de samaritana durante la epidemia de viruela con singular desprendimiento.  En Deadwood conoció al Salvaje Bill Hickok, el más notable pistolero de la frontera, que conservaba la épica estampa y los revólveres cruzados en el fajín pero no la vista, que le traicionaba al atardecer y le exponía cegato ante los valentones. Hickok y Jane iniciaron amistad que, probablemente, fue de hombre a hombre y que les duró hasta que el cheposo Jack McCall asesinó al pistolero de un tiro por la espalda en un changarro de timbas por una discrepancia ligera. Más tarde, Martha Jane aseguró que persiguió al asesino con un hacha de mano, pero nadie recordó haberla visto en el trance. Con el tiempo, a Calamidad le convino convertir la amistad en romance y aseguró haberse casado con Hickok poco antes de su muerte y haber alumbrado una hija suya, de nombre Jean, a la que dio en adopción. Dijo que el casorio se celebró en Benson´s Landing, en Montana, oficiado por dos reverendos abstemios y refrendado por tres testigos que mantuvieron la verticalidad suficiente para firmar sobre una Biblia con caligrafía legible.

Martha Jane Canary, Calamidad, volvió al tinglado de la farándula y añadió su viudedad a su sarta de patrañas. En 1884 se casó por tercera vez con un tejano de El Paso que se llamaba Clint Burke, pero el matrimonio duró poco por la controversia que se desataba en el doméstico sobre quién llevaba los pantalones. Se le acabaron las candilejas cuando empezó a salir al escenario borracha perdida y se pasó sus últimos años recogida en uno de los burdeles de Madame DuFran, su antigua alcahueta de Deadwood, que en realidad se llamaba Dorothea Bolshaw, era de Liverpool y tenía un loro que se llamaba Fred. Jane ya no estaba para la hípica y se ganó el plato lavando las sábanas de las posguerras. Se puso enferma de pulmonía y se enganchó su última trompa en un tren camino de Terry, en el sur de Dakota, y murió sin épica a la mañana siguiente, el uno de agosto de 1903, preguntándose si tenía fiebre o resaca. La enterraron en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood, al lado del Salvaje Bill.

MARTÍN OLMOS

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