MARTÍN OLMOS MEDINA

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La mirada oblicua

In Bandidos on 8 de agosto de 2012 at 20:43

El Bizco del Borge miraba torcido, pero disparaba derecho

“Al Bizco del Borge se le atribuía por obra de su defecto ocular prodigiosa puntería”
LORENZO SILVA. Escritor.

A Luis Muñoz García le decían por bizcuerno el Guiñao, y como no tenía que cerrar un ojo para apuntar, disparaba con la puntería de Satanás. Una vez que se la discutieron, puso en la mesa lo de una talega de duros y se los empeñó a que le acertaba a la veleta del campanario desde el extremo más lejano del pueblo. La apuesta juntó al gañanaje, que se llevó el botijo, y el Guiñao cebó la chimenea de su fusil de mecha, se chupó el dedo de señalar para ver de dónde le soplaba la brisa, puso los dos ojos zainos en convergencia y le metió una bola de cobre en el centro de la barriga a la veleta de gallo, que desde entonces ignoró el viento. Después recogió la ganancia, convidó los chatos y le rompió la cara a uno  que insinuó que el tiro le salió suertudo. Es que Luis Muñoz García, además de bizco y artillero, salió camorrista de pesebre, igual de valiente para la pelea que maula para trabajar,  hombrón de buena talla, que como le quedaba lejos el suelo no le tuvo afición a agacharse para recoger la uva, borrachuzo, faldero, asmático y medio teniente del oído derecho.

Nació en la aldea de El Borge, en donde se arruga la uva para hacer el moscatel, en el oriente de Málaga, en la falda del cerro Egido, el día de San Antolín de 1837. Desde chico le cogió escrúpulo al trabajo honrado y propendió a la taberna y al negocio del contrabando, a las hembras complacientes y a los duros sin sudar. Como era bisojo miraba a las mujeres de dos en dos y le puso la vista encima a la que no debía, que era la novia de un apacentador de bueyes al que decían el Chirrina y era peleador de navaja. El Bizco y el Chirrina se vieron inevitablemente y en un secarral dirimieron con las carracas y ganó el Guiñao, que le abrió un tajo al contrario a la altura del gollete por el que echó la vida. Hasta entonces la Guardia Civil había molestado al Bizco lo justo, por ser nada más que matutero de pueblo y buscador de jaleos, pero al adquirir deuda de sangre le tasaron la cabeza y le fueron detrás. Se echó a la sierra y formó partida bandolera con Manuel Melgares, que le decían el Estudiante porque sabía leer el latín y estaba en el monte porque siempre palmaba en el naipe, y con Francisco Antonio Palma, que le decían el Frasco y era lombardo de pellejo y caballista de renombre. Dejaron el contrabando pequeño y se hicieron bandidos y secuestradores que extorsionaron a los ganaderos de la comarca, el Estudiante era el urdidor y el escribiente de la amenaza, el Frasco el jinete y el Bizco el matón. Se les juntaron después Antonio Duplas el Francés, que era hijo de un desertor de Napoleón, Manuel Vertedor, Pepe el Portugués y un gitano con el morro de liebre que le decían el Mellao. La banda no gastó en misericordia y se dio a quemar los cortijos y el Bizco era el brutal: una vez que paró en Iznájar, en Córdoba, mató a dos guardias civiles disparándoles desde una loma solo por ensayar la puntería. Los pudo dejar pasar, como el agua que no has de beber, y sin embargo los tumbó a tiros por fardar de tino.

Retirarse de hostelero
El Bizco era feo porque con el mismo golpe de vista miraba dos puntos cardinales pero como era recio las hembras le ponían interés. Se casó con Josefa Fernández Marín y puso casa en El Borge, en el tres de la calle del Cristo, en donde paraba poco para que no le prendiesen, y atendía a una querida a la que preñó y después ignoró a la criatura. El hermano de la muchacha le fue a pedir la explicación, le dijo que si era hombrón para sembrar tenía que serlo igualmente para recoger y el Bizco le replicó con el puñal y le dejó los sebos fuera de dos traperas en el corazón. No le rindieron los hombres pero le fue arrugando el tiempo y los años le pusieron medio cegato, el asma se le exacerbó y le fatigaba cabalgar, el Estudiante dejó la sierra y el Frasco Antonio le riñó y quiso formar su propia banda. Se asoció entonces con un charlatán que se llamaba Juan Corrales que le convenció para invertir en una tasca en Madrid que le sirviese de retiro pero para la empresa necesitaba posibles y pensó en agenciárselos en el Cortijo Grande de Lucena, en Córdoba, una finca propiedad del Conde de Medinacelli que la trabajaba en renta el indiano Cándido López. Mediando mayo de 1889 el Bizco del Borge tomó el cortijo y guardó de rehenes a la mujer y a los hijos del rentero y mandó al dueño a Loja, a vender un carro de pellejas de aceite que le reportasen los quince mil duros del negocio. Por el camino, Cándido López dio el aviso a los guardias, que mandaron dotación de dieciocho números del cuartel de Valdemoro para prender al bandido. Llevaron los hombres los gatillos al pelo de sus fusiles de reglamento y las ganas de revancha de la matanza de Iznájar. Doña María, la mujer del cortijero, accedió al cortejo canalla del Guiñao para eludir la navaja del cuello de sus hijos, hizo de sus tripas corazón pero aprovechó un descuido y le envenenó un tazón de chocolate que dejó al bandido en el retortijón. El Bizco olió la ley y escapó a campo abierto, doblado de vientre y resoplón del asma, paró a recoger fuelle en un olivar que le decían El Cristo Marroquí y cebó el fusil porque no pensaba entregarse.

Murió el Bizco del Borge de dos tiros en el corazón, oliendo la aceituna y soñando con un bar en Madrid, le dio el alto el guardia Manuel Luciano y contestó dos disparos que marró. Su vista torcida ya no era de lince. Le acertaron los civiles José Sánchez y Cristino Franco y le dejaron seco, tumbado en el olivar, con sus ojos estrabones junando en asimetría y sus cuentas con el diablo sin abonar. Le envolvieron en una manta y lo cargaron en un carretón. Lo enseñaron en Lucena y al tercer día apestó como el odre, las moscas le cumplieron el velatorio. Quieto no pareció tan fiero. El juez instructor mandó que lo vistieran con un terno gris y como no tenía encima la filiación ordenó que le retratasen. Le fueron a sentar pero el Bizco estaba tieso de mojama por el rigor mortis y hubo que romperle las piernas con un martillo a la altura de las rodillas. Le desmadejaron a porrazos, para que entrase en plano, y le sacaron una foto en la que salió retador, norteando la barbilla con chulería pero boquiabierto del pasmo que otorga la muerte cuando no se la espera.

MARTÍN OLMOS

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