MARTÍN OLMOS MEDINA

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El hijo del rey león

In Con buena letra on 13 de enero de 2015 at 19:12

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS
El tercer hijo de Ernest Hemingway heredó de su padre la bipolaridad y murió en chirona vestido de Juana la Loca

“Ahora sabía que el muchacho no había valido nunca nada”
ERNEST HEMINGWAY

Ernest Hemingway se golpeaba el pecho hirsuto en lo alto de las montañas Virunga. Enseñaba el lomo plateado. Presentaba un marcado dimorfismo sexual. Vivía en macho puro y meaba contra la pared. Se rodeaba de iconografía varonil: cuernas en las paredes, rifles de repetición, balas en el escritorio, metralla en las piernas. Era el cromosoma Y. Era el cazador blanco. Un metro y noventa centímetros sobre dos piezazos grandes, pelo en pecho, curdas, peleas y matrimonios. Chaquetas de ante con refuerzo en el hombro para atenuar el retroceso del calibre diez. Turismo bélico. Verbo de burdel. Entendía de pichas. El pobre Scott Fitzgerald no aguantaba la priva y pensaba que la tenía pequeña. Scott Fitzgerald le invitó a Hemingway a almorzar en el restaurante Michaud, en la esquina de la rue des Saints-Péres con la Jacob, en los tiempos en los que París era una fiesta, y le dijo que su mujer se quejaba de su calibre y nunca se quedaba satisfecha. Hemingway se lo llevó al tigre y le pegó un vistazo a la bayoneta. Le echó un ojo profesional y desapasionado como de tío que sabe de qué va el rollo. Le dijo que no tenía una pinga deforme, pero que se la miraba desde arriba, en escorzo, y le recomendó comparársela con las de las estatuas del Louvre. Le dijo que era una cuestión de ángulo y le explicó el modo de utilizar una almohada. Le dijo que su parienta solo quería declararle en quiebra. Hemingway sabía lo que era que una buena colección de puercos miserables le quisieran declarar en quiebra porque era el macho de lomo plateado que se golpeaba el pecho hirsuto en lo alto de las montañas Virunga. Construyó su estilo a base de frases elementales unidas por conjunciones copulativas que escondían su incapacidad para las subordinadas. Afilaba los lápices con una navaja. Usaba White Label como loción para después del afeitado. Liberó el Ritz de París de los putos krautzs y le pidió al camarero setenta y dos martinis. Se paseó por España en guerra como quien se da un garbeo por el jardín de su casa de verano. Dominó la Corriente del Golfo y cazó al león africano. Su viejo se pegó un tiro porque era un calzonazos hijo de puta. Su madre le dijo si quería algo de recuerdo y Hemingway le pidió el revólver con el que se mató. Si alguien le hacía un favor, tenía los días contados en su círculo social. No quería estar en números rojos en el banco de nadie. Era duro, era atractivo, era desconfiado. Era el puto macho ancestral hecho de puros huevos y sangre y priva y tías y bichos muertos. Una vez escribió que la guerra concentra el máximo de material y acelera la acción y aporta todo aquello que normalmente se tarda toda una vida en reunir. Probablemente intuyó detrás de su pecho hirsuto y de su lomo plateado y de su picha grande y gorda una fragilidad catártica y una vulnerabilidad que no se la dijo a nadie para preservar su lugar en lo alto de las montañas Virunga. Su madre le vestía de niña cuando era pequeño. Nunca se lo perdonó a la maldita puta.

El rey león tuvo estirpe de tres machos. Uno con su primera parienta Hadley y los otros dos con la segunda, Pauline Pfeiffer. Ernest Hemingway chuleó un poquito a Pauline Pfeiffer y se fue a cazar leones melenudos con la pasta del tío de ella. A la vez, censuró a Archibal MacLeish por buscarse un empleo en una revista porque no podía mantener a su familia con la poesía y dijo a quien quisiera oírle que él estaba por encima de esos compromisos mierderos y conservaba la integridad artística. Se miraba las contradicciones en escorzo y se las veía pequeñas.  Se cinceló el personaje como afilaba el lápiz a navajazos. Lo construyó de frases elementales unidas con conjunciones copulativas. Lo construyó a base de glándulas de Cowper, concursos de meadas y polisíndeton. Al chaval pequeño le pusieron de nombre Gregory y le llamaron Gigi y el rey león tuvo a su Simba y se lo presentó a los monicacos. Gigi era una versión pequeñaja de su padre: granítico, rocoso y musculoso como un toro eral. El niño progresó en el atletismo. El niño disparaba de cojones. Con doce años le acertó a un pichón en vuelo y le atravesó con un segundo tiro antes de que cayese al suelo. Escribió un cuento condenadamente bueno y Hemingway pensó que nadie podía escribir tan bien a su edad, pero también pensaba que nadie podía disparar como él lo hacía y, sin embargo, vio sus dos disparos al pichón. Cinco años más tarde descubrió que había copiado el cuento de un escritor irlandés palabra por palabra y que ni siquiera le cambió el título. Hemingway se separó de la madre de Gigi y siguió coleccionando casorios. Gigi empezó a ponerse las medias de mamá. Sus dos hermanos mayores eran unos tíos. Le mangó a la cuarta esposa de su padre ropita de tocador y echaron a la criada. Había que preservar la figura mítica del padre león y su virilidad hereditaria. Hemingway llamó a su hijo enfermo y buitre y Gigi llamó a su padre mierda egocéntrica y borracho y le agoró la muerte en soledad. Hemingway le montó un cristo a Pauline Pfeiffer por teléfono sin ahorrarse la propina. La declaró en quiebra. Pauline Pfeiffer murió poco después. Hemingway acusó a su hijo de haberla matado del disgusto. Años más tarde, Gigi descubrió que su madre padecía un tumor en la médula suprarrenal y concluyó que la bronca de Hemingway le hizo segregar una cantidad excesiva de adrenalina que le provocó un violento cambio de presión arterial que le llevó a la tumba. Escondieron el cadáver debajo de la alfombra. Gigi no volvió a ver a su padre en persona. Cuando a Hemingway le dieron el Premio Nobel, su hijo le escribió felicitándole y Hemingway le devolvió la carta con cinco mil pavos. Construyeron su relación a base de ausencias y de cheques. Hemingway pensaba que su hijo tenía la complexión de un barco de guerra en miniatura y pensaba que tenía una faceta oscura y que había nacido para ser malo. Pensaba que su vileza venía de una enfermedad.

Greg y Gloria
Gigi prefirió que le llamasen Greg cuando creció e intentó ser el hijo del mono grande y cojonudo. Estudió medicina y pasó por el ejército –por la 82ª Aerotransportada-, cazó profesionalmente en Tanganika hasta que le echaron por borracho y se casó cuatro veces. Tuvo siete hijos y pensó que el asidero que le mantenía cuerdo era el travestismo doméstico. Se sometió a tratamientos de electrochoques y destrozaba los muebles. Guardaba sus bragas de encaje en la guantera. Le detuvieron por entrar al retrete de un cine vestido de tía. Dijo que se llamaba Gloria. Tenía una faceta oscura que puede que solo entendiese su padre, el rey de la jungla. Papá se pegó un tiro en el paladar con una escopeta del calibre doce. Estaba solo en la cocina. Apretó el gatillo con el dedo gordo del pie. Se voló todo lo que había al norte de su mandíbula. La índole de papá era complicada como un arroyo con meandros copiosos y no como una sucesión de frases elementales unidas por conjunciones copulativas. En 1995 Greg Hemingway se sometió a una operación de cambio de sexo, no rindió el postoperatorio y tuvo hemorragias. Más tarde se subió a un autobús en Florida vestido de Gloria y le rompió una fila de dientes al conductor a puñetazo limpio. Pegaba duro con su complexión de barco de guerra en miniatura. En octubre de 2001 se paseó en bragas al lado del acuario de Miami, delante de los niños que iban a ver a las rayas de mar. Le enchironaron por escándalo público y murió de un infarto cinco días después en el centro correccional de mujeres de Deade rodeado de putas y de chorizas. Se llevó en la barca sus meandros inexplicables y dejó una historia triste con final de muerte como las que escribía su padre, el rey de la colina.

MARTÍN OLMOS

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Venganza gitana

In Bichos, El cañí on 11 de agosto de 2013 at 22:28

Dos hermanos calés persiguieron durante dos años a un toro de capea para vengar la muerte de un hermano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Nadie va a ponerse delante del toro si no quiere; pero, desde luego, hay muchos que, sin desearlo demasiado, lo hacen para mostrar su arrojo”
ERNEST HEMINGWAY

Hay un toro bravo, viejo y malo que se llama Ratón y le dicen el Asesino, que lleva el cuerno vestido con tres muescas de muerte y los bacantes de agosto se lo disputan a talón de duros para que les corra a los mozos valientes en las fiestas del santo, en las capeas de pitarra y calor, en las tardes de hazaña. Es toro berrendo en negro, con manchas de bragao y lucero, hijo del semental Caracol y de la vaca Fusilera, de la ganadería de Gregorio de Jesús, lleva tres hembras de luto que despidieron a sus hombres cuando se fueron al festejo y se los devolvieron fríos. Dicen que ahora renquea porque le pesa la biografía, que hace tiempo que pasó de cuatreño, pero sabe más por viejo que por toro y derrota con escuela y hurga el ojal, hincando. Dicen que va a por el tardón, a por el torpe y a por el tomao, embiste sin mérito el toro Ratón.  El toro Ratón sale a quince mil machacantes el domingo, de los de la era de los cinturones de torniquete, y llena el coso con desahogo porque promete  tragedia. Poco ha cambiado el paisano, que sigue pidiendo pan y sigue pidiendo circo, lo decía Juvenal, y poco ha cambiado el patricio, que por no poder dar pan ofrece circo para tener al paisano conforme. El pueblo no siempre tiene la razón por ser pueblo como el borracho no siempre dice la verdad. El pueblo unas veces acierta y otras no, y hay trompas que mienten mejor que cuando ayunan. El pueblo pide tragedia, sobre todo si es la del otro, y se sienta a verla en el zaguán.

El espectáculo de la muerte
Esto lo sabían los príncipes romanos y les daban a sus súbditos luchas a muerte entre gladiadores con las que cultivaban el populismo en el que fundamentaban sus regímenes autoritarios. No se podía vestir la toga en el senado si antes no se pagaba al pueblo su peaje de sangre en el Coliseo, en cuyos arcos ponían las furcias su negocio. Cuando el emperador Honorio prohibió los juegos de muerte le quedó al popular el espectáculo de los escarmientos públicos y echaba la tarde acudiendo a los ahorcamientos para ver cómo la diñaba el reo, y llevaba a los mocosos al circo gratuito de la barbarie con reglas, tempranito para coger sitio y con la merienda en una cesta. Dulces de melcocha y agua del botijo. Cuando colgaron a los asesinos Holloway y Haggerty en la prisión de Newgate en 1807 se congregaron 50.000 mirones que cuando desalojaron formaron tumulto en el que murieron cien personas pisoteadas y cuando le dieron el garrote a Higinia Balaguer, la carnicera de Fuencarral, se contaron 20.000 espectadores en el patio de la cárcel Modelo de Madrid.

Las ejecuciones públicas se prohibieron entrado el siglo veinte y desde entonces se hicieron en el coso privado de la familia, el fiscal y el cura y se dejó al pueblo sin su recreo. Sin embargo, la morgue de París estuvo abierta al público hasta 1907 y los ciudadanos iban a pasar  la tarde mirando los niños muertos que se exponían vestiditos y sentados en una sillita, como si estuvieran dormidos. La tribu sigue exigiendo hoy sus pastorales dramáticas que son toros corridos o cuchilladas folclóricas entre esposas de toreros libradas en la arena global de la tele, y el maestro del guiñol las concede, haciendo la demagogia, amparándose en que si hay demanda hay que entrenar gladiadores. El pueblo no tiene la razón por ser pueblo y a veces prefiere a Barrabás que a Cristo y pide café gratis, colgar al patrón y mear en la vía pública. Pide toros licenciados en vez de vacas mansas pasando por alto que cuando uno se apuesta algo, sea la vida o una ronda de vermú con aceitunas, si pierde le toca pasar por caja.

Leones, toros y gitanos
Toros célebres ha habido como el toro Caramelo, de la ganadería de Manuel Suárez Jiménez,  de Coria del Río, en Sevilla. Caramelo era rojo colorao, de cinco hierbas y cuerna alta y descendiente de un semental que se llamaba “Mal Alma”. A Caramelo le metieron el 15 de agosto de 1849 en una jaula para que pelease a muerte contra un león africano que se llamaba Julio. Fue en el hipódromo de Madrid y asistió al espectáculo la reina Isabel II. Antes se celebró una lucha de seis perros contra una hiena y ganó la hiena, que rió. A la primera embestida Caramelo destripó a Julio, el león, y después no quiso salir de la jaula y lo tuvo que sacar el torero madrileño Ángel López, el Regatero, engañándole con la capa. A Caramelo le lidiaron al mes siguiente y tomó doce varas, mató a tres caballos y el público pidió su indulto y lo mandaron al corral. Fue el mismo maestro “Cuchares” el que le curó las mancas con una cataplasma de aceite hirviendo. Volvió a aparecer Caramelo en noviembre, para que lo toreara Julián Casas, el Salamanquino, y salió de toriles adornado con una guirnalda de flores, le lancearon los pases y volvió a ser indultado. Al toro Caramelo, el vencedor de leones africanos, lo mataron por fin en las ferias de agosto de Bilbao de 1850, en la antigua plaza de Abando, lo estoqueó el Regatero, el mismo que le sacó de la jaula de las fieras, y lo remató a rejonazos el alguacilillo.

Toros viejos de capea de pueblo, avisados de cien tientas, mirada de través y derrote doctorado los ha habido siempre. En el final del segundo capítulo del ensayo taurino “Muerte en la tarde”, Ernest Hemingway dio la noticia de uno valenciano (paisano de Ratón, que es de Sueca), que en los años veinte mató a dieciséis hombres e hirió gravemente a más de sesenta en un periodo de cinco años. Hemingway no retuvo su nombre pero recogió su final siniestro. A fuerza de ser corrido, el toro aprendió latín de seguido y a multiplicar con llevadas y le requerían en las ferias para tasar la raza brava de los mozos y, mientras tanto, el dueño engordaba la petaca. En una ocasión mató a cornadas a un gitano de catorce años y sus hermanos se hicieron una cruz con los dedos, la besaron, y prometieron venganza. Los dos hermanos calés le siguieron durante dos años buscando la ocasión de matarlo en la jaula pero el amo le tenía vigilado porque era un manantial de duros y no lo descuidaba en el prado, con el resto de las reses. El toro al fin se hizo viejo y el dueño lo entregó al matarife, para que le hicieran chuletas. Ya no servía para correr y le pesaba la testuz pero seguía teniendo pendiente la cuenta con los gitanos. Los dos hermanos fueron al matadero y  pidieron permiso para ser ellos los que le matasen. El matarife consintió, qué más le daba a él, y los hermanos le sacaron los dos ojos con una aguja de tejer y le escupieron en las cuencas vacías. Después le clavaron un cuchillo entre las vértebras del cuello, rompiéndole la espina dorsal, y cuando lo vieron muerto lo castraron. El matarife les regaló los testículos y los hermanos los asaron sobre una hoguera en una vuelta del camino y se los comieron. Habrá que suponer que el alma del gitano niño encontró la paz.

En 1567, el Papa Pío V promulgó la bula “De Salute gregis Dominici” en la que negó la cristiana sepultura a los que encontrasen la muerte en los juegos taurinos, “estos sangrientos espectáculos más dignos de los demonios que de los hombres”.

MARTÍN OLMOS

Muerte al alba

In Con buena letra, Fuera de carta on 9 de febrero de 2013 at 12:57

Hace cincuenta años que Ernest Hemingway atajó su dolor por el camino más corto.

ILUSTRACION de MARTIN OLMOS

“Pocos americanos han producido mayor impacto de emociones y actividades sobre el pueblo americano, que Ernest Hemingway”
JOHN F. KENNEDY

“Hemingway es mi escritor favorito”
FIDEL CASTRO

“¿Suicidio? ¿Y quién no dice que quisieron eliminarle?”
GREGORIO FUENTES. Antiguo patrón del barco de pesca de Hemingway.

El doctor Clarence Edmonds Hemingway tenía una consulta en un barrio de posibles a las afueras de Chicago, “en donde acaban las tabernas y empiezan las iglesias”, y tenía dos acres de tierra en la orilla del lago Walloon, que le decían el Lago de los Osos,  en los bosques de Michigan, cerca de un campamento de indios chipewa. El doctor Clarence Edmonds Hemingway enseñó a su hijo Ernest a encontrar el norte observando de qué lado del árbol crecía el musgo y le enseñó el nombre en latín de todas las aves de la selva. También le enseñó a no pescar más de lo que podía comer y a disparar a los pajaritos con una escopeta del calibre doce. A Ernest le gustaba acompañar a su padre al campamento chipewa porque a todos los niños les gustan los indios y los piratas.

La señora del doctor Hemingway, de soltera Grace Ernestine Hall, había querido ser cantante de ópera y llegó a debutar en el HEMINGWAY-ESCOPETA 1Madison Square Garden de Nueva York, pero las luces del proscenio le dañaban las pupilas. Tenía voz de contralto y siempre pensó que se perdió un mundo más ancho al casarse con el médico montañero. La señora Hemingway, de soltera Grace Ernestine Hall, quería que su hijo Ernest tocase el violoncello y le ponía vestiditos rosas de chiquilla. Decía que cuando el niño vino al mundo, los petirrojos cantaron sus canciones más dulces para darle la bienvenida.

El doctor Clarence Edmonds Hemingway era capaz de seguir el rastro de un gato montés a través de las pistas del bosque. Grace Ernestine Hall llevaba los pantalones en casa.

Ernest creció y se fue convirtiendo en Hemingway, no aprendió a tocar el violoncello, pescó más de lo que podía comer y renunció a la universidad para irse a la guerra, a conducir ambulancias al frente del Piave. Cuando volvió a Chicago tenía una recomendación para la medalla italiana al valor y metralla en las dos piernas. Su madre, Grace Ernestine Hall, se cansó de verle fardar con el uniforme de “sotto tenente” de la Cruz Roja, de beber vino y de no buscarse un empleo decente y le echó de casa. El doctor Clarence Edmonds Hemingway no dijo nada.

En 1923, en París, cuando Ernest ya era definitivamente Hemingway, se publicó su primer libro, “Tres cuentos y diez poemas”. Se editó una tirada de trescientos ejemplares. Media docena de ellos se los envió a su padre. Esperó su bendición. El doctor Clarence Edmonds Hemingway se los devolvió con una carta en la que le decía que un caballero solo habla de enfermedades venéreas en la consulta de su médico.

En el nombre del padre.
En 1928 el doctor Clarence Edmonds Hemingway estaba enfermo. Tenía diabetes y una angina de pecho. Había invertido en tierras en Florida, esperando que se revalorizasen con la explosión demográfica, pero los precios habían bajado y ahora no valían un chavo. El seis de diciembre pasó consulta por la mañana y por la tarde quemó sus papeles personales en un horno, se encerró en su dormitorio y se pegó un tiro detrás de la oreja.

Ernest Hemingway se enteró de la noticia cuando iba de camino desde Nueva York a Key West, en Florida. Para variar, estaba sin blanca. Le sableó cien dólares a Scott Fitzgerald, que por aquel entonces aún era su amigo, y compró un billete para Chicago. El HEMINGWAY-ESCOPETA 4doctor Clarence Edmonds Hemingway había sido diácono de la Primera Iglesia Congregacional de Oak Park y su suicidio le había deshonrado. Tenía un seguro de vida que proporcionó a los herederos 25.000 dólares de los cuales se fueron 15.000 en el levantamiento de la hipoteca de la casa familiar, 600 en impuestos y lo que quedaba en deudas. Hemingway le dijo a su hermano pequeño Leicester que no quería lloros en el funeral, le dijo que los demás eran un hatajo de paganos que deberían avergonzarse de sí mismos y que rezase para que el alma de su padre saliese del purgatorio. Luego se llevó de recuerdo el revólver con el que se disparó, un Smith y Wesson del calibre 32 que había pertenecido a su abuelo, y regresó a los Cayos de Florida, a pescar peces que no se podía comer.

Doce años después escribió: “Nunca olvidaré lo miserable que me pareció la primera vez que me di cuenta de que mi padre era un cobarde.”

…y del hijo.
En 1961 Ernest Hemingway iba a cumplir 62 años, cinco más de los que tenía su padre cuando tomó el atajo. Durante su vida había coleccionado esposas, guerras y cabezas de bichos colgadas en la pared. Aún ceñía el cinturón de campeón de las letras americanas y porque pensaba que todos los tiempos eran los viejos tiempos quería seguir viviendo como una mezcla de estrella de Hollywood, cazador blanco de leones barbudos y general de brigada. Y sin embargo, como al final de todas las buenas cenas, le llegó la dolorosa. Hemingway padecía diabetes, hipertensión y tenía los niveles de colesterol por las nubes, tenía el hígado disuelto en whisky y los riñones cumplían unas veces sí y otras no tanto. Es probable que también sufriese una hemocromatosis, un trastorno metabólico congénito que provoca una acumulación de hierro que afecta al corazón de forma irreversible.

Su último verano español había sido un desastre. En el restaurante Mayte de Madrid armó una pelea porque decía que los comensales de la mesa de al lado eran agentes del F.B.I. que le espiaban y en la finca malagueña de “La Cónsula”, donde pasó unos días con Antonio Ordoñez, hablaba solo y quiso atizar a un invitado porque le tocó la nuca. En “La Cónsula” trabajaba de doncella una niña de dieciséis años que se llamaba María Isabel Carabante, que era de Coín, y a la que aquel hombrón barbudo se le parecía a Cristo. Hemingway dejó escrito que España no era tierra para morir, sino para vivir intensamente, y como los elefantes heridos regresó a su pago a cumplir con la que él llamaba la Puta, la Eterna Puta y, a veces,  la Señora.

Su último hogar estuvo en Ketchum, Idaho, a la sombra del Monte Baldy, al lado de la Reserva Forestal del río Wood en donde en verano pastaban las ovejas que cuidaban los pastores vascos de los Pirineos. Hemingway veía federales en cada esquina y tenía miedo de ir al trullo por evasión de impuestos. No había declarado 4.000 dólares que ganó apostando en el boxeo y pedía constantemente extractos bancarios. El hombre sin miedo a los obuses de las guerras de los demás tenía miedo a la cartera seca. El Gran Cazador Blanco ya no podía encarar el rifle. El amante no conseguía izar la bandera. El escritor dejó de encontrar la frase verdadera. Empezó a verle el lado bueno al lado malo de la escopeta. Su cuarta mujer, Mary Welsh, logró internarlo en la Clínica Mayo, en donde le aplicaron electrochoques dos veces por semana y le administraron reserpina, un medicamento para la hipertensión entre cuyos efectos secundarios estaba la depresión.

La noche del 1 de julio de 1961 Hemingway le dijo a su mujer que le iba a hacer un regalo. Le cantó una canción italiana que había aprendido en Cortina. La canción decía: “Tutti mi chiamano bionda, ma bionda io non soro: porto i capelli neri”. Al alba del día siguiente se levantó sin hacer ruido. Se puso una bata roja. Solía decir que había visto todos los amaneceres de su vida. Vio aquel. Cogió una escopeta Boss de dos cañones que usaba para el pichón y se disparó en la cabeza. Su mujer dijo que sonó como cuando un cajón se cierra de golpe.

Amén.
Se celebró el funeral católico el 6 de julio de 1961. El padre Robert J. Waldmann leyó en latín y en inglés los versículos tres, cuatro y cinco del Eclesiastés: “¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo de la capa del sol? Pasa una generación, y le sucede otra; más la tierra permanece. Nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar; y de allí nace.” Uno de los monaguillos se desmayó por el calor y se cayó sobre una cruz de flores blancas. Se rezaron tres Avemarías y tres Padrenuestros. Mary Welsh dijo a la prensa que su marido se había disparado por accidente  al limpiar el arma pero nadie se lo creyó. En 1966, en una entrevista con Oriana Fallaci, seguía manteniendo esa versión.

El 11 de julio Antonio Ordoñez sufragó una misa por su alma en la capilla de San Fermín, en la Iglesia de San Lorenzo, a la que asistió Orson Welles, Deborah Kerr y el alcalde de Pamplona, don Miguel Javier Urmeneta. Se mezcló el luto negro con el pañuelo rojo. A Ketchum llegaron necrológicas de la Casa Blanca, del Kremlin y del Vaticano. María Isabel Carabante, la doncella de “La Cónsula”, lloró cuando se enteró de su muerte. Hace unos años vivía en Algete y tenía una foto de Hemingway en el salón. Nunca leyó un libro suyo, pero una vez vio una película sobre un viejo que pescaba solo en un mar de tiburones. García Márquez estaba en México cuando se enteró y escribió una crónica en la que decía que la noticia había conmovido “a sus mozos de café, a sus guías de cazadores, a sus aprendices de torero, a sus chóferes de taxi, a unos cuantos boxeadores venidos a menos y a algún pistolero retirado”. A Norman Mailer la muerte de Hemingway “le esposó con el horror” y aseguró que muchos chupatintas se sintieron secretamente alegres porque Hemingway era el muro del fortín y después de él se creyeron más fuertes. Borges, en cambio, dijo que se suicidó cuando descubrió que era un mal escritor.

En invierno la tumba de Hemingway se cubre de nieve blanca y el periodista Hunter S. Thompson observó que en verano los turistas se llevaban la tierra a puñados. Hemingway escribió que cuando nacemos le debemos una muerte a Dios. Escribió que todas las historias verdaderas acaban con la muerte. Hemingway escribió: “Y ahora él duerme con esa vieja ramera, la Muerte…¿Aceptas a esta vieja ramera Muerte como la mujer legítima?”.

EL HIJO RARO DEL MACHO ALFA.

GREGORY HEMINGWAY
En las verdes colinas de África Ernest Hemingway abatió al león melenudo y en la Corriente del Golfo pescó al tiburón. Ernest Hemingway se paseó por tres guerras como si lo hiciese por la salita de estar de la casa de su abuela y tenía pelo en el pecho. A su hijo pequeño Gregory le llamaba Gigi, lo que no es un buen comienzo para alguien que tenía el decreto de observar la masculinidad. Cuando tenía diez años Gigi le acertó a un pichón en vuelo con una escopeta más grande que él. Fue un tiro de primera. Con doce escribió un relato impecable. Su padre descubrió más tarde que lo había copiado al pie de la letra de un cuento de Turgenev y el tiro ya no le pareció tan bueno. Hemingway dijo que el chico había nacido para ser malo.  Gigi creció y se hizo anestesista, se casó cuatro veces, tuvo siete hijos y corrió maratones. Se atizó el hígado. No conservó ningún empleo. Le gustaba ponerse medias de seda y camisones de satén de color salmón. Después de su último divorcio se hizo una operación de cambio de sexo. Gregory dejó de ser Gigi y fue Gloria. Perdió los estribos. Gloria era mala. Le arrestaban frecuentemente por escándalo público. Una vez le partió la cara a un conductor de autobuses. En octubre de 2001 tenía 69 años y le detuvieron por pasearse en cueros por el bulevar de Crandon, en Cayo Vizcaíno, en Miami. Murió cinco días después, en el Centro de Detención para Mujeres de Miami-Dade, de un ataque al corazón.

MARTÍN OLMOS

(PUBLICADO EN EL CORREO EL 25 DE JUNIO DE 2011)

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