MARTÍN OLMOS MEDINA

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Velada en el jardín: John Huston contra Errol Flynn

In Esto es Hollywood on 4 de octubre de 2014 at 19:05

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Hollywood le ha puesto ballet a las peleas de cartón, pero de las de verdad solo se sabe como empiezan

“Los chicos no lloran, tienen que pelear”
MIGUEL BOSÉ

Los tíos machos se quedan en las verbenas clavados al pesebre para que no les bauticen el bebercio y no se arrancan al bailable ni en el nombre del Dios Padre. Los tíos machos piensan, quizá con razón, que bailar es de zíngaros, de chicas y de mulatos del Copacabana. Los tíos machos guapean quietos, como recibiendo al toro, solidificados en una quietud sin fisuras ni adornitos y, como mucho, puntean el compás marcándolo con las uñas de los calcos de aligator que se han puesto para presumir. A los tíos machos les gustaría, en el fondo, arrancarse por tangos como el Cachafaz y llevarse de calle a Ginger Rogers como hacía Fred Astaire con sus pasos de claqué, a pesar de que era canijo y medio calvo, pero no se atreven a mostrarse para que no les digan maricas los amigachos. Los tíos machos, machos de la machería, cuando quieren mover el esqueleto en la verbena se engarzan a hostias de puñetazo limpio con los otros machos de la machería y se vuelven a casa a la hora del último agarrao, con un ojo en el bolsillo y la sonrisa con intermedio, pero con su estólida machez intacta. Norman Mailer escribió que los tipos duros no bailan y los machos han concluido que bailar es de derviches y de travoltas; que haciendo una excepción, se le puede disculpar a un maño una jota si son las fiestas del Pilar pero en general, bailar es una cosa de chicas, como tardar en el tocador y el color rosa. De hombres es el brandy Soberano, aguantarse la meada sin levantarse de la mesa y pelearse a hostia pura en las verbenas.

Lo de pelearse es un atavismo macho derivado de la berrea del ciervo rojo, que a finales de septiembre se mide a cornadas con los demás ciervos rojos para procurarse un harén. A esto de pelearse le ha puesto mucho folclore Hollywood con “El hombre tranquilo”, en donde John Wayne se partía la crisma abnegadamente con su cuñado y después se lo llevaba de cañas y a cenar y cantaban canciones por el camino. El cuñado era Víctor McLaglen, que estuvo de Guardia Real en el Castillo de Windsor y fue campeón de boxeo del Ejército Británico en 1918. McLaglen peleó seis asaltos con el negro Jack Johnson y trabajó en un circo de pueblo desafiando a puñetazos a los paletos por veinte pavos. John Wayne, por su parte, tumbó de un puñetazo a un guardaespaldas de Frank Sinatra. El cine de Hollywood lo gestionaban los judíos, pero lo hicieron muchos medio irlandeses chungos y por eso sacaban en las películas muchas peleas. Los irlandeses propenden, por naturaleza, a beber, a mentir, a cantar canciones que hablan de la emigración y a pelearse a puñetazos. En el condado de Kerry, en el sudoeste de Irlanda, eran tradicionales las peleas montoneras entre familias que se atizaban con palos hasta descalabrarse. En junio de 1834, dos mil hombres del clan de los Cooleens se enfrentaron con otros dos mil de la familia Mulvihills-Lawlors en la feria de Ballyeigh, en la frontera de los condados de Kerry y Tipperary, y la pelea acabó con más de veinte muertos. La feria de Ballyeigh siempre acabó en tángana hasta 1856, cuando la trasladaron a Listowel para poner distancia entre los Mulvihills-Lawlors y los Cooleens.

Los irlandeses de Hollywood le pusieron folclore a las peleas haciéndolas de ballet y de sillas con la consistencia de una barra de pan que no tenían nada que ver con las de verdad, que son más cortas y sin coreografía, sudorientas de babas y mocos colgando. Con camisas rotas y bajas laborales. Cuando en Hollywood los machos no eran evanescentes también se zurraban sin guión y una de las peleas más célebres la libraron Errol Flynn y John Huston, que eran irlandeses en estado de ánimo. Huston había boxeado en su juventud ganando veintitrés de los veinticinco combates profesionales que disputó en la categoría del peso ligero y ostentaba el vestigio de la nariz bidimensional. Errol Flynn también boxeó en el amateur y decían que a los veinte años mató a un hombre en Nueva Guinea y a los veintiuno tuvo gonorrea. Ambos hombres compartían la costumbre de entromparse en las fiestas porque eran tipos duros que no bailaban y en una que dio el productor David O. Selznick en su casa en 1943 discreparon sobre la reputación de una dama y salieron a dirimir al jardín, se quitaron las chaquetas y se calentaron durante casi una hora. Flynn le aventajaba a Huston por doce kilos y le derribó tres  veces seguidas a derechazos. La primera vez, Huston rodó sobre su cuerpo esperando las patadas, pero Flynn, caballerosamente, se retiró y esperó a que se levantase. Huston cayó sobre los codos en las tres ocasiones, sobre un piso de gravilla, y se le astilló el derecho. Flynn le rompió la nariz y le abrió una ceja, pero Huston se aprendió la secuencia invariable de sus combinaciones de directo y gancho y le bloqueó las acometidas respondiéndolas con golpes al cuerpo y le rompió dos costillas. Flynn, entonces, se enganchó en presas para recuperar la respiración tomando la ventaja de los doce kilos y de una mayor fuerza física. Andaban en tablas cuando les separaron los que salieron de la fiesta y acabaron los dos en el hospital. Se telefonearon al día siguiente preocupándose por sus respectivas saludes y echaron bromas de la machería sobre acabar la contienda en otra ocasión llegando a acariciar la idea de repetir el combate con fines benéficos. Concluyeron que fue pelea limpia y no tuvieron nada que reprocharse y, sin embargo, no se volvieron a ver hasta quince años después, cuando Huston dirigió a Flynn en “Las raíces del cielo” en África. Flynn era una sombra de lo que fue y ya no estaba para peleas y se pasó las noches en vela bebiendo vodka y cabalgando putas que le procuraba un médico militar francés, veterano de Dien Bien Phu,  que antes las trataba con bismuto para que no le pegasen la gonorrea.

Las peleas de Hollywood son de ballet y de sillas con la consistencia de una barra de pan y no se parecen a las de verdad, que son más cortas y sin coreografía, sudorientas de babas y mocos colgando. Las peleas de los mazorrales de las verbenas empiezan en berrea de ciervo rojo pero pueden acabar en árnica y dispensario y pueden desembocar en navaja y en luto generalmente por nada. El hombre, aunque macho, es un bicho más bien frágil y la naturaleza es cruelmente indiferente: un absceso en el dedo del pie puede derivar en osteomielitis y provocar la muerte. Iniciar gresca es como cabalgar sobre el tigre de Lao-Tsé, que no se puede desmontar cuando se quiere. Luego resulta que las sillas no tienen la consistencia de una barra de pan y luego vienen los disgustos, oh Señor. Pasó casi ayer, en las fiestas de San Fermín, que un yanqui en la corte del rey Ernesto le zumbó un puñetazo a un paisano que iba trompa y se confundió de novia y lo dejó en coma porque se dio en la cabeza contra el suelo cuando se desmoronó. Cuando el hombre comprende que es rompible se le atenúa el macho y casi baila en las verbenas, se convierte en el varón declinante que decía Umbral, que pasa de ser muy macho a ser muy dama de las camelias y deja las peleas para los chavales, que tienen más correa y menos conocimiento, los pobres, y para los del parlamento de Corea, que son dados a hostiarse en barullo y al montón como si fueran irlandeses de County Kerry.

MARTÍN OLMOS

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Easy Rider en Saigón

In Esto es Hollywood, Los chicos de la prensa on 12 de octubre de 2012 at 11:18

Errol Flynn se hacía un lío en las guerras de verdad y su hijo Sean se fue de reportero a Vietnam y desapareció en Camboya

“Sean me hablaba con pasión de las motos, como quien habla de los pura sangre”
MANUEL LEGUINECHE.

Errol Flynn animaba las fiestas tocando el piano con el chisme, ¿con qué?, con el chisme, que lo tenía como el bauprés de un galeón. Errol Flynn brindaba de gorra (Hemingway decía de él que tenía los bolsillos cosidos) y de vez en cuando se sentaba delante de un juez porque se le olvidaba preguntarles la edad a sus novias de ocasión: todas le parecían votantes, así que más que estuprador era demócrata. No le gustaba trabajar ni las mujeres casadas, que decía que traían a la larga más problemas que las que no tenían perro que les lamiese, era un pugilista decente en los reñideros de tasca y un notable esgrimista de florete en el tapiz y de sable en los momentos de precariedad. Errol Flynn practicaba el lujo de hombrear macho aunque llevase puestos los leotardos verdes de Robin Hood y a ver quién diablos puede sostener así el cartel. John Huston dijo de él que en su comportamiento diario era “pendenciero, bebedor, alborotador y putero” y cuando al Secretario de Defensa británico sir Malcom Rifkind no le cuadraban las cuentas decía: “Siempre que pienso en los problemas presupuestarios, imagino las dificultades de Errol Flynn para cubrir sus hábitos inconfesables con sus ingresos netos”. Dichos hábitos eran el vodka y la morfina, las muchachas pecuniarias y las que no pasaban factura pero tenían afición.

El diablo de Tasmania
Flynn nació en Tasmania en 1909 y decía que bajaba del linaje de Fletcher Christian, el amotinado de la Bounty, ganó la Copa Davis Junior en 1926 y en su juventud se ocupó en los oficios de los caballeros y fue buscador de tesoros, guía por el territorio de los cazadores de cabezas de Nueva Guinea y capador de corderos. Le descubrió para el cine el director de reparto John Warwick y después de hacer películas en Australia se convirtió en estrella de Hollywood interpretando al Capitán Blood.

Se nacionalizó norteamericano en 1942 y estalló la guerra, el ejército le llamó a filas y hubiese hecho un soldado gallardo pero cuando le mondaron la peladura de espadachín enseñó la ruina física y resultó que tenía un soplo en el corazón, tuberculosis crónica, malaria, tres o cuatro enfermedades venéreas y la espalda hecha una calamidad. Los estudios ocultaron que detrás de los velos Robin Hood escondía la lepra, como el Profeta del Jorasán. Flynn no celebró eludir la trinchera y peleó sus batallas particulares en los bodegones, liándose en tánganas a puñetazos por razones volanderas. Era contendiente por naturaleza, prácticamente un camorrista, y como no pudo batirse de uniforme, con lo bien que le sentaba, propendió a enredarse en aventuras de retaguardia. Apoyó la causa republicana durante la Guerra Civil Española y se fue a Madrid a tomar copas con Hemingway en el Chicote mientras caían las bombas, pero también se mezcló con el doctor Hermann Erbin, un fotógrafo austriaco a sueldo del Tercer Reich. Erbin abonaba los bebercios y a Flynn no le caían bien los judíos, y aunque no hacía de eso un oficio, acabó rumoreado de espía de los nazis. Más tarde fue el depositario de un millón y medio de dólares recaudados en Hollywood que debían ser entregados al gobierno del Frente Popular y que se perdieron por el camino. Flynn paseó la pasta por Europa, se entrevistó con Martin Bormann, con Rudolph Hess y con el Duque de Windsor, pasó una temporada de gorra en el Hotel Meurice de París, el gobierno leal no recibió ni un céntimo y salieron chismes que contaron que el botín acabó en manos de la Falange de José Antonio y de los republicanos del I.R.A. Probablemente, ni siquiera Flynn se enteró dónde terminó aquel millón de machacantes y su aportación bélica, en cualquiera de los bandos que le quiera reclamar para adornar el elenco, fue más bien ruinosa. Unos cuantos años después se hizo amigo de Fidel Castro y cuando se entrompaba en un cóctel contaba que había recibido un tiro en la pierna combatiendo a Batista.

El hijo del capitán Blood
Donde el capitán Blood cobraba bajas indiscutibles  era en los campos de pluma y, además de la legión de contingencias, ensayó tres matrimonios. Su primera esposa fue la actriz  Lili Damita, que era francesa como la flor de lis y bisexual como los omnívoros. Lili Damita le salió pendón (con ese nombre no le iba a salir monja),  casi le arruinó con el divorcio y se llevó el juego bueno de té. Tuvieron un hijo al que llamaron Sean que salió rubio y guapo, no sirvió para actor, se hizo fotógrafo solvente y se dejó matar por la libertad de prensa. Sean vivió poco y deprisa, pero todavía no se ha encontrado su cadáver para ver si lo dejó bonito. Nació en 1941 y creció con su madre, que le enseñó el parlevú, estudió brevemente en la Universidad Privada de Duke, en Carolina del Norte, y probó suerte en el oficio de su padre. Hizo ocho películas, cada una peor que la anterior. La más conocida fue “El hijo del capitán Blood”, dirigida en 1962 por Tulio Demichelli, las demás fueron spaguetti westerns rodados en Almería, aventuras de espías, una cosa que se tituló “Sandok, el Maciste de la jungla” y “Dos pistolas gemelas”, cinta de Rafael Romero Marchent en la que salía la pareja cómica Pili y Mili. Comprendió que por ese camino iba a terminar por hacer pelis de mamporros con Bud Spencer y se fue a Kenia, en donde se dedicó a organizar safaris de caza mayor que no le hicieron rico.

Escuchó la llamada de la selva en 1966, era un buen fotógrafo, hablaba francés y consiguió una  acreditación de la revista Paris-Match para cubrir la guerra de Vietnam. Sean Flynn no fue un turista macabro ni un testigo complaciente sino un reportero solvente cuya foto más conocida muestra a un grupo de las Fuerzas Especiales Americanas torturando a un vietkong al que tienen colgado de un árbol por los pies. Durante el primer año recibió un tiro en la pierna y se lanzó en paracaídas con la 101 División Aerotransportada. Al año siguiente cubrió la guerra de los Seis Días y volvió a Vietnam en 1968 para asistir a la Ofensiva de Tet. Flynn a veces iba hasta arriba de porros, escuchaba una cinta de Jimmy Hendrix a todo pulmón y cabalgaba la selva a lomos de una moto Honda con las cámaras japonesas colgadas del cuello y un sombrero flexible de camuflaje: era una mezcla de Robert Capa y Dennis Hopper en “Easy Rider”. Manuel Leguineche le conoció en Saigón y descubrió que le gustaban los astrólogos. Una tarde, en el bar A Chau, en la antigua calle de España, un adivinador le leyó la mano. Sean le pagó cien dólares. Cobraban cincuenta piastras a los locales. El mago le dijo: “Esta guerra no le traerá nada bueno, haga lo posible por escapar de ella”. Sean le dijo que sin la guerra y sin la vibración no sería capaz de vivir. En abril de 1970, Sean y Dana Stone, periodista de la CBS, fueron capturados por un control de la guerrilla comunista en la Ruta Uno y quince meses después les ejecutaron en un manglar cerca de Kampong Cham, en la frontera de Camboya. Años después, un antiguo pastor de búfalos aseguró haber visto como los Jemeres Rojos  asesinaron a Flynn, después de obligarle a cavar su propia tumba,  rompiéndole la crisma a pedradas porque las pistolas les fallaron de puro viejas.

Errol Flynn murió en 1959, dejando el envoltorio de un Don Juan maduro y los adentros de un tatarabuelo que se iba mucho de zambra. Sus compinches de Hollywood le metieron en el ataúd media docena de botellas de whisky para el camino. Lili Damita gastó un millón de lágrimas y una fortuna financiando expediciones para buscar el cadáver de su hijo pero, por el momento, Sean Flynn sigue sin enterrar, al menos decentemente.

MARTÍN OLMOS

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