MARTÍN OLMOS MEDINA

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Obituario del maestro Suárez

In Los chicos de la prensa on 13 de enero de 2015 at 19:19

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Murió el fundador de El Caso de rondón, como cuando se colaba en los cabaréts.

“Suárez fue el periodista más expedientado y sancionado del país”
JUAN S. RADA.

Eugenio Suárez se murió, por joder, la víspera de un día sin periódicos para no hacer un titular necrófilo, porque ya se sabe que la prensa no contempla el anteayer. Se conoce que quiso tener una jornada de ventaja para gestionarse de exclusiva, porque ya se sabe, también, que los periodistas comparten el pan como hermanos, pero las noticias como gitanos. Ay, que ya no se puede decir gitanos como no se puede regalar una caja de puros a un asesino confeso para agradecerle la contribución a multiplicar la tirada. Eugenio Suárez se murió de noventa y cinco años, jodón como vivió, el día de nochevieja del año pasado para que le sacasen obituarios atenuados por la resaca y ser una noticia de anteayer. Eugenio Suárez intuyó un periodismo hecho de viáticos a los porteros de finca y noches de comisaría, de rifas de cocodrilos y tiros en la redacción, y llegó a la conclusión de que jamás había que fiarse de un policía abstemio. Premonitoriamente, de chaval fue putero de bayú, que es como decían en la época a la reunión indecente, y frecuentó el Kussaal de la calle Magdalena, la Cigale Parisienne y el Edén Concert, en donde vio a una señora coger un duro con el parrús. Entraba de medio rondón con los pantalones largos que le prestaba un primo suyo y que se los tenía que cinchar desde el sobaco y a la Cigale le llevó una tarde a Tierno Galván, que ya entonces le pareció viejo. Los jóvenes, en cambio, se afiliaban a la Falange por la fascinación icónica de José Antonio y a Eugenio Suárez le detuvieron por alborotar de camisa azul cuando aún no había rendido el bachillerato y le encerraron en la Cárcel Modelo. Le metieron con los comunes y se aprendió el himno del trullo, que decía el menú del rancho: “Arroz, judías y patatas,/ unos trocitos de sebo/ con la carne de un ratón,/ servido en una negra lata/ con más mierda que el retrete/ que hay en nuestra habitación”.

Eugenio Suárez empezó a fumar a los nueve años pitillos de anís que compraba en el Retiro y luego se pasó al rubio americano, a los perfumados ingleses y a los Abdullah turcos. Su padre consideró que la edad tolerada para fumar era la de la rendición del bachillerato y cuando lo obtuvo a los quince años le regaló una pitillera de alpaca. Cuando salió de la cárcel se fue a Berlín de corresponsal de prensa arropado por la Falange y cuando estalló la guerra española le pusieron a vigilar la embajada con una pistola F N del 7´65 con la que le pegó un tiro en la pierna a un tío que pretendió subir las escaleras que él custodiaba. Regresó a España y se alistó con los rebeldes en la 2ª Bandera de Castilla y en las trincheras de la carretera de Extremadura, a la salida de Madrid, los combatientes de ambos bandos confraternizaban de puro aburrimiento y pactaron una tregua para que José María de Vega, amigo íntimo de Suárez, accediese al convento que servía de refugio a los milicianos para interpretar al piano canciones de Quintero, León y Quiroga. El piano estaba lleno de agujeros de bala y José María de Vega solo había estudiado dos años escasos de solfeo, con lo que Suárez comprendió que la guerra estaba provocada, realmente, por “la acerba crítica que expresaban los oyentes adversarios”. Una vez vio como el cadáver de un portugués expulsaba los algodones que taponaban sus fosas nasales por los gases provocados por la descomposición con un ruido que pareció un cañonazo.

El Caso
Cuando acabó la guerra se casó y tuvo una hija, y en 1940 consiguió un empleo precario (con sueldo de 500 pesetas) de censor del turno nocturno en la Dirección General de Prensa, donde su jefe, Antonio Heredero, se pasaba las noches en el café Comercial de la glorieta de Bilbao y le recomendaba que se atuviese a las consignas del “pincho” y que tachara lo que le pareciera oportuno. En el cargo le sucedió Camilo José Cela. Al año siguiente se alistó en el banderín de enganche de la División Azul para ir a combatir a Rusia: con veinte paisanos salió de la Estación del Norte y cambió de tren en Hendaya, en donde fue desinfectado de piojos, y cuando llegaron a Karlsruhe, las chicas de la Juventudes Hitlerianas les recibieron con café pero se confundieron y les cantaron el Himno de Riego. Recibió entrenamiento en el campo de Graffenwöhr, en la Selva Negra, pero le enchufó de asistente un cuñado de Milans del Bosch, más tarde célebre revoltoso. Cuando iba a iniciar la Gran Marcha a la Unión Soviética pescó la hepatitis y le repatriaron sin disparar un solo tiro. A su regreso, arrastró los pies por el Café Gijón y le dio la tabarra a Juan Aparicio, delegado nacional de Prensa, que por quitárselo de encima le envió dos años de corresponsal y agregado cultural a Budapest. A la vuelta cobró su primer artículo en el Diario Vasco y acabó en el diario Madrid de Juan Pujol, que una tarde de 1951 le encargó que cubriese el crimen del Monchito porque no tenía a nadie más a mano. El Monchito era Ramón Oliva Márquez, de veinte años y  tonto de premio, que como tenía preñada a la novia (porque los tontos riegan con solvencia) le pidió un adelanto de 500 pesetas a su jefe y como se las negó, apuñaló treinta estocadas a su mujer, envolvió la ganancia en una funda de almohada y se compró un acordeón. En el garrote preguntó cómo estaba la señora, que imagínense, y rellenó una quiniela la noche antes de que le rompiesen la médula. Eugenio Suárez escribió una crónica larga con cebos para la censura, que milagrosamente la dejó casi intacta, y se hizo compadre del inspector Antonio Viqueira Hinojosa, que le compartió noches ociosas en la comisaría diciéndole de los hampones. Suárez intuyó el género e inauguró una sección en el diario que se llamaba “El caso de…”, cuyo título copió del serial de Perry Mason, en la que contaba crímenes viejos que ya llevaban el final escrito. Después fundó El Caso por su cuenta, sostenido por las 15.000 pesetas que le procuraron los hermanos Zehr, fabricantes del reloj suizo Buren, y la publicidad contratada por Galerías Preciados, Wagon-Lits y la Paella Riscal.

El Caso revolucionó la crónica de sucesos franquista, que era escueta por obligación y basada en mondas notas de prensa de la BIC, y propició la primera publicación que mostraba, saliéndose del cinturón, la realidad de un país que, debajo del vítor sobre el que se alzaba el generalito africano y meapilas, era miserable, violento y analfabeto. Lo leyeron los maulas del taller y los serenos, y lo leyeron Graves, Cela y Goytisolo, y lo leyó el generalito, al que igual le vino bien la divulgación de los navajazos y de los platillos volantes y lo permitió, como escribió Umbral, “porque pensaba que la población, distraída con el crimen de la portera, la gata con alas o el hongo milagroso, se iba a despolitizar, como así fue”.

El Caso dobló su tirada con los asesinatos de Jarabo y Suárez le envío a la prisión una caja de puros habanos María Guerrero a través del pasma que le interrogó, Sebastián Fernández, con una nota de reconocimiento a su infausta contribución al fulminante éxito de ventas. El Lute aprendió a leer con El Caso y le prometió a Suárez sus memorias, pero cuando se ilustró le pidió mucha pasta y prefirió irse de pasante con Tierno Galván. Eugenio Suárez también intuyó el periódico como tómbola y rifó un contador Geiger y un cocodrilo, que al ganador le pareció un premio excesivo y el bicho se quedó de mascota de la redacción, le pusieron de nombre Leopoldo y le metieron en un acuario del que le sacaban al retrete cuando dos funcionarios del zoo venían a limpiarlo. Leopoldo quiso morder una vez a un ministro y Eugenio Suárez ponía orden en la redacción pegando tiros al techo con su pistola de la 2ª Bandera de Castilla. Eugenio Suárez se bandeó con los ilustres y se iba a almorzar con Juan Caño al Zalacaín, pero le decía que pidiese el plato del día. Combatió a Franco desde el Decreto de Unificación que marginó a los falangistas y Jorge Semprún no le dejó afiliarse al Partido Comunista. Al general le dejó de combatir cuando murió porque no quería ser antifranquista a moro muerto.

Eugenio Suárez fundó más semanarios y se terminó arruinando y viviendo de la caridad de Polanco y se murió en nochevieja de noventa y cinco años de pura juventud en los que practicó un periodismo de inmediatez y de propina al sereno a medio camino entre el folletín y la investigación en unos tiempos en los que tu padre, con dos cojones,  te regalaba una petaca de alpaca para que fumases bachiller y se podía decir gitano y mandarle puros al artista.

MARTÍN OLMOS

Página de sucesos

In Con buena letra, Los chicos de la prensa on 24 de febrero de 2013 at 23:42

El crimen se cantó en verso, se vendió en pliego y se convirtió en el acompañante canalla de la crónica de sociedad

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Agosto, con luna llena y luz rojiza es el ambiente más propicio para que los psicópatas disparen”
MARGARITA LANDI

La crónica de sucesos nació para solaz del pueblo llanazo porque la aristocracia ya tenía la caza para entretener sus ocios y no consideraba pasatiempo de buen gusto gastar la tertulia con mujeres estranguladitas. Con las pastas finas y el oporto no marida bien comentar al sacamantecas, otra cosa es en el zaguán, a la fresca, después de la faena, en donde los cuentos sanguinarios de bandoleros y robaniños animan la patata viuda, la servilleta de manga y el porrón de la pitarra. Desde que el Génesis dio la noticia del crimen de Caín, la crónica de sociedad ha guardado un rincón del almanaque a los landrús,  destripadores y al capones para ver si Dios se daba cuenta de lo torcida que le salió la humanidad. Y como hasta las infamias se tienen que decir con gracia, tuvieron que salir juglares que las diesen referencia y que el popular no perdiese ripio de las cuchilladas que se administraban en el vecindario.

El periodismo de sucesos nació en el siglo XVII en métrica romance y cantado por los ciegos, que hoy venden sueños y ayer decían  las pesadillas. Los copleros mendigos describían con lujo de truculencias los crímenes sanguinarios en la plaza, atendidos por un auditorio ágrafo, y a veces les ponían música de zanfonía, que le decían en Zamora la gaita del pobre, y era un violín de manubrio que hacía melodías monótonas. Las posibilidades narrativas del suceso, y los detalles que el recitador se inventaba sobre la marcha, determinaban la extensión del romance, de versos octosílabos de rima asonante los pares y libres los impares, y al final solían  dictar catecismo, una moraleja para adoctrinar virtud al público que, según se mire, era una especie de editorial. “Recuerda pues el refrán,/ Para evitar igual suerte:/ A hierro acaba muriendo/ Quien a hierro da la muerte.” Los rimadores parias ponían la cazuela para que les echasen la voluntad y predicaban a los asesinos, los que contaban mejor recogían mayor cosecha y con el tiempo se agruparon en la Cofradía de Ciegos, a cuyo Hermano Mayor la  Sala de Alcaldes de Casa y Corte enviaba un extracto de los procesos célebres para que los líricos las hiciesen rapsodias bárbaras y sus afiliados las dijeran en la calle. Las canciones más famosas se imprimían en pliegos de una hoja, que doblada dos veces formaba un cuaderno de ocho páginas sin guillotinar, se adornaban con xilografías grabadas a buril sobre una matriz de madera y se vendían por dos chavos en tendederos de cuerda, por lo que se llamaron pliegos de cordel. Uno de los últimos que se distribuyó en España fue con motivo del ajusticiamiento de Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria, en 1881.  Tenía sesenta y un versos y llevaba rimado el precio: “Y aquí se acaba el romance/ Que en pliego escrito va,/ Solo dos céntimos cuesta/ A quien lo quiera llevar.” Como los periódicos actuales, a la mañana siguiente servían para envolver los arenques del almuerzo del tajo.

Los pliegos cordeleros desaparecieron a finales del XIX arrinconados por el abaratamiento de la prensa general, pero las gacetas no perdieron la querencia por la sangre derramada en el callejón. Los editores de periódicos reconocieron que un crimen sañudo, los violentos celos y los dramas de puñal convocaban auditorio si se destacaban con la tipografía  adecuada e ilustraciones al guaché. William T. Stead, director del Pall Mall Gazette, unió el sensacionalismo informativo con la investigación de los hechos al seriar su cruzada contra la prostitución infantil en Londres en 1885. Stead pasó una temporada en la prisión de Holloway  por organizar la compra de una niña de trece años, hija de un deshollinador, para demostrar que el siniestro comercio existía en los tugurios del Támesis y sus artículos promovieron la aprobación de la Ley de Reforma Penal. Stead murió en el Titanic, cuando iba a los Estados Unidos a participar en una conferencia de paz en el Carnegie Hall invitado por el presidente Taft. En 1888 diarios como el “Illustrated Police News” blasonaron las hazañas de Jack el Destripador, asesino de golfas, y seguramente  obligaron a la ley a conceder importancia a unos hechos que eran desgraciadamente prosaicos alrededor de los bebederos de fulanas y valentones de la parte ruin de Londres. El sanguinario Jack, quien quiera que fuese, comprendió la importancia del bramido de la prensa, a la que escribía cartas manchadas de sangre “desde el infierno”, convirtiéndose en el primer asesino mediático.

El crimen de la calle Fuencarral, en 1888,  desató el auge de la crónica negra en el periodismo español y también la discusión sobre si los diarios sobrepasaban la función informativa para tomar parte activa en la instrucción del proceso. Pérez Galdós denunció que los reporteros de El Liberal, que dobló su tirada, construían fantaseada y novelesca la historia del espantoso drama, que acabó con la doméstica Higinia Balaguer en el garrote, pero reconoció que contribuyeron a señalar el camino de la verdad.  También en el París de los campos de pluma, el Petit Journal, con una tirada de un millón de ejemplares, dedicaba en 1913 el doce por ciento de su espacio a noticiar carnicerías y riñas pandilleras  en Montmartre.

Durante la dictadura franquista, la página de sucesos se volvió escueta por obligación,  porque en el nuevo régimen todo ocurría por decreto y, según el Ministerio de Propaganda, “en la Nueva España no cabían las indignidades”. Los periódicos solo publicaban las notas breves de la Dirección General de la Policía hasta que llegó el semanario El Caso, fundado en 1952 por EL CASO PORTADA 4Eugenio Suárez, veterano del diario Madrid. El Caso bailaba con la censura a la luz de la luna y a veces la dejaba plantada en mitad de la canción, tiraba 40.000 ejemplares en los tiempos del Jarabo y del Lute y tenía por norma escribir sobre un solo asesinato español por número. Sus portadas a la acuarela, en tonos negros y rojos, espantaban a los finolis, que lo llamaban “el diario de las porteras” porque se conoce que ellos solo leían a Plutarco. En su plantilla escribieron Enrique Rubio, maño y experto en timos, y Margarita Landi, “la rubia del deportivo”. Landi se llamaba en realidad Encarnación Margarita Isabel Verdugo, nació en Madrid en 1918 y su abuelo escribía crónicas taurinas en verso. Enviudó joven y trabajó en las revistas femeninas “Ventanal” y “La moda de España” hasta que la fichó Eugenio Suárez y la soltó en el callejón  de la canalla. Landi pasó de frecuentar a las marquesas a rozarse el percal con los guirlocheros chungos, los espadistas de gancho,  los pasmas de la BIC y los tricornios del andurrial, y como Don Juan Tenorio, “a los palacios subió y a las cabañas bajó”. A  Landi le llamaban los maderos de la chapa el “Inspector Pedrito”, conducía un Karman-Guía negro descapotable, fumaba en pipa y decían que llevaba un revólver en el bolso. De joven fue rubia aventurera y con la edad acabó cultivando un personaje como de señorita Marple con mucha legua caminada. El Caso cerró la persiana en 1980 y Landi murió en 2004, en Gijón, después de renquear dos años derrotada por una operación de cadera. Ha llovido mucho, y no al gusto de todos, desde las rimas ciegas con música de gaita pobre  hasta la tele y sus evidencias y, sin embargo, el ser humano no  ha perdido la constancia en conducirse como si no lo fuera y el cronista de la iniquidad solo tiene que sentarse a esperar la próxima, contarla y que con sus insomnios, mañana, envuelvan el arenque para el almuerzo del tajo.

MARTÍN OLMOS

El periódico de las porteras

In Los chicos de la prensa on 14 de julio de 2012 at 10:38

El legendario semanario El Caso contaba con desinhibición la España oscura, pero no lo leían las personas decentes

“A todo el mundo le interesa un asesinato, excepto a la víctima”
ALFRED HITCHCOCK. Director de cine.

El plumiferío de El Caso no echaba la tarde en el velador buscando una metáfora con el café con leche y el bollo suizo pero dejaba mejores propinas. Los cronistas de El Caso aflojaban viático a los porteros de finca, a los serenos y a las lumis de portal y hacían el periodismo en la calle, donde había tertulia de navaja de reñir y luz de poco farol, tascas de chato de frasca, a la fuerza peleón, y miradas de reojo. Así llegaban al muerto los primeros, antes que el rigor mortis y las ambulancias, y a veces les confundían, por similitud fonética, con los de El Ocaso, que aparecían bastante más tarde para enterrar al difunto. A El Caso le decían los finolis “el periódico de las porteras”, porque se conoce que ellos solo leían a Descartes en francés, y las viejitas que lo compraban le pedían al quiosquero “el feo” y se lo llevaban escondido entre las páginas del “Ya”, que era formal, democristiano y amplio como una sábana, útil para ocultar el último descuartizamiento de hacha y celos con el que acompañar la merienda de mojicones y menta poleo. El primer número salió el 11 de mayo de 1952, que era domingo y día de San Evelio, mártir romano que fue degollado por Nerón, y dio cuento del crimen del Plantío. Tiró trece mil ejemplares de dieciséis páginas a dos pesetas y solo tenía un anunciante, que era una casa de relojes suizos que puso los duros de un año por adelantado. Su fundador Eugenio Suárez, que también era uno de los dos redactores, intuyó que al español le gustaba una sangría para acompañar la paella del domingo y seis años después tiró el medio millón de copias con el crimen del Jarabo -que fue suceso con golfo guapo, prestamistas de usura y querida inglesa- con las que rompió el techo de la prensa española, que estaba en los 300.000 ejemplares vendidos por el Marca el día después del gol de Zarra. Para celebrarlo, Suárez le hizo llegar a Jarabo, que era señorito, una caja de Habanos María Guerrero torcidos a mano, así que le convirtió en el primer asesino con comisión de ventas.

Los valores de la patria
Eugenio Suárez gastaba camisa azul porque “José Antonio era marqués, joven y una vez le pegó un bofetón a un general muy alto”, se alistó en la División Azul pero no llegó a combatir en Rusia y la prensa del Movimiento le envió de corresponsal a Budapest el último año de la ocupación nazi. Después de la guerra empezó a trabajar en el diario “Madrid” y conoció trifulca con la censura, que le inhabilitó durante un año por molestar con un artículo al secretario general del Movimiento José Luis Arrese. En 1951 cubrió para su periódico el crimen del Monchito, en el que un aprendiz de mecánico con menos luces que una vela apuñaló a una mujer por cuatro perras con las que se compró un acordeón. El canallerío del género le gustó y empezó una serie que tituló “El caso de…”, nombre que tomó prestado de los episodios de Perry Mason, y al año siguiente fundó El Caso en una redacción diminuta en la calle Jordán, al lado de Chamberí. En la solicitud para conseguir el trámite administrativo manifestó que el semanario iba a tratar de difundir la cultura, el idioma castellano y los valores de la patria.

El Caso lo formaron al principio dos redactores, José María de Vega y el propio Suárez, dos fotógrafos y el dibujante Josechu Pinedo, costaba dos pesetas en rigor y hasta un duro en la reventa, que la hubo cuando el crimen era fetén, y se editaba en los antiguos talleres del diario “Informaciones”. Con el tiempo se incorporaron Enrique Rubio, “licenciado en Timología y doctor honoris causa por la Universidad de la Picaresca Callejera”, José Quílez, que venía del destierro cubano, y Margarita Landi, “la rubia del deportivo”, que fumaba en pipa y se metía a los pasmas en el bolsillo. Súarez no presumía la inocencia de nadie, ponía orden en la redacción pegando tiros al techo con su pistola de la Falange y decía que no había que fiarse de un policía abstemio. “Dejad buenas propinas, que se note que sois de El Caso”, les decía a sus corresponsales porque sabía que la lechuga es buena para la memoria. A los periodistas jóvenes que querían ser Hemingway les daba el consejo de casarse con la hija de un rico y tuvo de mascota de la redacción a un cocodrilo africano que se llamaba Leopoldo. Compró al bicho cuando abultaba como una lagartija y lo rifó en un condumio de beneficencia para los niños con síndrome de Down, pero la dama que lo ganó (manifestando cierto criterio) no se lo quiso llevar a casa y Suárez lo adoptó para acompañar la oficina. Cuando Leopoldo se puso galán hubo que donarlo al zoológico de Madrid porque rompía los muebles con la cola y asustaba a las mecanógrafas.

Goles y cuchilladas
En El Caso se practicó el periodismo de investigación en la época en la que generalmente se transcribían mondas las notas de prensa de la poli, con honestidad en la medida de las posibilidades y con la alegría irresponsable del que sabe que ya partió con mala fama. Cuando la censura de Juan Aparicio, Delegado Nacional de Prensa, le ciñó a un crimen sangriento por número, empezó a sacar diferentes ediciones regionales para que ninguna provincia se quedase sin su carnicería, con lo que se puede decir que descentralizó la puñalada, y su red de distribución llevaba el semanario a las aldeas a las que no llegaba ningún otro papel impreso. En El Caso se hacía oficio del bueno, con documentación, pesquisa y folletín y si había que hacer serial se hacía porque el límite del párrafo lo mandaba el interés. A El Caso estaban suscritos Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Robert Graves y se comentaba en el bajinis que Franco lo hojeaba y luego tomaba la comunión, aunque a bordo del yate Azor solo se encontraron novelas de El Coyote. El negocio fue rentable hasta que llegó la tele, que sacó a la parentela del muerto llorando en directo, lo que condujo a una bajada de ventas que decidió su cierre en 1987 dejando para el popular la frase “vamos a salir en El Caso”, que se pronuncia todavía hoy, medio para conciliar, medio para provocar, cuando amenaza una bronca.

El Caso blasonó a los reincidentes, a los guardacapas y a los asesinos y desgranó el rosario de estrangulamientos, asaduras y discordias de mal arreglo en el tiempo en el que en España, según Eugenio Suárez, se mataba poco y mal. El paisano ibérico le cogió costumbre a la letra impresa con el gol de Zarra y con las fugas de El Lute, con las novelas de tiros y con los romances de Carlos de Santander, con lo que creyó que la lectura era una costumbre vergonzante, como el fumeque, sin darse cuenta de que el crimen lo escribió Shakespeare con desahogo, Fernando de Rojas, los evangelistas, Homero y Truman Capote. Por eso escondía al Feo entre las páginas serias del “Ya” y lo leía en el retrete, con sinfonía de vientre y rubor. Y sin embargo, aquel español que fuimos no se diferencia mucho del que cursa (salvo que ahora no le dejan echarse el pito en el calor de la tasca y tiene que tomarse el carajillo a la carrera y salir a la calle a que se le congelen los pies) y hoy lee con desenvoltura los goles de Iniesta (a los que les hacen interpretación económica para darles fuste) y las puñaladas costaleras de los parias de la tele (a las que les hacen la sociológica y se quedan tan campantes).

MARTÍN OLMOS

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