MARTÍN OLMOS MEDINA

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El villano de limón

In Fuera de carta on 15 de mayo de 2013 at 23:23

El doctor Fu Manchú, creado por el escritor Sax Rohmer, cumple cien años

CHRISTOPHER LEE COMO FU MANCHÚ

“Donde la mitificación del mal encuentra su más alto representante es en el doctor Fu Manchú”
SALVADOR VÁZQUEZ DE PARGA

“Fu Manchú viene a ser un equivalente de Hitler”
FEREYDOUN HOVEYDA

“Fu Manchú debe haber exterminado una población equivalente a la de un país como Bélgica o Suiza; y, sin embargo, no nos resulta antipático”
JACQUES BERGIER

“Fu Manchú pertenece a la ilustre cofradía de Mabuse, Fantomas, Moriarty y restantes genios del mal, como suelen decir los cómics”
FERNANDO SAVATER

“Las historias de Fu Manchú son, para decirlo sin paliativos, absolutamente basura”
JULIAN SYMONS

“Rohmer creó a Fu Manchú, tan misterioso como Bin Laden, un adversario ideal, siempre presente, nunca hallable, diabólico en sus intenciones. Los enemigos de Occidente, hoy, preservan esa versatilidad”
BENGT OLDENBURG

“Imaginad que tiene la cruel inteligencia de Asia entera acumulada en su poderoso cerebro modelado con todos los conocimientos de la ciencia antigua y moderna”
SAX ROHMER

Fu Manchú es amarillo como la ictericia, doctor en filosofía, experto lingüista y químico genial, jamás se corta las uñas de las manos (por razones prácticas hay que suponer que sí las de los pies) y dirige con mesianismo la siniestra sociedad Si-Fan, un contubernio con sabor de limón que persigue dominar el mundo. Fu Manchú es místico y pragmático, “tiene la frente de Shakespeare y el rostro de Satanás”, y posee el dominio de la alquimia, una provisión de fondos inagotable, un odio eterno hacia el blanco anglosajón y una legión de estranguladores Tongs ciegos de opio que hablan poco, preguntan menos y son aniquilados con frecuencia para ser inmediatamente reemplazados confirmando el rigor de la infinita camada mandarina. Fu Manchú desciende de Fantomas, el archimalvado de los folletines de Marcel Allain y Pierre Souvestre, pertenece a la estirpe de villanos con grandes expectativas como el profesor Moriarty y el Doctor No y es el precedente de Bin Laden como genio del mal, con el que tuvo en común la cueva ignota, el discurso místico y la intangibilidad. En “La Pequeña Historia de los Grandes Criminales”, Jacques Bergier calcula que a lo largo de sus trece aventuras Fu Manchú ha exterminado a una población equivalente a la de un país como Bélgica y sin embargo, sus planes para instalar en el mundo la era del jade y del marfil son desbaratados por su enemigo Denis Nayland-Smith, alto comisario de Birmania, diplomático y agente secreto, y su fiel compañero el doctor Petrie, que son como Sherlock Holmes y Watson pero con una cuarta parte de su carisma.

El peligro amarillo
Las novelas de Fu Manchú hicieron rico a su autor, Sax Rohmer, un escritor mediocre que se las daba de egiptólogo porque echó una tarde leyendo un par de libros de momias, creía en el más allá y tenía mala suerte en el naipe. Sax Rohmer nació en Birmingham en 1883 y se llamaba en realidad Arthur Henry Ward, pero añadió por su cuenta el apellido Sarsfield porque se le antojó descender del general irlandés Patrick Sarsfield, primer Conde de Lucan y mariscal de campo de Luis XIV que murió en 1693 en la batalla de Landen, durante la Guerra de los Nueve Años. Rohmer fue la segunda prioridad de su madre después de la ginebra y hasta los diez años no pisó una escuela. Antes de cumplir los veinte había sido mozo de una compañía de gas, recadista en un periódico y empleado de banca y en 1903 vendió el relato “La Momia Misteriosa” a la revista semanal Pearson, en la que colaboraban Gorki y George Bernard Shaw. A partir de entonces se dedicó a escribir seriales para los periódicos y chistes para el cabaret y en 1909 se casó con Rose Elizabeth Knox, malabarista de circo y artista clarividente que le inició en el juego de la ouija y en las tertulias con los fantasmas. Recogió una colección de monólogos cómicos que publicó anónimamente, le escribió las memorias al comediante Harry Relph, un bailarín de music hall que se hacía llamar El Pequeño Tich y medía un metro cuarenta, y en 1913 publicó su primera novela de Fu Manchú basándose, según él, en la figura de Mister King, el jefe de una triada del barrio londinense de Limehouse que controlaba las timbas chinas y el tráfico de opio. Fu Manchú le hizo rico y exacerbó en Inglaterra el terror al Peligro Amarillo del que ya había avisado Napoleón cuando dijo: “Cuando China despierte el mundo temblará”. En realidad, desde 1900 hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la población china del barrio del East End estaba formada por unos pocos cientos de limones que se mataban de sol a sol en las lavanderías y casi todo el tráfico de cocaína venía de Alemania, donde se comercializaba sin restricciones. Sin embargo, los londinenses acabaron convencidos de que todos los chinos eran miembros de una triada o contrabandistas de opio.

SAX RHOMER

El doctor Fu Manchú es un personaje excesivo mirándolo desde cualquier esquina y fabrica oro con sus conocimientos de alquimia, tiene más de cien años y cuando presencia sus masacres exclama (porque Fu Manchú no dice, exclama): “¡Soy el dios de la destrucción!”. Sin embargo no tiene ningún fundamento lingüístico, botánico ni médico: los dos términos de su nombre, Fu y Manchú, son incompatibles en la nomenclatura oriental; en su primera aventura crea unas setas antropófagas que se zampan a una dotación de detectives y Sax Rohmer le añade la circunstancia fisiológica de tener velado el globo del ojo por la membrana nictitante, el tercer párpado de los animales. Tampoco se sostiene desde el punto de vista del London Detection Club, la asociación británica de escritores de novelas policíacas a la que pertenecieron Agatha Christie, Dorothy Sayers y Chesterton, cuya cuarta regla advertía de no usar en las tramas venenos imposibles, pasadizos secretos ni casualidades afortunadas. Las novelas de Fu Manchú no se levantan sobre la verosimilitud, que brilla por su ausencia, ni sobre sus cualidades literarias (Julian Symons escribió que eran “horrores de a penique  vestidos con tapas duras”) sino sobre el carisma de su villano misterioso, que desdibuja a los héroes de la función, Nayland-Smith y Petrie, y termina por dar igual que estén armadas a base de vigas de cartón. Con el tiempo, a Fu Manchú le salió un primo, que fue el emperador Ming de los tebeos de Flash Gordon de Alex Raymond, y Sax Rohmer se inició en la orden de los rosacruces, habló con ectoplasmas, viajó a Egipto y se arruinó en Montecarlo jugando al bacarrá. Se recuperó vendiendo los derechos de sus novelas al cine por cuatro millones de dólares y murió el uno de junio de 1959 de gripe aviar.

Hoy ya casi nadie se acuerda de Fu Manchú pero el miedo al chino sobrevive con salud porque aunque es pequeñajo sabe llaves de kung-fú. Ahora no acomete en triadas sino en bazares en los que libera móviles y vende gatos dorados que mueven el brazo compulsivamente, como un metrónomo, pero para combatirle no hace falta el viejo y soso Nayland-Smith sino enseñarle a disfrutar del fin de semana de paellas de merendero, vino con gaseosa en el porrón y fútbol en el transistor.

MARTÍN OLMOS (PUBLICADO EN EL CORREO EL 28-03-2013)

El narcisismo del malvado

In La cruz y la media luna on 30 de septiembre de 2012 at 21:29

Hasta el horror necesita sus gestos en la época de la publicidad

“Por narcisismo o por culto al ego, a Osama bin Laden le gustaba que de su figura hicieran un mito”
PILAR URBANO

Si a Osama bin Laden le haces la lectura de villano de folletín se te sostiene igual que si le haces la sociopolítica o la religiosa. Además de serlo, la mujer del César tiene que parecerlo. A esta conclusión llegó Julio César cuando descubrió que su esposa Pompeya, nieta del dictador Lucio Cornelio Sila, pasó la tarde en una orgía. La mujer dijo que fue a la saturnal a echar un ojo, pero que no se puso a revolcar y a Julio César le dio lo mismo, entendió que había entredicho su virtud y la repudió por ponerse en duda. Osama Bin Laden fue consciente de que no podía presentarse en sociedad pretendiendo dominar el mundo con pinta de apacentador de cabras y se construyó una imagen de Fantomas del desierto, de Mesías de túnica blanca y de logo santo del califato que está por venir. Cada uno viste la peladura que le tocó en el reparto y tiene que acarrearla, no siempre a gusto, hasta que se le gasta y se la dan tierra. De tanto vestirla se le coge asiento, qué remedio, pero condiciona la existencia y siempre se echa en falta un palmo más de alzada que te hubiese hecho más cómoda la vida, aunque solo sea por ver mejor entre las muchedumbres. Franco fue profeta en su tierra, en donde se sabía que firmaba sentencias de muerte mientras desayunaba chocolate y soletillas, pero fuera siempre pareció un dictador de mesa camilla porque era pequeñito, medio calvo y panzudo. Y tenía voz de monaguillo intrínseco al sacristán. Franco hubiese preferido el tegumento de José Antonio, que era guapo y bien peinao, pero se tuvo que conformar con hacerse pintar de matamoros en el mural de Reque Meruvia y con subirse a un cajón para pasar la revista a la tropa, encima del Vítor, en el desfile de la victoria.

Osama bin Laden, sin embargo, nació con la gabardina hecha a la medida y con pinta de pirata de Mompracem. A Osama le iba bien la sutileza escasa de Salgari y cabía sin esfuerzo en el receptáculo que éste le escribió a Sandokán: “alto, esbelto, con rasgos enérgicos, varoniles, fieros y de una extraña belleza”. Cuando Osama miraba al oeste se hacía la propaganda de caíd de Rodolfo Valentino y de Raisuni de Sean Connery, de moro guapo y soñador, y cuando miraba a La Meca se la hacía de espada de Alá y de linaje de Saladino. Era exótico como Fu Manchú, alto como Moriarty y converso como San Pablo. Y como había vivido en Inglaterra, sacaba partido a cierto romanticismo byroniano: Lord Byron fue repudiado en su país como Osama en el suyo, Byron era cojito y Osama estaba malito del riñón y uno cambió las fiestas de los salones con jerez por la lucha por la liberación de los griegos en Missolonghi y el otro renunció a los banquetes en Riad, con chavalas batiendo el ombligo, por las cuevas paleolíticas de Afganistán.

El Napoleón del Crimen
El villano decepciona en la distancia corta, como el matrimonio, y el genio del mal es un invento del folletín. El malo suele ser un infeliz que no sirve para gran cosa y no se parece a Hannibal Lecter, que es melómano y encantador; al malo le huelen los pies y parece el tonto de la escalera, vive humildemente de alquiler, o como mucho de clase media, y se deja mangonear por la parienta o bien la atiza y no gasta los atardeceres escuchando a Mozart en un gramófono y bebiendo coñac. Ya le gustaría a él. Ed Gein, el Carnicero de Wisconsin, necesitaba los cinco sentidos para sumar dos más dos y tiró una década con los mismos calzoncillos, David Berkowitz, el Hijo de Sam, era el gordinflón de la clase y Josef Fritzl, el Monstruo de Amstetten, practicaba la audacia del viaje de jubilado a Tailandia para hacer vida social con chiquillas que eran demasiado jóvenes para ser sus nietas. El malo es cotidiano que apesta. Es prosaico, el pobre, y suele ir sin afeitar.

No se sabe si entre tanta sura a bin Laden le quedó tiempo para Oscar Wilde, pero entendió que la naturaleza acaba por imitar al arte y cultivó con cuidado su iconografía de guerrero santo y el chico lerdo de los Bush hizo el resto soflamando la retórica del Eje del Mal. Osama bin Laden nació en Riad en 1957 dentro de la camada extensa del multimillonario  Mohammad bin Awad bin Laden, formada por cincuenta y cuatro vástagos de ojos pardos. Osama estudió administración de empresas, ingeniería y teología islámica y vivió una temporada en Londres, en donde se hizo hincha del Arsenal. Iba para árabe molón que atraca el galeón en Puerto Banús y para moro guapo a lo Omar Shariff, podridamente rico,  y sin embargo prefirió restaurar la sharia, la recta senda del Islam, y se fue a pelear al ruso en Afganistán con la financiación de la CIA, que le enseñó a luchar en guerrilla y a esconder la pasta en las Islas Caimán. Más tarde concluyó que el pueblo americano era usurero, drogadicto, fornicador, homosexual y ladrón y empezó la guerra santa, que comprendió que se libraría sin frentes y con el apoyo de la televisión. Empeñó su fortuna petrodolariega en la fundación de Al-Qaeda, una organización descentralizada y sin cuarteles que recuerda a la sociedad Si-Fan de Fu Manchú y a la SPECTRA de James Bond. Osama manejó el espectáculo y la metáfora de las Mil y Una Noches y se envolvió en arquetipo. Practicó la mirada marrón intensa y el lenguaje gestual del dedo índice, su metro ochenta le confería autoridad, su túnica blanca pureza y el tres cuartos de camuflaje la ferocidad del guerrero. Como los profetas, se apoyaba en una vara para caminar, sus labios carnosos sugerían el extenso harén y la enfermedad renal el sacrificio. Quizás hubo algo de impostura y de atrezzo de Kalashnikov y yegua. No reparó en víctimas civiles cuando golpeó a Goliath.

Bush Junior no pudo jugar peor. Explicó a Osama de Encarnación del Mal y adoptó los modales rurales de los vaqueros de opereta. Bush Junior una vez casi se muere al atragantarse con una galletita. La democracia trae a veces disparates. Eligió el histrión de paleto de Texas (porque seguramente lo es), con sus botas rancheras y su planicie, pretendió encandilar a la sociedad dolorida: el buen chico campestre contra el Genio del Mal.  Dijo que su perro  Barney iba a morderle el trasero a Osama y bombardeó en balde las galerías de Tora Bora. Recuperó la guerra de papá sabiendo que los vínculos de Sadam y bin Laden eran mínimos: para Sadam, Osama era un fanático religioso incontrolable y para Osama, Sadam era una acémila irreligiosa.

A bin Laden le acribillaron los Navy SEAL el dos de mayo de 2011 durante el mandato del presidente Obama. Obama es como Sidney Poitier, el negro al que los blancos pueden tolerar, es urbanita, mastica las galletitas y tiene un algo de sofisticación. Aireó en el patio vecinal lo que antes se hacía en la penumbra y apareció contemplando la operación de comando  con una cazadora casual y Hillary Clinton poniendo gesto de Deborah Kerr en “Las Minas del Rey Salomón”. Después de matar al diablo se procedió a tumbarle la estatua y se sugirió que Osama se teñía las barbas proféticas con “Just for Men” y que veía porno por la tele para entretener las tardes escondidas. Se sugirió que le defendieron sus mujeres. Todo pareció una mezcla de la Biblia y Hollywood. Pronto saldrá la peli.

MARTÍN OLMOS

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