MARTÍN OLMOS MEDINA

Posts Tagged ‘La Dalia Negra’

La sonrisa de la Dalia Negra

In Destripadores y sacamantecas, Esto es Hollywood on 29 de marzo de 2014 at 12:50

 ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Elizabeth Short pidió bailar y tenía que acabar pagándole a la orquesta. Nada es gratis en esta vida”.
JAMES ELLROY.

No había ninguna necesidad de asesinar a Elizabeth Short porque ya le habían matado sus sueños. En Hollywood, una chica sin sueños es como un hombre que ha perdido la esperanza y solo le queda regresar a la granja y envejecer en delantal o el arroyo que discurre paralelo a Sunset Boulevard, que aunque no se ve, porque lo tapan las palmeras, es negro como el alma de un pecador. En Hollywood se fabrican ilusiones que se pagan a plazos, como en Detroit fabrican coches, en Hollywood las pirámides son de cartón y solo son bonitas por la parte que se ven y por detrás son de quincalla, los besos son de mentira, las caras de cemento y los corazones de pedernal. Elizabeth Short quería ser actriz, como las demás, besar a Robert Mitchum y ser la novia de América. En su pueblo de Hyde Park, en Massachussetts, era el bombón local, pero allí un golfo que mangase tapacubos obtenía el cartel de enemigo público, y en Hollywood Elizabeth Short era del montón. Cuando no le quedaron sueños a los que recurrir eligió el arroyo negro, los asuntos de una noche con mendas que no eran de fiar, el bebercio  y el carmín desdibujado, y disfrazar las cartas a mamá, impostando una caligrafía firme, he conseguido un papel en una de Victor Mature, tengo una frase corta, las chicas no me reconocerán con una túnica y en el pelo una tiara de plata, ¿sabes lo que es una tiara, mamá?,  estoy deseando que la veas, con Victor Mature, es de romanos. O de griegos. Besos, mamá. Y que las lágrimas, si le quedaba alguna por derramar, no corriesen la tinta. Un curda ayer le dejó en el muslamen un cardenal, se pensó que todo era orégano, apestaba a tragos de garrafón, a unos cuantos, y se puso tocón en el drive-inn, cuando le sirvió el café. Y no dejó propina. No había ninguna necesidad de asesinar a Elizabeth Short, no de aquella manera, porque ya tenía los sueños muertos y enterrados.

Betty Bersinger no fue la única persona que la vio tirada en el baldío de Leimert Park, un solar en demolición al sur de Los Ángeles, la mañana del 15 de agosto de 1947, pero fue la primera que no la tomó por un maniquí roto. Elizabeth Short había llegado al final del camino, que no fue largo. Ya no era hermosa, ni para Hollywood ni para Hyde Park, Massachussetts. La habían cortado en dos a la altura del ombligo y habían dejado las dos secciones colocadas teatralmente a medio metro la una de la otra, parecía la faena truncada de un mago malo que se había cargado a su ayudante. Tenía marcas de ligaduras en las muñecas y los tobillos y los pechos quemados con cigarrillos, el derecho casi totalmente amputado del tórax. Le habían ELIZABETH SHORT, LA DALIA NEGRAextraído el mesenterio, el útero, los ovarios y el recto y desde el ombligo hasta la sínfisis pubiana se observaba una incisión longitudinal. Tenía las rodillas quebradas a estacazos, la nariz rota y una “B” grabada a cuchillo en la frente. No había ni una gota de sangre y el cuerpo desnudo, convertido en un guiñapo roto, estaba limpio como si estuviera preparado para que lo exhibiesen en un velatorio al aire libre, esperando la radiante mañana de California, donde siempre brilla el sol. Y como en Hollywood las sonrisas marcan el paso y, aparte de Buster Keaton, los tristes no caben, Elizabeth Short sonreía a su muerte porque no le quedaba más remedio: le habían cortado ambas comisuras de la boca atravesándole los músculos maseteros, extendiéndose por las articulaciones de la  mandíbula hasta llegar a los lóbulos de las orejas, le habían dejado riendo, como si encontrase divertido el martirio, como si su vida hubiese tenido gracia. Una gracia de morirse.

El Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) la identificó como Elizabeth Ann Short, de 24 años, 48 kilos y 1´65 metros de altura, blanca blanquísima, guapa al estilo del medio oeste, pelo negro y ojos azules como el cielo de Rodeo Drive. Hasta aparecer en dos partes llevó una biografía previsible, sueños de cine, el pueblo se le quedó pequeño, la ciudad le venía grande, se hacía la viva pero se chupaba el dedo, se casó con un soldado y el soldado se estrelló en Filipinas, frecuentaba los cuarteles, se tatuó una rosa en el muslo izquierdo, se vestía de negro, el cine era en colorines y el mundo era gris, mezclaba el whisky con la benzedrina, una vez la trincaron por soplar sin tener la edad y otra vez un militar le dio una paliza en Camp Cooke, le infló un ojo azul y le dejó partida la boquita de carmín rojo. A Elizabeth Short le gustaban los soldados y aprendió que en Hollywood los contratos se firman en postura de derribo, que todo lo que brilla no es oro y que en una ciudad donde hay muchas gacelas abundan los tigres. No aprendió el camino de vuelta a casa, ni a quitar el hambre, y no aprendió a mantenerse de una pieza. Últimamente había derivado hacia la prostitución de subsistencia y se dejaba pegar un recorrido por una cena y una entrada en el Trocadero, no tenía domicilio fijo y se metió en un atolladero. Dicen los trileros que las ratoneras funcionan porque a los ratones les gusta el queso. Igual a Elizabeth Short le quedaba un jirón de sueño y pensó que aún existía el polvo de estrellas. Igual era una gacela coja y negra en un campo de tigres feroces. Igual le gustaba el queso, aunque oliese mal.

La metieron en hielo en un cajón de la morgue y se quedó sonriendo su rictus de cuchillo para la eternidad, como un bufón dormido. El forense determinó que no estaba embarazada y que cuando murió no estaba ni drogada ni bebida, que había sido violada post-mortem y que le habían mutilado en vida. Calculó que la habían torturado durante 72 horas y que cada minuto se le hizo eterno. El forense rezó por todas las chicas del mundo. Después la habían desangrado como a una res, la habían lavado y la habían dejado en Leimert Park en dos trozos, como un serial de dos capítulos, unas seis horas después de matarla. Doscientos policías interrogaron a los chulos y a los tarados, a los novios, a los soldados y a los que una vez le convidaron una copa, en el cine ponían “La Dalia Azul”, con Verónica Lake y Alan Ladd. Una revista se inventó lo de la Dalia Negra y el nombre cuajó, la mitad de los chalados de Hollywood llamaron confesando el crimen, que hablen de uno, aunque sea mal. Es difícil encontrar a un loco en la ciudad de los chiflados y el asesino nunca apareció. Victor Hugo escribió en 1869 “El hombre que ríe”, la historia de Gwynplaine, un niño al que le desfiguraban la cara para que siempre sonriese, aunque tuviera ganas de llorar. Elizabeth Short, que Dios la bendiga, se llevó a la tumba sus secretos y su sufrimiento, y sus sueños naufragados, y su sonrisa de Gwynplaine, la sonrisa que se pone a la fuerza cuando te cuentan un chiste malo.

MARTÍN OLMOS

Anuncios

Flores para mamá

In Con buena letra on 16 de septiembre de 2012 at 22:18

A James Ellroy le llaman el Perro Rabioso de la Literatura Norteamericana. A su madre, Jean Hilliker, la estrangularon en una noche de juerga torcida

“Mi madre creía que yo habría de convertirme en un tipo débil, perezoso y mentiroso como mi padre”
JAMES ELLROY

Cuando James Ellroy viene a Europa a promocionar un libro se deja los cuartos en ponerle conferencias transoceánicas  a su perro. Se desconoce si el perro descuelga por sus medios o alguien, presumiblemente bípedo, le pone el auricular en la oreja. James Ellroy le gruñe, grrrr, y le ladra, guau, guau, y sostiene una animada charla con el animal en términos que le entienda, en el lenguaje ancestral de los dogos. A veces se le olvida que está en el vestíbulo de un hotel decente y se rasca la oreja con el talón. James Ellroy alza el tamaño intimidante de un defensa de rugby, tiene el cráneo mondo y lirondo y se acomoda las partes sin rubor delante de las jefas de prensa. Sonríe poco, levanta ciento cincuenta kilos en la banca de pecho y habla con Dios. Una vez mató a un dóberman a golpes con un tubo de cañería. Un acontecimiento poco común, porque James Ellroy generalmente muerde.  Es el macho de la novela negra norteamericana, el jefe de los monos, el baranda del rollo y dice de sí mismo que tiene un gran talento, una gran diligencia y una meticulosidad sobrehumana. Ha dicho: “Yo soy el más grande escritor vivo de género negro”. Ahora va de puta redimida y no permite que se fume en su presencia, no empina el codo, no se coloca y no come carne. Hace yoga. Oooom. Bebe té. Tiene insomnio. A veces le va a visitar el perro de su ex. Hablan de sus cosas. Grrrr y guau. Vende libros como sombrillas en una tarde soleada y el cine le ama. No siempre la vida le trató tan bien. Ahora es excéntrico. Antes era raro. No es lo mismo.

Lee Erle Ellroy nació en Los Ángeles en 1948. Su madre era un poco golfa y su padre un menda que vivía de mogollón. El viejo Armand Ellroy hacía de recadero de las estrellas y le contó a su hijo que una vez le pegó un revolcón a Rita Hayworth. El viejo Armand Ellroy llamaba a su hijo James porque consideraba que Lee Erle era un nombre de chulo de putas negro. El pequeño James aprendió a leer con tres años y pensaba que su padre era un tío. El matrimonio Ellroy se fue al carajo en 1954 y James manejó mal su complejo de Edipo: tenía fantasías con mamá, quería estar con papá, mamá llevaba a casa a los marineros y papá le dejaba ver porno. Con nueve años se fumó un petardo de marihuana con dos chavales mejicanos y dio por hecho que iba a ser un adicto. Su madre no quería de su padre ni el apellido y volvió a usar su nombre de soltera, Jean Hilliker; los ligues le duraban una noche de farra gozosa, una salva de verbena, pim, pam, pum, fugaz como un trueno, y caducaban con el alba. Era bella, era pelirroja, era enfermera. James hacía vida de sociedad en el desayuno, conocía a los amiguitos de mami, que eran tíos de una pieza que no eran papi. Cuando James cumplió diez años su madre le regaló un cachorro de sabueso beagle y le preguntó con quién le gustaría vivir. James dijo que con su padre. Mamá le pegó un guantazo y James la llamó golfa y borracha. Mamá le volvió a pegar. James odiaba a su madre para demostrar que amaba a su padre. Un día le vio el melonar en la bañera. Le faltaba el pezón derecho. Se le infectó después de parir y se lo tuvieron que extirpar. El pezón izquierdo estaba tieso por el frío, como el cuerno de un unicornio.

En junio de 1958 a Jean Hilliker se le acabó la suerte. Conoció al tipo equivocado. Conoció al depredador. Unos chavales que jugaban al béisbol se la encontraron tiesa en el barrio de El Monte, que le decía el popular el Retrete de Los Ángeles. Llevaba un vestido azul de crayón generoso de escote subido por encima de las caderas y estaba tapada por un gabán. No llevaba zapatos, ni medias, ni bragas y el rocío le había cubierto la espalda. Tenía magulladuras en la cara, raspaduras en la parte interna del muslo y un cordón de persiana atado en el cuello. El forense determinó que tenía la menstruación, que había cenado fríjoles mejicanos, que había tenido relaciones sexuales y que murió por asfixia debido a un estrangulamiento con ligaduras. El asesinato de Jean Hilliker apenas mereció blasón en los periódicos porque coincidió con el de Johnnie Stompanato, un guaperas de la mafia que era amante de Lana Turner y murió acuchillado por su hijastra. Jean Hilliker murió de segunda. James tenía diez años, odiaba a su madre y derramó lágrimas de cocodrilo en el funeral. Vivió del cuento. Descubrió que impostando el dolor podía manejar a los adultos. La poli buscó a un cholo con rasgos de rubio y el asesino salió impune. James se fue a vivir con papá.

Whisky, bragas y Listerine
Recibió una extraña educación paterna basada en odiar a los maricas y en el sudor macho del nervio pudendo. El perro cagaba en la moqueta. Comían pizzas congeladas y andaban en calzoncillos. Compartían revistas de jamonas en cueros. James creció y se convirtió en el paria del instituto. Guardaba toneladas de pus dentro de sus granazos de acné. La orografía de su jeta era montañosa. Era grandón, escuchaba a Beethoven, leía revistas de casos criminales, quería restaurar la esclavitud en América y clamaba por la libertad de Rudolph Hess. Tenía diecisiete años cuando el viejo Armand murió. Estaba hecho cisco y hablaba solo. James ya no se creía el revolcón con Rita Hayworth. Estiró la pata echo una mierda, le cogió a su hijo de la mano y le dijo: “Tírate a todas las camareras que te sirvan”. Con imponderables de menos valor se han levantado imperios. James se quedó solo en la vida, subsistiendo de una póliza, se puso hasta arriba de Dexedrina y de Dexanoyl, de Seconal, de Nembutal y de whishy de cuatro perras mezclado con colutorio Listerine. Dormía en los parques, mangaba comida y se colaba en las casas de las chicas para robarles las bragas. Las olía y se masturbaba durante doce horas seguidas. Se obsesionó con el asesinato de la Dalia Negra, una meretriz de cuarta que quería ser actriz y a la que partieron por la mitad después de torturarla. Nunca encontraron al asesino. Las mujeres muertas le agarraron las pelotas. Le detuvieron en una excursión de braguitas y le dieron trullo con los malos de oficio. Un poli le dijo: eres grande, pero no eres duro. Durmió sentado. Soldó las posaderas al banco. Entró en pánico. Se asomó al abismo. Tuvo vértigo. Cuando salió se apuntó a Alcohólicos Anónimos y descubrió su narcisismo contando historias a los borrachos. Encontró trabajo de caddy en un campo de golf, acarreaba los palos para los puretas con pantalones de cuadros, se apartó de las timbas de dados, dejó la priva y le dio descanso a su nariz. Dejó las bragas en sus cajones. Tomó notas para un libro. Rezó a Dios y le dijo: convierte esto en una novela. Dios le complació. Hoy le falta un paso para ser un clásico.

MARTÍN OLMOS

A %d blogueros les gusta esto: