MARTÍN OLMOS MEDINA

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La noche sin gabardina

In El cañí on 6 de abril de 2014 at 11:23

A Luis Miguel Iglesias el Piqui le finó un limpiabotas  por la cuenta de dos chatos de vino

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Una calle de Oviedo quedó ensangrentada el 16 de marzo de 1955 a causa del bárbaro crimen cometido por un limpiabotas borracho”  
MARGARITA LANDI

El 16 de marzo de 1955, día de los santos Julián, Agapito y Heriberto, salió Luis Miguel Iglesias, que le decían el Piqui por recogidito, a rendir una zambra de pitarra y madrugada que se acabó torciendo y la terminó sentadito en el cruce de la calle de San Juan con Schultz en Oviedo con una peseta y media en el bolsillo, muerto de dos balazos y huérfano de gabardina. Le tropezó un sereno en bicicleta que venía de meter en la piltra a un huésped de fonda y le tomó por un cristiano que se había tumbado un raudal de cuartillos y estaba roncándola, lo apartó de la carretera para que no se lo llevase por delante un Biscúter y se fue a pedirle un taxi. En la segunda ojeada le vio los dos agujeros en el cuero y la sangre, le intuyó el alma descolgándosele de la percha y vio en el suelo tres casquillos que más tarde le dijeron los chapas que eran del 7´65. El Piqui andaba entre varias faldas porque impartía el amor con desprendimiento  –o porque tenía veinte años y a esa edad se puede- y frecuentaba el ramo bodeguero y las querellas de mesón que no iban más lejos de los mecagüendioses. Al Piqui le salió el pulmonar escueto y no anchó de coraza para llenar un uniforme y cuando le tallaron para ir de quinto le devolvieron al corral por estrecho de caja y se quedó, el pobrecito, sin vestirse de verde oliva. El Piqui había estado de cajonero en una tienda que cerró por quiebra, se puso a estudiar contabilidad y andaba opositando a Telefónica. El Piqui quería porvenir. Tenía novia formal de nombre María Ángeles a la que le llevó un domingo por la tarde al cine a ver “Marcelino Pan y Vino” y por el atrás le requebraba a una bella que atendía por Marily disputándosela a otro mozo. El Piqui era canijo pero audaz y llegaba tarde a casa y su madre doña Amalia le tenía el luto presentido cuando le veía perfumarse para salir de parranda a los chigres de la barriada de San Lázaro. Ay, que algo le va a pasar a mi niño, decía la mujer vete a saber por qué intuición. Las madres trágicas se quedan en casa esperando a los hijos, cosiendo dobladillos y agorando desgracias. A doña Amalia le gustaba María Ángeles por formal y desconfiaba de la Marily porque le acababa el nombre en ye exótica como de pilingui del amateur o por lo menos de fresca. A doña Amalia no le gustaba la compañía de hombrones de bebedero que frecuentaba el hijo, que cuando empitarraban se volvían broncos de vocear y soltar el macho. El Piqui no rehuía la pendencia pero no le acompañaba el cuero y llevaba las de perder.

El Piqui empezó el martes 16 de marzo de 1955, día de los santos Julián, Agapito y Heriberto, cumpliendo en un funeral en el que lloró con sentimiento y figuró en la presidencia del duelo porque le tenía ley al difunto. Después fue también al entierro y como le quedó mal cuerpo se quitó a vermuses el olor a ciprés, empeñó un reloj en el Monte de Piedad por treinta duros y volvió a casa, a eso de las seis de la tarde, con flojera de apetito. Doña Amalia le puso de merendar porque le hiciera la cama a lo que llevaba bebido y le intentó convencer de que no saliera de juerga al anochecer. El Piqui le dijo, en cambio, puede que por molestar, que se iba a ver a la Marily. Doña Amalia le dijo que cogiera la gabardina porque la noche de Oviedo en marzo rociaba relente si se la rendía al sereno. Las madres trágicas que esperan en casa cosiendo dobladillos y agorando desgracias siempre recomiendan gabardina aunque sea verano, y por algo será.

El Piqui se echó sobre el cuero la gabardina, cogió los treinta duros, se puso loción de oler bien y salió a compadrear y, como tenía el reloj empeñado, se le fue gastando la noche sin enterarse en los pesebres de San Lázaro. Si encontró a la Marily, la de la ye pilingui, nadie lo sabe, pero se conoce que acabó en la tasca de La Belmontina, en la calle del Águila, bebiendo con un valentón llamado Manuel Cuesta González, de oficio limpiabotas y falangistón que cargaba pistola. Manuel Cuesta González rondaba los cincuenta y oficiaba de macho bravo cuando enseñaba el plomo y le gustaba multiplicar sus méritos por fardar. Se las daba de sargento militar cuando no ascendió de cabo primero en la milicia y decía que había sido jefe ferroviario por una temporada que fue mozo de estación. En la Belmontina el Piqui ya tenía fundidos los treinta duros y riñó con el limpiabotas por quién convidaba la última. El patrón del changarro le tomó la gabardina en prenda para no palmar y los dos empinadores salieron de la tasca metidos en discusión y media hora después Manuel Cuesta le pegó tres tiros al Piqui en la esquina de Schultz con la calle de San Juan. Dos balas le dieron de muerte y la otra se clavó en una máquina de caramelos que había en una tienda de  ultramarinos. Así la entregó en la mitad de la calle el pobrecito Luis Miguel Iglesias, que le decían el Piqui por magro, húmedo de vino y de orvallo y sin gabardina y con una peseta y media que le quedó del préstamo del reloj y la madre esperando en casa, presintiéndole el luto y cosiendo dobladillos.

Al funeral del Piqui acudió la mitad de Oviedo y la madre preguntó por la gabardina. Le dijeron, mujer, no la llevaba y le encontraron a cuerpo bravo. Manuel Cuesta González le dio el pésame a doña Amalia en el velorio y dijo a aquel que le quisiera oír que había que colgar al canalla que asesinó a un chaval que estaba en la flor de la vida. Después le dijo al segundo jefe de la Guardia Municipal que la policía no estaba haciendo lo suficiente por echar el guante al criminal. El crimen del Piqui lo instruyó el juez don Manuel de la Cruz y lo investigó el comisario García Cofiña y Margarita Landi le sacó la reseña en El Caso. Manuel Cuesta González le prometió la muerte al patrón de La Belmontina si decía la gabardina y en la calle tuvo otro pleito con otro muchacho al que le enseñó la pistola del 7´65. No se le había quitado el bocón por asesino y seguía riñendo grescas y pistoleando como un matón. Le trincaron en cinco días en un cuarto en el que dormía en la travesía de la Silla del Rey. Primero cantó por la milhombres diciendo que de él no se reía nadie y que le importaba poco pegarle  tres tiros a uno como hay Dios y luego, cuando la vio negra, contó que el Piqui le amenazó con darle dos bofetadas y se tuvo que defender. Se tuvo que defender a muerte el medio sargento hombrón del pobre Piqui de veinte abriles, curda y tieso de frío porque iba sin gabardina y dispensado de la quinta por escurrido, ya ven. Manuel Cuesta González pasó nada más que dos años de trullo, dicen que le menguaron la penitencia por la falangista,  y cuando salió le puso una demanda a Matgarita Landi por injuriarle el honor, que no prosperó.

El crimen del Piqui fue habitual como los lunes, como de cocido de garbanzos, y no tuvo marquesas ni sacamantecas. Fue un crimen de dos chatos de pitarra y de calentón, de nochecita flamenca que se va torciendo y torciendo y hoy ya no se cosen tantos dobladillos porque la raza ha ido medrando, que da gusto verla, pero las madres trágicas siguen esperando a que los hijos vuelvan del botellón con gabardina para que no les agarre un catarro y sin enredos de honores curdas que parecen tan importantes de madrugada y siguen esperando, por Dios, que vuelvan de una pieza los hijos, los hijos.

MARTÍN OLMOS

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El párroco y el monaguillo

In El cañí, La cruz y la media luna on 26 de octubre de 2013 at 10:28

En 1971, en el Puerto de Sagunto, un cura asesinó a un monaguillo para abusarlo y después de unos años de retiro siguió diciendo misa

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS

“Naturalmente, entonces no era fácil reseñar un suceso de tal naturaleza, y si se publicó fue porque se trató con mucha delicadeza”
MARGARITA LANDI

Como buen católico, el español, que siempre que puede quema un convento, practica solo en bautizos y funerales y le guarda recelo a la iglesia porque en los tiempos de la carpanta recuerda haber visto al obispo cebón. Los curas, que conocen la inclinación de su rebaño, instauraron por lo tanto el paseo publicitario del cepillo, contradiciendo al evangelista San Mateo (6, 3) que recomendaba que cuando hagas dádivas de misericordia, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. A un español con auditorio le sale la hidalguía vieja y entonces va y echa cien duros a la cesta para pasar por rumboso delante del vecino, que es un muerto de hambre, pero en su fuero interno no le convence ni Dios de que el óbolo no se lo va a gastar el cura en una capa en vez del negrito del Domund en unas alpargatas. El español alimenta una inmanente desconfianza hacia el incienso y en los tiempos en los que la iglesia disfrutaba de un respeto institucional hacía las gracias a costa del cura en el oscuro, debajo de una manta, como cuando escuchaba radios francesas. El cura de los chistes primigenios era gorrón de almuerzos, pedigüeño y a veces burdelario. La democracia y su laxitud llevó las chanzas al mosén a la taberna y a la sobremesa de las bodas, en donde las decía el padrino en alto cuando se entrompaba,  y la influencia irlandesa acuñó al cura menorero, que le dio mucho discurso anticlerical al pensador liberal.

A pesar de lo que dijo Jesucristo en Marcos X, 14 (consulten una Biblia, no se lo vamos a dar todo hecho), del binomio de un cura y un niño desconfían los papás, que prefieren que sus hijos salgan truchimanes y tiren piedras a los gorriones a que se metan monaguillos. Otros binomios de escaso crédito son el de un gitano y un melón y el de una bailarina y un caballero de mediana edad. Tradicionalmente el niño le ha huido al fraile por no saberse el catecismo y escapar del sopapo doctrinario y si en ocasiones se ha decidido a oficiar de acólito en la misa ha sido por meter la mano en el cepillo y soplarse el vino sacramental, que suele ser aterciopelado y medicinal, como el que ponen con un barquillo los baturros en las ferias. Los niños que frecuentan sacristías crían una reputación inquietante y los demás chavales les ignoran en el descampado, donde van echando la hombría a base de pedradas. Se dice que al papa Benedicto IX le gustaban los niños y también las cabras.  Un cura sale pederasta como puede salir del mismo pelaje un tranviario, porque la inclinación es una cosa de la índole de cada cual que no tiene relación comprobada con vestir sotana, pero el cura tocón forma escándalo y se le publicita para que escarmiente. En otros tiempos, en cambio, se tapaban los pecados del clero para no dar pienso a los iconoclastas que abundan en las gacetas.

El cura de Sagunto
Principiando los años setenta, al niño Francisco Calero Navalón, monaguillo de nueve años,  le mató el padre José Prat Balaguer, de la orden de los Paúles, párroco en funciones de Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, en la provincia de Valencia. El padre José Prat era mallorquín de Inca, nació en 1917, estudió farmacia y combatió en la guerra, de la que recordaba las mutilaciones de la morería y las jaranas con putas de la oficialidad, se ordenó sacerdote en 1951 y ejerció su ministerio en La Habana, en Tegucigalpa y en una parroquia del barrio de Brooklyn de Nueva York. Desde enero de  1971, a causa de la muerte del titular, oficiaba de párroco en funciones en Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, donde no manifestó inclinaciones lujuriosas y, más bien al contrario, guardaba la cautela con las niñas que cantaban en el coro, que le tenían por torvo. Sin embargo mostró querencia por el niño Paquito Calero, que era guapo como un sol, y le daba las propinas de los bautizos. Paquito Calero era guapo sin querer y huérfano de padre, que se había muerto de silicosis, y su madre, Isabel Navalón, sacaba adelante la casa como podía, vendiendo a la voz en la playa y limpiando en la compañía minera de Sierra Menera. Paquito era el mediano entre dos hermanas y su madre pensó que si demoraba en la iglesia no iba a aprender golferías en la plaza de la Alameda. El 2 de marzo de 1971, un poco antes de la misa de siete, el padre José Prat llamó a Paquito a la sacristía, le zurró en la cabeza con un cenicero de hierro, le abusó mientras intentó estrangularle y le pegó sesenta puñaladas con un abrecartas en forma de espadín con el que le seccionó la carótida. Después le tiró por las escaleras e intentó arrojar el cuerpo a un pozo ciego, pero fue interrumpido por otro sacerdote y se peinó a la raya, se cambió de ropa, se perfumó con loción de bálsamo  y se entregó a la Guardia Civil. El niño Paquito llegó desangrado al hospital de los Altos Hornos y le enterraron en una cajita blanca y a don José le juzgaron el 10 de noviembre en Valencia, a puerta cerrada y con poquita luz, y le condenaron a diecisiete años de prisión menor, con prohibición de volver al término municipal de Sagunto durante treinta años, inhabilitación absoluta durante el tiempo de la pena y el pago de las costas procesales y de una indemnización a la madre de la víctima. Durante la vista, el padre José dijo que el niño era demasiado guapo para estar en este mundo.

Al suceso le hizo el mutis la prensa por la categoría del asesino y solo apareció en el semanario El Caso, que mandó de corresponsal a Margarita Landi y al fotógrafo Enrique Guerrero. El capitán de la Guardia Civil de Sagunto les recibió en batín de estar y les invitó a un cafelito pero no les soltó prenda, pero la Landi consiguió el testimonio de un brigada, comandante de puesto en el Puerto, que por ser padre de familia se mostró más locuaz. Los vecinos del Puerto contestaron el crimen no dejando salir ninguna procesión de la iglesia de Nuestra Señora de Begoña pero a la familia del niño Paquito siempre le quedó la duda de que el padre José rindiese entera la pena (parece que pasó unos años preso en Zamora), aunque dio por sentada su excomunión. El padre José murió en Vallvidrera el primero de mayo de 2002 a los ochenta y cinco abriles y dos años después fue glosado con honores por el sacerdote Josep Barceló Morey, de la congregación de los Paúles, en su libro “121 mallorquines”, en el que recorría las biografías de misioneros ejemplares que fueron testimonio de la fe cristiana. Sobre su peripecia en el Puerto de Sagunto, el padre Morey recogió únicamente que don José Prat tuvo “un problema muy grave que asumió con fortaleza y humildad” y reconoció que acabó su ministerio en ejercicio como vicario de la parroquia de La Bordeta de Lérida. Parece que la iglesia juzgó con menos inquisición a su siervo, que se murió en la paz de Dios y en el anónimo, dando misas con comunión y vete a saber si escuchando confesión. En 2007 condenaron a una multa de 696 euros a una vecina de el Puerto por hacer una pintada en la iglesia recordando el asesinato del niño Paquito y en 2012 se recuperaron las procesiones y sacaron al Cristo Crucificado de la Hermandad del Santo Sepulcro de la parroquia de Nuestra Señora de Begoña. Hoy se pregona sin miramiento al cura lascivo para que se muera de la vergüenza y no pueda esconderse en las catacumbas y con el tiempo hasta nos atreveremos con el ayatolá, que tiene mal perder y como no encaje la gracia te quema una embajada.

MARTÍN OLMOS

Página de sucesos

In Con buena letra, Los chicos de la prensa on 24 de febrero de 2013 at 23:42

El crimen se cantó en verso, se vendió en pliego y se convirtió en el acompañante canalla de la crónica de sociedad

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Agosto, con luna llena y luz rojiza es el ambiente más propicio para que los psicópatas disparen”
MARGARITA LANDI

La crónica de sucesos nació para solaz del pueblo llanazo porque la aristocracia ya tenía la caza para entretener sus ocios y no consideraba pasatiempo de buen gusto gastar la tertulia con mujeres estranguladitas. Con las pastas finas y el oporto no marida bien comentar al sacamantecas, otra cosa es en el zaguán, a la fresca, después de la faena, en donde los cuentos sanguinarios de bandoleros y robaniños animan la patata viuda, la servilleta de manga y el porrón de la pitarra. Desde que el Génesis dio la noticia del crimen de Caín, la crónica de sociedad ha guardado un rincón del almanaque a los landrús,  destripadores y al capones para ver si Dios se daba cuenta de lo torcida que le salió la humanidad. Y como hasta las infamias se tienen que decir con gracia, tuvieron que salir juglares que las diesen referencia y que el popular no perdiese ripio de las cuchilladas que se administraban en el vecindario.

El periodismo de sucesos nació en el siglo XVII en métrica romance y cantado por los ciegos, que hoy venden sueños y ayer decían  las pesadillas. Los copleros mendigos describían con lujo de truculencias los crímenes sanguinarios en la plaza, atendidos por un auditorio ágrafo, y a veces les ponían música de zanfonía, que le decían en Zamora la gaita del pobre, y era un violín de manubrio que hacía melodías monótonas. Las posibilidades narrativas del suceso, y los detalles que el recitador se inventaba sobre la marcha, determinaban la extensión del romance, de versos octosílabos de rima asonante los pares y libres los impares, y al final solían  dictar catecismo, una moraleja para adoctrinar virtud al público que, según se mire, era una especie de editorial. “Recuerda pues el refrán,/ Para evitar igual suerte:/ A hierro acaba muriendo/ Quien a hierro da la muerte.” Los rimadores parias ponían la cazuela para que les echasen la voluntad y predicaban a los asesinos, los que contaban mejor recogían mayor cosecha y con el tiempo se agruparon en la Cofradía de Ciegos, a cuyo Hermano Mayor la  Sala de Alcaldes de Casa y Corte enviaba un extracto de los procesos célebres para que los líricos las hiciesen rapsodias bárbaras y sus afiliados las dijeran en la calle. Las canciones más famosas se imprimían en pliegos de una hoja, que doblada dos veces formaba un cuaderno de ocho páginas sin guillotinar, se adornaban con xilografías grabadas a buril sobre una matriz de madera y se vendían por dos chavos en tendederos de cuerda, por lo que se llamaron pliegos de cordel. Uno de los últimos que se distribuyó en España fue con motivo del ajusticiamiento de Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria, en 1881.  Tenía sesenta y un versos y llevaba rimado el precio: “Y aquí se acaba el romance/ Que en pliego escrito va,/ Solo dos céntimos cuesta/ A quien lo quiera llevar.” Como los periódicos actuales, a la mañana siguiente servían para envolver los arenques del almuerzo del tajo.

Los pliegos cordeleros desaparecieron a finales del XIX arrinconados por el abaratamiento de la prensa general, pero las gacetas no perdieron la querencia por la sangre derramada en el callejón. Los editores de periódicos reconocieron que un crimen sañudo, los violentos celos y los dramas de puñal convocaban auditorio si se destacaban con la tipografía  adecuada e ilustraciones al guaché. William T. Stead, director del Pall Mall Gazette, unió el sensacionalismo informativo con la investigación de los hechos al seriar su cruzada contra la prostitución infantil en Londres en 1885. Stead pasó una temporada en la prisión de Holloway  por organizar la compra de una niña de trece años, hija de un deshollinador, para demostrar que el siniestro comercio existía en los tugurios del Támesis y sus artículos promovieron la aprobación de la Ley de Reforma Penal. Stead murió en el Titanic, cuando iba a los Estados Unidos a participar en una conferencia de paz en el Carnegie Hall invitado por el presidente Taft. En 1888 diarios como el “Illustrated Police News” blasonaron las hazañas de Jack el Destripador, asesino de golfas, y seguramente  obligaron a la ley a conceder importancia a unos hechos que eran desgraciadamente prosaicos alrededor de los bebederos de fulanas y valentones de la parte ruin de Londres. El sanguinario Jack, quien quiera que fuese, comprendió la importancia del bramido de la prensa, a la que escribía cartas manchadas de sangre “desde el infierno”, convirtiéndose en el primer asesino mediático.

El crimen de la calle Fuencarral, en 1888,  desató el auge de la crónica negra en el periodismo español y también la discusión sobre si los diarios sobrepasaban la función informativa para tomar parte activa en la instrucción del proceso. Pérez Galdós denunció que los reporteros de El Liberal, que dobló su tirada, construían fantaseada y novelesca la historia del espantoso drama, que acabó con la doméstica Higinia Balaguer en el garrote, pero reconoció que contribuyeron a señalar el camino de la verdad.  También en el París de los campos de pluma, el Petit Journal, con una tirada de un millón de ejemplares, dedicaba en 1913 el doce por ciento de su espacio a noticiar carnicerías y riñas pandilleras  en Montmartre.

Durante la dictadura franquista, la página de sucesos se volvió escueta por obligación,  porque en el nuevo régimen todo ocurría por decreto y, según el Ministerio de Propaganda, “en la Nueva España no cabían las indignidades”. Los periódicos solo publicaban las notas breves de la Dirección General de la Policía hasta que llegó el semanario El Caso, fundado en 1952 por EL CASO PORTADA 4Eugenio Suárez, veterano del diario Madrid. El Caso bailaba con la censura a la luz de la luna y a veces la dejaba plantada en mitad de la canción, tiraba 40.000 ejemplares en los tiempos del Jarabo y del Lute y tenía por norma escribir sobre un solo asesinato español por número. Sus portadas a la acuarela, en tonos negros y rojos, espantaban a los finolis, que lo llamaban “el diario de las porteras” porque se conoce que ellos solo leían a Plutarco. En su plantilla escribieron Enrique Rubio, maño y experto en timos, y Margarita Landi, “la rubia del deportivo”. Landi se llamaba en realidad Encarnación Margarita Isabel Verdugo, nació en Madrid en 1918 y su abuelo escribía crónicas taurinas en verso. Enviudó joven y trabajó en las revistas femeninas “Ventanal” y “La moda de España” hasta que la fichó Eugenio Suárez y la soltó en el callejón  de la canalla. Landi pasó de frecuentar a las marquesas a rozarse el percal con los guirlocheros chungos, los espadistas de gancho,  los pasmas de la BIC y los tricornios del andurrial, y como Don Juan Tenorio, “a los palacios subió y a las cabañas bajó”. A  Landi le llamaban los maderos de la chapa el “Inspector Pedrito”, conducía un Karman-Guía negro descapotable, fumaba en pipa y decían que llevaba un revólver en el bolso. De joven fue rubia aventurera y con la edad acabó cultivando un personaje como de señorita Marple con mucha legua caminada. El Caso cerró la persiana en 1980 y Landi murió en 2004, en Gijón, después de renquear dos años derrotada por una operación de cadera. Ha llovido mucho, y no al gusto de todos, desde las rimas ciegas con música de gaita pobre  hasta la tele y sus evidencias y, sin embargo, el ser humano no  ha perdido la constancia en conducirse como si no lo fuera y el cronista de la iniquidad solo tiene que sentarse a esperar la próxima, contarla y que con sus insomnios, mañana, envuelvan el arenque para el almuerzo del tajo.

MARTÍN OLMOS

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