MARTÍN OLMOS MEDINA

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Jack Abbott cabalgando sobre la espalda de una rana

In Con buena letra on 4 de mayo de 2015 at 21:00

ILUSTRACION de martin olmos para  JACK ABBOTTNorman Mailer promovió la carrera literaria de un convicto de asesinato.

“La historia de Jack Abbott es trágica de punta a cabo”
NORMAN MAILER

Jack Henry Abbott llegó a este mundo en el alrededor de un barracón militar de Camp Skeel, en Oscoda, Michigan, en enero de 1944, nueve meses después de que un soldado irlandés le echase un polvo de cinco pavos a una prostituta china que trabajaba los uniformes. En 1944 la Armada reclutó a Norman Mailer, le asignó a la 112 División de Caballería y le mandó al frente del Pacífico, a Filipinas, a combatir al limón, y cuando regresó escribió “Los desnudos y los muertos”, novela con la que se abrió a puros codazos el camino hacia su consideración como el mejor escritor americano macho y cojonudo desde Ernest Hemingway. Norman Mailer progresó hacia la beligerancia política y hacia la prosa fastuosa y cosechó elogios y asombro, se casó medio millón de veces, reinterpretó el existencialismo, le pegó una hostia a Gore Vidal y se puso a escribir un libro sobre Gary Gilmore, un chorizo de segunda que se cargó a dos mendas en Utah y que pidió ser ejecutado a tiros delante de un pelotón de fusilamiento. Jack Henry Abbott no progresó hacia ningún sitio, hizo la gira de los reformatorios y a los veinte años le entrullaron por endosar cheques falsos y en la prisión de Utah mató a otro preso de una puñalada. Se fugó, asaltó un banco en Colorado y le trincaron y acabó derivando en macho de trena pegándose en el patio, trapicheando y pasando temporadas en régimen de aislamiento. Leyó una tonelada de libros e intuyó su voz. Norman Mailer intentó ponerse a la altura de su propia prosa de macho y posó en los retratos poniendo gesto de estar a punto de empezar una pelea. Jack Henry Abbott se enteró de la intención de Mailer de escribir sobre el asesino Gilmore. Abbott asó a cartas a Mailer diciéndole que Gilmore era un fantasma y le proporcionó historias de presidio puro sin mandangas. Le proporcionó comercio sexual en el tigre y plantaciones de maría y el efecto devastador del sistema de prisiones sin colarlo a través de un calcetín. Mailer agrupó las cartas como quien junta cabos de sábanas para procurarse una maroma. Tuvo la intuición de haber encontrado al puto Jacques Mesrine. Le salió el mecenas. Le salió también el exhibicionista.  Dijo: “Jack Abbott tiene todas las características de los escritores importantes y poderosos”. Juntó mil cartas de Abbott, algunas de más de veinte páginas escritas a mano, y se las endosó con un prólogo a la editorial Random House debajo del título “En el vientre de la bestia” (fue publicado en castellano por la editorial Martínez Roca en 1982 y hoy está descatalogado pero se puede encontrar por unos cincuenta pavos en internet). Antes salió por entregas en el suplemento literario del New York Times y la crítica dijo que era una obra imponente y perversamente genial. Mailer había descubierto a un Genet de trullo y puñal que había escrito desde el puro escroto peludo sin pasar por ningún programa para reclusos. Abbott consideraba los programas de escritura creativa para presos una forma de domesticación. Lo mismo valía para los talleres de cerámica que atenuaban la furia de los desesperados poniéndoles a modelar ceniceros de arcilla. Abbott había absorbido las palabras leyéndolas debajo de una bombilla monda como si fuera una tira de papel de goma en la que se pegan las moscas. Había edificado el castillo sobre una base de analfabetismo funcional. Abbott reconoció que nunca había oído pronunciar las nueve décimas partes del vocabulario que utilizaba. No estaba mal para el hijo de una puta china y un irlandés de la infantería que tenía cinco pavos.

El carácter del escorpión
A Mailer le gustaba sujetar las banderas. Mailer escribió que a todos nos fascinan los asesinos. Mailer sujetó la bandera y metió en el ajo a los liberales. Metió en el ajo a Susan Sarandon y a Jerzy Kosinski. Clamó para que concediesen la libertad condicional a Jack Abbott. “En el vientre de la bestia” facturó quince mil pavos en media hora y Abbott se los gastó en abogados. Los funcionarios de prisiones dijeron que estaba tan rehabilitado como el escorpión que se subió al lomo de la rana. Mailer corrió el riesgo. Mailer hizo campaña. La presión aflojó la cautela. Liberaron al malo de moda de los izquierdistas chic y le dieron un auditorio. Norman Mailer le ofreció un trabajo de investigador por ciento cincuenta pavos semanales para que cumpliese el requisito de la libertad condicional. Mailer le presentó a tíos con gafas que fumaban en pipa y le recomendó a su propio agente. Jack Abbott respiró aire puro. Desde que le metieron en el reformatorio a los doce años hasta que le sacaron para conferenciar con los gafosos solo había estado nueve meses en la calle. Mailer sujetó la bandera. La revista Vogue dijo que “En el vientre de la bestia” era, quizá, uno de los libros más importantes de nuestra era. El profesor Terrence Des Pres dijo que era una articulación de la pesadilla penal totalmente convincente. Los mendas del rollo se encantaron de la vida y compararon a Jack Abbott con el Marqués de Sade. Jack Abbott salió en la revista “People” y en la tele, en el programa “Buenos días, América”, de la ABC. Jack Abbott cenó de gorra con los mendas del rollo. Shakespeare escribió que uno puede sonreír y ser, sin embargo, un villano. El escorpión que se subió al lomo de la rana acabó picándola a pesar de que era su única posibilidad para cruzar el río. Los funcionarios de prisiones dijeron que Abbott era un tío peligroso de cojones. Mailer dijo que Abbott era un hombre poseído por una visión de las relaciones humanas mejores que las que puede forjar una revolución. Abbott era el escorpión cruzando el río sobre la espalda de una rana.

A Jack Abbott le concedieron la condicional en junio de 1981 y se pasó cuatro semanas cabalgando sobre la rana y haciendo la ronda de las tertulias con los gafosos. La noche del 17 de julio se ligó a dos pibas y se las llevó a tomar un trago al café Binibon del 79 de la Segunda Avenida de Manhattan. El Binibon era propiedad de Henry Howard y no tenía retrete al servicio de la parroquia porque carecía de seguro de accidentes para los clientes. Las mesas las atendía el yerno de Howard, Richard Adan, un actor de teatro de veinte años que acababa de rendir una gira por Europa interpretando la obra “Golondrinas”, del autor cubano Manuel Martín Jr. Jack Abbott le preguntó a Richard Adan por el retrete y Adan le dijo que solo tenían servicio para el personal. Se enconó la discusión por el váter y Abbott le pegó a Adan una cuchillada y le mató. Abbott había escrito en sus cartas cómo apuñalar a un menda acercándose sonriendo, haciéndose el primo, ocultando el cuchillo manteniéndolo pegado a la pierna y clavándolo en un punto entre el segundo y tercer botón de la camisa. A la mañana siguiente salió en el New York Times una crítica elogiosa de “En el vientre de la bestia” mientras Abbott ponía tierra de por medio. Le trincaron un tiempo después, el 23 de septiembre,  en Morgan City, en Luisiana, trabajando en un campo petrolífero. Zurraron la badana a Norman Mailer como si él fuera el tío que manejó el cuchillo. Jerzy Kosinski se desmarcó de la defensa y dijo que Abbott era un fraude. Abbott volvió al vientre de la bestia, a la prisión de máxima seguridad de Alden, en Nueva York, con una condena de quince años y no percibió un chavo de los derechos de autor porque fueron a parar a la indemnización de la viuda del Richard Adan. Esta historia no tiene moraleja, al contrario que la fábula de la rana y el escorpión. Mailer mezcló las buenas intenciones y el divismo de un agitador, Abbott tenía talento y la índole de un cable pelado en un charco y las autoridades sucumbieron a la presión publicitaria. No es una historia ni a favor ni en contra de la reinserción ni de la compatibilidad del genio con la violencia. Abbott escribió otro libro en la cárcel pero no obtuvo el mismo beneficio. Ya no era la sensación del momento. Mailer dijo que no encontraba en el episodio nada agradable ni nada de lo que sentirse orgulloso. Dijo haber sentido una enorme responsabilidad. Dijo que nunca había pensado que Abbott estuviese a punto de volver a matar. Dijo: “Esto es por lo que tengo que juzgarme”. El 10 de febrero de 2002 Jack Henry Abbott se ahorcó en su celda con una soga hecha de jirones de sábanas.

MARTÍN OLMOS

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La violencia inherente de Norman Mailer

In Con buena letra on 13 de octubre de 2013 at 11:05

Norman Mailer practicó el pacifismo político y la violencia social

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Lo que me parece detestable en Norman Mailer es su afición por el asesinato”
GORE VIDAL

Norman Mailer era el aspirante. Era un judío de Brooklyn pequeño y duro. Esperaba en su esquina. Ensayaba fintas en el salón. Norman Mailer estaba en Méjico cuando Ernest Hemingway se voló la cabeza con una escopeta del calibre doce. Norman Mailer declaró que la muerte de Hemingway despertó secretas alegrías en el corazón de todos los chupatintas. Dijo que Hemingway era el muro del fortín. Dijo que era el hombre que había aportado la fuerza para creer que aún se podía echar abajo el pasillo del hospital y vivir junto al aliento de la bestia. Dijo que era el hombre que asumió la parte cotidiana del horror que le corresponde a cada uno. Hemingway dejó el campeonato vacante. Mailer saltó a la lona. Se deshizo de la piedad. Norman Mailer dijo de sí mismo que a veces tenía una vena fea, oscura y competitiva. La literatura europea es mendigar prólogos, escribir columnas y gorronear cafés. Las corrientes literarias norteamericanas se ordenan por idiosincrasias. Las categorías menores son las de los mariquitas sureños como Truman Capote y Tennessee Williams y las de los huidizos como Pynchon y Salinger. Los pesos pesados son los escritores priápicos que son borrachuzos y jodedores. Abusan del matrimonio y de las metáforas deportivas. Se pegan en los bares. Son machos, falocéntricos y ligeramente frívolos. Frecuentan los alrededores de la violencia. Derrochan pelo en el pecho y exhibicionismo. Hemingway fue el campeón de los escritores machos durante tres décadas. Practicó una masculinidad sin fisuras, hecha de guerras y tauromaquia. Cuando estampó su sesera en la pared dejó desierta la cima de la colina. Norman Mailer era exhibicionista y era hirsuto, aguantaba la priva en verticalidad, podía manejar la violencia y orbitaba alrededor de sus propios genitales. Era un buen jodedor de Brooklyn, un tipo duro que no bailaba. No era un chupatintas con alegrías secretas por la desaparición del macho. Podía echar abajo el pasillo del hospital. Norman Mailer dijo de sí mismo que tenía un aplomo duro como el diamante.

Norman Mailer disponía de ciertas garantías cuando se dispuso a coronar la colina de Hemingway. Había ganado las preliminares con su primera novela “Los desnudos y los muertos” (1948), basada en sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió en Filipinas asignado a la 112 División de Caballería como topógrafo, francotirador y cocinero. Había peleado a la contra sus siguientes obras, había fajado los puñetazos que le dieron. Descubrió que no tenía cintura para la frustración. Era adicto al Seconal, al whisky, a la marihuana y al sexo. Era consciente de que podía traspasar los límites del decoro literario. Trabajaba el envoltorio y dijo que había aprendido a vivir en el sarcófago de su imagen. Trabajaba su cromosoma Y. Dijo que el miedo es una mano que te oprime a la altura del pecho y que o la apartas y avanzas o lo pagas el resto de tu vida. Se dio de hostias con cuatro macarras que se rieron de su caniche y acabó en el hospital. No obvió el insulto, respondió a la ofensa, peleó a puñetazos por su perrito. No lo pagó el resto de su vida. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Le arrancó un trozo de oreja de un mordisco al actor Rip Torn mientras sus propios hijos lloraban viendo la grotesca pelea de dos hombrones rodando sobre una campa. Le pegó un cabezazo a Gore Vidal. Le tiró una copa a la cara. Gore Vidal dijo: Una vez más, Norman no ha encontrado las palabras adecuadas. En Provincetown tumbó a un pasma de un puñetazo y le abrieron una costura de quince puntos en la cresta a porrazos. En el club de jazz Birdland le detuvieron por montar una pelea por una cuenta de siete dólares y cincuenta centavos. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Después de pegarle dos cuchilladas a su segunda esposa Adele, le dijo: “¿Es que no entiendes por qué lo hice? Porque te quiero y tenía que salvarte del cáncer”.

Adele Morales estudió interpretación en el Actor´s Studio y era una pintora decente pero poco aplicada. Orbitaba alrededor de los escritores beatniks. Fue la segunda de la copiosa legión de esposas de Norman Mailer. Se casaron en 1955. Las tarjetas de invitación tenían la forma de un pene que se estiraba a medida que se desdoblaba. Adele era una NORMAN MAILER Y ADELE MORALESbella a lo Rita Moreno y Mailer era el escritor del momento en el ambiente de porros y genios del Village de Nueva York. Eran guapos y salvajes y devastadores. Tuvieron dos hijas. Organizaban fiestas a las que acudían Capote, Burroughs y Balldwin. Mailer andaba a vueltas con su hombría. Desafió al novelista James Jones a hacer flexiones. Cabalgaba furcias y llegaba a casa con carmín en la camisa. Adele se despachaba la bodega. Adele quería saber los nombres de sus queridas. Norman se folló a un travesti. Adele le prohibió tocarla. Norman vivía en el sarcófago de su imagen. Sostuvieron el matrimonio a base de la mutua demolición.

La última fiesta
En 1962 Norman quiso presentar su candidatura para la alcaldía de Nueva York. Truman Capote dijo que solo perseguía una ración de publicidad por la cara. El 19 de noviembre organizó una fiesta de promoción en la que mezcló a la congregación de los drogotas de Times Square, a los gorrones de los bares (a los que consideraba sus votantes naturales) y a la izquierda chic del Village. Le pareció una metáfora social. Compró un perchero industrial, azumbres de priva y hierba jamaicana. Adele se puso un vestido negro y pensó que no se podía aferrar a nada. Unas horas antes de la fiesta, Norman Mailer se puso hasta arriba de whisky y porros de marihuana, intentó hacer un trío con un abogado y una actriz y llegó al festejo borracho. Se puso una camisa de torero. Adele acostó a las niñas y vio como se le llenaba la casa de gorrones. Tuvo una sensación de peligro. Bebió martinis. El editor George Plimpton se escabulló para que no le birlasen la cartera. Mailer le persiguió hasta la calle y le pegó con un periódico enrollado. Después se peleó con una cuadrilla de punkis y regresó a casa a las cuatro de la mañana, sangrando por la cabeza y con un ojo morado. En la fiesta solo quedaban Adele, que estaba borracha, un negro de la caterva de los gorrones y un tipo llamado Lester Blackiston, al que más tarde mataron en la cárcel. Mailer estaba como una cuba. Adele le enseñó un capote y le dijo: “¡Aja, toro, ajá! Vamos, mariquita, ¿dónde están tus cojones?”. Mailer encontró una navaja de siete centímetros. Más tarde dijo Adele que estaba sucia. Más tarde dijo Mailer que no estaba sucia. Mailer embistió y le pegó dos cuchilladas a Adele. Blackiston se largó. El negro intentó ayudar a Adele, pero Mailer le apartó y le dijo: deja que se muera la maldita puta. El negró tumbó a Mailer a hostias y sacó a Adele de la habitación. En el hospital le vieron dos puñaladas; una en el pecho que casi le tocó el corazón y le perforó el pericardio y otra menos profunda en la espalda. Los editores de Mailer le aconsejaron que dijera que se había caído sobre unos cristales rotos. La pasma no se lo tragó. Adele no presentó cargos. Norman Mailer pasó una temporada en el psiquiátrico de Bellevue, en el que le diagnosticaron esquizofrenia. Visitó a su mujer en el hospital y le dijo que la quería, que estaba hermosísima en la camilla y que le salvó del cáncer.

Norman Mailer se convirtió en el autor de la segunda mitad del siglo veinte, sostuvo la posición sobre la colina de Hemingway, puso rosas en las bocas de los fusiles de los soldados durante la guerra de Vietnam, practicó el pacifismo político y la violencia social, se casó seis veces, una de sus mujeres le acusó de trigamia, ganó dos premios Pulitzer, tuvo nueve hijos y acabó pagando tantas pensiones que se vio obligado a convertirse en una factoría literaria. Adele cicatrizó sus costuras, se metió en Alcohólicos Anónimos y se pasó años leyendo como Norman firmaba contratos millonarios y se casaba con otras mujeres. Pensó que eran las ganancias de Fausto. Se encontraron en la boda de una de sus hijas veintiocho años después. Norman le dijo: “Adele, lamento haberte arruinado la vida”.

MARTÍN OLMOS

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