MARTÍN OLMOS MEDINA

El potro está cojo

In Las doce cuerdas on 25 de septiembre de 2014 at 23:14

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Policarpo Díaz sigue sumando arrestos y mojadas que adornan su biografía previsible

“El boxeo es terrible. He conocido muchos púgiles que han ganado dinero y ninguno que lo haya mantenido”
MANUEL ALCÁNTARA

Enseñando en los papeles el lomo ultrajado y la tocha quebrantada le toca ahora mismo al Poli escribir el cuento trágico del boxeo, que es de mucha retórica y se repite cada cierto tiempo como los misterios del rosario. El Poli dice que le zurró la pasma y que le dejaron en cueros en una celda de la comisaría del Puente de Vallecas después de detenerle en el Parque Azorín por dar bronca a los maderos, por hacer como que sacaba un pincho y por intentar mangarles una cacharra. Andaban los bofias viendo de dar grillete a un chorizo de bugas y se cruzó el Potro a hombrear (11-08-2014) porque últimamente va dando cancha para que le escribamos las crónicas fáciles del fracaso que te solucionan una columna que queda entre el noir y el tremendismo y que suele salir agradecida y tiene su público. Estos cuentos de boxers que salen de la canina, arrumacan la gloria y se derrumban en la cuesta abajo, son como las versiones del diluvio que son comunes en casi todas las religiones y al final son siempre la misma historia que se repite en cada generación como los misterios del rosario. El Poli Díaz salió del barrio arrabalero y de tango y se abrió la vía a hostias y conoció los langostinos y fue derrotando al barrio otra vez sin remedio haciéndose una biografía presentida de perico y violencia doméstica para que le acaben diciendo de juguete roto, que es una metáfora afortunada que se inventaron Manuel Summers y Tico Medina (“Juguetes rotos”, 1966). La mención al muñeco roto y tuerto de un ojo de cristal, enseñando las entrañas de trapo y con el que ya no quiere jugar nadie, le viene al Poli como un chaleco a la medida porque principió su carrera haciendo de adorno del liberalismo divine que sacaba los codos para hacerse la foto con el pony violento y plebeyo y bajar a la arena meada del reñidero con la titi de zapatos de tacón. Cuando le peleó al francés Roland Leclerq en Madrid, en febrero de 1988, era el pupilo de Enrique Sarasola, el empresario de Felipe González, le presentó el combate Ramoncín, el Rey del Pollo Frito, y salió con dos jamonas, vestido de batín rojo iluminado por un cañón de luz bailando la música de “Rocky”. El Potro tenía veinte añitos y le fueron a ver disputar el torero Jaime Ostos repeinao, el marqués de Griñón y el de Cubas con su parienta Marta Chávarri un año antes de enseñar el parrús, Luis García Berlanga y Alaska y los Pegamoides. El potrito de la barriada de Palomeras que una vez mangó un pernil del Museo del Jamón y cazó un pato del Retiro para llenar la cazuela se acabó retratando con Inés Sastre y con Almodóvar y con el rey, y acabó mordiendo de los cajeros sacadas de a diez mil duros para invitar a putas a los colegas y acabó pensando que le valía con sus pelotas y nada más. Y nada menos.

El boxeo en España lo entendieron Vadillo, Alcántara y Eduardo Arroyo y lo entendió el difunto Umbral sin cañones de luz ni música de “Rocky”. Umbral intuyó el boxeo español de raza delgada que solo daba chicarrones en el norte, el boxeo del hambre que salía de los talleres y de la construcción: el boxeo universitario, snob, fue una rareza inglesa que aquí no se ha conocido nunca, dijo. Luis Folledo vino de la fundición y Fred Galiana de la obra, y el Zurdo de Cuatro Caminos Young Martín era afilador y el negro Legrá limpiabotas. El potro vallecano vino de mangar jamones y de robar patos y su historia es la de tantos, con una variación o dos, que es la de uno que le huye a la jai a bofetadas y arrumaca la gloria y se distrae con las luces brillantes y lo tumba la vida, que es muy perra, y le devuelve a su lugar. Es la historia que se repite una y otra vez como los misterios del rosario, padrenuestroqueestásenloscielos, y se parece, por decir de una como se podía decir de otra, a la de Luis Folledo, que salió de la fundición como un vulcanito pobre del barrio de Las Ventas y a tortazos se llegó a comprar zapatos de dos mil duros. A Luis Folledo le fueron a ver pelear contra Laszlo Papp el príncipe Juan Carlos y su primo Alfonso de Borbón, cinco ministros del Régimen, el tasquero Chicote (que aún no le decían restaurador), Di Stéfano, Jean Paul Belmondo y Luis Miguel Dominguín y Luis Folledo, cuando se desprendió de la gloria, puso un mesón que quebró y acabó ganándose dos chavos, contaba Julio César Iglesias, jugando a los chinos, sacando tres con la tuya.

Rise and fall
El Poli vino de mangar jamones y de robar un pato en el Retiro y con el tiempo se ha ido inventando una infancia de prados verdes en Usánsolo, donde consiguió su padre tajo en la soldadura, en la que quiere recordar que no iba al pupitre y se pasaba el día corriendo el monte y dice que una vez se encontró un zulo de la ETA. De vuelta en Vallecas se puso tartamudo y sorteó el jaco, que se le llevó a algún compadre, y le pegó a un menda tres puñaladas en el culo porque le despeinó un tupé de gomina. Fue un zorzal medio quinqui que derivó en el box sin técnica, en “un boxeo pobre y con afición dura y no muy entendida, que aplaude la clásica torta castellana, y pare usted de contar” (Umbral). Peleó con huevos inconscientes igual en el peso gallo, que en el pluma o en el ligero y anduvo bailando el gramo porque era joven y combatía para que le llevaran a Canarias y le diesen de comer carne en vez de sopas de pan duro. El Poli Díaz llegó a campeón de Europa con sus pelotas nada más, y nada menos, peleando un boxeo ágrafo como de asaltante de bancos y se hizo fotos con los sarasolas, con los ramones y con las alaskas y fundió los duros con la colegada, convidándoles a zorras y a perico, como un indiano que no tuvo que navegar. Se hizo la corte de los gorrones y los cobistas -y esta ronda la paga él- y se fue a pelearle al negro americano la corona del mundo entero. Le hicimos la vigilia aquella noche que perdió porque fue al combate pasado de peso y sin empollarse al contrario (con sus pelotas nada más, y nada menos)  y palmó, claro, y lo demás fue cuesta abajo. Al principio fue la feria: salió en un Torrente y en tres pelis guarras con Nacho Vidal, juergueó con Mickey Rourke en Oviedo y acabó a hostias en un boliche y soltó la caña para ver si le encerraban en el Gran Hermano. Después fue el perico y el jaco y su mujer tirándose por la ventana de puro miedo, una paliza a su padre y una mojada que le pegaron en el pecho por vete a saber qué razón. Después fue la kunda para llevar a los zombis a la Cañada y una puñalada de destornillador que le metió a un moroso por un cañón de cinco bolos. Y ahora al Poli no se le arriman los ramones ni las alaskas y le arriman un par de hostias los maderos por ponerse peso gallo y enseña en los papeles el culo cardenal y la cara de pringao del que una vez fue el baranda de la barriada. Al Poli le queda biografía y le queda o la redención o diñarla en chándal en una campa, como un gorrión con las alas mojadas, para que digamos que ya se veía venir porque estas historias del ring suelen salir presentidas como los misterios del rosario, padrenuestroqueestásenloscielos, y te sale una columna agradecidita, que le dicen los ingleses de rise and fall, y que tiene su público.

MARTÍN OLMOS

Una tarde con la canalla

In Con buena letra on 1 de septiembre de 2014 at 15:01

escrito en negro

En junio de 2012, tras mucho insistir sobre los grandes beneficios que para su fama y peculio supondría tener blog propio, Martín Olmos accedió a abrir Escrito en Negro. La idea era ir clasificando y difundiendo los artículos que bajo el mismo título venía publicando en las páginas del diario El Correo y evitar que acabaran siendo pasto de la hemeroteca o el olvido.

Desde entonces, semana tras semana, la galería de villanos y bandidos, vampiros y caníbales, chorizos y camorristas, mafiosos y lunáticos, asesinos y chorras, ha ido creciendo hasta conformar un catálogo alucinante de insanía, idiotez y depravación, pero también de humor negro y barroquismo literario.

En 2013, una selección de estos artículos obtuvo el XX Premio Literario Bodegas Olarra & Café Bretón, de Logroño. Vio en ellos el jurado, además de humor y literatura, un alto nivel de documentación sobre los personajes tratados, lo que convierte a estos artículos en una gozosa fuente de información.

Hoy, Pepitas de Calabaza, una editorial que presume (falsamente) de tener menos proyección que un cinexín, pone a la venta el libro Escrito en negro (Una tarde con la canalla), una selección por la que transitan desde William Burroughs hasta el desmontable general Millán Astray, desde la asesina Dulce Neus hasta el estafador Paco el Muelas. Un libro que yo pienso poner en mi biblioteca al lado de las Hagiografías y Vidas de Santos, otro género fascinante que Martín Olmos ha tocado poco y que está pidiendo a gritos ser visitado por una mirada piadosa como la suya. ¿O no?

Perroantonio

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El diablo repugnante de GG Allin

In Los raros on 31 de agosto de 2014 at 13:06

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Hasta Dee Dee Ramone le consideraba una mala compañía

“GG Allin es un artista con un mensaje para una sociedad enferma”
JOHN WAYNE GACY. Asesino en serie.

Al rock and roll, yeah, le adorna un mazo la insurrección y todo eso de vivir en la carretera y tal, y diñarla joven y mear en la moqueta de los hoteles, pero como que ya no se cree uno tanta insurgencia para que luego ande cagándose en la manta y exigiendo agua Evian de los manantiales de los Alpes y humidificadores de ozono. El rock and roll, yeah, se viste de anarquía molona y se niega la corbata, como los rojos de tres pesetas, y le saca el rendimiento al cultivo de la trasgresión de invernadero para que no le confundan con Mocedades. Los roqueros se construyen una propaganda de nómadas (Slash: “No tengo un hogar. No tengo un lugar donde almacenar mi mierda”), de borrachuzos (Alice Cooper: “Empecé a beber en 1979 y terminé en 1985, fue un trago muy largo”) y de amotinados (Jim Morrison: “Me interesa cualquier cosa que tenga que ver con las revueltas, el desorden y el caos”) que se la venden muy bien a los chavales de secundaria para que luego les compren camisetas con el dinero de sus viejos, que escuchan a Machín. La vía canalla es una salida de los pimpollos de la Disney para cuando se ponen mazorrales y no pueden seguir cantando pasteles: unos se quedan a verlas venir hasta que les sacan en un programa de viejas glorias enseñando el cartón y otros, que son más vivos, empiezan una carrera de rebeldes porque el mundo les ha hecho así y sacan cuernitos y mean en equilibrio a la salida de los Grammy para ver si hay suerte y les detienen los pasmas como al Kurt Cobain, qué pasada. Les quedan las cuarteladas un poquito impostadas, como de repetidor de octavo que fuma en el retrete, pero las van estirando hasta que pasan a la tercera fase, en la que dicen: buah, colega, pasé una temporada al borde del abismo. Luego se hacen ultracatólicos y dicen que Dios les salvó, aleluya, o acaban amenizando las cenas en el crucero del amor del capitán Stubing. Lo malo de la juventud es que no dura siempre. Lo malo de las revoluciones (también de las artísticas) es que se las acaba apuntando el ministerio; pasó con el jazz, con los prerrafaelistas y con el voto femenino. Frank Sinatra dijo en 1957 que el rock and roll era una farsa tocada por unos cretinos mentecatos, pero tres años después le pagó 125.000 dólares a Elvis Presley para que apareciera seis minutos en uno de sus programas de televisión.

Al rock and roll, yeah, le adorna mucho la autodestrucción, lo que pasa es que Mick Jagger ha cumplido setenta y uno. Los punkis de los setenta adoptaron el nihilismo del no hay futuro y el lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, que en realidad es una frase de la película “Llamad a cualquier puerta”, dirigida por Nicholas Ray en 1949 con Humphrey Bogart y John Derek (con lo que seguramente fue una ocurrencia de los guionistas John Monks y Daniel Taradash). El punk mezcló las insignias nazis con las botas de quinto y las cremalleras y la rúbrica salvaje se la puso Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, que recién salió del trullo por haber asesinado a su novia, la diñó de una sobredosis de heroína que le inyectó su propia madre. Los punkis de los ochenta se dividieron entre los que siguieron en la brecha montando follón, los que pretendieron arrimarse al ministerio para pedir agua Evian y humidificadores de ozono y el increíble hombre-pocilga GG Allin, el cerdo indecente de los conciertos de garaje. GG Allin fue un producto de la Biblia y las garrapatas, del travestismo, la bipolaridad y la adicción al laxante, al whisky Jim Bean, a las camorras, a la coprofagia, a la corriente nudista y al masoquismo. GG Allin grabó profusamente pero sin calidad y en sus conciertos en directo (que no solía finalizar porque los interrumpía la pasma o el hospital) ofrecía en comunión su carne, su sangre y sus fluidos a sus acólitos, porque consideraba que su cuerpo era el templo del rock an roll.

Sangre y heces
GG ALLINAllin nació en 1956 en Lancaster, en el estado de New Hampshire, creció en una cabaña de madera sin electricidad ni agua corriente y a los doce años las garrapatas le infectaron de borreliosis. Su padre, Colby Allin, estaba como una cabra y le puso de nombre Jesucristo porque había tenido la visión de que su hijo iba a ser el Mesías. Colby Allin interpretaba la Biblia con dramatismo y preparó un pacto de suicidio con su familia, por lo que cavó cuatro tumbas en el sótano de la cabaña, pero su mujer, Arleta Gunther, cogió a sus dos hijos y puso pies en polvorosa. Arleta le cambió el nombre al pequeño Jesucristo para que no se riesen de él en la escuela y le puso el de Kevin Michael, pero siempre le llamaron GG. GG Allin no encajó en el instituto, quizá por su costumbre de ir a clase vestido de mujer, pero se graduó milagrosamente en 1975 en la Escuela Secundaría de Concord y montó la banda “Negligencia” con su hermano mayor Merle, que le introdujo en el mundo de la droga metiéndole ácido en un donut. Merle y GG Allin fundaron varias bandas hasta llegar a los Murder Junkies en 1990, en la que enrolaron al batería Dino Sex, un melenudo que tocaba desnudo, creía que era inmortal y había pasado una temporada en el trullo por enseñarle el pijo a una niña. GG Allin encontró su voz cantando las mismas mierdas nihilistas de siempre (“Fui un feto infectado, hijo de puta, estoy sobre un puente que se quema”) y montando cristos en sus conciertos en directo en pocilgas ínfimas. Salía al escenario trompa y desnudo, después de haberse bebido una botella de Jim Bean y otra de laxante. Se ponía a cantar, se cagaba, se comía sus propias heces y se daba de hostias con el público. Una vez se rompió seis dientes pegándose él mismo con el micrófono y en un concierto en Texas le partieron el brazo quince seguidores a patada limpia. En otra ocasión se cayó por las escaleras antes de cantar la primera canción y el público le rompió botellas de cerveza en la cabeza. Generalmente le arrestaban a la mitad del concierto y se hizo íntimo amigo de John Wayne Gacy, alias el Payaso Pogo, un asesino en serie que mató a treinta chaperos entre 1975 y 1978. En un experimento contracultural le invitaron a dar una charla en la Universidad de Nueva York que consistió en aparecer en pelotas en el estrado y meterse un plátano por el culo: cinco minutos después le echaron a patadas los de seguridad. Dee Dee Ramone estuvo una semana escasa en su banda, pero la dejó cuando GG le mezcló en una bronca tirando botellas de cerveza a unas putas desde una furgoneta en marcha.

Inevitablemente le entrullaron durante dos años por violar a una chica en Michigan y cuando salió se saltó la libertad condicional yéndose de gira y rodando el documental “Hated: GG Allin and the Murder Junkies”, dirigido por Todd Phillips. El 28 de junio de 1993, cuando iba a cumplir treinta y siete años,  dio su último concierto en una estación de gasolina abandonada en Nueva York. Se puso hasta arriba de coca y se cargó el equipo de sonido pegándose hostias con el micrófono. Pegó a alguien del público, se cagó encima y salpicó de mierda a la concurrencia. Le tiraron botellas de cerveza y se armaron peleas. GG Allin abandonó el escenario, salió a la calle sangrando y detuvo un autobús a botellazos. Llegó la pasma. Allin pescó un taxi en el que subió en pelotas y se largó a un hotel. De madrugada se fue a una fiesta, le pegó al Jim Bean, a la birra y a la coca y se murió vestido con una chupa, una minifalda y un casco nazi. Sus compadres de festejo pensaron que estaba roncando y se hicieron fotos con él. Cuando la poli llegó a la mañana siguiente dijo: ¿qué clase de imbécil se hace fotos con un cadáver?

Merle Allin prohibió al forense lavar el cadáver y velaron a GG con olor a mierda, hinchado y vestido con su chupa negra y unos calzoncillos marcadores sobre los que habían escrito: cómeme. Se los bajaron y le movieron el pajarito para ver si arbolaba y después le metieron en el ataúd bolsitas de coca, un micrófono, dos botellas de Jim Bean, unas bragas y un walkman en el que sonaba su disco “Suicide Sessions”.

MARTÍN OLMOS

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