MARTÍN OLMOS MEDINA

Una tarde con la canalla

In Con buena letra on 1 de septiembre de 2014 at 15:01

escrito en negro

En junio de 2012, tras mucho insistir sobre los grandes beneficios que para su fama y peculio supondría tener blog propio, Martín Olmos accedió a abrir Escrito en Negro. La idea era ir clasificando y difundiendo los artículos que bajo el mismo título venía publicando en las páginas del diario El Correo y evitar que acabaran siendo pasto de la hemeroteca o el olvido.

Desde entonces, semana tras semana, la galería de villanos y bandidos, vampiros y caníbales, chorizos y camorristas, mafiosos y lunáticos, asesinos y chorras, ha ido creciendo hasta conformar un catálogo alucinante de insanía, idiotez y depravación, pero también de humor negro y barroquismo literario.

En 2013, una selección de estos artículos obtuvo el XX Premio Literario Bodegas Olarra & Café Bretón, de Logroño. Vio en ellos el jurado, además de humor y literatura, un alto nivel de documentación sobre los personajes tratados, lo que convierte a estos artículos en una gozosa fuente de información.

Hoy, Pepitas de Calabaza, una editorial que presume (falsamente) de tener menos proyección que un cinexín, pone a la venta el libro Escrito en negro (Una tarde con la canalla), una selección por la que transitan desde William Burroughs hasta el desmontable general Millán Astray, desde la asesina Dulce Neus hasta el estafador Paco el Muelas. Un libro que yo pienso poner en mi biblioteca al lado de las Hagiografías y Vidas de Santos, otro género fascinante que Martín Olmos ha tocado poco y que está pidiendo a gritos ser visitado por una mirada piadosa como la suya. ¿O no?

Perroantonio

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El diablo repugnante de GG Allin

In Los raros on 31 de agosto de 2014 at 13:06

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Hasta Dee Dee Ramone le consideraba una mala compañía

“GG Allin es un artista con un mensaje para una sociedad enferma”
JOHN WAYNE GACY. Asesino en serie.

Al rock and roll, yeah, le adorna un mazo la insurrección y todo eso de vivir en la carretera y tal, y diñarla joven y mear en la moqueta de los hoteles, pero como que ya no se cree uno tanta insurgencia para que luego ande cagándose en la manta y exigiendo agua Evian de los manantiales de los Alpes y humidificadores de ozono. El rock and roll, yeah, se viste de anarquía molona y se niega la corbata, como los rojos de tres pesetas, y le saca el rendimiento al cultivo de la trasgresión de invernadero para que no le confundan con Mocedades. Los roqueros se construyen una propaganda de nómadas (Slash: “No tengo un hogar. No tengo un lugar donde almacenar mi mierda”), de borrachuzos (Alice Cooper: “Empecé a beber en 1979 y terminé en 1985, fue un trago muy largo”) y de amotinados (Jim Morrison: “Me interesa cualquier cosa que tenga que ver con las revueltas, el desorden y el caos”) que se la venden muy bien a los chavales de secundaria para que luego les compren camisetas con el dinero de sus viejos, que escuchan a Machín. La vía canalla es una salida de los pimpollos de la Disney para cuando se ponen mazorrales y no pueden seguir cantando pasteles: unos se quedan a verlas venir hasta que les sacan en un programa de viejas glorias enseñando el cartón y otros, que son más vivos, empiezan una carrera de rebeldes porque el mundo les ha hecho así y sacan cuernitos y mean en equilibrio a la salida de los Grammy para ver si hay suerte y les detienen los pasmas como al Kurt Cobain, qué pasada. Les quedan las cuarteladas un poquito impostadas, como de repetidor de octavo que fuma en el retrete, pero las van estirando hasta que pasan a la tercera fase, en la que dicen: buah, colega, pasé una temporada al borde del abismo. Luego se hacen ultracatólicos y dicen que Dios les salvó, aleluya, o acaban amenizando las cenas en el crucero del amor del capitán Stubing. Lo malo de la juventud es que no dura siempre. Lo malo de las revoluciones (también de las artísticas) es que se las acaba apuntando el ministerio; pasó con el jazz, con los prerrafaelistas y con el voto femenino. Frank Sinatra dijo en 1957 que el rock and roll era una farsa tocada por unos cretinos mentecatos, pero tres años después le pagó 125.000 dólares a Elvis Presley para que apareciera seis minutos en uno de sus programas de televisión.

Al rock and roll, yeah, le adorna mucho la autodestrucción, lo que pasa es que Mick Jagger ha cumplido setenta y uno. Los punkis de los setenta adoptaron el nihilismo del no hay futuro y el lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, que en realidad es una frase de la película “Llamad a cualquier puerta”, dirigida por Nicholas Ray en 1949 con Humphrey Bogart y John Derek (con lo que seguramente fue una ocurrencia de los guionistas John Monks y Daniel Taradash). El punk mezcló las insignias nazis con las botas de quinto y las cremalleras y la rúbrica salvaje se la puso Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, que recién salió del trullo por haber asesinado a su novia, la diñó de una sobredosis de heroína que le inyectó su propia madre. Los punkis de los ochenta se dividieron entre los que siguieron en la brecha montando follón, los que pretendieron arrimarse al ministerio para pedir agua Evian y humidificadores de ozono y el increíble hombre-pocilga GG Allin, el cerdo indecente de los conciertos de garaje. GG Allin fue un producto de la Biblia y las garrapatas, del travestismo, la bipolaridad y la adicción al laxante, al whisky Jim Bean, a las camorras, a la coprofagia, a la corriente nudista y al masoquismo. GG Allin grabó profusamente pero sin calidad y en sus conciertos en directo (que no solía finalizar porque los interrumpía la pasma o el hospital) ofrecía en comunión su carne, su sangre y sus fluidos a sus acólitos, porque consideraba que su cuerpo era el templo del rock an roll.

Sangre y heces
GG ALLINAllin nació en 1956 en Lancaster, en el estado de New Hampshire, creció en una cabaña de madera sin electricidad ni agua corriente y a los doce años las garrapatas le infectaron de borreliosis. Su padre, Colby Allin, estaba como una cabra y le puso de nombre Jesucristo porque había tenido la visión de que su hijo iba a ser el Mesías. Colby Allin interpretaba la Biblia con dramatismo y preparó un pacto de suicidio con su familia, por lo que cavó cuatro tumbas en el sótano de la cabaña, pero su mujer, Arleta Gunther, cogió a sus dos hijos y puso pies en polvorosa. Arleta le cambió el nombre al pequeño Jesucristo para que no se riesen de él en la escuela y le puso el de Kevin Michael, pero siempre le llamaron GG. GG Allin no encajó en el instituto, quizá por su costumbre de ir a clase vestido de mujer, pero se graduó milagrosamente en 1975 en la Escuela Secundaría de Concord y montó la banda “Negligencia” con su hermano mayor Merle, que le introdujo en el mundo de la droga metiéndole ácido en un donut. Merle y GG Allin fundaron varias bandas hasta llegar a los Murder Junkies en 1990, en la que enrolaron al batería Dino Sex, un melenudo que tocaba desnudo, creía que era inmortal y había pasado una temporada en el trullo por enseñarle el pijo a una niña. GG Allin encontró su voz cantando las mismas mierdas nihilistas de siempre (“Fui un feto infectado, hijo de puta, estoy sobre un puente que se quema”) y montando cristos en sus conciertos en directo en pocilgas ínfimas. Salía al escenario trompa y desnudo, después de haberse bebido una botella de Jim Bean y otra de laxante. Se ponía a cantar, se cagaba, se comía sus propias heces y se daba de hostias con el público. Una vez se rompió seis dientes pegándose él mismo con el micrófono y en un concierto en Texas le partieron el brazo quince seguidores a patada limpia. En otra ocasión se cayó por las escaleras antes de cantar la primera canción y el público le rompió botellas de cerveza en la cabeza. Generalmente le arrestaban a la mitad del concierto y se hizo íntimo amigo de John Wayne Gacy, alias el Payaso Pogo, un asesino en serie que mató a treinta chaperos entre 1975 y 1978. En un experimento contracultural le invitaron a dar una charla en la Universidad de Nueva York que consistió en aparecer en pelotas en el estrado y meterse un plátano por el culo: cinco minutos después le echaron a patadas los de seguridad. Dee Dee Ramone estuvo una semana escasa en su banda, pero la dejó cuando GG le mezcló en una bronca tirando botellas de cerveza a unas putas desde una furgoneta en marcha.

Inevitablemente le entrullaron durante dos años por violar a una chica en Michigan y cuando salió se saltó la libertad condicional yéndose de gira y rodando el documental “Hated: GG Allin and the Murder Junkies”, dirigido por Todd Phillips. El 28 de junio de 1993, cuando iba a cumplir treinta y siete años,  dio su último concierto en una estación de gasolina abandonada en Nueva York. Se puso hasta arriba de coca y se cargó el equipo de sonido pegándose hostias con el micrófono. Pegó a alguien del público, se cagó encima y salpicó de mierda a la concurrencia. Le tiraron botellas de cerveza y se armaron peleas. GG Allin abandonó el escenario, salió a la calle sangrando y detuvo un autobús a botellazos. Llegó la pasma. Allin pescó un taxi en el que subió en pelotas y se largó a un hotel. De madrugada se fue a una fiesta, le pegó al Jim Bean, a la birra y a la coca y se murió vestido con una chupa, una minifalda y un casco nazi. Sus compadres de festejo pensaron que estaba roncando y se hicieron fotos con él. Cuando la poli llegó a la mañana siguiente dijo: ¿qué clase de imbécil se hace fotos con un cadáver?

Merle Allin prohibió al forense lavar el cadáver y velaron a GG con olor a mierda, hinchado y vestido con su chupa negra y unos calzoncillos marcadores sobre los que habían escrito: cómeme. Se los bajaron y le movieron el pajarito para ver si arbolaba y después le metieron en el ataúd bolsitas de coca, un micrófono, dos botellas de Jim Bean, unas bragas y un walkman en el que sonaba su disco “Suicide Sessions”.

MARTÍN OLMOS

Sangre y entrañas a todo color

In Los chicos de la prensa on 23 de agosto de 2014 at 19:59

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOSLa reportera Christine Chubbuck se voló la cabeza en directo durante un programa de televisión matinal

 

“Odio la televisión. La odio como a los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes”
ORSON WELLES

György Faludy, húngaro, poeta, preso de Stalin y traductor de Villon, dijo que la mayoría de las cadenas de televisión norteamericanas reproducen en una noche lo que un romano habría visto en el Coliseo durante todo el reinado de Nerón. Christine Chubbuck estaba pasando una mala racha. Iba para vestir santos y le habían extirpado el ovario derecho. Los médicos le dijeron: Christine, no podrás ser mamá. Christine Chubbuck: una mezcla de Pocahontas y de morena de Julio Romero de Torres. Treinta años y virgen; había tenido dos citas en toda su vida. Los tíos no le cumplían las expectativas. Christine Chubbuck: visitaba a un loquero, tomaba píldoras para combatir la depre. Se intentó suicidar en 1970 intoxicándose con medicamentos: perdió la conciencia, se le colapsó el sistema nervioso, sobrevivió. Le gustaba hablar del intento. Amaba a su madre Peg. Amaba a su hermano mayor Tim. Amaba a su hermano menor Greg. Amaba a los niños con enfermedades mentales  del Hospital Sarasota Memorial y les montaba espectáculos de títeres que ella misma construía. Pinochos para los niños locos. Vivía en la casa familiar de Cayo Siesta, en Florida. Trabajaba de reportera en la cadena de televisión WXLT, en el canal cuarenta. Presentaba un programa matinal de interés local. Quería ser la voz de los borrachos, de los solitarios y de los yonquis. Fue la voz de los árboles del distrito de Bradenton-Sarasota. Le estaban a punto de dar un premio de reconocimiento forestal y estaba a punto de volarse la sesera. A veces sacaba los títeres en el programa. Los llevaba en una bolsa de punto que acomodaba en su regazo. Pinochos para la audiencia. Christine Chubbuck creía que la televisión era un medio. Ernie Kovaks, actor, cómico, parásito de Jerry Lewis e insumiso fiscal, dijo que la televisión es un medio porque ni está cruda ni tampoco bien hecha.

Pausa para la publicidad
En 1911, Jack London escribió el cuento “Semper Idem”, en el que un hombre en un asilo se corta el cuello de oreja a oreja con una navaja de afeitar. Ejecuta la operación de pie, con la cabeza inclinada hacia delante para poder contemplar la fotografía de una mujer que tiene apoyada en el cabo de una vela. Se corta la tráquea y la yugular, pero el servicio de ambulancias municipal actúa con presteza y llega vivo al hospital, donde el doctor Bricknell, milagrosamente, le remienda y le devuelve a la vida.

CHRISTINE CHUBBUCKChristine Chubbuck en 1974: guapa, morena y triste, manejaba los títeres. Refractaria a los halagos. Le incomodaban los abrazos. Se sentía mejor con las marionetas. Le hablaba a mamá de cuando se zampó las pastillas. Visitaba a un loquero. Mamá no le dijo a la gerencia del canal cuarenta las tendencias suicidas de su hija: a nadie le gustan los depres. Echan a perder las fiestas. Crean un mal rollo que te cagas. Les acaban despidiendo porque son un coñazo. Según los expertos, en los Estados Unidos un programa de televisión necesita una audiencia  mínima de doce millones de espectadores para que sea económicamente viable. El dueño de la cadena WXLT, Robert Nelson, pidió a sus redactores que se concentrasen en las historias policiales de “sangre y entrañas”. Christine Chubbuck se enamoró de su compañero George Peter Ryan y le hizo un pastel de cumpleaños. George Peter Ryan tenía un romance con la reportera de deportes. Las reporteras de deportes son las plusmarquistas del morbo, colega. Tienen acceso al vestuario de los futbolistas. Trabajan en un ambiente de testosterona y de olor a pinreles. Los hombres respondemos a unos estímulos fetichistas básicos: una tía subida en una Harley, una maestra de primaria que suelta tacos, una reportera de deportes tuteando a machotes en toallitas. Christine Chubbuck jugaba con títeres. Jugaba en la segunda división. Estaba pasando una mala racha. Le gustaba echarse por tierra. Le propuso a su director hacer un reportaje de investigación sobre el suicidio. Le dieron vía. Era buena en su trabajo. Era concienzuda.

Otra pausa, enseguida volvemos
En el cuento de Jack London, el hombre que se cortó el cuello se repone pero no dice una palabra. El doctor Bricknell le da el alta y le pone una mano en el hombro. Después le dice que la mejor manera de decapitarse con rapidez y limpieza es mantener la barbilla en alto, con la cabeza hacia atrás y el cuello en tensión.

Christine Chubbuck era buena en su trabajo. Era concienzuda, Preparó el reportaje sobre el suicidio con minuciosidad. Se entrevistó con un oficial del departamento del sheriff y le preguntó por métodos de suicidio. El oficial le dijo que la gente creía que la mejor manera de volarse la sesera era disparándose en la sien, pero que era mucho más efectivo, limpio y rápido pegarse un tiro en la parte posterior de la cabeza, detrás de la oreja, con una bala con la punta perforada del calibre 38. Balas con la punta perforada: las llamaban “frenahombres” en la Primera Guerra Mundial porque tumbaban a un boche de buen tamaño a la primera en los combates a corta distancia de las trincheras. Una semana antes del 15 de julio de 1974, Christine Chubbuck, guapa, morena y triste, le dijo a su compañero Robert Smith, editor del informativo nocturno, que se había comprado una pipa y le estaba dando vueltas a volarse la cabeza en directo riguroso. El dueño de la cadena WXLT, Robert Nelson, quería historias de “sangre y entrañas”. Christine Chubbuck estaba pasando una mala racha. Guardó en su bolsa de punto los pinochos de los niños locos, un cacharrón negro del 38 y ninguna esperanza. Otto Preminger, dos veces nominado a los Oscar,  no comprendía por qué en la televisión se excusan las interrupciones pero nunca la programación normal.

Excusen la interrupción
El doctor Bricknell del cuento de Jack London termina su jornada poniéndole en su sitio la clavícula a un trapero y, justo antes de largarse a casa, le anuncian el regreso del hombre del cuello cortado con los deberes hechos. Se ha rebanado el pescuezo siguiendo sus pautas incontestables, con la barbilla alta, el cuello en tensión y la cabeza echada hacia atrás y se muere sin remedio.

El 15 de julio de 1974 Christine Chubbuck llegó al canal 40 a las nueve de la mañana en su Volkswagen amarillo con un vestido blanco y negro. Su programa empezaba en media hora. Estaba bronceada. Iba a entrevistar a un tío del departamento forestal, pero la escaleta se cayó porque la noche anterior unos imbéciles se habían pegado de balazos en el restaurante Beef and Bootle, cerca del aeropuerto de Sarasota. Había imágenes. Sangre y entrañas. Hubo un problema técnico y no pudieron emitirse. Christine Chubbuck rindió ocho minutos de programa y después improvisó. Dijo: «Siguiendo  la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver una primicia: un intento de suicidio».  Sacó el revólver del 38 y se disparó una bala perforada detrás de la oreja derecha, evitando la sien. El revólver voló de su mano y su pelo negro se movió y su cabeza se derrumbó hacia delante. Un cámara pensó que era una broma. Algunos espectadores llamaron a Emergencias. El regidor ordenó un fundido en negro. Llevaron a Christine al Hospital Sarasota Memorial y certificaron su muerte quince horas después. No hubo títeres para los niños locos. Suspendieron su programa y lo cambiaron por una serie de un chaval  que se hacía amigo de un oso pardo.

En la tele sale un skin zurrando a un chino en el metro y las domingas de Sabrina y unos oligofrénicos follando encerrados en una casa y diciendo: qué fuerte, tía, es todo tan intenso. En junio de 2011 la BBC echó un reportaje en el que se veía al millonario Peter Smedley suicidándose con un cóctel de barbitúricos, pero no enganchó audiencia. Días después del asesinato de Kennedy, el New York Times dijo que fue a causa de la violencia televisiva, pero a Kennedy no le disparó una tele. Christine Chubbuck hizo Nuevo Periodismo y que se joda Hunter S. Thompson y sus reportajes gonzos en los que fumaba porros y hacía el chorra con los Ángeles del Infierno. Federico Fellini, italiano de Rimini, neorrealista, director melancólico y cultor de las tetas grandes, dijo: “Condenar la televisión sería tan ridículo como excomulgar la electricidad o la teoría de la gravedad”.

MARTÍN OLMOS

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