MARTÍN OLMOS MEDINA

Emasculación y lucha de clases

In Ejecuciones y linchamientos on 24 de julio de 2014 at 0:25

Los sindicalistas norteamericanos de principios del siglo pasado se dejaron los huevos en las reivindicaciones laborales

ILUSTRACION DE MARTÍN OLMOS

“Luché por la democracia en Francia y voy a luchar por ella aquí también”
WESLEY EVEREST

El miedo cuida la huerta. Los cuervos agostan un bonizal en una jornada de hambre y dejan al colono sin mazorcas. En el año 2012, los cuervos anidaron en una castañeda al lado de los maizales de Verdicio, en Asturias, y arrasaron hasta los esquejes de cuarenta hectáreas de cultivo. Los cuervos aprenden que un espantapájaros es un hombre de mentira y le acaban perdiendo el respeto, como los niños al maestro asambleísta.  En la cordillera de los Apalaches no confían la cosecha al espantapájaros (que solo quiere que Dorothy le baje del palo y le lleve a la tierra de Oz a buscarse un cerebro) y cuelgan de un poste un cuervo muerto que disuade a los demás. Los cuervos distinguen a un cuervo muerto y no le equivocan con un hombre de mentira ni con un maestro comicial y dejan el grano para mejor ocasión. Los espantapájaros parecen hombres crucificados. Después de que Craso derrotase a los esclavos rebelados de Espartaco en la batalla del río Silario, mandó crucificar a seis mil prisioneros a lo largo de la Vía Apia separando diez metros de distancia cada cruz para que durante sesenta kilómetros del camino entre Capua y Roma diesen sombra, olor y ejemplo. Los hombres crucificados parecieron espantapájaros, pero los cuervos les comieron los ojos. El emperador bizantino Basilio II de Moscú capturó catorce mil prisioneros búlgaros en la batalla de Belasica y ordenó que les sacasen los dos ojos a trece mil ochocientos de ellos y a los doscientos que quedaban les dejó tuertos para que guiasen a sus camaradas ciegos en el camino de vuelta y difundiesen el terror. La exhibición de los cuerpos empalados de los nobles boyardos ejecutados por el príncipe Vlad de Valaquia presidiendo las cenas con los diplomáticos, los bodegones de cabezas cortadas junto a los que se fotografiaban los soldados turcos durante la revolución macedonia y la difusión por radio del general Queipo de Llano de la talla de la insaciable arboladura de la morisma de Mohammed ben Mizzian, hambrona de milicianas morenas, son los cuervos colgados de los postes de los Apalaches y son el miedo que cuida la huerta. La divulgación del terror distingue a la guerra de un deporte de contacto con lesiones irrevocables. El general von Clausewitz dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Dijo que su finalidad es la destrucción de las fuerzas físicas enemigas y, necesariamente, también de las morales. El miedo cuida la huerta.

Los pobres agostan un bonizal en una jornada de hambre. Los pobres piden pan y trabajo y, si no se les para a tiempo, acaban pidiendo un crucero por el Báltico como Ignacio Fernández Toxo y terminan por confundir las elementales fronteras estamentales que ordenan el mundo como Dios manda. Al pobre le ha enredado la propaganda marxista que clama pan, trabajo y libertad y no se ha dado cuenta de que los dos últimos supuestos entran en contradicción. En verano de 1976, Javier Verdejo, estudiante de Biología y militante maoísta, fue a escribir sobre el muro del balneario de San Miguel, en Almería, la frase “Pan, Trabajo y Libertad”, pero solo pintó “Pan, T” y le acabó la Guardia Civil a tiros de subfusil Z-62 del nueve Parabellum, pero no colgaron su cuerpo en la tapia como si fuera un cuervo en un maizal. Los cuervos y los pobres guardan en común el color y el hambre y también que son monógamos y a veces se les puede enseñar a hablar. Durante las guerras de los sindicatos de los Estados Unidos en el primer cuarto del siglo pasado, los barones colgaron a los sindicalistas capados de los postes del camino para salvar la huerta.

Huelgas mineras
En 1914, los mineros del carbón de Ludlow, en Colorado, al pie de las Montañas Rocosas, se declararon en huelga para forzar la jornada de ocho horas, una garantía de las balanzas del pesaje del mineral extraído (y que era el baremo por el que cobraban, renunciando al trabajo improductivo como el de la separación del carbón impuro)  y el derecho a comprar en almacenes independientes en vez de en los economatos de la Colorado Fuel and Iron Company de John D. Rockefeller, que era también el dueño de las minas. Pidieron un crucero por el Báltico con desayuno de bufé. Rockefeller respondió a las reivindicaciones enviando a una legión de detectives de la agencia Baldwin-Felts con un camión blindado armado con una ametralladora Colt Browning M1895 (que le decían la Cosechadora de Patatas y la Muerte Especial y cadenciaba cuatrocientos disparos por minuto) con la que acribillaron el campamento de los huelguistas dejando veinte muertos, entre ellos once niños y dos mujeres. El líder de la revuelta, Louis Tikas, que tenía la cabeza abierta de un culatazo que le dio el teniente de la Guardia Nacional Karl Liderfelt, apareció muerto de dos disparos en las caderas y uno en la espalda, pero no enseñaron su cadáver pendido de  un poste. El cuerpo de Frank Little, en cambio, lo exhibieron colgado y castrado sobre un caballete de ferrocarril en Butte, en el condado de Silver Bow, en Montana. Frank Little era medio indio cheroqui y miembro del consejo del sindicato IWW (Industrial Workers of the World), a cuyos afiliados decían “wobblies”, y había combatido en México al dictador Porfirio Díaz al lado de Joe Hill, anarquista, ferroviario y acordeonista al que más tarde fusilaron en Utah. Frank Little siempre estuvo en la barricada  y en 1917 organizó una huelga de los trabajadores de la Compañía Minera Anaconda Cooper de Butte y los patrones contrataron a la división rompehuelgas de la agencia de detectives Pinkerton y ofrecieron cinco mil machacantes por callarlo. A las tres y cinco de la madrugada del uno de agosto, seis hombres enmascarados le sacaron de la habitación 32 de la casa de huéspedes de la señora Nora Byrne y le arrastraron por la calle atado al parachoques de un coche, le cortaron las pelotas y le colgaron de un caballete del tren con una nota de advertencia a los huelguistas prendida con alfileres de sus calzoncillos manchados. Un mes más tarde, sin embargo, L. O. Evans, abogado y consejero de las minas Anaconda, dijo en la Cámara de Comercio que “los wobblies gruñen sus blasfemias en un lenguaje soez y abogan por el desacato de la ley, por la falta de respeto a los derechos de la propiedad y por la destrucción de los principios que salvaguardan la sociedad”. Cinco años antes, vigilantes privados de los propietarios de San Diego secuestraron a Ben Reitman (socialista, médico de los vagabundos, abortista militante, combatiente de la sífilis, reformador y autor de la novela clásica “Boxcar Bertha”, que llevó al cine Martin Scorsese en 1972 y que ha recuperado este año la editorial Pepitas de Calabaza) y le metieron una paliza, le emplumaron con brea y matas de artemisia, le sodomizaron con una lata, le grabaron en el culo las iniciales de la IWW con un cigarro, le obligaron a cantar el himno y casi lo capan por el procedimiento de empuñarle la huevada y darle vueltas a la bolsa.

La tienta de los huevos sindicales fue la manera de hacer política por otros medios de los barones industriales norteamericanos y WESLEY EVERESTla destrucción de las fuerzas morales del enemigo de la que hablaba Clausewitz; la difusión del miedo primigenio del hombre a perder el macho a navajazos de barbería  con el que vigilaron la huerta. La castración de los revoltosos fue el cuervo colgado del poste, el camino de cruces de la Vía Apia y la articulación en forma de tajo de la inanidad de los cojones del asalariado en el ámbito de las relaciones laborales. En 1919, en Centralia, en Washington, los industriales madereros alentaron la enemistad entre los veteranos de guerra  de la Legión Estadounidense y los “wobblies”, que fueron contrarios a la intervención norteamericana en Europa, que desembocó en una matanza con cuatro muertos por la que fue detenido el sindicalista Wesley Everest, miembro de la IWW (y, sin embargo, excombatiente de Francia). La noche del once de noviembre, los guardianes entregaron a Everest a la turba, que le rompió los dientes a culatazos, le castró y le ahorcó tres veces en tres localidades distintas celebrando una turné violenta que culminó con su enterramiento en una fosa común a la vera del río Chehalis. Las autoridades determinaron, sin embargo, que la causa de su muerte fue el suicidio.

MARTÍN OLMOS

Baltasar en Harlem

In Con buena letra on 12 de julio de 2014 at 17:50

A Chester Himes, negro y expresidiario, le llamaron el Balzac de Harlem

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Os doy todo Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald a cambio de Chester Himes”
JEAN GIONO

Nos hemos hecho al negro de tanto verle en la manta vendiendo cedeses del Melendi y carteras del ful Vuitton, pero no hace mucho un moreno nos era exótico porque solo había uno en cada capital de provincia, que venía generalmente de la Guinea y hacía en las cabalgatas del rey Baltasar. El negro predemocrático de España era Pepe Legrá, que le decían el Puma de Baracoa, el futbolista Didí, que jugó en el Real Madrid de Puskás, y el del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao. En España se le dijo al negro etiope y prieto y nos pareció negro sin matiz, como la rosa de Gertrude Stein. Los esquimales diferencian treinta tonalidades de blanco y los negros pueden ser, atendiendo a la gradación, cuarterones, zambaigos, mulatos u ochavones, pero por la noche todos son pardos. En 1969 se instaló en Moraira, en Alicante, un negro pardo que llevaba sobre sus hombros el pecado mortal del lecho de la mujer blanca y el pasado feroz del mandinga patibulario lleno de trenas, priva y violencia. El negro era Chester Himes y pensaba que los españoles eran racistas y tenían malas carreteras, pero se compró una casa en la urbanización Plá del Mar con los francos gabachones que la editorial Gallimard le pagó por inventarse un Harlem desproporcionado de putas, predicadores y pasmas. Chester Himes fue negro de reojo, a veces soez, desconfiado, curdela y pegón de mujeres al que no le pidieron en Moraira que se vistiese de Baltasar porque no se daba en sociedad y andaba medio contrecho de la espalda porque de joven se cayó por el hueco de un ascensor. Himes vivió sus últimos quince años mirando el Mediterráneo que siempre le fue extraño, pero se fue a operar de la próstata a Inglaterra, con lo que se comportó como un gringo con posibles que desconfiaba de la medicina local y entonces no pareció un negro fiero. La vejez le atenuó la jungla y al final, medio renco por una hemiplejía y artrítico, dejó de ser cimarrón y ya no paseó con un cuchillo en el bolsillo mirando las esquinas ni se consoló con las putas y pidió perdón por su salvajismo.

Chester Himes nació en 1909 en Jefferson City, en Missouri, en donde los negros limpiaban las botas a los paletos. Su abuelo fue el esclavo de un judío y sus padres observaban su negritud de dos formas distintas. Su padre Joseph era canijo y maestro de escuela, descendía de generaciones de hambre, capitulaba ante el hombre blanco y respetaba la jerarquía cromática; su madre Estela tenía un ancestro pálido que fue capataz de esclavos y fecundó a una negra, estaba orgullosa de ser cuarterona más que cafre y pellizcaba a sus hijos el puente de la nariz para que no les creciese chata. A veces pasaba por blanca, escribía poemas y despreciaba a su marido por servilón y una vez le abrió la cabeza con una plancha. Cuando Chester Himes tenía doce años, a su hermano mayor Joseph le explotó en la cara un barrilete de pólvora durante un experimento escolar y se quedó ciego. Los médicos blancos se negaron a atenderle en Urgencias y su padre suplicó y lloró. Su madre buscó algo en el bolso que Chester rezó para que fuese una pistola, pero fue un pañuelo con el que enjuagar lágrimas negras.

Grafitis en el retrete
Creció orgulloso y reventón, novilleando el pupitre y mezclándose en peleas y se puso a trabajar de botones en un hotel hasta que se cayó doce metros abajo por el hueco de un ascensor y se le arrugó la columna vertebral. Tuvo que ceñirse un corsé y percibió una pensión de invalidez con la que se compró un abrigo de piel de mapache, un sombrero Panamá y un Ford Roadster de dos puertas y se matriculó en la Universidad Estatal de Ohio, de la que le expulsaron por vestir de chulo y sacar CHESTER HIMES Y SU GATO GRIOTporcentaje en los burdeles a los que llevaba a los estudiantes blancos a hozar en el África Negra. A partir de entonces se agenció una pistola y frecuentó broncas de callejón, mangó coches,  endosó cheques falsos y robó en una armería. Le trincaron a los diecinueve años por atracar a unos viejos a punta de pistola y birlarles un anillo de casamiento y no más de trescientos pavos. Los pasmas le zumbaron una paliza. Le condenaron a veinte años de trabajos forzados en la Penitenciaría de Ohio y es posible que le abusara el decanato, que le miró con ternura. Himes empezó a escribir en la trena, probablemente para apartarse de los romances de machos, y publicó sus primeros relatos en revistas para negros de las que se avergonzó más tarde, cuando le editaron en “Esquire”. En la Penitenciaría de Ohio pensaban que donde comían once, comían ciento once y en 1930 se quemó y se abrasaron trescientos presos. Himes sobrevivió y acumuló rencor duradero que repartió entre los pasmas, los maricas y los judíos. Salió del trullo en 1936 y le despojaron de la pensión de tullido. Se casó con Jean Lucinda, a la que dio palizas y barbecho cuando la cambiaba por las putas, siguió escribiendo y bebiendo, trabajó en una fábrica de armas y frecuentó brevemente el Partido Comunista; publicó dos novelas que nadie leyó, se fue al diablo su matrimonio de zurras y priva y vivió una temporada en Harlem a base de tajos de negros, dados y borracheras. Comía patas de gallina con salsa picante. Escribió novelas de protesta. No se llevaba bien con la intelectualidad morena. No encontró asiento ni en el rojo ni en el negro ni en el blanco; fue una gama amplia del gris. Los críticos dijeron que escribía grafitis en la pared de un retrete.

En 1956 se instaló en París y encadenó queridas blancas: la alcohólica Vandy Haygood, a la que dio una paliza de muerte, Willa, que le invitó a ostras en Arcachon, y Regine Fischer, que era alemana y aspirante a actriz. Frecuentó morosamente a James Baldwin y a Richard Wright y paseaba Pigalle con un cuchillo en el bolsillo. Richard Wright prefería alternar con Sartre y con Camus. Chester Himes estaba medio paranoico. Le detuvieron por conducir trompa. Estampó un coche contra una zanja. En 1957 Marcel Duhamel, que dirigía la “serie noir” de la editorial Gallimard, le encargó una colección de novelas policíacas a destajo y Himes aceptó el recado porque estaba sin blanca y escribió el ciclo de Harlem, protagonizado por los pasmas negratas Sepulturero Jones y Ataúd Johnson (que uno podía matar a una piedra y el otro enterrarla) intuyendo que los franceses querían leer barbarie gringa siempre que fuese atroz. Himes les dio lo suyo y disfrazó de naturalismo la reinvención de un Harlem desmesurado y violento, a veces tragicómico, lleno de ciegos con pistolas, motoristas decapitados, chulos, timadores travestidos de monjas que venden entradas para el cielo, tíos corriendo con un cuchillo clavado en la cabeza y Cadillacs de oro puro. La primera novela del ciclo (The Five Cornered Square) es un vodevil violento del que Jean Cocteau dijo que era “una prodigiosa obra maestra, y perdonadme el pleonasmo” y recibió el Grand Prix de Littérature Policière. Himes se casó con Lesley Packard, inglesa, rubia y enfermera, y se fue a vivir a Moraira, al barrio de Teulada, no tanto por el Mediterráneo como por la ventaja del cambio de moneda, y tuvo la delicadeza de afirmar que los españoles eran una pandilla de zánganos que no eran capaces de fabricar comida para perros. Fue el negrito del norte de Alicante que no hizo de Baltasar y empezó a ser reconocido en su país. Una parálisis cerebral le tumbó medio cuerpo y el declive le atenuó el furor. Dejó el cuchillo y el rencor y lloraba, al final, cuando veía una reseña de su obra en una revista literaria. Pidió perdón por sus pecados. Le fallaron las piernas y pasó los últimos años sentado en una silla de ruedas. Se le complicó una tromboflebitis y murió el doce de noviembre de 1984 clamando dos veces a Dios (Oh Lord, Oh Lord). Le enterraron en el nicho 56 del cementerio nuevo de Benissa, en Alicante, en una ceremonia escueta que adornó de reconocimiento consistorial el alcalde de Teulada, don Miguel Martínez Llobell, del Partido Popular.

MARTÍN OLMOS

Vamos a preguntar a personajes relevantes de la cultura…

In Con buena letra on 5 de julio de 2014 at 19:56

Los libros de citas están llenos de aforismos moralistas de escritores como podían estar hechos con los suyos o los de su tío el de Cuenca y sostenerse con el mismo criterio

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOSjpg

“Por imbécil que sea un autor, siempre encuentra un lector que se le parece”
SAN JERÓNIMO DE ESTRIDÓN

Fueron los talleres literarios, Harold Bloom y el Círculo de Lectores los que solemnizaron el oficio del escritor hasta hacerle creer que es el administrador  de una sabiduría indiscutible y global con la que se va a ir haciendo una industria de opinador (manifestada con prodigalidad de adverbios) que, si tiene suerte y encuentra los mentideros adecuados para difundirla al precio del mercado, le va a completar el margen magro del diez por ciento que le deja la venta de su novela de templarios con la que no llega a fin de mes. El escritor, entonces, va a acabar de bacante en una mesa redonda tertuliando de lo que le echen, da igual que sea política o tauromaquia, con autoridad incontestable pero con un saludable escepticismo que es de mucho vestir y, a veces, hasta se va a inventar una cita de Moliere porque intuye que nadie la va a ir a comprobar. Lo bueno de inventarse citas es que te cuadran todas al caso como un guante, y si quedan bien igual le cuadran a otro y las recita y acaba Moliere diciendo lo que no dijo. Un autor publicado (mejor si fuma en pipa) adorna mucho un simposio como un futbolista apaña la inauguración de un discobar de ginfizzes con su pelo multicolor y su jamona y cada uno tiene su público y no se pisa el ministerio de gastos pagados y copas de gorra. Hay que vivir, amigo mío, y que Dios nos libre de juzgar, y un libro se compra una vez y lo leen siete y el octavo espera a que salga la peli, con que no renta para pagar la luz. Entonces el escritor, con su capital en tapas duras, se pone de discerniente de lo que le echen, da igual que sea política o tauromaquia, para sacarse las gordas y el popular le venera cierta ley porque no se da cuenta de que el hecho de escribir un libro y embaucar a alguien para que corra con los gastos de publicarlo no le otorga un juicio magistral. Han escrito libros Franco, Pat Garrett, el Vaquilla y, en fin, Belén.

El oficio del escritor y la industria del delincuente comparten comunidad (aunque al primero no le guste y al segundo le dé igual) y convergen en la nocturnidad (el escritor no madruga y el mangante busca el oscuro), en el camelo (que el primero le dice mixtificación) y en una forma informal de vestir (que uno le dice dandismo y el otro, según el caso,  disfraz o elegancia calé). Dashiell Hammett trabajó de detective para la agencia Pinkerton y llegó a dos sorprendentes conclusiones: que los griegos eran los tíos más difíciles de condenar por los tribunales por el aplomo con el que lo negaban todo y que no había ningún hombre capaz de hacer decentemente un trabajo honrado que  fuese un profesional del crimen. A un escritor le pasa lo mismo, que es generalmente incapaz de hacer nada a derechas y acaba de novelista para vergüenza de su familia. Lo que Miguel de Cervantes quería ser era soldado y acabó malviviendo de la cosa cuando le truncaron la carrera mancándole en Lepanto y pegándole un arcabuzazo en el pecho. Aún lisiado llevó a cabo misiones de inteligencia en Orán en 1581 con una soldada de cien escudos librada por el Tesorero General, Juan Fernández de Espinosa, a cuenta de “ciertas cosas al servicio de Su Majestad”. Y Raymond Chandler empezó a escribir cuando le echaron de su trabajo (muy bien pagado, por cierto) de vicepresidente de la compañía petrolífera Dabney Oil Syndicate por absentismo laboral, embriaguez y por pellizcar a las secretarias. Philip Marlowe y don Quijote, que se parecen bastante, guardan parentesco por venir de plumas que fueron la segunda opción de un ejecutivo borrachuzo y de un inválido para  la milicia. Luego llegó Walter Benjamin, Theodor Adorno, el Club del Libro y el Reader´s Digest (que en España se llamaba Selecciones) y los escritores se convirtieron en ponentes globales cuyos aforismos se tuvieron en cuenta obviando el hecho de que una buena parte de ellos suelen ser curdas, mentirosos y priápicos, cuando no definitivamente pervertidos sexuales.

No están enfermos, son creativos
Ernest Hemingway se midió el pitilín con Scott Fitzgerald en el tigre de un café de París. A Scott Fitzgerald le volvían loco los pies de las chicas, como a Victor Hugo y a Dostoievski, que le escribió a Anna Snitkina: “ansío besar todos los dedos de tus pies y verás que conseguiré mi propósito”. Dostoievski también era burlanga y medio menorero y se sospechó que trató con una prostituta infantil en una bañera. A Mark Twain y a Lewis Carroll también les iban las niñas. Lewis Carroll, sin embargo, murió virgen. Scott Fitzgerald se presentó en pijama en una fiesta en la que recomendaban vestimenta informal y Hemingway llegó a la conclusión de que si mantenía relaciones sexuales frecuentes  podía comer fresas sin que le saliese urticaria, a pesar de que las tenía alergia. Una vez se acostó con una puta cubana que se llamaba Xenofobia. A James Joyce le gustaban los culos gordos, las bragas sucias y el olor a pedo y una vez se masturbó mirando a una coja en la playa de Sandymount. En Zúrich, un admirador quiso besar la mano que había escrito “Ulises” y Joyce le dijo: “Yo que usted no lo haría, con esta mano hago otras cosas”. A James Ellroy también le gustaban las bragas en ejercicio y las mangaba de los tendederos en la época en la que se entrompaba con whisky y Listerine. Jack Kerouac prefería el vino barato de la marca “Thunderbird”, que era tan malo que los palurdos lo usaban para dar friegas a las mulas,  y J.D. Salinger bebía pis porque decía que tenía propiedades medicinales y blanqueaba los dientes. Practicaba la acupuntura con sus hijos con astillas de madera y les decía que tenían muy bajo el umbral del dolor. A Yukio Mishima le gustaban los pelos del sobaco de los marineros y Arthur Miller, tan zurdo y chic,  ocultó que tenía un hijo retrasado mental. A Tolkien y a Cela era más saludable no encontrárselos en la carretera: el primero solía conducir con prisa y pensaba que si embestías a los demás coches se apartaban, y Cela sostenía que era una cuestión científica que cuanto más deprisa se pasa por un cruce, menos tiempo se permanece en él y, por lo tanto, se minimiza el riesgo de chocar contra alguien y practicaba su teoría saltándose las señales de stop a ciento cincuenta kilómetros por hora. Cela tuvo un Seiscientos verde y un Jaguar y dejó de conducir cuando se quiso comprar un Morgan descapotable y comprobó que no cabía en el asiento. Verlaine se ponía ciego de absenta y le pegó un tiro a Rimbaud, que dejó la poesía por el tráfico de armas. Burroughs dormía con un revólver debajo de su almohada y se cargó a su mujer, Norman Mailer acuchilló a la suya y Bukowsky se entrompó con dos botellas de vino en un programa de la televisión francesa y le sacó una navaja al crítico Bernard Pivot. Cela le pegó un puñetazo al periodista Jesús Mariñas y le quiso tirar a una piscina, Mailer le zumbó un cabezazo a Gore Vidal, Vargas Llosa le puso un ojo negro a García Márquez y Valle-Inclán perdió el brazo izquierdo de un bastonazo que le pegó Manuel Bueno en el Café de la Montaña de la Puerta del Sol. Y Dickens se pasaba las tardes en la morgue y Chester Himes estuvo en el trullo y Defoe en la picota y William Butler Yeats fue un fascista mussoliniano que hablaba con los espíritus. Y Thoreau se bañaba más bien poco y Anthony Burgess encontró un empleo de crítico literario y los libros que le facilitaban las editoriales los vendía en un mercadillo y las últimas palabras de Dylan Thomas antes de diñarla fueron: “Acabo de tomarme dieciocho whiskies. Creo que es mi récord. Es mi único logro en treinta y nueve años”.

Estos caballeros singulares, con sus saberes y su cotidiano, comerían hoy un poco mejor alimentando con sus ponencias los cursos de verano y sus criterios tendrían el crédito de la zarza ardiente, igual da que disertasen de política o de tauromaquia, por la razón de que un día escribieron una novela de catedrales o un memorial, o un poema conceptual o una nouvau roman o un cuento chino.

MARTÍN OLMOS

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