MARTÍN OLMOS MEDINA

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En el campo del honor

In Los trastos de matar on 8 de julio de 2013 at 16:00


Ser un caballero no es solo ir a la ópera sino anteponer el cuidado del honor a la vida misma, aunque implique comparecer al amanecer junto a la tapia del cementerio con un juego de pistolas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No hay duda de que el duelo fue, en su origen, una ceremonia religiosa”
SIR ARTHUR CONAN DOYLE.

En tiempos más civilizados que los nuestros, cuando dos caballeros reñían, ponían su honor al arbitrio de Dios y se batían en duelo. Si los que reñían eran gañanes, se descalabraban la almendra a palos de cayado de gobernar gorrinos en la parte de atrás de una cuadra en tánganas de circunstancias, sudorientas y sin criterio. A los gañanes les estaba prohibido preocuparse por su honor, cazar en los campos del rey aunque no tuviesen qué llevarse a la boca y comer faisán con salsa de pasas, con lo que sus pendencias violentas se consideraban zurras bárbaras que no tenían nada que ver con los desafíos caballerosos, que provenían de las antiguas ordalías medievales en las que uno podía refrendar judicialmente su inocencia si era capaz de sujetar con la mano un hierro candente. Se daba por sentado que Dios concedía la fortaleza al que ostentaba la razón, o bien a Nuestro Señor no le caían bien los flojos. Las ordalías las prohibió el papa Inocencio III en el Concilio de Letrán de 1215 pero en el ámbito privado los caballeros honorables siguieron sujetándose al juicio de Dios a la hora de defender sus razones, siempre que disputasen con sus pares, y la satisfacción de un insulto se dirimía a sable o florete a las doce, “junto a los Carmelitas Descalzos”.

El código
Las reglas del duelo eran estrictas y el primer “code duello” se redactó en el Renacimiento, pero el más conocido de los reglamentos para batirse fue el irlandés promulgado en 1777 por los caballeros delegados de los condados de Sligo, Mayo, Galway y Tipperary, que determinaron, entre otras cosas, que no se celebrarían desafíos por la noche, a menos que la parte desafiada tratase de abandonar el lugar del agravio antes del amanecer, teniéndose en cuenta esta excepción por lo deseable de “evitar la toma de medidas en estado de exaltación”. El código irlandés no contemplaba el desagravio verbal si el insulto había ido acompañado de una bofetada, “estrictamente prohibida entre caballeros bajo cualquier circunstancia”, y recogía el derecho del desafiado a escoger las armas a menos que el retador diese su palabra de honor de que no tenía conocimientos de esgrima y por lo tanto exigiese el uso de un medio de menos intimidad. Los beligerantes se sometían al arbitrio de dos padrinos por cada parte, que debían pertenecer a su mismo rango social, que trataban de acordar una reconciliación que evitase el combate y decidían, en caso de producirse, el terreno en el que batirse, al que llamaban Campo del Honor, la distancia en pasos a la que los discrepantes se dispararían y el número limitado de tiros a ejecutar. Si no había acuerdo sobre el desenlace podían batirse, a su vez, en línea recta con sus apadrinados, con lo que el duelo se convertía en una batalla de tres contra otros tres.  Los duelos eran de tres tipos: los decretorios, que se libraban a muerte, los propugnatorios o a primera sangre, que se decidían cuando uno de los contendientes recibía la primera herida, y los satisfactorios, que se podían detener en cualquier momento si el ofensor ofrecía al ofendido el debido desahogo. Estos últimos tenían el aire de farsa para salvar los muebles que inspiró a Ambrose Bierce su definición del duelo como una ceremonia solemne previa a la reconciliación de dos enemigos que para cumplirla satisfactoriamente hacía falta gran habilidad, porque si se practicaba con torpeza podían sobrevenir las más imprevistas consecuencias. “Hace mucho tiempo, un hombre perdió la vida en un duelo”, escribió. Para darle la razón se dio la figura del Disparador de Salvas, que era un sujeto con la comprensible pretensión de salvar la honra y la piel al mismo tiempo y que amañaba el duelo con su contrincante comprometiéndose ambos a fallar el tiro y cumplir con la formalidad sin pasar por el cirujano.

A morir con muda limpia
Los caballeros de Francia, y no solo los gascones, fueron tan aficionados a batirse en duelo que tuvo que promulgarse una ley que los prohibía por cualquier causa cuyo valor económico fuese inferior a dos céntimos y medio. Montesquieu dijo que si tres franceses se perdiesen en el desierto de Libia, dos se batirían y el tercero sería el padrino. Durante el reinado de Enrique IV, cuatro mil nobles murieron en combates de honor y duelistas franceses célebres fueron el caballero D´Eon, que vestía con enaguas de mujer para provocar la burla y su consecuencia, y monsieur Saint-Foix, espadachín experto que solo rechazó batirse en una ocasión en la que fue desafiado por un caballero al que había preguntado por qué olía tan mal. “Si me matarais –le dijo-, no por eso oleríais mejor, mientras que si yo os matara a vos, oleríais peor que nunca.” El fabulista La Fontaine desafió a un capitán de Dragones porque visitaba con demasiada frecuencia a su mujer y cuando dejó de hacerlo le volvió a desafiar porque no la visitaba. No obstante, se inventaron medios para eludir un duelo sin perder la dignidad y tener que engordar la comunidad de los parias sociales. El marqués de Rivard, que solo tenía una pierna, cuando fue desafiado por el caballero Madaillon, le hizo llegar un maletín lleno de instrumentos quirúrgicos, indicándole que estaría dispuesto a batirse tan pronto como empatasen el número de sus extremidades. Mark Twain eludió un reto a pistola con un periodista rival por el medio de hacer correr la voz por toda Louisiana  de que era un tirador experto, cuando en realidad era incapaz de acertarle al firmamento en una tarde sin nubes. El político socialista Indalecio Prieto contó de un amigo suyo, periodista bilbaíno, que se negó a acudir a un duelo porque no tenía una camisa decente, y sus amigos, que iban a ejercer de padrinos, le regalaron una de seda y un cambio de muda limpia, por si era herido y tenía que descuerarse. El periodista aceptó los regalos y fue a batirse con un ajuar de  fundamento, pero antes avisó a la policía, que interrumpió el combate y así salvó el honor y no se vio en la obligación de devolver los calzoncillos. El poeta romántico Alexander Pushkin no tuvo tanta suerte y sus enemigos políticos corrieron el decir que su mujer se entendía con Georges d´Anthés, ahijado del embajador de Holanda, militar y consumado duelista de pistola. A Pushkin solo le quedó retarle o vivir con el oprobio, y el 27 de enero de 1837, a las afueras de San Petersburgo, recibió un tiro en el pecho que le hirió de muerte.

En España, Felipe V el Animoso, del que dijo Saint-Simon que carecía de vicios y tenía miedo del diablo, dictó en 1716 una pragmática contra el duelo que sus súbditos ignoraron cuando mediaban afrentas que habían de lavarse con sangre. Duelistas fueron Espronceda y Alarcón y en el siglo XIX se abrieron academias de esgrima, como la célebre del maestro Carbonell, en la calle de Alcalá, en las que los lechuginos aprendían los rudimentos de la finta para no entregarla en el primer envite. En el ruedo periodístico las discrepancias se decidían al lado de la tapia del cementerio y no con querellas, como en estos tiempos de poca galantería y menos formalidad, y cuenta Cansinos Assens que era común una sala de espadas en las redacciones en la que los columnistas  ensayaban tiradas con maestros franceses. El último gran duelista español fue el Caballero Audaz, que era como firmaba el periodista falangista José María Carretero, que acabó escribiendo novelas eróticas y en el Madrid miliciano del 36 organizó la quinta columna de Franco. Carretero era experto espadachín y derrochador de hombría, medía casi dos metros y una vez que se cruzó con don Jacinto Benavente, que era renacuajo y con fama de mariposa, para abrir la provocación le dijo: “Yo no cedo el paso a maricones”. Benavente, para eludir el duelo, se apartó de la acera y le contestó: “Pues yo sí”.

MARTÍN OLMOS

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Rodarán cabezas

In Los trastos de matar on 14 de junio de 2013 at 22:07

El doctor Joseph Ignace Guillotin fue un filántropo contrario a la pena de muerte que tuvo que cargar con que le pusieran su nombre a la guillotina

ILUSTRACION DE MARTïN OLMOS

“Que extraño, la mismísima guillotina es un progreso. El señor Guillotin era un filántropo”.
VICTOR HUGO

Decía Wodehouse que los franceses inventaron la guillotina como remedio contra la caspa. Desde la Guerra de los Cien Años los ingleses se dedican a despreciar pertinazmente cualquier cosa que venga de Francia y prefieren que a sus partes se las coma la mugre antes que usar un bidet. El verdugo John Ellis defendía la horca como el método más limpio para matar a la gente. Sostenía que la horca era inglesa, “como el criquet, el budín y la salsa de Worcester”. Por acá no nos damos tanta importancia con el garrote y no lo andamos pregonando de español como el bolo pasiego, las migas del pastor y la salsa de almogrote. John Ellis ejecutó al traidor Roger Casement y al infame doctor Crippen, escribió sus memorias y se suicidó en 1932 cortándose el cuello con una navaja de afeitar, en vez de colgarse de una viga con una maroma limpia y predicar con el ejemplo. Al verdugo virtuoso de la guillotina Charles Henri Sansón también le atribuyeron unas memorias que en realidad se las inventó Balzac veinticinco años después de su muerte. Lo que sí escribió Sansón fue una carta al periódico “Thermométre du Jour” en la que describió el comportamiento del rey Luis XVI en el cadalso unos veinte minutos después de las diez de la mañana del 21 de enero de 1793. Sansón aclaró que la hoja de la guillotina cortó limpiamente el cuello del monarca, que fue ejecutado bajo su nombre plebeyo de Luis Capeto, y no cayó sobre su cabeza, como se dijo, destrozándola en carnicería. También declaró que el rey se negó a ser maniatado, preguntó si iban a tocar los tambores en su honor (y le dijeron que no) e intentó largar un discurso al pueblo de Francia, pero no le dejaron. La carta, amarilleada por el tiempo, la subastaron en Christie´s en 2006 con un precio de salida de 175.000 euros. Charles Henri Sansón descendía de seis generaciones de verdugos, le gustaba tocar el violín y legó el oficio a sus hijos Henry, que decapitó a María Antonieta, y Gabriel, que se hizo papilla   cuando se vino abajo el andamio sobre el que estaba mostrando a la multitud la cabeza de un guillotinado y murió en la performance.

El doctor humanitario
En contra de lo que dijo Wodehouse, los franceses inventaron la guillotina con la intención de mitigar el sufrimiento de los ajusticiados, que hasta entonces eran emperchados de una soga y si tenían suerte morían descoyuntados y si no se pasaban la última hora en este mundo diñándola por ahogamiento. La Revolución Francesa la adoptó como emblema de la igualdad y acabó con las distinciones de rango a la hora de pagar la dolorosa porque hasta entonces a los nobles les cortaban la cabeza de un tajo rápido de espadón y al popular lo dejaban pingando de una soga para que echase un rato muriéndose mientras los cuervos le vaciaban los ojos. La guillotina estaba entre el tiovivo y el chisme con el que en las pescaderías cortan las bacaladas secas, con lo que era mitad circo y mitad charcutería: la hoja triangular de acero de unos sesenta kilos caía desde una altura de 2,80 metros en menos de tres cuartos de segundo y separaba el cuerpo, que se deslizaba a través de un plano inclinado, del tiesto, que iba a parar a un cesto generalmente lleno de salvado para que empapase la sangre. Al principio, la cuchilla bajaba junto a un gancho de hierro que descendía al mismo tiempo y se clavaba en la carne para mantener fija la cabeza, pero un verdugo llamado Roch lo suprimió por considerarlo innecesario. La guillotina ni la inventó el doctor Joseph Ignace Guillotin ni Guillotin acabó guillotinado ( y el desguillotinador que lo desguillotine buen desguillotinador será). Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes de Charente el 28 de mayo de 1738 y dice la leyenda que a su madre se le adelantó el parto por la impresión que le produjo el grito de un ladrón que estaba siendo atormentado y el verdugo tuvo que interrumpir su trabajo y oficiar de comadrona. Guillotin estuvo a punto de hacerse cura jesuita pero estudió medicina, profundizó en el mesmerismo, conoció a Benjamin Franklin y dictó clases de literatura en la escuela irlandesa de Burdeos. Puso consulta de pago en la Rue de la Bucherie de París, pero atendía sin cobrar a los GUILLOTINAmenesterosos de la parroquia de Saint-Severin, era contrario a la pena de muerte y cuando fue miembro de la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa elevó una propuesta para que, al menos, liquidasen a los reos en menos tiempo del que se tarda en suspirar y sin que les doliese mucho. La Asamblea aprobó la moción y encargó el diseño de una máquina de matar sin suplicio al doctor Antoine Louis, secretario de la Academia de Medicina, que copió la estructura del Patíbulo de Halifax, un ingenio cortador de cabezas que se utilizó en el oeste de Yorkshire en el siglo XVII. La primera guillotina la construyó Tobias Schmidt, fabricante de clavicordios, y se estrenó el 22 de abril de 1792 en la plaza de la Grève de París afeitándole el melón al bandido Nicolás Jacques Pelletier, que había matado a un hombre en la calle Bourbon-Villeneuve para robarle la cartera. Al principio la máquina no tuvo bautizo, pero después la llamaron la Louisette, en honor a Antoine Louis, pero la acabaron diciendo guillotina por el doctor Joseph Ignace, al que le vino el blasón ponderoso y se lo trató de quitar por feroz. A Guillotin le acabó mirando torcido Robespierre y le condenó a muerte, pero se salvó del barbero por los pelos y murió en 1814 por una infección en el hombro. Con el tiempo, sus descendientes elevaron una propuesta formal al gobierno francés para cambiar de nombre a la guillotina, pero al final se tuvieron que cambiar ellos el apellido.

La guillotina eliminó la incógnita de que el verdugo se presentase a trabajar borracho y, en cierta manera, se adelantó a la revolución industrial al suprimir al artesano y colocar a un operario con una palanca. Chateaubriand la llamó el Mecanismo Sepulcral y se demostró que era tan rápida que se tardaba más tiempo en escupir que en quitarle a un prójimo las jaquecas, pero algunos sostenían que la muerte no era tan instantánea y el cerebro del decapitado conservaba la actividad unos veinte segundos después del tajo. La leyenda dice que después de guillotinar a María Antonieta, Henry Sansón tomó su cabeza por la cabellera y la abofeteó en el rostro y la reina se ruborizó. Y antes de meter el cuello en el cepo, el químico Antoine de Lavoisier, que acabó debajo de la cuchilla por haberse peleado con Marat y por haber sido recaudador de impuestos, se apostó con sus amigos a que sería capaz de parpadear después de decapitado. La concurrencia que presenció el festejo juró que cuando su cabeza cayó en el cesto guiñó los ojos durante quince segundos. Parece que es fisiológicamente posible que un cerebro con déficit de oxígeno guarde reflejos que pueden causar contracciones involuntarias. Los chavales de los pueblos que se entretienen en barbarie y tiran a los tontos desde el campanario juegan a cortar el rabo a las lagartijas para contar las veces que se mueve una vez que queda separado del cuerpo. Se quedan contemplando el fenómeno sin ensayar deducciones biológicas y a cada coleo le dicen, por si acaso: y tu padre más.

MARTÍN OLMOS

Los coleccionistas de atrocidades

In Los raros, Los trastos de matar on 28 de febrero de 2013 at 23:24

En un ejercicio de arqueología macabra, los cazadores de reliquias han pagado fortunas por los recuerdos sanguinarios

ILUSTRACION de martin olmos

“Ra-Ra-Rasputin/ Russia´s greatest love-machine”
BONEY M. Grupo musical.

Sobre las teles de los empleados de banca de Düsseldorf que volvieron de pasar quince días de agosto tomando el sol en Mallorca bailan las flamencas morenas y embisten los toros de cartón. Bravos y zainos. Los toros bravos de cartón soportan mal el paso del tiempo, que les va desnudando de su pelaje de terciopelo malo y acaban enseñando el andamio, aunque generalmente los rompen antes las domésticas turcas de los empleados de banca de Düsseldorf, que son poco miradas con el ornamento porque cobran poco. También es socorrida la bola de cristal que cuando se agita con dedicación nieva sobre la Virgen de Covadonga y el sacapuntas con la torre Eiffel. Souvenir es palabra francesa que quiere decir recuerdo y hoy es industria que se sostiene a costa del pueril exhibicionismo del pequeño burgués que quiere pasar por hombre de mundo y enseñar al vecino la alfombra que le salió de ganga en su último viaje a Estambul, a donde va siempre que puede, ya sabes, porque le encanta la cultura oriental. Si no se anda listo el vecino le cuentan el pormenor del regateo. El souvenir es repetitivo, como la digestión del ajo, y siempre es el mismo toro y la misma bailaora y el mismo zoquete del muro de Berlín. El recuerdo viajero puede ser una toalla de Portugal o la foto de la parienta haciendo que sujeta la torre de Pisa (tres horas para encuadrar) y existe una especialidad religiosa que convierte el souvenir en reliquia, que suele ser un frasquito con agua de Lourdes del que se acuerda uno cuando la está diñando el abuelo y se lo vacía en la sopa esperando el milagro, pero el abuelo la diña igual. El souvenir puede ser prenda, si es el bucle de una dama, o fetiche libertino, dependiendo de donde se segó. Los vendedores de recuerdos hacen el agosto en agosto y en las tardes de fútbol, en las que venden bufandas del Inter de Milán. Los verdugos ingleses del XIX sabían que el souvenir era una compra de impulso, como los chicles en la línea de cajas del super, y recién entregaba el alma el reo, cuando el cuerpo aún guardaba el calor, sacaban a subasta sus prendas, el papel donde escribió sus últimas voluntades y el pelo del cogote que le raparon para ahorcarlo mejor.

Fotos dedicadas
El souvenir macabro es igual de respetable que la taza que conmemora una boda real y, en muchas ocasiones,  de bastante mejor gusto. El pistolero John Wesley Harding, asesino de cuarenta hombres, hacía exhibiciones de puntería disparando contra un naipe que después firmaba y por el que sacaba un rendimiento de quince dólares cuando se lo vendía a un caprichoso. Un as de trébol con seis balazos y su rúbrica se conserva en el Museo Gene Autry de Los Ángeles.  El director de cine John Ford guardaba como si fuese la santa faz de Cristo un diagrama que le dibujó a lápiz Wyatt Earp en el que pretendió  explicar la colocación de los beligerantes durante el duelo legendario del O.K. Corral y la estrella del cine mudo William S. Hart adquirió a muy buen precio un revólver del 45 que le aseguraron que había pertenecido al bandido Billy el Niño, solo que era un modelo de 1887, seis años posterior a la muerte del forajido. Sobre el souvenir macabro planea la duda, pero lo que es seguro es que la camiseta que refrenda un atracón de hamburguesas en el restaurante Planet Hollywood de Orlando, Florida, está estampada en Taiwan. Al gangster Albert Anastasia le dejaron seco a tiros dos torpedos de Vito Genovese cuando se estaba cortando el pelo en la peluquería del Hotel Park Sheraton de Manhattan y los coleccionistas de extravagancias le compraron al barbero mechones de su cabello, y como Anastasia no era un melenudo, el hombre aprovechó las cabelleras del resto de los clientes del día para estirar el negocio. Cuando acribillaron a John Dillinger a la salida del cine Biograph de Chicago en 1934, las mujeres mojaron los pañuelos en su sangre y los convirtieron en reliquia y el caudillo apache Gerónimo, cuando con ochenta primaveras consintió que le exhibieran como a un lechón con dos rabos en la Exposición Universal  de San Luis, cobró a los visitantes dos dólares por cada copia de una fotografía suya autografiada. También firmaba fotos a sus partidarios Joaquín Camargo Gómez, que le decían el Vivillo, que fue bandolero de Estepa, contrabandista y picador de toros, pero como era un sentimental  las regalaba. El Vivillo escribió sus memorias, que tuvieron un gran éxito, pero los sentimentales no prosperan en esta vida y se suicidó en Argentina cuando murió su mujer. Pobre bandido triste que se mató de soledad.

El chisme de Rasputín
El souvenir criminal no se hace a troquel como los sombreros cordobeses y dura más que las corbatas de Unquera, con lo que generalmente se tasan como el azafrán. Por una radiografía de la médula espinal de Charles Manson se pagaron ocho mil dólares, sesenta mil por el sombrero de Jack Ruby, el hombre que mató al asesino de Kennedy, y catorce mil por la sudadera negra de Theodore Kaczynski,  genio matemático, anarquista y observador del neoludismo (una ideología contraria al desarrollo COLT 38 DE AL CAPONEinformático), que sembró de bombas las universidades norteamericanas durante los años ochenta matando a tres personas. La puja por un revólver Colt del calibre 38 que perteneció a Al Capone superó los cien mil dólares en la casa de subastas  Christie´s de Londres y los cuadros de payasos que pintó en la cárcel el asesino de niños John Wayne Gacy alcanzaron el precio de trescientos mil machacantes. Los cuadros de payasos son inquietantes, como las muñecas sin ojos, y no quedan bien en ningún sitio. Durante un tiempo colonizaron las paredes de los dormitorios infantiles propiciando una generación de niños tarados.

El souvenir macabro de más trapío, sin embargo, es el pistolón de Rasputín, su enorme cacharrazo de mujik que tan solvente servicio le prestó en vida. Rasputín, el monje loco y visionario que se metió a los zares de la vieja Rusia en el bolsillo de su sotana de curandero fue asesinado por una comisión de nobles en el invierno de 1916. Le envenenaron con cianuro potásico, le PENE DE RASPUTINdispararon, le abrieron la cabeza con un atizador y le tiraron a las gélidas aguas del río Neva. Rasputín no frecuentaba el jabón y era un borrachuzo sin remedio, melenudo y con mala reputación y, sin embargo, cabalgó sobre las damas más lustrosas de San Petersburgo, que se fueron bien consoladas y certificando con sus suspiros la fama que merecía de gastar trasto garañón. Parece ser que fue castrado durante la autopsia y el pene de Rasputín se exhibe hoy, sumergido en un tarro de formol, en la clínica del urólogo Igor Kniazkin, de San Petersburgo, coleccionista de falos de cerámica y sanador de impotencias, que se lo compró por ocho mil dólares a un anticuario francés. El órgano no está entero, porque una parte se la comió un perro, pero en posición de descanso alarga los veintiocho centímetros y medio, con lo que completo y en postura de pelea es de imaginar que podía servir perfectamente para sujetar una librería. El doctor Kniazkin asegura que su sola visión cura las flojeras en la alcoba, pero hay zoólogos que mantienen que aquello es lo de un caballo percherón.

MARTÍN OLMOS

Siéntese, está usted en su casa

In Ejecuciones y linchamientos, Los trastos de matar on 20 de diciembre de 2012 at 13:36

A los ejecutados en la silla eléctrica les arde la cabeza en llamas y su piel chamuscada se queda adherida a las correas de sujeción

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Se ha probado que la electricidad impulsa un tranvía mejor que un pico de gas y da más luz que un caballo”
AMBROSE BIERCE

 
Decía la Pasionaria que es mejor morir de pie que vivir de rodillas (la frase tiene en realidad muchos padres y se la han atribuido a Benito Juárez, a Zapata, a Salvador Allende y al Ché Guevara), pero la verdad es que importa más bien poco la postura en la que te pesque la muerte y lo que a uno le apetece es quedarse un rato más. La muerte siempre llega a destiempo, como el marido de tu hermana, y te coge con cosas que hacer y en la flor de la vida y no la puedes atender en condiciones. La muerte de digna tiene poco, y se parece a ir de vientre, que alivia pero no se conoce manera de hacerlo con decoro, y decía Cela que lo peor de morirse es lo que se ríen de ti los que se quedan vivos. Viene mal diñarla a cualquier hora y con independencia de que te toque el trance sentado, yaciendo, decúbito prono o disfrutando el matrimonio. Por igualar por el extremo más incómodo la frase de la Pasionaria, hubo un tiempo en el que los que vivían de rodillas morían también de rodillas y si cazaban una liebre les ponían de hinojos con el cuello apoyado en un tarugo de tronco y un verdugo con antiguos recuerdos en las uñas de los pies les separaba la cabeza del cuerpo con un hacha de talar robles. A la inconveniencia de la muerte se le añadía la genuflexión  y el condenado asumía su perra suerte con la actitud de una res que humilla para que le den el descabello. Según el hombre se fue civilizando no se deshizo de su costumbre de aplicar la ley del talión pero la fue adornando con deferencias para disimular y el verdugo de antaño, al que nadie quería en su mesa, dejó su lugar al electricista y al practicante, que se iban a dormir tranquilos porque se hacían la ilusión de que matando al excedente social sentado le mataba menos. Con matar por lo legal pasa como con rascarse las partes cuando a uno le pican, que se lo pide el cuerpo pero le turba el gesto y hace como que se busca las llaves en el bolsillo del pantalón. Decía San Clemente de Alejandría que no es vergonzoso nombrar los órganos sexuales que Dios no se avergonzó en crear pero los estados que contemplan en su legislación la pena de muerte han ido pasando de exhibirla en la plaza para que el ejemplo, como decía Platón, “limpiase el país de truhanes” a rascarse sus partes en la salita recóndita del penal, donde no les ve nadie. Como si se avergonzasen de ejecutar la sentencia que aplican, que es simular estar buscándose las llaves en el bolsillo del pantalón.

Alto voltaje
En 1881 un dentista de Nueva York llamado Albert Southwick vio como un cristiano que se había enganchado una trompa entregaba su alma al Altísimo al tocar los terminales de un generador. El pobre borrachuzo ni siquiera se enteró de que murió y se fue a convalecer la resaca con San Pedro. Southwick comenzó a predicar la utilización de la electricidad para el sacrificio de animales para ahorrarles el sufrimiento mientras que a los bípedos los seguían colgando de una soga que con suerte les rompía el cuello y sin ella les alargaba el trámite hasta que se ahogaban. En 1885 el gobernador del estado de Nueva York David Bennett Hill articuló un apasionado discurso en el que pidió a la ciencia que encontrase una forma de quitar la vida a los condenados a muerte por medio de un proceso menos bárbaro que el ahorcamiento, que era un residuo de la Edad Media. Se formó una comisión que fumó cigarros en salones con moqueta y bebió jerez embrocado desde botellones labrados, que es lo que suelen hacer las comisiones, y el 4 de junio de 1888 se aprobó la ley que permitía la electrocución como forma de abono de las deudas con la sociedad. Las compañías eléctricas de Westinghouse y de Thomas Alva Edison concursaron por hacerse con la contrata del estado que al final se llevó la segunda al demostrar la potencia de su voltaje friendo a un elefante de circo que se llamaba Topsy, que murió por la ciencia; descanse en paz. El ingeniero Harold Pitney Brown diseñó la primera silla eléctrica, que se usó por primera vez en la ejecución de William Kemmler en la prisión de Auburn, en Nueva York, el 6 de agosto de 1890. Kemmler se había aburrido de su novia y cortó con ella por lo sano con un hacha de bombero. En la primera aplicación de corriente le ardió la cabeza en llamas y mientras esperaba la segunda su cuerpo se movió como el de una marioneta manejada por un borracho y después de los espasmos quedó en la habitación olor a churrería. Los reporteros del New York Times escribieron que hubiese sido más humanitario arrojarle al paso de un tranvía.

La Horrible Gertie
A los condenados a la silla les dan de cenar decentemente la noche anterior y les levantan al alba, aunque generalmente han EJECUCION EN LA SILLAdormido mal. Les sientan para la faena con las extremidades cinchadas con correas de cuero para que no practiquen la cortesía si averiguan una dama entre el auditorio y les colocan un electrodo en la cabeza y otro en la pierna izquierda para que la electricidad recorra entre ambos puntos la totalidad de su cuerpo. La primera aplicación de 2.000 voltios les debe dejar inconscientes y la segunda, de menor intensidad para impedir la combustión del cuerpo, les destroza los órganos internos, pero a veces falla y la cabeza arde en llamas como una cerilla rascada. Suele ocurrir que los intestinos se relajen y el reo se deshaga del menú y la piel quemada queda adherida al correaje, que se tiene que limpiar después con un cepillo de púas de alambre y agua muy caliente. La ejecución en la silla eléctrica tiene algo de final de verbena, con olor a freiduría y a pis, con los restos del asado que nadie quiere recoger. A la silla eléctrica la llamaron Sally la Chisposa, la Vieja Humeante y la Horrible Gertie. La Horrible Gertie era viajera y portátil y en una actuación en Luisiana en 1945 la montó un funcionario borracho y la dama tuvo un mal día y se apagó en mitad de la ejecución de Willie Francis, que solo tenía dieciséis años y pagaba por el asesinato de un farmacéutico. El reo quedó poco hecho y lo devolvieron a cocina, de donde le sacaron dos años después para asarlo otra vez. En 1889 el emperador de Abisinia (la actual Etiopía) Menelik II compró a la compañía Edison tres sillas eléctricas con las que quería modernizar los ajusticiamientos en su reino, pero no las pudo estrenar porque la electricidad no había llegado al país y las tuvo que usar de trono. Menelik II fundó la ciudad de Adís Abeba, se dejó robar la cartera por los italianos y en 1913 le dio un ataque al corazón que pretendió curar pidiendo una Biblia y comiéndose el Libro de los Reyes, que no le sentó bien y murió un par de días después.

MARTÍN OLMOS

La espada del barrio

In Los trastos de matar on 3 de julio de 2012 at 23:43

La navaja que una vez desafió a Napoleón hoy la llevan los peleadores de tasca en el bolsillo de atrás del pantalón


En la mitad del barranco,
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
FEDERICO GARCÍA LORCA

La navaja tiene cien nombres y un millón de viudas que dejó cuando salió a relucir en broncas de noches machas de vino torcido y coraje. La navaja llena la trena de hombres que entendieron mal el honor y llena también los camposantos y los paños de lágrimas. La navaja no tiene la culpa de ser navaja y ni ve ni oye ni entiende y baila al son que le tocan. Es pobre y hambrienta, como lo suele ser su dueño, y en su hoja quedó la impronta de la grasa del queso del pastor y la sangre de una discordia de verbena. En su punta también asoma la borra negra de la uña del obrero. A la navaja pobre no le velan en los altares de la Vera Cruz y no la llevan a las cruzadas, no se clava en una piedra para que la desclave el rey Arturo sino que va escondida en los pliegues de la faja del bandolero, con la lumbre de mecha y el tabaco de liar. Le dicen de cien formas a la navaja, le dicen jifera si es para la res y falceña cuando encorva la hoja como las gumías de la morería, le dicen quimbo y faca y mojosa y flamenca y chifla, le dicen los gitanos la serdañí y serdasquineró al que tiene el oficio de fabricarla. La navaja es la espada democrática y lleva aparejado el mismo riesgo que el sufragio universal, con lo que igual la baila el cabal que el necio, que por hombrear la arma y deja luto en la plaza. Después dirá, como si fuese una excusa, que, verá usté, me se calentó el vino.

La espada pobre
De vinos calientes y de machos de día festivo están llenos los nichos húmedos de los cementerios. Entre semana la navaja no abunda tanto porque hay que ir al tajo, a sudar el jornal, y las criadillas se dejan en casa. La navaja empezó de herramienta de barbería y acabó de puñal traicionero. La palabra navaja viene de “novácula”, que viene del verbo renovar, y era el instrumento que usaba el tonsor latino para poner guapos a los patricios de Roma rasurándoles el bigote. Y del afeitado al degüello va un paso que, si hay ganas, no cuesta mucho dar. En “El Conde Lucanor” (1335), el infante Don Juan Manuel ya avisa del riesgo: “Quando el marido le vio la navaja en la mano cerca de la su garganta, teniendo que era verdat lo que la falsa beguina le dixiera, sacol la navaja de las manos et degollóla con ella”. Con el tiempo se extendió el término a cualquier cuchillo cuya hoja se pudiera plegar sobre el mango para que el filo quedase guardado. Bernal Díaz del Castillo escribió en “La Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España” (1568) que los hombres de Cortés llevaron a las Américas “espadas de navaja como de a dos manos” pero el uso del cuchillo plegable se generalizó entre el popular a partir de la prohibición promulgada por Carlos V de llevar armas de hoja larga a los plebeyos. La navaja se convirtió en la espada de los que no tenían linaje y dirimió pleitos de aguadores, de rufianas y desacuerdos vecinales. Que el pobre también estimaba su honor, que era de pan duro, y lo defendía sacando la santoria de cacha de cuerna y parando con la manta en pelea sin distancia, porque la hoja corta exige baile agarrado y vecindad. Cuando el noble se batía era duelo y cuando lo hacía el pillo era riña. Hay etiqueta hasta para matar.

La revuelta navajera
A la navaja la adoptó el hampa y se hizo vil, porque se llevaba escondida entre la camisa y no a la vista. Salía en el callejón y en el cruce del camino, a robar, a matar los celos y al degüello. Sin embargo, una vez salió a defender el país y casi se hizo espada. Fue en 1808, cuando el francés andaba Madrid tocando el culo a las residentes con la arrogancia de los que baten tierra rendida. La lucha empezó temprano el dos de mayo, cuando los soldados de Napoleón quisieron sacar al infante Francisco de Paula del Palacio Real. Avisó el cerrajero José Blas de Molina y el pueblo se levantó sacando las carracas y el gobernador Joaquín Murat ordenó a los artilleros de la Guardia Imperial que respondieran con fuego. Salieron los mamelucos de los cuarteles de Carabanchel, a matar desde el caballo, eran turcos bregados en la batalla de Austerlitz. Los vecinos les dieron cara y pelearon en bulto, en la calle, como sabían, y se metieron debajo de las patas de las bestias para acuchillarles los adentros y desmontar a los jinetes, a los que destriparon en el suelo pasándoles a rejón.

La de capar
Aquella jornada aprendieron los soldados profesionales que en el follón incierto una chaira era una espada corta y la cogieron tanto miedo que en la represión que sucedió al levantamiento detuvieron a cualquiera que llevase un filo casual. Le ocurrió a Manuela Malasaña, que era por cierto hija de un panadero francés de apellido Malesange, a la que sorprendieron ocultando unas tijeras en el faldón, entre otras cosas porque era bordadora, y la pasaron por las armas. La enterraron en el hospital para pobres de la Buena Dicha. A la mañana siguiente, Don Bartolomé Muñoz de Torres, del Consejo de Su Majestad, sacó bando ordenando a los alcaldes recoger todas las armas blancas, “en las quales es bien sabido que se comprehenden los puñales”. El ejemplo, sin embargo, cundió en el sur, donde los rebeldes desmontaron en las sierras a los coraceros franceses con garrochas de la res en cuyas puntas habían sujetado navajas. A los jinetes caídos les castraban y les colgaban desnudos de los olivos, quietos de muerte para que Goya pudiera dibujarlos. Le dicen también a la navaja la Capaora.

El pincho hampón
Cuenta Emilio Gutiérrez Gamero, que fue diputado en Cortes por el partido Radical, que la reina Isabel II le dijo al Gobernador del Palacio, don Manuel Pando Fernández de Pinedo, Marqués de Miraflores, que ella era española y nacida en Madrid, “de las que llevan navaja en la liga”. Sin embargo después de su intermedio heroico volvió el pincho a su fuero, a la esquina del proceloso callejón, a la mano del bravo que bebe mal y chulea y a la faja bandolera. Volvió a ser unas veces herramienta y otras tumba y, además barata. Volvió al chungo, que es lo suyo, a sembrar lutos en pendencias de perra gorda, a acompañar al hampón de calderilla y al que quiere hacerse un hueco en la barra de beber. Al que quiere parecerle más guapo a la novia y al que quiere afanar un peluco de colorao. Se ha puesto canalla la navaja, que no tiene la culpa de ser navaja y ni ve ni oye ni entiende y baila al son que le tocan. Que acabe asesina, tirada en la calle para que no la encuentre la ley, o engarzada en el llavero, haciendo de lima de uñas, va a depender del miedo que tenga su dueño cuando empiece el envite.

MARTÍN OLMOS

El cuerno de chivo

In Los trastos de matar on 26 de junio de 2012 at 22:23

El fusil de asalto Kaláshnikov cuesta poco, dura mucho y ha causado más muertes que el sida.

El primer miércoles de abril, Dimitris Christoulas tocó el fondo de sus bolsillos sin encontrar por el camino ni un céntimo de resistencia. ¿Quién le había robado el mes de abril? Era un farmacéutico jubilado con setenta y siete meses de abril a cuestas, treinta y cinco años cotizados y una pensión menguante como la Luna Vieja, que dicen los rústicos que es la mejor luna para la poda. Dimitris Christoulas, con su pensión podada, con su abril robado y con su edad capicúa de dos guarismos suertudos se quedó sin efectivo para el café. Le esperaba mayo sin flores y un porvenir de menús de sumidero, liándose a guantazos por la sobra del basurero. Dicen que uno es viejo cuando ya no tiene planes y dicen que Dios aprieta pero no ahoga. El Fondo Monetario Internacional, como no es Dios, aprieta y se le va la mano, pero la culpa es nuestra, por tomarnos tres copas y a la última invito yo, que es pronto para irse a casa, cuando no debimos olvidar que somos gente de vino peleón y que el champán es para cuatro. El primer miércoles de abril Dimitris Christoulas se pegó un tiro debajo de un ciprés, en la plaza Sintagma de Atenas, delante del Parlamento Griego, y dejó escrito que no quería dejar deudas a su hija, ni comer las mondas del basurero, y que no había encontrado otro modo de reaccionar que poner un final digno a su vida. Dijo que era viejo para responder activamente, pero que sería el primero en seguir a alguien que empuñase un kaláshnikov. Christoulas no usó una referencia abstracta señalando a “alguien que empuñase un fusil”, sino que mencionó el rifle de asalto soviético diseñado por Mijaíl Kaláshnikov en 1947, el Cuerno de Chivo, el arma de fuego con un historial de un cuarto de millón de muertos al año que se ha convertido en el icono de la revolución y en el argumento tartamudo del que no le queda mucho que perder.

AK-47
El kaláshnikov es la muerte democrática, el fusil de asalto de los cholos y del negrerío bantú, de la morisma de Alá, de los parias de la tierra y de los narcos bigotudos con botas de yacaré. Cuesta una perra gorda, se aprende a usar en diez minutos y ofrece las prestaciones de una chaqueta de entretiempo, que te arregla una tarde que enfría en otoño y no te pesa en primavera. El kaláshnikov no es mimoso y le puedes descuidar como a una novia fea que cuando la vuelves a necesitar te consuela aunque no la invites a cenar en un tugurio con velas. Puede que no sea muy preciso pero sigue ladrando sumergido en un barrizal porque no es guapo ni es finolis y ficha en el tajo llueva, nieve o se caigan las moscas de puro calor. Se sabe de kaláshnikovs que siguen en la brecha después de cuarenta años y se ha comprobado que pueden seguir funcionando después de que les pase un camión por encima. El AK-47 (acrónimo de Avtomat Kalashnikova modelo 1947) fue diseñado por el suboficial de carros Mijaíl Kaláshnikov después de la Segunda Guerra Mundial. A Kaláshnikov casi le dejan manco cuando conducía un tanque T-34 en la batalla de Briansk, en el principio de la ofensiva alemana contra Moscú, y la leyenda quiere que dibujase el primer boceto de su fusil en el hospital, pretendiendo minimizar el riguroso mantenimiento que requerían las viejas carabinas Tokarev. El modelo original estaba basado en el Sturmgewehr 44 alemán, pesaba algo más de cuatro kilos, se alimentaba de un cargador curvo de treinta cartuchos del 7,62 y llevaba acoplada una bayoneta de machete. El Ejército Rojo lo adoptó como arma oficial de la infantería en 1949 y lo empezó a producir a destajo en la factoría de Izhevsk.

El arma del mono
El fusil de Kaláshnikov estrenó los pantalones largos en Vietnam, pegándole un repaso sin concesión al M-16 de los infantes de marina americanos nacidos para matar. El M-16 nació para matar en el patio de su casa, en un ambiente de asepsia y música de sala de espera, pero en el arrozal, en la húmeda selva y en el pantano se remilgaba como un chaval de clase media. El M-16 requería un mantenimiento exhaustivo, los casquillos tendían a deformarse dentro de la recámara y, debido a las tolerancias extremadamente finas de sus partes móviles, tenía que mantenerse inmaculadamente limpio para que no se arrugase en la mitad de la brega. El AK-47 en cambio disparaba hasta debajo del agua, recién peinado o con la cara sucia, conservaba su precisión hasta los cuatrocientos metros y podía ser manejado por un campesino sin formación militar. Se confirmó que era el mejor amigo de la guerra sin frentes y, a parte de comer en cualquier plato, tenía en común con el hijo del cura que nadie se ocupó de registrarlo, con lo que cualquier ingeniero capaz de contar hasta tres pudo clonarlo y ponerlo en circulación. Hoy se fabrica en más de quince países, con licencia o sin ella, y se estima que circulan más de setenta millones de kalásnikovs por el mundo, que han producido a destajo más muertes que las dos bombas atómicas, que el virus del sida y que la peste bubónica. Para Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional, es el símbolo del descontrol del comercio de armas y, sin embargo, aún guarda cierto cartel de revolución, de cimitarra del descamisado, cuando en realidad lo empuñan los buenos, los malos y los regulares. Lo mismo está en la bandera de Mozambique que en el escudo de Hizbulá, y es el arma preferida de los que eligen el oficio de sicariar para el narco de Sinaola. Por allá lo llaman el Cuerno de Chivo y le hacen corridos norteños. Este lo cantan los Incomparables de Tijuana: “Estando en Aguascalientes/ fui a visitar a un amigo/ tuve en mis manos un arma/ llamada Cuerno de Chivo/ sus ráfagas son terribles/ no hay hombre que quede vivo”. El Chapo Guzmán tenía uno de oro y Gadafi otro (que para lo que le sirvió) y Bin Laden lo conjuntaba con su chilaba blanca, aunque decían que era mal tirador. Los chavales de la Camorra abren las chapas de las birras con el armazón de su gatillo y en Mogadiscio lo disparaban niños de cinco años porque apenas ofrece retroceso, en lo mercados del Yemen cuesta dieciocho dólares menos de lo que le pagaron a Judas por un beso y como consta de solo ocho piezas, el tonto del pueblo puede aprender a manejarlo en un cuarto de hora a nada que le ponga atención. El líder guerrillero congoleño Laurent-Désire Kabila confirmó el último extremo cuando dijo: “Un AK-47 es capaz de transformar en combatiente hasta a un mono”.

No hubo kaláshnikov para Dimitris Christoulas y los que aún celebramos alguna digestión nos vemos obligados a pensar que fue mejor así, porque estamos seguros de que siempre hay una solución dialogada al hambre de los demás. De la misma forma que Kaláshnikov no patentó su fusil, los griegos no registraron el yogur, la democracia ni el sexo de retaguardia y hoy no pueden vivir de las rentas, con lo que hay que esperar que con las pocas que les queden debajo de la teja maten el hambre y no conviertan el ágora en selva, que luego cunde el ejemplo y acaba el alcalde en el río, qué culpa tendrá él. Que fuimos nosotros, que cogimos lo que nos ofrecieron sin preguntar. Como si todos los días fuesen domingo.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO (6 DE MAYO DE 2012)

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