MARTÍN OLMOS MEDINA

El indio macho

In Esto es Hollywood on 17 de mayo de 2015 at 18:41

ILUSTRACION EL INDIO FERNANDEZ

El director de cine mejicano Emilio Fernández sembró bastardos en Coyoacán y mató a un mono, a una perra y dicen que a siete hombres.

“Mi padre no era golpeador; él mataba”
ADELA FERNÁNDEZ

Don Luis Buñuel, ateo gracias a Dios, se quedó medio teniente por pegar tiros dentro de su despacho disparando sobre una caja metálica que colocaba sobre la biblioteca. Don Luis Buñuel llegó a poseer sesenta y cinco revólveres y fusiles y media docena de bastones con estoque, y en cambio, le sorprendió la frecuente presencia del chumbo del cuarenta y cinco entre los ajuares de los machos mejicanos. Don Luis contó en sus memorias que cuando rodaba en Méjico “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz”, el sindicato le obligó a introducir una banda sonora que tocaron treinta músicos que se sacaron las chaquetas porque en el auditorio hacía calor y veinte de ellos enseñaron sus pistolones que cargaban en fundas de sobaco. En otra ocasión vio a Chano Urueta dirigir una película con un Colt pendiéndole del cinto porque “nunca se sabe lo que puede pasar”. Chano Urueta hizo la revolución cabalgando en un regimiento de Pancho Villa y pensaba que las monjas y los bizcos traían mala suerte. Buñuel les ponía barrunto, en cambio, a los ciegos. En Méjico se cultiva la afición a pegarle candela a la pólvora, la exhibición del coraje y el compadreo con la muerte, que la dicen la Chingada, la Calva y la Dientuda y la dicen la Pelona, la Tiznada y la Patas de Catre. A la Chingada la frecuentan los machos charros con familiaridad como quien merienda con un primo y contaba Buñuel que cuando tomaban los tequilas se apostaban el cuero jugando a la ruleta mejicana, que consistía en tirar un revólver amartillado al aire arriesgando que al caer se disparase a la buena de Dios y le acertase a alguien. John Huston, que en su temprana juventud corrió Méjico mientras decidía qué hacer con su vida, se enredó en timbas con los milicos que celebraban las buenas manos estampando los revólveres montados al pelo contra el techo con la luz apagada para ver a quién le tocaba el balazo. El pintor Diego Rivera le pegó un tiro una vez a un autobús.

El hombre mejicano es macho sin charco que cuelga huevazos sudones en exhibición, lo que a primera vista puede parecer una evidencia común con el resto del género, pero no se da, es un decir, en el monsieur francés, que desciende del rey Enrique III de la Casa de Valois, que le decían el Hermafrodita y puso de moda los pendientes de aro turcos. El macho mejicano viene del español y contaba una leyenda franquista que cuando el charro Jorge Negrete visitó España en 1948, las mujeres se le echaron encima en el aeropuerto de Barajas y Negrete preguntó si es que no había hombres en el país y un ministro del Régimen le acomodó una hostia para sacarle de la duda. Chano Urueta, que se precavía de las monjas y de los bizcos y dirigía películas con un Colt al cinto porque nunca se sabe lo que puede pasar, era ateo como Buñuel, aviador y catedrático de Filosofía, hablaba siete idiomas y su nieto fue el célebre luchador enmascarado Blue Demon Jr. El Chano Urueta formó parte del elenco mejicano de la película “Grupo Salvaje”, de Sam Peckimpah, interpretando a Don José. A Peckimpah le habló de Urueta el Indio Emilio Fernández, cineasta macho y mestizo del que cuentan que mató a siete hombres, a un mono y a una perra que le salió puta. El Indio hizo del general Mapache en “Grupo Salvaje” y le sugirió a Peckimpah la idea de empezar la película pegándole fuego a un escorpión.

Emilio Fernández Romo nació en 1904 en Mineral del Hondo, en el estado de Coahuila, que linda por el norte con Texas y el Río Bravo, y le dijeron el Indio porque era hijo de una indígena kikapú y de un general de Pancho Villa. Cuando tenía nueve años, su madre le apartó un hueco en la piltra a un terrateniente local mientras su padre andaba a caballo sirviendo a la Revolución. El Indito Emilio los descubrió y nomás limpió la traición matando a tiros al terrratenientito. Los carnales del difunto mataron después a la madre y el Indio tuvo que escapar y se alistó en el ejército, participó en la rebelión delahuertista contra el presidente Obregón y sufrió penal, del que se fugó para cruzar la frontera del norte y acabó ganándose la vida en Hollywood haciendo de bailarín de huapangos. En 1928 posó en cueros para Cedric Gibbons para ser el modelo de la estatuilla del Oscar, conoció a Eisenstein y a John Ford y cuando regresó a su país contribuyó a consolidar la edad de oro del cine mejicano, asociándose con los actores Pedro Armendariz y Dolores del Río y con el fotógrafo Gabriel Figueroa, que culminó cuando ganó la Palma de Oro de Cannes en 1946 con la película “María Candelaria”, cuyo guión escribió en una sola noche de tequila y farra sobre una resma de servilletas de papel.

El mono Macario y la perra golfa
El Indio calzaba espuelas nazarenas que le abrazaban el talón de sus botines, peinaba bigote e hizo un oficio de ser macho. Tomaba indistintamente mezcal y tequila y a veces brandy y dirimía a tiros cuando era menester. A un técnico le baleó porque le arruinó una toma tosiendo y le pegó un tiro a un periodista que le contradijo en el hotel Excelsior. Buñuel contó que zanjó una discrepancia con un crítico de cine a cuenta de la importancia de un premio pegándole un tiro en el pecho y con setenta años, rodando “Traedme la cabeza de Alfredo García”, de Sam Peckimpah, se enredó en una fiesta de barra libre en un changarro llamado el Tlaque-Paque, que era propiedad de un hombre al que decían el Macho, y a la salida le embistieron tres matones, le sacaron de la carretera tirándole a una zanja y rompiéndole dos costillas y el Indio les espantó a balazos con un chumbo que guardaba debajo del asiento. El Indio se hizo construir una casa fortaleza en Coyoacán a la que iban Juan Rulfo y el muralista Diego Rivera a tequilear. A Diego Rivera le llamaba su mujer Frida Kalho el Panzudito. Frida Kalho no pasaba más allá de la verja de la casaEMILIO EL INDIO FERNANDEZ de Coyoacán porque decía que era una cueva de machos y llamaba al Panzudito a gritos desde la calle para regresarlo a dormirla. En Coyoacán tenía el Indio una perrita que se escapó una noche a callear y volvió preñada y el Indio agarró el fierro y le pegó un tiro por puta. También mandó fusilar a un mono. Le dio dos mil pesos a su hija Adela para pagarle unas tortitas a una viejita y la señora dijo que ella no le cobraba al Indio porque le tenía veneración. Adela se compró un monito con el dinero y le puso de nombre Macario y cuando el Indio se enteró dijo que nomás era frivolidad cambiar el dinero del pobre por un capricho, sacó a Macario al patio y lo terminó a tiros contra un paredón. El Indio macho era también jodedor de afueras y calzó a tantas doñas que su hija Adela se prometió no echarse novio de Coyoacán por no arriesgar la posibilidad de que fuese su hermano. A la niña Adela la crió el Indio dándole trocitos de carne cruda mojados en tequila y chile. Le daba un trocito a ella y otro a su gallo de pelea. La niña Adela se hizo lesbiana con el tiempo y el Indio corrió su desgracia a la prensa diciendo que le había salido la hija machorra. A la hija del Indio la llamó García Márquez “la oscura y tristísima Adela Fernández” y ella, quizá por rencor, dijo que su padre pintaba de hombrón pero que ella le veía bien joto porque se perfumaba con colonia “Havanita”, que se hacía traer de Cuba y olía a gardenia y vainilla, y se untaba de cacao para que los piecitos le aromasen a chocolate. El Indio macho gastaba calcetines de seda. Joto o derecho, el Indio siguió dando pelea de pellejo y con setenta y dos años mató a tiros en Coahuila a un campesino de nombre Javier Aldecoa en medio de un pleito de cantina. Le dieron presidio en El Torreón y salió aflojando una fianza de 150.000 pesos. El Indio tenía cuatrocientos pares de zapatos que dejó sin estrenar cuando le cogió la muerte con ochenta años el seis de agosto de 1986.

MARTÍN OLMOS

Un chiste alemán de putas y futbolistas

In El sport on 17 de mayo de 2015 at 18:26

ILUSTRACION BRUNO FERNANDES

El portero brasileño Bruno Fernandes está chupando banquillo por quitarse a un hijo de penalti.

“Cuando eres portero, estás dispuesto a todo para defender el arco” JUAN TALLÓN

Va un tío y le dice a otro: acabo de llegar de Brasil y allá solo hay putas y futbolistas. El otro le dice: cuidado, mi mujer es brasileña. Ah, dice el primero, ¿y en qué equipo juega? Este chiste se arregla si el que lo cuenta tiene gracia, como todo en esta vida. Oscar Wilde no hacía chistes sino aforismos, que son cosas hipocráticas que se recogen en colecciones para leer en los trenes de cercanías. Oscar Wilde dijo que la naturaleza imita al arte, pero pudo decir que la naturaleza imita al chiste. Charles Chaplin dijo que, a fin de cuentas, todo es un chiste. La eficacia de un chiste depende de la interpretación, porque la gracia ya la han dicho mil veces. Otra cosa es quién se la inventó. Isaac Asimov sugirió que los chistes se los inventaba una potencia extraterrestre y Ricardo Bada sostiene que los hacen en un negociado especial de los servicios de inteligencia para que sirvan de válvula de escape al descontento de la población, que haciendo guasas en el bar va dejando para mañana la revolución. El director de cine David Trueba asegura, en cambio, que los chistes se los inventa una sociedad secreta de jubilados que tiene el cuartel general en Despeñaperros. Hay que suponer que el patrón del chistoso es San Jaime y el diccionario de la Real Academia Española distingue el chiste alemán, que es el que no produce risa.

Va un tío (porque los chistes son dinámicos y siempre está un tío yendo) y le dice a otro: acabo de llegar de Brasil y allá solo hay putas y futbolistas. En esta historia, que no es un chiste (o, en todo caso, es un chiste alemán), salen putas y futbolistas del verde Brasil y se complica con embarazos de penalti y perros rotweiler, que son la consecuencia vigoréxica de los doberman que salían en “Los niños del Brasil”. Bruno Fernandes nació la víspera del día de navidad de 1984 en la piojería de las favelas de lata de Belo Horizonte y su primer balón fue un nudo de trapos. Eludió la miseria jugando al fútbol en el puesto de portero y fichó por el Atlético Mineiro en 2004, pasó por los Corintios y acabó en el Flamengo de Río de Janeiro, que disputa en el Maracaná legendario, en donde se hizo dueño de la puerta cuando el titular Diego se lesionó y en 2009 fue el capitán del equipo heredando el brazalete del defensa Fabio Luciano. Bruno Fernandes contribuyó a que el Flamengo ganara el Campeonato Brasileño y la Copa Río, tres veces el Campeonato Carioca y dos la Copa Guanabara y sonó para defender la portería de la selección. Se casó con Dayanne Rodrigues, se compró una casa sin goteras y compuso una doble índole de ídolo de los chavales y de juerguista putañero en festejos con priva, coca y golfas. En julio de 2008 el club le multó con el veinte por ciento de su salario por acabar en el cuartel después de que se torciera una parada con furcias. Fue después de empatarle a uno a su antiguo equipo del Atlético Mineiro cuando Bruno, el defensa Marcinho y el delantero Diego Tardelli se engancharon a tres putas y acabaron a palos. Marcinho, hombre natural que huía del artificio, exigió a una cabalgarla sin condón y cuando se negó, le metió una trompada y compareció la pasma a apaciguar. Marcinho, que era goleador, ya había tenido un pleito en Río de Janeiro por atropellar a un tío en un barrio de favelas. Bruno dio cara en la prensa y pidió disculpas al equipo y dijo que ya resolvió el problema en casa. Dayanne Rodrigues perdonó porque vivía en una casa sin goteras y así mantenía los cuernos secos.

Penalti Eliza Silva Samudio era morena y acomodada de par, lisa de vientre, abandonada de madre y puta del balompié. Decía que era modelo, pero ejercía el oficio y había hecho un par de pelis porno. Se sabía de carrete las alineaciones de los equipos brasileños y contaba que conocía a Cristiano Ronaldo. Enseñaba, quizá con frecuencia, dos tatuajes, uno en la cintura izquierda, sobre la nalga, y otro en la ingle derecha, recién acababa por el norte el parrús. Eliza Silva Samudio pretendía un futuro en una casa sin goteras casada con un futbolero, que es el príncipe azul de los pagos sin monarquía, y frecuentaba las escuadras anunciando el percal. Cada uno sale de la miseria como puede y según las posibilidades que la naturaleza le ofreció: Bruno dejó la tapa de lata con su metro noventa y sus reflejos de gato y Eliza Samudio aprovechaba el esmero que le puso Dios al hacerla. Eliza y Bruno se conocieron en una parranda que derivó en orgía y se hicieron amantes. Bruno empezó a dejar a su mujer con los cuernos sin mojar en la casa sin goteras de Río y se iba a jugar partidos con Eliza en Minas Gerais hasta que en una penetración por el área se les rompió un condón y arriesgaron un penalti. Bruno se fue a hacer las pruebas del sida y salió limpio, pero Eliza se preñó. A Bruno se le escapó la mano, lo que es natural porque el portero es el único jugador que puede usarla (de ser extremo izquierdo se le hubiese escapado una patada), y Eliza le puso una denuncia por agresión para que le sacaran la amarilla. Después, Bruno le ofreció 40.000 reales por abortar, pero Eliza parió a un niño varón al que le puso de nombre Brunhino y pidió el gasto de los pañales. Bruno Fernandes se hizo una prueba de paternidad y le empezó a pasar 1.000 reales semanales y pidió una foto del chaval, que quizá le conmovió. Eliza le exigió una pensión equivalente al diez por ciento de su salario del Flamengo, el abono de un seguro médico y una tapa sin goteras para criar al niño en seco. El abogado del futbolista ensayó un regate y pretendió atenuar la bolsa a menos de la mitad y Bruno pensó que estaban a punto de marcarle un gol, perdió la paciencia y recurrió a su corte de partidarios, que eran un primo (en la doble acepción sanguínea y vernácula), un macarrón y un pasma torvo.

El primo era Jorge Luiz Rosa, carnal de Bruno, menor de edad, dispuesto a presumir de pariente por llevarse el saldo de la verbena y más bien escueto de juicio. El macarrón era Henrique Ferreira, que le decían el Macarrao, cuate estrecho del futbolista que le hacía de aplaudidor en las parrandas y llevaba el bote, ligeramente más vivo que el primo Rosa pero sin título de eminencia. El pasma torvo era Marcos Aparecido dos Santos, que le decían el Nene, apartado del cuerpo por alquitrán, negro, alto y flaco y virtuoso en la industria de la desaparición de prójimos. En junio de 2010, el primo Rosa, el Nene y el Macarrao secuestraron a punta de pistola a Eliza y la llevaron a una casa que Bruno tenía en Esmeraldas, en Belo Horizonte. Pusieron la música alta, la ataron a una silla y le rompieron la cara a puñetazos. El primo Rosa y el Macarrao ejecutaron por afición y el Nene por 3.000 reales. Bruno les dijo, ambiguamente, que le solucionasen el apuro. El Nene estranguló a Eliza, la serró en trozos, separó la carne del palo y echó el despojo a cuatro perros rotweiler, que se lo zamparon. Bruno se llevó al niño Brunhino a que se lo guardase su mujer mientras decidía si lo daba en adopción o lo abandonaba en un portal. La poli trincó primero al primo Rosa, que largó después de siete horas de inquisición y Bruno y el Macarrao se entregaron en Río. El negro Nene desapareció. Brunhino no acabó inclusero y le concedieron su custodia a su abuelo, Luiz Carlos Samudio, que se lo llevó a criar a su casa de Foz de Iguazú. A Bruno le condenaron a veinte años de presidio y el presidente del Flamengo, Rafael di Piro, le envió un telegrama a la cárcel de Nelson Hungría anunciándole su despido. Bruno dijo que lamentaba no jugar el Mundial de 2014 y en el internet anduvo un chiste alemán en el que salía un saco de diez kilos de comida para perros de la marca Pedigree con sabor a Eliza Samudio. No se sabe si lo pusieron en circulación los extraterrestres de Asimov, los servicios de inteligencia o los jubilados de Despeñaperros, que se habían quedado huérfanos de obra.

MARTÍN OLMOS

Los gauchos matreros

In Bandidos on 4 de mayo de 2015 at 21:01

GAUCHO de martin olmos

Dijo Borges que profesaron la antigua fe del coraje.

“Nunca dijo: Soy gaucho”
JORGE LUIS BORGES

Alonso Carrió de la Vandera escribió en el “Lazarillo de ciegos y caminantes” (1773) que el gaucho vivía en las compañías de Buenos Aires, Tucumán y Uruguay. Paul Groussac decía que era de origen uruguayo y que no se extendió por el llano hasta finales del XIX. La misma opinión tenían Félix de Azara y Rómulo Múniz, pero no, en cambio, Martiniano Leguizamón, que afirmaba su antiquísima existencia en la Argentina como resultado de la mezcla de criollos y mestizos que, desde la Asunción, bajaron a poblar las fundaciones de Santa Fe y Buenos Aires. Menéndez Pelayo se refería al gaucho como sinónimo de criollo y sostenía que los gauchos eran los campesinos andaluces y extremeños transplantados a América en los tiempos de la conquista y la colonización. Todas estas discusiones igual dan, en todo caso:

Al gaucho se lo inventaron José Hernández, Eduardo Gutiérrez y Ricardo Güiraldes, y Borges dijo que los hombres de la ciudad le fabricaron un dialecto y una poesía de metáforas rústicas. Al gaucho se lo inventaron Hilario Ascasubi y Bartolomé Hidalgo, y Borges dijo que los gauchos no habían oído jamás la palabra gaucho, o acaso la habrían oído como una injuria. Borges dijo que los gauchos fueron pastores de la hacienda brava, enlazadores, marcadores, troperos, capataces, hombres de la partida policial, alguna vez matreros, sufridos, castos y pobres y nunca ninguno de ellos fue un caudillo. Borges dijo que eran capaces de  ironía, a diferencia de otros campesinos, que morían y mataban con inocencia y que los había peones tigreros, que mataban pumas enfrentándolos con un cuchillo y un poncho. Borges dijo, quizá con razón, que el mito del gaucho lo produjo lentamente la vigilia y los sueños de Buenos Aires. El gaucho pasó de ser un jornalero campestre a ser un poema porteño y no le quedó más remedio que ser capaz de ironía y de decir con metáforas rústicas. No le quedó más remedio que morir y matar con inocencia. Le pasó como al vikingo, que se vio obligado a los cuernos después de que se los pintara Gustav Malstrom. El gaucho acabó identificándose, inevitablemente, con sus ficciones, como advierte Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte.

El gaucho mítico es su pilcha, que es como llama a sus avíos, que son el sombrero chambergo de ala corta y copa baja; el pañuelo que se anudaba sobre la cabeza a la corsaria o debajo del mentón, a la serenera, y le protegía las trenzas; el cinto de rastras de monedas de plata engarzadas en cuero de ciervo o de lagarto; el poncho de lana de oveja criolla, que la decían oveja chilluda, y que una vez fue de cuero de potro sobado; las botas de vaca y las espuelas nazarenas de rodetes anchos y calados que el gaucho se despojaba por urbanidad en cuanto, extrañamente, echaba el pie en tierra y el facón terrible, el cuchillo verijero que decían que lo mismo servía para abrir un asao que para cerrar una discusión.

La gauchería
Gauchos matreros y bandidos fueron David Segundo Peralta, Felipe Pascual Pacheco y Guillermo Hoyo. David Segundo Peralta era de Monteros del Tucumán, le decían el Mate Cosido por un siete que le remendaron en la cabeza y se asoció con el bandolero anarquista Juan Bautista Bairoletto, santafesino de la Cañada de Gómez que se pegó un tiro en 1941, en la Colonia de San Pedro de Atuel, en Mendoza, para que no le prendiese la partida. A Felipe Pascual Pacheco le dijeron por bravo el Tigre de Quequén y mató a un vasco en Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires, y a otros trece hombres más y durante un tiempo peleó en la divisa del comandante Miguel Martínez de Hoz, juez de paz de Lobería. El Tigre de Quequén mató a los dos célebres cuchilleros Almirón y el Negro de los Olivos y cuentan que tuvo familia con sus propias hijas. A Guillermo Hoyo le dijeron la Hormiga Negra porque era recogido y pardo y mató al gaucho Pedro José Rodríguez, al bracero Santiago Andino, al matón Pedro Soria de notable cuchillo, a varios soldados que le siguieron y a un acordeonista de nombre Mariano Rivero para robarle el pulmón. Degolló a un niño para quitarle una pieza de queso y le dieron presidio, en cambio, por el asesinato a puñaladas de Lina Penza de Marzo, una italiana que vendía verduras en San Nicolás a la que mató, en realidad, un tal Martín Díaz por la deuda de un préstamo. La Hormiga Negra murió de viejito en 1918 superando los ochenta años y guardando su biografía escrita por Eduardo Gutiérrez, que cargó con resignación porque decía que el gaucho servía para todo y que después de ser el juguete de la policía le tomaban los literatos para contarle a la gente según sus ocurrencias. Disfrutó su leyenda más bien a la fuerza y una vez que los hermanos Podestá del Circo Criollo le quisieron representar, les amenazó con un facón y acabó con la función. Gauchos matreros fueron Juan Cuello, que fue fusilado en Santos Lugares por el general Rosas, Ernesto Ezquer el Gato Moro, Servando Cardoso el Calandria y los hermanos Barrientos.

El gaucho mítico fue Juan Moreira, que acaso nació en San José de Flores sin padre reconocido, que pudo ser un gallego de nombre Mateo Blanco o un sereno llamado Cirilo Moreira al que mandó fusilar el general Rosas. Moreira era recio y analfabeto y le prestaron de zagal a una hacienda en donde aprendió el oficio de resero y le tomó cuerda al juego de la taba y a los gallos. Además de a pelear aprendió a tocar la guitarra y se prometió con Vicenta Andrea Santillán, con la que engendró, con el tiempo, tres hijos. Durante una época fue cuchillero del gobernador Adolfo Alsina, que llegó a ser vicepresidente de la república durante el mandato de Sarmiento. Alsina se lo quiso llevar de guardaespaldas a Buenos Aires, pero Moreira prefirió el pasto y el gobernador le regaló un caballo y un puñal terrible de ochenta centímetros de hoja. Moreira fue gaucho derecho hasta que mató a cuchilladas a un pulpero genovés apellidado Sardetti por una deuda de diez mil pesos. Se echó al llano y vivió de matrear, generalmente a caballo, y guardó de únicas pertenencias el cuchillo de Alsina, dos pistolas y un perro al que le decía el Cacique y le vigilaba la vela. Juan Moreira se hizo fama de invulnerable en desafíos a puñal y de sus encuentros con la policía ganó una cicatriz en la cara y otra en la mano derecha. Al gaucho bravo Juan Moreira lo mató la policía federal el 30 de abril de 1874 en el patio del burdel La Estrella en la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires. Moreira intentó librar una tapia para escapar a caballo pero recién la empezó a trepar con su cuchillo desnudo entre los dientes, el sargento Andrés Chirino le metió un bayonetazo en el costado que le clavó contra la pared. Moreira revolvió de pura rabia y le contestó al sargento un tiro en el pómulo que le dejó tuerto y una cuchillada que le cortó cuatro dedos de la mano izquierda. Después murió Moreira en el patio del boliche, probablemente rematado a tiros por el comandante Federico Bosch, capitán de la partida. El sargento Andrés Chirino reclamó la recompensa de cuarenta mil pesos y se la retrasaron hasta el olvido, le licenciaron de la milicia por medio manco y le dieron una portería en el 733 de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires. Andrés Chirino murió con cien años.

A las afueras del coraje de Juan Moreira, el gaucho ruin y vil canalla fue Leonardo Condorí, caníbal y ultrajador. Leonardo Condorí tenía una risa de dientes negros, poca talla y orejas grandes, era analfabeto pero sabía contar hasta cien y llevaba un tajo en el cuello y otro en la cara de reyertas por hembras que perdió. En 1908 andaba en una yerra de reses en Jujuy y andaba sin vaciar porque de puro picio no gastaba mujer desde hacía años. Ya tenía el pretérito mancillado por haber estrangulado en Santo Domingo a una muda de quince años a la que quiso disfrutar. El uno de julio de 1908 salió de jornalear en la hacienda de Los Corralitos, allá en Jujuy, y se fue a procurar una medida de aguardiente cuando se encontró con Visitación Sivila, que le decían Almita, y la propuso yacer a cambio de veinte céntimos de peso. Almita le huyó y Leonardo Condorí la tentó pero no consumó y, rabioso, la apuñaló en el cuello y le cortó un trozo de muslo. También le robó un puño de cigarrillos de Villagrán y una bolsa de fideos. El trozo de muslo lo saló, lo secó en charque y se lo comió. A Leonardo Condorí le dieron presidio en Ushuaia, al lado del Faro del Fin del Mundo, y a la tumba de Almita Sivila fueron los jujeños a pedir milagros.

MARTÍN OLMOS

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