MARTÍN OLMOS MEDINA

Leónidas en Nuevo México

In El Far West on 18 de junio de 2015 at 0:02

ILUSTRACION de Martín Olmos

Elfego Baca salió de una pieza del tiroteo más desigual de la frontera del suroeste.

 

“La valentía de Elfego Baca inculcó esperanza a los nuevos mexicanos nativos que sostenían las leyes de la tierra y se negaron a sucumbir a las injusticias raciales”

BILL RICHARDSON III. 30º gobernador de Nuevo Mexico.

 

 

No tenía veinte años cuando el manito Elfego Baca arrugó él solo a ochenta vaqueros gringos, jornaleros del ranchero John Masacre, que le sitiaron día y medio en un jacal y le dispararon cuatro mil veces. Treinta y seis horas le estuvieron pegando tiros y le tiraron teas de trapos empapados de queroseno para meterle candela y el manito Elfego Baca los afrontó con dos revólveres de los que llamaban en la frontera “six gun” y los ochenta matones se retiraron cuando se quedaron sin munición recogiendo cuatro muertos y ocho mancos. A la batalla la dijeron el Tiroteo de Frisco y se libró desde el día primero de diciembre de 1884 hasta la mañana siguiente en la casa de barro de Gerónimo Armijo, en Lower San Francisco Plaza, que hoy se llama Reserva, en el condado de Catron, en Nuevo México, cerca de la desembocadura del río Tularosa. En la pelea desigual al manito Elfego Baca le respaldó la razón, la virgen de Doña Ana, un desnivel en el suelo y los dos cojones que gastaba, que le venían de padre. Los mejicanos de la comarca le dieron aliento gritándole vivas desde una loma, viendo al paisano corajearle al gringo con desahogo. A los mejicanos de la comarca les bailaban a tiros los vaqueros de John Masacre cuando se la enganchaban bebiéndose mal la paga y hacía bien poco que habían capado a uno en la taberna de Bill Milligan y a otro le lacearon a un poste y le hicieron puntería acertándole de milagro en el sombrero.

La madre de Elfego Baca se llamaba Juana María y fue pionera en la práctica del béisbol femenino y la parienda le cogió en mitad de un partido, por lo que el niño salió nervioso el diez de febrero de 1865 en Socorro, recién se acababa el yermo desolado de la Jornada del Muerto, cien kilómetros al sur de Albuquerque, en Nuevo México. Le hicieron el destete en español, pero aprendió el inglés en Topeka, en Kansas, en la escuela de los gringos y regresó al sur con quince años cuando su padre, un hombrón bravo llamado Francisco, sentó plaza de alguacil en la aldea de Belén, al lado de Socorro, y la conservó hasta que mató a dos vaqueros tejanos que armaron pelea y le dieron presidio. Elfego Baca trepó al techo de la prisión y sacó a su padre por un butrón, le procuró un penco y el viejo escapó a San Elizario, en el condado de El Paso. Se le murió la vieja tempranamente y, con el padre en el clandestino, se quedó solo en la vida y se tuvo que buscar la industria de mancebo de mostrador en una tienda de clavos, con mandil y sin gloria, y recién cumplió los dieciocho se hizo legislador por su fuero. Robó dos revólveres Colt del cuarenta y cinco, se colgó una estrella que compró por correo y se autoproclamó auxiliar del sheriff de Frisco Plaza Pedro Sarracino. Como andaban medio mancos de ley en la desembocadura del Tularosa, nadie demoró una hora en cuestionar la irregularidad.

Andaba muriendo octubre de 1884 y los vaqueros del ranchero John Masacre regresaron al social después de llanear la pradera cercando vacas, casi todos eran tejanos que practicaban la sed congénita y el desprecio al español. Los manos estaban hechos a la resignación de que los jodieran los gringos rubios y los vaqueros levantaron las faldas a las chamacas, tiraron salvas y se entretuvieron disparando a los pies de los cholos para obligarles a bailar. Los tejanos disparaban riesgosamente y sin moderación, como si regalasen la pólvora negra, y como veían de más por la bebienda, lo mismo acertaban a la pata buena y dejaban desgraciados. La comarca de Frisco hacía de asueto de los vaqueros y levantaba, siendo nada más que un chaparral, sus sendas docenas de cantinas y casas de putas. En la taberna de Bill Milligan empezó a disparar a la concurrencia el vaquero Charlie McCarty, de la marca de John Masacre, y Elfego Baca le reprimió de un culatazo, lo tumbó y se lo llevó preso a una casa de adobe que hacía de jaula con la intención de trasladarlo más adelante a Socorro para ponerle delante de un tribunal. Los compadres de McCarty fueron a recuperarlo y a arrugar al cholo Baca por hablarles alto y el capataz del rancho de Tom Masacre, que se llamaba Young Parham, le exigió al preso o de lo contrario le prometió la muerte. Baca le contestó que a la cuenta de tres habría plomo y Young le dijo que no conocía a ningún grasiento mejicano ELFEGO BACAque fuese capaz de rendir una cuenta tan larga. Elfego Baca cumplió y contó hasta tres sin comas, en lo que se tarda en contar nomás hasta uno y medio, y dado el plazo le pegó un tiro a un vaquero en la rodilla al que dejó renco para el porvenir y otro al caballo de Young Parham, que se encabritó y cayó ancas abajo aplastando a su jinete, que la diñó. La curda revoltosa de McCarty iba saliendo por el saldo de un cojo y un difunto, con lo que se hizo parlamento y Elfego Baca consintió en entregar al preso para que le juzgaran a la mañana siguiente en un tribunal improvisado en la tasca de Bill Milligan. Sentaron a McCarty sobre un tonel, le dieron un trago y el juez de paz Ted White le impuso una multa de cinco dólares y le dejó libre.

Cuatro mil balas

Se extendieron los rumores de que la hazaña valerosa de Elfego Baca exacerbó a los mejisos de los alrededores del río Gila y los vaqueros de Tom Masacre le juraron el escarmiento. El primero de diciembre le fueron a buscar para juzgarle por la muerte de Young Parham y Elfego Baca se acantonó en la cobijera de su paisano Gerónimo Armijo, que era una construcción que los cholos llamaban jacal y estaba hecha sobre un esqueleto de palos de cedro clavados a la tierra cubiertos por adobe de deslizamiento, barro y techo de bosta. El primer valiente fue un soguero de nombre Billy Hearne al que Baca finó de un tiro en el estómago y todos los amarravacas de la comarca se sumaron a la lincha hasta formar un pelotón de ochenta hombres armados con rifles Winchester del 44.40 y escopetas de cazar búfalos. Baca llevaba dos cintos con fundas de tipo Buscadero en las que colgaba sus dos revólveres del cuarenta y cinco. Cada cinto cargaba treinta y cinco balas, que hacían setenta, más las doce de ambos hierros cebados. La vaquerada extendió mantas entre otros jacales para cubrirse los movimientos y descargaron la fusilería durante treinta y seis horas, contando la tregua nocturna, gastando cuatro mil balas que dejaron en cedazo el refugio de Elfego Baca. El piso del jacal de Gerónimo Armijo cavaba en el suelo su buen medio metro, lo que le colocaba por debajo de la línea de tierra, y desde allí Baca replicó el fuego abundante matando a cuatro y mancando a ocho. Los tejanos dispararon calculando la altura de un hombre sin contar el accidente y marraron la diana. Intentaron pegar fuego al jacal tirando sobre el techo trapos mojados de queroseno pero la bosta húmeda los apagó. Un bravo usó de escudo la tapa de una estufa y avanzó en carga hasta que Baca le tumbó de un balazo en la frente. Al amanecer del día siguiente, el jacal era osamenta de palos de cedro y humo y Elfego Baca se dejó ver cocinándose unas tortas de maíz al lado de una imagen de yeso intacta de Nuestra Señora de Doña Ana. Los tejanos le gastaron las últimas cargas hasta quedarse secos y no le atinaron ni a la virgen ni al chicano y tuvieron que traer desde Socorro a un diputado republicano de apellido Ross a rendir a Elfego Baca. Consintió el manito Baca a condición de conservar sus dos colts y pasó cuatro meses a la sombra esperando el juicio, del que salió absuelto al presentarse como prueba de la desigualdad del lance la puerta del jacal de Armijo que ventilaba cuatrocientos agujeros y un palo de escoba del grosor de un pulgar que había cogido, sin embargo, ocho tiros. Elfego Baca salió de la cárcel recién cumplidos los veinte con la determinación de, en adelante, llevar vida de más sosiego y fue abogado ventajista, mal marido, cazador del bandido José Chávez el Mestizo, político arribista y portero del burdel Tivoli de Ciudad Juárez. Le robó un revólver a Pancho Villa, mató de dos tiros en el corazón a su rival Celestino Otero en una calle de El Paso en 1915 y cuando cumplió los ochenta años se dejó atropellar por un coche en Albuquerque.

MARTÍN OLMOS

Gestión política de la caza del oso

In Bichos on 17 de junio de 2015 at 23:48

 

ILUSTRACION THEODORE ROOSEVELTEn política no se puede ir disparando con alegría.

“Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,/

el Riflero terrible y el fuerte Cazador”

RUBÉN DARÍO

 

Winston Churchill dijo: “Un oso en un bosque es un buen tema de especulación; un oso en un zoo es adecuado para la curiosidad pública; un oso en la cama de tu esposa es un asunto de la máxima preocupación”. El oso al que se refería Churchill era Stalin, pero una vez superado el contexto, uno concluye que, desnuda de metáfora, la advertencia no hay que ignorarla y un oso rondando a tu mujer es una presencia inquietante. Al oso hay que prevenirle como a una colmena de abejas o a una señora bigotuda y así uno ahorra en disgustos. Los hombres y los osos (que cuanto más feos más hermosos) han sabido quedarse cada uno en su casa sin buscar mucha vecindad y se han cruzado cuando no ha quedado más remedio y con consecuencias trágicas para alguno de los dos. Al oso le vemos simpático por las prosopopeyas de Disney y por el cuento aquel de Ricitos de Oro que escribió Robert Southey y hasta compramos uno de trapo para que se nos duerma el niño mamón. Los osos de trapo los pusieron de moda Morris y Rose Michtom, emigrantes judíos en América, para celebrar al presidente Roosevelt. Theodore Roosevelt combatió el asma haciéndose vaquero en Dakota y llegó a la presidencia cuando a McKinley le retiró un balazo a quemarropa del anarquista León Czolgosz que le cruzó el estómago, el colon y un riñón. Roosevelt cabalgó al frente de los Rough Riders en la guerra de Cuba y en política exterior practicó la Doctrina del Garrote, una vez vio un Bigfoot, que es un primo del Yeti del Himalaya, y le pegaron un tiro en Milwaukee en 1912 y se empeñó en largar un discurso de una hora antes de que le sacasen la bala del pecho, que se había llevado por delante una costilla. A Roosevelt le hizo un poema Rubén Darío y era gafoso, fantasmón y republicano.

En noviembre de 1902, el gobernador de Mississippi, Andrew Longino, invitó a Roosevelt a una cacería de osos en el norte de Vicksburg con la intención de ganarle la mano a su oponente James K. Vardaman, que se estaba metiendo en el bolsillo los votos de los pequeños propietarios blancos a base de prometerles linchamientos de negros. Vardaman opinaba que educar a un negro era la mejor manera de estropear una buena mano de obra. Andrew Longino organizó una cacería preberlangiana con prensa y notables para hacerse la propaganda y Theodore Roosevelt manifestó sus deseos de matar a un oso macho. A Roosevelt le encantaba exhibirse en proezas físicas como si fuera un forzudo de circo y cabalgaba al alba, nadaba ríos y practicaba el box. Se había hecho de roca sudando la gota gorda, porque nació neoyorquino, rico, asmático y medio cegato. Después cultivó su imagen de vaquero y se hizo fotos con el sheriff Pat Garrett, el hombre que mató a Billy el Niño. The Pall Mall Gazette le consideraba la personificación del deporte americano. Andrew Longino contrató de guía de la expedición al mejor rastreador de osos del delta del Mississippi, que era el negro Holt Collier, el único moreno que está enterrado debajo de una bandera de la Confederación. Holt Coltier nació en 1846 en la plantación Plum Ridge de Mississippi, dentro de la tercera generación de esclavos del general Thomas Hinds. Su amo le quiso dar educación, pero Coltier prefería rastrear caza y a los diez años mató a su primer oso. Coltier fue negro en conformidad, un ilota contento porque le daba buen trato el dueño y le vestía de caballerito blanco para enseñarle la puntería en el vecindario. Holt Coltier tenía un rifle y el lomo sin escribir y andaba la selva matando bestias en vez de agacharse a desfibrar el algodón. Cuando estalló la Guerra de Secesión acompañó a los amos al frente y se alistó de gris en el Noveno de Caballería de Texas, peleó en Shiloh a las órdenes del general Albert Sidney Johnston y rastreó para Nathan Bedford Forrest, el Carnicero de Fort Pillow, que crucificó en Tennessee a esclavos liberados y fundó el Ku Klux Klan. Cuando acabó la guerra mató a un yanqui llamado James King en Vicksburg, por defender al amo en un riña en la que surgió un cuchillo, y puso tierra de por medio para que no le colgasen y asentó durante un tiempo en Texas en el oficio de desbravador de caballos mesteños en el rancho de su antiguo comandante, el general Lawrence Sullivan Ross, futuro gobernador del estado. Holt Coltier fue negro bien acompañado y orbitó alrededor del galpón cuando le manumitieron, lloró la muerte de su amo Howell Hinds y se convirtió en cazador legendario, rastreador de osos con cuerda de perros y tirador infalible.

La escopeta nacional

A la cacería del oso del delta del Mississippi de 1902 fueron los periodistas, una cuerda de cincuenta perros y un muestrario de ilustres con ganas de arrimarse a una buena hoguera entre los que estaban, a falta del marqués de Leguineche, Stuyvesant Fish, presidente del ferrocarril de Illinois; John McIlhenny, dueño de la fábrica de la salsa de Tabasco; el futuro gobernador de Luisiana John M. Parker; Huger Lee Foote, senador, antiguo sheriff del condado de Sharkey y mal jugador de póquer que perdió la plantación familiar palmándola en el tapete del Club del Alce y el honorable LeRoy Percy, senador en Washington. Roosevelt manifestó su deseo de cazar al oso negro y el gobernador Longino encomendó a Coltier rastrearle un buen macho y arrinconárselo al presidente para ponérselo al pelo. El negro Coltier batió un ejemplar viejo de ciento diez kilos y lo corrió durante tres horas con la traílla de perros hasta que lo estancó en un pantano y le echó la jauría. El oso mató al perro Jocko, el sabueso principal del negro Coltier, y se defendió hasta donde pudo. Coltier le laceó desde la orilla y le amansó rompiéndole la culata de un rifle en la cabeza, después lo arrastró hacia el firme y lo amarró a un tocón dejándolo medio muerto. Tocó el cuerno llamando a los tiradores y llegó Roosevelt a caballo con los ilustres y la prensa. Acábelo, le dijo el Negro Coltier y la corte del presidente preparó el aplauso, pero Roosevelt miró a la prensa y dejó el gatillo en vigilia y dijo que juzgaba antideportivo matar al oso indefenso. Roosevelt intuyó la política como espectáculo y fue el precedente del gesto como capital ideológico. Le sacó partido a la guerra contra España cabalgando con los Rough Riders, que no era más que un regimiento de pijos de Harvard jugando a ser Custer en las Guásimas (más adelante reconoció que la guerra de Cuba no fue una buena guerra, pero que no tenía otra a mano) y le sacó rendimiento a perdonarle el pellejo a un oso viejo. Unos días después, el caricaturista del Washington Post Clifford Berryman publicó un dibujo mostrando el gesto compasivo de Roosevelt indultando al animal indefenso y el país se rindió ante el presidente sportman.

Las políticas de gesticulación se siguen practicando con buen rédito y la teatralidad cifra en caja y salen candidatos haciendo el chorra sobre una bici como los chavales de Verano Azul, dejándose coleta y enseñándose como Adán, medio en cueros como un bombero de despedida de soltera esperando que le cuelguen veinte pavos en la gomita del slip. En política se tienen que gestionar con buena cintura hasta los pedos, o bien aguantárselos y liberarlos domiciliarios y que hieda a mierda en familia. Por acá, en cambio, no se nos da bien gestionar políticamente la caza del oso (quizá porque uno nos liquidó a Favila, el hijo de don Pelayo) y al rey Juan Carlos le dejamos de ver campechano y le juzgamos ventajista cuando nos enteramos que fusiló en una batida en Rusia al oso Mitrofán, plantígrado manso y sociable borrachín que compareció ante los cartuchos trompa perdido de vodka y miel. El oso de Roosevelt no duró mucho y cuando se fue el dibujante lo remataron a cuchilladas entre John Parker y el negro Coltier. Coltier murió con noventa años, después de haber matado tres mil osos, y Roosevelt le regaló una carabina Winchester y Andrew Longino no fue reelegido a pesar de pagar la batida y las copas y le ganó la mano James Vardaman, el Gran Jefe Blanco, que después de cenar con Roosevelt dijo que la Casa Blanca apestaba tanto a negro que las ratas se habían refugiado en los establos. Morris y Rose Michtom, un matrimonio de judíos rusos que vendían regaliz en el 404 de la avenida Tompkins de Nueva York, se pusieron a fabricar osos de trapo a los que pusieron de nombre Teddy (diminutivo del Theodore de Roosevelt) y los vendieron como paraguas en un chaparrón y hoy seguimos acostando a los mamones con ellos sin la oposición de los pediatras, que no recomiendan en cambio el chupete porque causa problemas de maloclusión dental como si acostarse con un oso no inclinase a la zoofilia. Roosevelt murió de una embolia en su casa de la Bahía de las Ostras, en una habitación llena de trofeos de caza que impresionó mucho a Julio Camba. Murió, escribió Manuel Leguineche, “como lo que había sido toda su vida, un bluffer, un farolero populista, un cazador de leones de África”.

MARTÍN OLMOS

Una bruja con tacón de aguja, un cerdo vietnamita y un cipote de Castellón

In Timadores y burlangas on 6 de junio de 2015 at 17:42

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS FILTROS DE AMOR

En estos tiempos descreídos aún quedan hombres que buscan el amor.

“Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”

FRIEDRICH NIETZSCHE

 

El menda: José Laparra, tonto de mal perder, sentimental y neoclásico, casi medieval. La viva: Lucía Martín, trabajadora autónoma del abracadabra (pata de cabra) que con el rendimiento de los primos se compró un cerdo vietnamita y le puso de nombre Valentino. Digresión sobre el cerdo vietnamita: es un cerdo con plus por vietnamita, mundano y cosmopolita, que recibe trato diferente del cerdo común que caduca en San Martín. Lo puso de moda George Clooney junto a las cafeteras Nespresso (what else?) y las ventas se dispararon. El cerdo vietnamita adulto deja de ser gracioso y puede pesar sus setenta kilos, por lo que se le abandona en una campa y se hace silvestre, depreda los nidos de perdiz y se ha llegado a cruzar con el jabalí de monte. El cerdo en general, vietnamita o de Badajoz, es el único animal que tiene en común con el hombre el padecimiento de la ansiedad y se puede morir de estrés. Además del cerdito Valentino, Lucía Martín se gastaba las rentas en zapatos de Manolo Blahnik y en bolsos de Louis Vuitton. Lucía Martín es hechicera sin verruga ni caldero ni lechuza y con complementos de presumir y, como la de Tino Casal, es bruja con tacón de aguja. José Laparra, tonto neoclásico y sentimental, no fue siempre tonto y, muy al contrario, antes estuvo muy vivo. José Laparra es empresario inmobiliario y fue durante seis años presidente del Club Deportivo Castellón, que juega en Tercera, y le acusaron de desviar cinco millones de pavos procedentes de subvenciones públicas. José Laparra no es doncel ni maduro resultón y tiene ojitos pequeños, quizá soñadores, alopecia y trompa chatunga. José Laparra está, ay, enamorado y le dan al pobre calabazas. Pretende a una secretaria -ya dijimos que es neoclásico- que se llama Sandra y no tiene ojos para él. Es improbable que José Laparra haya leído a Shakespeare (y por su devenir, es posible que no haya leído nada) y, sin embargo, concluye como el poeta que el amor no prospera en corazones que se amedrentan de las sombras. José Laparra enamorado se adentró en las sombras.

Apuntes sobre el tonto romántico: es un tonto de circunstancias y no de nacimiento, lo que le convierte en un tonto imprevisible. El tonto romántico echa el día suspirando y mira la luna llena, luna lunera y cascabelera, y demora el tiempo escuchando cantar al ruiseñor. El tonto romántico es empático al principio pero aburre a medio plazo porque es monotemático y siempre está hablando de su julieta. A veces se suicida, como un héroe de Goethe, y es dado al soneto, que no le reporta razón, porque ya expresó Camilo José Cela que a la hembra contemporánea ya no se la conquista con versos sino invitándola a gambas y vermú. El tonto romántico, si no es buen rimador, no tiene rubor en plagiar a Bécquer. El tonto romántico, si tiene posibles, los pone a disposición de su pasión y mueve la economía y a su alrededor florece una industria de floristas y mariachis, con lo que el tonto romántico no carece, entonces, de cierta utilidad. El tonto romántico, como el cerdo, puede morir de estrés.

 

Agua de flores y tierra de sepultura

José Laparra, tonto sentimental y neoclásico, agotó los versos sin rendimiento y acudió a Lucía Martín, bruja de tacón de aguja, para pedirle un filtro de amor. Lucía Martín disfrazaba su industria detrás de un gabinete psicológico y vendía magdalenas por internet. Lucía Martín le recomendó bañarse con el agua en la habían estado sumergidas unas flores durante cuarenta días y frotarse el cuerpo con la tierra de un cementerio y le cobró 165.000 euros por la consulta. José Laparra, untado de flores y camposanto, recibió calabazas como ayer y le salió el mal perder y para no quedar por primo formó una patrulla de recuperación compuesta por una mujer con una pistola de pega, dos cristianos que se hicieron pasar por pasmas y un morito del Rif que entraron a la fuerza a la casa de la pitonisa y retuvieron a su padre con la intención de que le devolviesen al enamorado los machacantes del elixir. Lucía Martín se escondió debajo de un colchón y el cerdito Valentino no ladró. Comparecieron los picoletos avisados por el follón y detuvieron a los usurpadores y a José Laparra, tonto romántico y neoclásico e intruso del amateur, le van a caer seis meses de trullo y 1.500 euros de pena pecuniaria por los delitos de allanamiento de morada, amenazas con arma de fuego, extorsión y pertenencia a cuadrilla criminal. Nadie se ha preocupado, en cambio, del cerdito Valentino, que puede que presente un cuadro de estrés.

Este suceso singular adornó la prensa recién andaba rindiéndose este mayo enrarecido de política municipal y algunos lo vieron fleco de tiempos oscurantistas de piojo verde y bálsamo de Fierabrás, pero a los tontos sentimentales nos entraron ganas de gritar en la calle que viva el amor (en primavera). Este suceso singular recoge clasicismo a baldes y contiene el eco de La Celestina y del Elixir de Amor de Donizetti, con don José haciendo de Nemorino y Lucía Martín del doctor Dulcamara, e introduce el detalle imprescindible de la tierra de cementerio como ingrediente del hechizo, porque la brujería tiene en común con la alta cocina el uso de condimentos difíciles de encontrar: ni los ungüentos ni las recetas de los grandes chefs se hacen con pan de molde y jamón york y hay que ponerles cuernos de unicornio. Es como el gusto por usar palabras raras de los profesionales de oficios especializados (medicina y mecánica del automóvil). Para hacerse amar por una mujer recomendaba San Cipriano de Antioquia machacar en un almirez la cabeza de una culebra que se hubiera tragado el corazón de una paloma virgen y, una vez reducida a polvo, mezclarla con unas gotas de láudano, y el licenciado Amador Velasco hacía un filtro con el espinazo seco de una rana devorada por las hormigas dentro de un tintero. Hubo un curandero llamado John M. Crous que le vendió al ayuntamiento de Nueva York un remedio contra la rabia (el amor no deja de ser una enfermedad transitoria) compuesto por la quijada pulverizada de un perro, la lengua seca de un potro recién nacido y las limaduras de cobre de una moneda de un penique que debía estar forzosamente acuñada durante el reinado del rey Jorge I. A San Cipriano de Antioquia le decapitó Diocleciano y al licenciado Amador Velasco le dieron destierro en un auto de fe celebrado en la plaza de Zocodover de Toledo que presenció el Greco. A Lucía Martín no le va a pasar nada, pero dejó en entredicho su oficio al no vaticinar la visita de su cliente y tener que esconderse debajo de un colchón poniéndole al suceso el intermedio cómico de chiste de Eugenio (un tío llama a la puerta de un adivino, pom, pom, y el adivino pregunta quién es y el tío dice: vaya mierda de adivino). José Laparra, tonto sentimental y neoclásico, ha enriquecido el catálogo de cipotes que hacen país, como aquel célebre Bartolín, artista y concejal de deportes de La Carolina de Jaén que se secuestró a sí mismo y se escapó tirándose por un terraplén. A José Laparra hay que perdonarle la multa por romántico y que salga con una reprimenda, decirle que, venga hombre, que será porque no hay mujeres, y reconocerle el valor de no amedrentarse de las sombras como recomendaba Shakespeare, al que probablemente no ha leído pero lo intuyó. Tampoco parece que haya escuchado a Serrat, que en su canción “Receta para un filtro de amor infalible” recomendaba para conquistar a la amada un bebedizo hecho a base de borra de ombligo, leña de flechas de Cupido y polvo de una estrella fugaz y si acaso le fallara “haga la prueba con materias tangibles./ Cubrirla de brillantes o montarle un piso/ son buenos ingredientes para infalibles/ filtros de amor”.

MARTÍN OLMOS

 

 

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