MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘El Far West’ Category

Leónidas en Nuevo México

In El Far West on 18 de junio de 2015 at 0:02

ILUSTRACION de Martín Olmos

Elfego Baca salió de una pieza del tiroteo más desigual de la frontera del suroeste.

 

“La valentía de Elfego Baca inculcó esperanza a los nuevos mexicanos nativos que sostenían las leyes de la tierra y se negaron a sucumbir a las injusticias raciales”

BILL RICHARDSON III. 30º gobernador de Nuevo Mexico.

 

 

No tenía veinte años cuando el manito Elfego Baca arrugó él solo a ochenta vaqueros gringos, jornaleros del ranchero John Masacre, que le sitiaron día y medio en un jacal y le dispararon cuatro mil veces. Treinta y seis horas le estuvieron pegando tiros y le tiraron teas de trapos empapados de queroseno para meterle candela y el manito Elfego Baca los afrontó con dos revólveres de los que llamaban en la frontera “six gun” y los ochenta matones se retiraron cuando se quedaron sin munición recogiendo cuatro muertos y ocho mancos. A la batalla la dijeron el Tiroteo de Frisco y se libró desde el día primero de diciembre de 1884 hasta la mañana siguiente en la casa de barro de Gerónimo Armijo, en Lower San Francisco Plaza, que hoy se llama Reserva, en el condado de Catron, en Nuevo México, cerca de la desembocadura del río Tularosa. En la pelea desigual al manito Elfego Baca le respaldó la razón, la virgen de Doña Ana, un desnivel en el suelo y los dos cojones que gastaba, que le venían de padre. Los mejicanos de la comarca le dieron aliento gritándole vivas desde una loma, viendo al paisano corajearle al gringo con desahogo. A los mejicanos de la comarca les bailaban a tiros los vaqueros de John Masacre cuando se la enganchaban bebiéndose mal la paga y hacía bien poco que habían capado a uno en la taberna de Bill Milligan y a otro le lacearon a un poste y le hicieron puntería acertándole de milagro en el sombrero.

La madre de Elfego Baca se llamaba Juana María y fue pionera en la práctica del béisbol femenino y la parienda le cogió en mitad de un partido, por lo que el niño salió nervioso el diez de febrero de 1865 en Socorro, recién se acababa el yermo desolado de la Jornada del Muerto, cien kilómetros al sur de Albuquerque, en Nuevo México. Le hicieron el destete en español, pero aprendió el inglés en Topeka, en Kansas, en la escuela de los gringos y regresó al sur con quince años cuando su padre, un hombrón bravo llamado Francisco, sentó plaza de alguacil en la aldea de Belén, al lado de Socorro, y la conservó hasta que mató a dos vaqueros tejanos que armaron pelea y le dieron presidio. Elfego Baca trepó al techo de la prisión y sacó a su padre por un butrón, le procuró un penco y el viejo escapó a San Elizario, en el condado de El Paso. Se le murió la vieja tempranamente y, con el padre en el clandestino, se quedó solo en la vida y se tuvo que buscar la industria de mancebo de mostrador en una tienda de clavos, con mandil y sin gloria, y recién cumplió los dieciocho se hizo legislador por su fuero. Robó dos revólveres Colt del cuarenta y cinco, se colgó una estrella que compró por correo y se autoproclamó auxiliar del sheriff de Frisco Plaza Pedro Sarracino. Como andaban medio mancos de ley en la desembocadura del Tularosa, nadie demoró una hora en cuestionar la irregularidad.

Andaba muriendo octubre de 1884 y los vaqueros del ranchero John Masacre regresaron al social después de llanear la pradera cercando vacas, casi todos eran tejanos que practicaban la sed congénita y el desprecio al español. Los manos estaban hechos a la resignación de que los jodieran los gringos rubios y los vaqueros levantaron las faldas a las chamacas, tiraron salvas y se entretuvieron disparando a los pies de los cholos para obligarles a bailar. Los tejanos disparaban riesgosamente y sin moderación, como si regalasen la pólvora negra, y como veían de más por la bebienda, lo mismo acertaban a la pata buena y dejaban desgraciados. La comarca de Frisco hacía de asueto de los vaqueros y levantaba, siendo nada más que un chaparral, sus sendas docenas de cantinas y casas de putas. En la taberna de Bill Milligan empezó a disparar a la concurrencia el vaquero Charlie McCarty, de la marca de John Masacre, y Elfego Baca le reprimió de un culatazo, lo tumbó y se lo llevó preso a una casa de adobe que hacía de jaula con la intención de trasladarlo más adelante a Socorro para ponerle delante de un tribunal. Los compadres de McCarty fueron a recuperarlo y a arrugar al cholo Baca por hablarles alto y el capataz del rancho de Tom Masacre, que se llamaba Young Parham, le exigió al preso o de lo contrario le prometió la muerte. Baca le contestó que a la cuenta de tres habría plomo y Young le dijo que no conocía a ningún grasiento mejicano ELFEGO BACAque fuese capaz de rendir una cuenta tan larga. Elfego Baca cumplió y contó hasta tres sin comas, en lo que se tarda en contar nomás hasta uno y medio, y dado el plazo le pegó un tiro a un vaquero en la rodilla al que dejó renco para el porvenir y otro al caballo de Young Parham, que se encabritó y cayó ancas abajo aplastando a su jinete, que la diñó. La curda revoltosa de McCarty iba saliendo por el saldo de un cojo y un difunto, con lo que se hizo parlamento y Elfego Baca consintió en entregar al preso para que le juzgaran a la mañana siguiente en un tribunal improvisado en la tasca de Bill Milligan. Sentaron a McCarty sobre un tonel, le dieron un trago y el juez de paz Ted White le impuso una multa de cinco dólares y le dejó libre.

Cuatro mil balas

Se extendieron los rumores de que la hazaña valerosa de Elfego Baca exacerbó a los mejisos de los alrededores del río Gila y los vaqueros de Tom Masacre le juraron el escarmiento. El primero de diciembre le fueron a buscar para juzgarle por la muerte de Young Parham y Elfego Baca se acantonó en la cobijera de su paisano Gerónimo Armijo, que era una construcción que los cholos llamaban jacal y estaba hecha sobre un esqueleto de palos de cedro clavados a la tierra cubiertos por adobe de deslizamiento, barro y techo de bosta. El primer valiente fue un soguero de nombre Billy Hearne al que Baca finó de un tiro en el estómago y todos los amarravacas de la comarca se sumaron a la lincha hasta formar un pelotón de ochenta hombres armados con rifles Winchester del 44.40 y escopetas de cazar búfalos. Baca llevaba dos cintos con fundas de tipo Buscadero en las que colgaba sus dos revólveres del cuarenta y cinco. Cada cinto cargaba treinta y cinco balas, que hacían setenta, más las doce de ambos hierros cebados. La vaquerada extendió mantas entre otros jacales para cubrirse los movimientos y descargaron la fusilería durante treinta y seis horas, contando la tregua nocturna, gastando cuatro mil balas que dejaron en cedazo el refugio de Elfego Baca. El piso del jacal de Gerónimo Armijo cavaba en el suelo su buen medio metro, lo que le colocaba por debajo de la línea de tierra, y desde allí Baca replicó el fuego abundante matando a cuatro y mancando a ocho. Los tejanos dispararon calculando la altura de un hombre sin contar el accidente y marraron la diana. Intentaron pegar fuego al jacal tirando sobre el techo trapos mojados de queroseno pero la bosta húmeda los apagó. Un bravo usó de escudo la tapa de una estufa y avanzó en carga hasta que Baca le tumbó de un balazo en la frente. Al amanecer del día siguiente, el jacal era osamenta de palos de cedro y humo y Elfego Baca se dejó ver cocinándose unas tortas de maíz al lado de una imagen de yeso intacta de Nuestra Señora de Doña Ana. Los tejanos le gastaron las últimas cargas hasta quedarse secos y no le atinaron ni a la virgen ni al chicano y tuvieron que traer desde Socorro a un diputado republicano de apellido Ross a rendir a Elfego Baca. Consintió el manito Baca a condición de conservar sus dos colts y pasó cuatro meses a la sombra esperando el juicio, del que salió absuelto al presentarse como prueba de la desigualdad del lance la puerta del jacal de Armijo que ventilaba cuatrocientos agujeros y un palo de escoba del grosor de un pulgar que había cogido, sin embargo, ocho tiros. Elfego Baca salió de la cárcel recién cumplidos los veinte con la determinación de, en adelante, llevar vida de más sosiego y fue abogado ventajista, mal marido, cazador del bandido José Chávez el Mestizo, político arribista y portero del burdel Tivoli de Ciudad Juárez. Le robó un revólver a Pancho Villa, mató de dos tiros en el corazón a su rival Celestino Otero en una calle de El Paso en 1915 y cuando cumplió los ochenta años se dejó atropellar por un coche en Albuquerque.

MARTÍN OLMOS

Los guerrilleros de Quantrill

In El Far West, Hazañas bélicas on 19 de marzo de 2014 at 22:35

Dedicado a Jon Lantaron

En la frontera de Kansas y Missouri se libró una guerra de tropas irregulares que no se sometían a las leyes marciales

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“A las cinco en punto de la mañana fuimos atacados por Quantrill y su banda”

ROBERT G. ELLIOTT. Editor del “Kansas Free State”

Al amanecer del 21 de agosto de 1863 la horda del infame William Quantrill descendió del Monte Oread y entró en la ciudad de Lawrence, en la sangrienta Kansas,  enarbolando la bandera negra. Como en el Libro de los Jueces (capítulo 5, versículo 22), “entonces resonaron los cascos de los caballos martilleando la tierra”. Antes de afrontar la calle principal al galope tendido vieron a un clérigo ordeñando una vaca y lo mataron de un tiro en la cabeza. Quantrill ordenó quemar todos los edificios que encontraran a su paso y matar a todo aquel hombre, viejo o muchacho que estuviese en condiciones de levantar un rifle, lo tuviera en la mano o no en ese momento. Los cuatrocientos de Quantrill llevaban cinco revólveres cada uno (en su mayoría Colt Navies) distribuidos en los cintos y colgados de los pomos de las sillas de montar, plumas en el sombrero, camisas con bordados de imaginería y botas altas de piel de ciervo hasta el muslo en las que escondían cuchillos de monte con empuñaduras de asta de gamo. Como eran guerrilleros tenían proscrito el uniforme gris de la Confederación. Como la mayor parte de ellos eran adolescentes no conocían la piedad. El más joven de la horda era Riley Crawford, que tenía trece años y había visto como los partisanos “jayhawkers” (los Cazadores de Urracas), partidarios de la Unión, fusilaron a su padre en Blue Springs. Otros que cabalgaron en garulla aquella mañana salvaje fueron los hermanos Jim y Cole Younger, Clark Hockensmith, el negro John Noland y Frank James, cuyo hermano pequeño Jesse se unió a la partida de Quantrill un año después. Cuando los cuatrocientos dejaron al rabo al clérigo muerto, y a la vaca también, entraron en Lawrence por el este y se separaron en tres patrullas comandadas por el propio Quantrill, por George M. Todd y por Bill Anderson el Sanguinario, que llevaba prendidas en la silla las cabelleras de los hombres que había matado. Durante las cuatro horas que duró la invasión quemaron 185 edificios, asaltaron el banco, saquearon de vino y cubiertos de plata las viviendas y asesinaron a veinte reclutas y a casi doscientos civiles a los que sacaron de sus casas y les dispararon en el medio de la calle delante de sus mujeres. A dos hombres les quemaron vivos y a otro le volaron la cabeza mientras sostenía a su hijo en los brazos. La víctima más joven fue Bobby Martin, que tenía doce años y se cubrió con un capote azul, y la más vieja noventa, que es una edad en la que el retroceso de una carabina Sharps te WILLIAM QUANTRILLdesclava la clavícula de la escápula (las carabinas Sharps del calibre 52 las llevó a Kansas el reverendo Beecher, el hermano clérigo de la autora de “La Cabaña del Tío Tom”, dentro de cajas de Biblias). El senador Jim Lane, notorio asesino y antiguo capitán de los Cazadores de Urracas que dos años antes había matado a sangre fría a diez partidarios sureños en Osceola, huyó corriendo a través de un maizal en camisón de dormir y la familia Simpson se ocultó en un sembrado y para evitar que su hijo recién nacido les traicionase con su llanto le metieron en la boca una mazorca de maíz verde que le engañó el hambre. La horda de Quantrill solo se anotó una baja que fue la de Larkin Skaggs, un borracho indecente que entró en Lawrence completamente trompa, mató al ciudadano George Burt para robarle el monedero y se quedó rezagado cuando la partida se retiró a las nueve de la mañana. Aislado de la legión, Skaggs arrió una bandera de la Unión, la ató a la cola de su caballo y la arrastró por la calle principal de Lawrenece hasta que un mestizo llamado Pavo Blanco le derribó de un flechazo y los vecinos le desnudaron y le despedazaron a cuchilladas.

Los guerrilleros
En la sangrienta frontera de Kansas con Missouri se libró una guerra particular dentro de la Guerra de Secesión en la que pelearon grupos de partisanos irregulares que no se sometían a las leyes marciales. La vecindad de los enemigos hizo que se vendimiasen venganzas. Por un lado estaban los “jayhawkers”, los Cazadores de Urracas partidarios de la abolición, y por otro los “bushwhackers”, los Luchadores de los Matorrales a los que perteneció Quantrill, que eran esclavistas de Missouri. Ambos grupos (y otros parejos en indignidad como los Botas Rojas del coronel Jennison) eran chusma forajida que luchaba en guerrilla y derivaba en acciones de saqueo y terrorismo. Desembocaron inexorablemente en la delincuencia pedestre cuando acabó la guerra pero mantuvieron la excusa de la causa para lustrarse la biografía, como fue el caso de los hermanos Younger, de Sam Bass y de Frank y Jesse James (que fue enterrado con el uniforme confederado). El mundo ha ido dando tumbos a su antojo y cumpliendo años que parecieron esperanzadores pero las cosas siguen igual y los partisanos de las guerras de ahora encuentran su porvenir en el crimen cuando se acaba la barra libre: Luka Bojovic, antiguo voluntario de los paramilitares serbios de los Tigres de Arkan durante la Guerra de los Balcanes, derivó en organizador del clan mafioso Zemun, que se dio al atraco de joyerías, al tráfico de cocaína y a los asaltos homicidas y en 2009, en un piso de la calle Lago Salado de Madrid, se comió a Milan Jurisic, que le disputaba la jefatura de la banda, después de matarlo a martillazos y trocearlo en una picadora de carne.

Después de la masacre de Lawrence, el general nordista Thomas Ewing ordenó la deportación de todos los habitantes de los tres condados de Missouri fronterizos con Kansas y dejó el campo libre para que los “jayhawkers” mataran a los rebaños y quemaran las plantaciones. El presidente Harry S. Truman, que creció en Independence, Missouri, recordaba que su familia le contaba cómo los Cazadores de Urracas les mataron a los cerdos y les quemaron el granero. La horda de Quantrill huyó a Texas y se disgregó en unidades confederadas regulares. Por el camino mató a ochenta soldados de escolta del general James G. Blunt. Más tarde se reagrupó y continuó sus acosos en Kentucky. Bill Anderson el Sanguinario se separó de la banda y formó su propia partida. Cuando le mataron llevaba una cadena con 53 nudos que representaban a cada hombre que asesinó. Quantrill había sido maestro de escuela pero abandonó la catequesis cuando descubrió una mayor rentabilidad en la industria del robo de caballos. Cuando comenzó la guerra se alistó en el ejército regular confederado pero era refractario a la disciplina y formó su propio escuadrón de partisanos. Cuando era niño se entretenía disparando a las orejas de los cerdos y atando a dos gatos por las colas para ver como se despedazaban a arañazos. Al final incluso la Confederación le negó y le persiguió hasta los territorios indios de Oklahoma. En 1865 regresó a Kentucky con treinta hombres y en junio, cerca de Taylorsville, fue emboscado por la patrulla del capitán Edward Terrell y abatido de su montura de dos disparos que le acertaron en el codo y en la columna vertebral. Inválido para montar, su lugarteniente Clark Hockensmith intentó izarlo en la grupa de su caballo pero fue derribado a balazos y Quantrill murió unos días después en el hospital de Louisville. Le enterraron en el cementerio católico de Portland y al año siguiente su madre reclamó sus huesos para darles tierra en Ohio, donde había nacido. El tipo que le desenterró despistó partes de su esqueleto y las vendió a los coleccionistas de Kansas hasta que en 1993 fueron recuperadas y enterradas en el cementerio confederado de Higginsville, en Missouri. Los 75.000 dólares que la horda de Quantrill recolectó en Lawrence fueron puestos al recaudo de las nerviosas alforjas del guerrillero Charlie Higbee, que se despistó de la ruta y acabó en Canadá. Después de la guerra se instaló en Texas, fundó un banco y murió en 1908.

MARTÍN OLMOS

Las aventuras de Smith el Jabonoso

In El Far West, Timadores y burlangas on 20 de enero de 2014 at 18:56

Jefferson R. Smith fue el trilero más notorio de la frontera

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Jefferson Smith nunca dejó de vestir con traje y corbata”
JAVIER REVERTE

Este es el memorial de las extraordinarias hazañas del infame ladrón Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso, que Dios le haya perdonado sus iniquidades si lo ha tenido a bien según su divino entendimiento, que nosotros no somos los que debemos juzgar Su voluntad porque sus razones se escapan a nuestra comprensión. Est humanum errare, divinum ignoscere, que quiere decir que el error es cosa nuestra y de Dios perdonarlo, y sin embargo no hay que tener por segura esta aseveración. El poeta Heinrich Heine dijo en su lecho de muerte, si hemos de creer a Johannes Fastenrath: “Dios me perdonará: es su oficio”. Nada más lejos, maese Heine: Isaías en el capítulo 55 nos dice que Dios es generoso en el perdón pero añade que sus caminos no son los nuestros, y por lo tanto se escapan a nuestro común discernimiento. El infame Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso buscó la fortuna en el oficio de los más procelosos menesteres que fueron, por mencionar los más notables, los de trilear el naipe con ventaja, chulear mastuerzas, aguar los licores, robar a los muertos, correr diamantes falsos y enredarse en riñas a tiros de las que por allá llamaban gunfights y en las que no era poco común que alguien terminara manco si tenía la suerte de vivir para contarlo. Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso dejó blasón en la azarosa frontera de tahúr y de organizador de raposos y murió a tiros en el que se conoció como el Combate del Muelle de Juneau, en la fría Alaska, el 8 de julio de 1898. El que vivió como un príncipe murió como un perro y su cuerpo se dejó toda la noche al sereno sin siquiera cubrirlo con una manta. Aequat omnes cinis, que quiere decir que la ceniza iguala a todos los hombres y lo dijo Séneca el cordobés.

Jefferson Ryolph Smith II nació en el condado de Coweta, en Georgia, al que llaman el Estado del Melocotón, el Día de los Difuntos de 1860. Su familia de pretéritos ingleses fue de postín que se arruinó con la guerra y perdió los algodonales, pero no obstante le brindó una educación esmerada que Jefferson Ryolph Smith II supo aprovechar y durante toda su vida fue capaz de recitar con gracia singular los hexámetros de Homero y los poemas de Shakespeare, además de ir siempre vestido con corbata. Los Smith emigraron a la ruidosa Texas para procurarse la fortuna y en Round Rock Jefferson Ryolph Smith II, que tenía a la sazón quince años, presenció la ejecución del bandido Sam Bass, notorio pistolero y atracador de bancos y diligencias. Si de aquella experiencia concluyó alguna moraleja es de suponer que pronto la olvidó. De bien joven, siendo su posterior mostacho negro apenas la sombra de un bozo, Jefferson Ryolph Smith II se fue de casa para cabalgar la riesgosa vida y condujo durante un tiempo ganado desde Texas hasta Kansas a través de la antigua ruta de Chisholm y asimismo comprendió bien pronto que ajerezarse los JEFFERSON SMITH EL JABONOSOriñones sobre un penco, comer judías y tocino y contemplar el horizonte escueto del culo de una vaca no iba con su natural emprendedor. Dejó, pues, el ingrato oficio de vaquero y se puso a correr el país entero vendiendo diamantes de cristal y quincallas tan falsas como un rumor debajo de una lona en la que se anunciaba como Johnny el Baratijas. De aquellas jornadas en la legua aprendió que abundaba en el camino el primo de pasto, que es más bien un rumiante que un  hombre hecho y derecho y se caracteriza por ser refractario al sentido común e intrínseco a la confianza en sus semejantes, que Dios le proteja, y en el exterior se le reconoce porque se abriga, en lugar de con vello y pellejo, con plumas que siempre lleva a disposición del que se las quiera pelar. Jefferson Ryolph Smith II aprendió a desplumar al primo cuando los notorios charlatanes Clubfoot Hall y “Old Man” Taylor le enseñaron a dominar el trile y el monte de dos cartas y él por su cuenta patentó el Timo del Jabón, que consistía en subastar pastillas de jabón en las que aseguraba meter en una de cada dos un premio oscilante entre el dólar y los cien pavos. Sus acólitos conseguían los premios amañados y los voceaban, y los primos pujaban por lo alto las jabonetas y las acababan pagando al precio del azafrán. Se le dijo desde entonces Smith el Jabonoso y se asentó en Colorado; primero en Denver, donde abrió el casino Tivoli bajo el lema “Caveat Emptor” (Que tenga precaución el comprador), y después en Creede, en donde puso el Orleans Club, una coima de fulleros cuya atracción principal era la exhibición de un cadáver momificado. Allá Smith el Jabonoso le robó el predio del hampa al infame Bob Ford, el traidor asesino de Jesse James, y organizó un sindicato de bribones que gestionaba un fondo de pensiones para pagar fianzas, atender a las madres de los que pagaban presidio y morder a los concejales. Formaron parte de aquella cofradía de bellacos el pistolero Texas Jack Vermillion, que cabalgó junto a los hermanos Earp; el Gran Ed Burns, asesino y especialista en el timo del lingote; el reverendo Charles Bowers, que se hacía pasar por masón; el juez Norman Van Horn y su licenciatura de Harvard y el ladrón Slim Jim Foster, que dominaba el arte de hacerse el tonto. Sin embargo llegó un día de 1897 en el que Smith el Jabonoso no ajustó el precio de un gobernador y la milicia le echó de Colorado.

El Gold Rush
Al año siguiente, que fue uno después de que se encontrase oro en el Yukón, Smith el Jabonoso desembarcó en Skagway, en Alaska, un campamento minero en mitad de la ruta de los argonautas. Reunió a su cuadrilla y abrió el Soapy Smith´s Parlor, limpió a un misionero en el trile, engrasó a dos periodistas para que le propagasen, estableció una comisión del cincuenta por ciento por cada asalto en la calle y participó con entusiasmo en la recuperación de los cadáveres de sesenta hombres que murieron al ser sepultados por un alud en el Camino de Chilkoot y antes de enterrarlos les robó las prótesis dentales. Entre otras cosas, vendió acciones de explotaciones mineras que no existían, montó una oficina de telégrafos falsa, le puso un sueldo al oficial de la policía y entabló tratos con Wyatt Earp, notorio proxeneta, para abrir una casa de tertulias. En poco tiempo tuvo el sombrero boca arriba en unas cincuenta casas de juego y se nombró a sí mismo capitán del Primer Regimiento de la Guardia Nacional de Alaska, una milicia de voluntarios que pretendían ir a Cuba a pelear contra España. El primero de mayo de 1898 desfiló con su tropa montando un caballo gris y el reverendo John Sinclair, fotógrafo aficionado, le tiró un retrato. Los ciudadanos que aún pensaban que el Gran Norte podía ser un lugar decente formaron el Comité de los 101, liderado por el audaz Frank Reid, ingeniero, camarero y antiguo teniente del ejército, y Smith el Jabonoso respondió armando a una hueste de matones y, amparándose en su condición de capitán, proclamando la ley marcial. El 7 de julio de 1898 un minero llamado J. D. Stewart llegó a Skagway con treinta mil dólares en pepitas de oro que le duraron un suspiro cuando los bellacos de Smith se los  birlaron. El Comité de los 101 exigió al Jabonoso la devolución del botín y éste les amenazó con cortarles las orejas. A la mañana siguiente Frank Reid y Smith el Jabonoso se emplazaron en el Muelle de Juneau y el trilero compareció en la reunión ostensiblemente borracho con un rifle Winchester 30-30, una pistola Remington escondida en la manga y un Colt 45 en el cinturón. Ambos hombres parlamentaron con el plomo y a una distancia tan corta que se podían oler los alientos respectivos se dispararon hasta matarse. Smith el Jabonoso recibió un tiro en la pierna izquierda y otro en el corazón y murió en el acto y Frank Reid cogió un balazo en el vientre, a la altura de la pelvis, que le llevó a la tumba doce días después. Nadie consideró conveniente recoger el cuerpo difunto de Smith el Jabonoso y el rocío le hizo la mortaja durante la noche entera. Le enterraron una semana después en el comienzo del camino del White Pass y acaso mereció un responso más conciliador que el que le hizo el reverendo John Sinclair, ministro presbiteriano y fotógrafo aficionado, que dijo: “Lamentamos que en la carrera de uno que vivió entre nosotros haya muy poco que podamos mirar como bueno”.

MARTÍN OLMOS

El señor McCurdy, post mortem

In El Far West on 27 de julio de 2013 at 13:45

 El atracador más desastroso del Oeste rindió más beneficio muerto que vivo y coleando

ILUSTRACION DE MARTÍN OLMOS

“La muerte es el comienzo de la inmortalidad”
ROBESPIERRE

Elmer McCurdy, que jamás le tomó la medida a la nitroglicerina, fue un caso de vocación tardía y empezó una carrera en las variedades, de notable éxito de crítica y público, después de muerto. Por la vida pasó sin pena ni gloria, como casi todos nosotros, y fue candongo para el tajo, borrachín y con una voluntariosa inclinación a la negligencia que torció su porvenir de forajido del Oeste tardío y se quedó en momia de escaparate. Fue en su temprana juventud, no obstante, un fontanero decente que no prosperó en el oficio porque se hizo camastrón y se tiró a por la ganancia fácil, que le apeteció más que sudar el abrigo untándose en el bacín hediondo pero  honrado. Elmer McCurdy fue motivado en Maine, en enero de 1880, por un descuido que tuvo su madre con un primo suyo carnal que recién culminó la siembra perdió la memoria y no se quedó a la vendimia. A la muchacha se le gastó el entusiasmo en la gestión y no le quedó ninguno para sacarle adelante y lo dio a criar a un hermano suyo, con lo que Elmer McMurdy creció pensando que su madre era su tía y su tío su padre. A los quince años le confesaron la verdad y se le mezclaron las referencias, se enganchó a la botella y a las malas gentes y se fue a vivir con su abuelo, que le enseñó el oficio de fontanero y le brindó un porvenir para el que demostró cierto talento pero ninguna voluntad. No era mal oficial pero no le gustaba madrugar y se echó al camino a procurarse una suerte mejor. En 1907 encontró tajo en las minas de zinc de Cherryvale, en Kansas, en las que aprendió  a manipular la nitroglicerina, que dosificaba a ojo que no siempre era de buen cubero. Después se alistó en el ejército y pasó tres años milicianos en un batallón de demolición en el que no consiguieron meterle en la cabeza que la nitro tenía sus medidas y no se calculaba al capricho. Le licenciaron a la fuerza por borrachuzo y en 1910 le detuvieron en Saint Joseph, Missouri, por asociarse con mangantes. No estuvo mucho tiempo en el trullo porque el juez determinó que era más oneroso para el erario darle rancho y una manta que lo que pudiese afanar en libertad. Elmer McCurdy, en cambio, estaba convencido de que era Jesse James.

El bandido más torpe del Oeste
La carrera criminal de Elmer McCurdy duró un año escaso en el que enlazó un rosario de golpes desastrosos. Operó con tres o cuatro bandas forajidas de las que le echaban por patán y fue un bandido entusiasta pero poco cumplidor que no era capaz de culminar un asalto a derechas. O ponía mucha nitroglicerina o se quedaba corto. En un atraco al ferrocarril de la Pacific Express se pasó de largo con el cálculo y voló la caja fuerte, medio vagón y 5.000 dólares en monedas de plata que se fundieron y terminaron adheridas a las paredes de lo que quedó del convoy, sin remedio para despegarlas.  En cambio, en Chautauqua, Colorado, no fue capaz de echar abajo la puerta de un banco porque ajustó con mezquindad y se tuvo que escapar de vacío. Cuando a base de perseverar le salió redondo un negocio no pudo gastarse el beneficio porque le apiolaron a tiros en la huida: en octubre de 1911 atracó un tren en las Osage Hills de Oklahoma pero le acorralaron los alguaciles y el ayudante del sheriff Stringer Fenton le acertó en el pecho con un rifle del 32-20 y lo mató.

Llevaron su cuerpo a la funeraria del señor Johnson en Pawhuska, le tumbaron en un cestón de mimbre y el fotógrafo William J. Boag le hizo un retrato. Como nadie reclamó el cadáver, el pragmático señor Johnson le calculó un rendimiento y lo embalsamó con arsénico, lo puso tieso en una esquina de las pompas fúnebres con un rifle en la mano y lo enseñó como atracción local a cambio de que los curiosos le metieran en la boca una moneda de cinco céntimos. Resultó que McCurdy rentaba más beneficio seco que pestañeando y después de cinco años adornando la funeraria, un vivo llamado Charlie Patterson reclamó el cadáver momificado diciéndole al sheriff de Pawhuska que era su hermano y le quería dar una sepultura cristiana. El sheriff era un hombre educado en la creencia de que el ser humano valía medio pimiento y no sospechó de su chaleco de fantasía. Charlie Patterson era en realidad un feriante de rarezas que explotaba su circo ambulante del “Gran Espectáculo  de Patterson”, y cuando perdió de vista el pueblo le puso a McCurdy un sombrero nuevo y lo exhibió como “El Famoso Bandido de Oklahoma”. McCurdy hizo la ruta del noroeste con gran éxito de público y Charlie Patterson jamás le oyó una queja sobre sus condiciones laborales. Dormía en una caja, no pedía pausa para fumar ni un aumento y no empinaba el codo en las horas de tajo. Durante los siguientes  sesenta años pasó por las manos de una docena de barraqueros de circo que le mostraron en museos de cera, salas del crimen y tenderetes de baratillo, le colgaron de una viga y le dieron una mano de pintura fluorescente. El tiempo y las libertades que se tomaron con su encarnadura le fueron dejando en mojama hasta que un empresario de una sala de fenómenos del Monte Rushmore, en Dakota del Sur, lo desechó porque le pareció que era un muñeco poco realista. McCurdy intuyó, a pesar de estar muerto, que había que dejar paso a las nuevas generaciones, pero no se resignó a la jubilación y empezó a aceptar papeles que no estaban a su altura, como los actores viejos que terminan haciendo de camareros filósofos en los seriales de sobremesa.

En 1976 estaba cogiendo polvo y pintado de color naranja en una esquina de la Casa de Risa de un parque de atracciones de Long Beach, en California, que fue arrendado por los Estudios Universal para rodar películas. En diciembre se filmó allí un episodio de la serie “El Hombre de los Seis Millones de Dólares”, protagonizado por Lee Majors, un actor que se iba ELMER McCURDY DIFUNTOarreglando con una sola expresión facial  pero que, al final, resultó que tenía sus gracias y se casó con Farrah Fawcett. Un técnico tiró sin querer a McMurdy pensando que era un maniquí y le rompió un brazo, dejando al aire el hueso. Llamaron al forense y descubrieron dentro de su boca una moneda de diez centavos acuñada en 1924 y una entrada para el Museo del Crimen de Los Ángeles. Las autoridades siguieron la pista al difunto y determinaron su procedencia, de la que no se acordaba nadie desde los tiempos en los que partió las peras con el señor Charlie Patterson dando por finalizada su asociación comercial, y el viejo roñoso de Elmer McCurdy, por fin, disfrutó del calor de la prensa que le había ignorado en vida, y un juez ordenó que le enterrasen en el cementerio de Guthrie, Oklahoma, debajo de una tonelada de tierra, para que no volviese a salir a pedir trabajo en las ferias. Por ahora sigue allí. Esta historia de logros vespertinos, abigarrada y folclórica, no por cierta deja de enseñar una moraleja (esconde la mano que viene la vieja) a la que le pueden ustedes sacar un aprovechamiento a la hora de la consecución de sus porvenires: Elmer McCurdy nació bastardo, se inclinó a la bebida y se convirtió en un pecador, murió joven y sin fortuna, pero repitió curso y se hizo una carrera de sesenta años en la farándula que demuestra que nunca es tarde para emprender un oficio, siempre que no sea el de la gimnasia rítmica, que requiere temprana juventud y huesos de goma. Que descanse en paz.

MARTÍN OLMOS

El meretricio del west

In El Far West on 28 de junio de 2013 at 0:13

Las prostitutas llegaron al Oeste cinco minutos después que los carretones de los pioneros, las llamaban las Palomas Sucias y tuvieron, a la fuerza, que ser de armas tomar

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“He conocido a muchas mujeres del oficio y siempre me he preguntado por qué no eran más flexibles con los precios”.
LARRY McMURTRY

El Oeste lo escribieron embusteros notorios como Ned Buntline, que se inventó las hazañas de Búfalo Bill birlándoselas al Salvaje Hickok, y los novelistas de perra gorda que hicieron pasar por una orden de caballería el oficio de amarrar vacas. A las mujeres les dejaron un sitio en la grupa del héroe y las pusieron a gritar cuando venían los comanches. El Oeste lo escribieron los homeros del destajo con faltas de ortografía, pero lo construyeron las mujeres dando de comer a quince con una ración para tres y pariendo a la recua debajo de una lona, mordiendo una cincha de cuero. Sin embargo, el blasón de su género lo dejaron las frescas que bailaban el can-can con impertinencia en las casas de conversar. Los cuadernos de dos céntimos las pintaron de mujeres de buen corazón que ofrecían consuelo y canciones tristes y guardaban un penco ensillado debajo de la ventana, cuando lo que tuvieron que tener fue un estómago blindado para recibir, los días de paga,  a la caterva de patizambos que olían a pis de novillo y a patán. Que traían las pelotas rojas de carne viva de cabalgarlas sobre una silla de cuero sin desbastar, los pies sucios y las ganas de fandango después de meses de ver el culo de una vaca. El historiador William C. Davis estima que entre 1850 y 1900 unas 50.000 mujeres se dedicaban a la prostitución en las comunidades de la frontera, pero en enclaves mineros y ganaderos como Dodge City o Deadwood las furcias censaban el veinticinco por ciento de la población. En 1870 había tantos salones de tertulias en Abilene, Kansas, que el alcalde McCoy tuvo que sacarlos de los límites de la ciudad para dejar sitio a los comercios decentes. Abilene, entonces, creció por el sudeste en una popular avenida a la que llamaron la Prolongación de McCoy.  H. J. Stammel asegura que la sífilis causó tantas bajas como las guerras contra los indios y las disputas de los cercados, y los vaqueros a los que se les arrugaba la regadera se aplicaban la grasera de un asador entre las piernas y el remedio, como todos, los curaba o los mataba.

Los pistoleros de leyenda encontraban más fácil buscarse la costilla entre la comunidad de magdalenas de las cuevas de tratar que frecuentando a las virtuosas, que les miraban con prevención: la segunda esposa del sheriff Wyatt Earp fue puta, se llamaba Celia Ann Blaylock y le decían Mattie y se suicidó en 1888 soplándose una botella de láudano, y dos de sus cuñadas, Bessie y Sally Earp, fueron multadas con ocho dólares en Wichita por exhibirse con indecencia. Su amigo el pistolero tísico Doc Holliday frecuentó la compañía de la ramera Kate Elder, que le decían la Narizotas y era húngara de nacimiento. Kate Elder practicaba la bebida voluntariosa y cuando se entrompaba se le desataba la húmeda y la mala sangre y una vez que se encurdó le predicó al juez Wells Spicer que Holliday había matado a un hombre durante el asalto a una diligencia en Benson, Arizona, para desquitarse porque el pistolero la andaba alternando con otra del oficio llamada Libby Haley Thompson, a la que llamaban Alice Dientes de Ardilla. Alice Dientes de Ardilla era mellada de quijal, y de ahí le vino el membrete, y tuvo mala suerte en la vida. ALICE DIENTES DE ARDILLACuando tenía nueve años fue secuestrada por los comanches y cuando fue liberada tres años después sus paisanos la repudiaron porque dieron por hecho que los pieles rojas la habían estrenado. Holliday, en cualquier caso, no era jauja para acostarlo porque escupía sangre por la tisis y la enfermedad le tenía comido el magro, con lo que era como dormir con un perchero, y además tenía la mano larga cuando volvía tieso del naipe. Bob Ford, el asesino de Jesse James, se casó con una prostituta llamada Mabel que atendía a los mineros de Cripple Creek en una tienda de lona y el bandido Cole Younger fue medio novio de Belle Starr, que empezó de pendanga y acabó mandando una banda de cuatreros. Belle Starr tomó el apellido de su segundo marido Sam Starr, un mestizo cheroqui notorio ladrón de caballos, y fue asesinada a tiros de escopeta en Oklahoma, en 1899, probablemente por su propio hijo Ed, con el que mantenía un idilio incestuoso. El Grupo Salvaje de Butch Cassidy y Sundance Kid solía esconderse con frecuencia en el burdel de Fannie Porter en San Antonio, Texas, y a la banda pertenecieron putas notables como Laura Bullion y Della Moore. Etta Place, la novia de Sundance Kid, era en cambio maestra de escuela, pero se sospechó que en 1909 se cambió de nombre por el de Eunice Gray y regentó una casa de citas en Forth Worth, Texas, que estuvo abierta hasta 1962.

Las Casas del Barril
Prostitutas que se hicieron un nombre en el camino a California fueron la joven “Timberline”, que recibía en Dodge City y la mató la tuberculosis, y Big Minnie, el Gran Ratoncito, que era la sensación del Crystal Palace de Tombstone porque pesaba ciento treinta kilos en cueros. En Tombstone oficiaron con crédito rufianas de altura como Eleanor Dumont, que la decían Madame Bigote y hacía trampas a las cartas, Crazy Horse Lilly y Mag la Irlandesa, a la que jubiló un minero. Las putas blancas no se acercaban a un chino hasta que no se encontraban en el último tramo del camino pero como había que dar consuelo a los obreros amarillos del ferrocarril se importaron chicas de oriente para trabajar en las casas de San Francisco. El primer burdel para limones lo abrió en la calle Clay una china de veinte años llamada Ah Toy, que se hizo rica con el oficio de alcahueta y con el tráfico de opio y se murió en San José con cien primaveras. La Casa de los Espejos de Denver, en Colorado, tenía tres pisos, veintisiete habitaciones,  una lámpara de araña,  un pianista fijo y una banda de cinco músicos negros. Lo regentaba Jeannie Rogers, una madame de San Luis que una vez le pegó un tiro a su amante. Otras coimas no eran tan lujosas y en los caminos de la herradura se levantaban tumbaderos en los que los cazadores de búfalos, caballeros refractarios a cualquier utilidad que se le pueda dar al agua limpia, disfrutaban de las mujeres apoyándolas sobre una tabla y reposaban los bebercios sobre un tonel hueco, por lo que los llamaban las Casas del Barril.

Martha Jane Canary, a la que llamaron Juana Calamidad y fue desbravadora de toros, exploradora para el general Crook, artista de circo y bebedora contumaz, también yació con tarifa en tiempos de necesidad, aunque era más fea que un mandril. Juana Calamidad perdió de muy joven la costumbre de decir la verdad y acabó contando que tuvo una hija con el Salvaje Bill Hickok. Cuando le vinieron mal dadas ofició de puta en las casas de Dora DuFran, en Deadwood, Dakota del Sur. Dora DuFran era inglesa de Liverpool, se llamaba en realidad Helen Bolshaw y estaba en la mancebía desde los trece años. En los territorios de Dakota, cerca de las Colinas Negras de los indios sioux, regentó media docena de burdeles de los que el más famoso era el “Diddlin Dora´s”, en la quinta avenida de Belle Fourche, que Madame DuFran anunciaba como “El lugar al que podrías traer a tu madre”. Dora DuFran murió en 1934 con sesenta y seis años, de un ataque al corazón. Tuvo varios maridos pero solo le guardó fidelidad a su loro Fred, con el que fue enterrada en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood.

MARTÍN OLMOS

El asesino legal Wyatt Earp

In El Far West on 23 de mayo de 2013 at 23:30

El legendario Sheriff de Dodge City era un arribista con una acentuada tendencia hacia el tapete

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Yo conocí a Wyatt Earp, en los primeros días del cine mudo, le daba una silla y una taza de café y él me contaba el combate del Corral O.K.”
JOHN FORD

Wyatt Earp tuvo negocios en Alaska, tan lejos del suroeste de su leyenda, en donde se llevaban más los gorros de pelo de nutria para calentar las orejas que los sombrerotes de alas anchas para ocultar los ojos fríos del que se dispone a matar con el sol de cara. Se puede decir que llevó La Belle Époque al Gran Norte, cuando en 1900 regentó en Nome el Dexter Saloon, que tenía mesas de billar y timbas, tarima para el can-can, lámparas de araña y moqueta en las alcobas de las chicas más sociables. Javier Reverte cuenta que en un bar de Juneau, en Alaska, hay un cartel que dice: “El sheriff Wyatt Earp estuvo una vez en este saloon, pero ese día no mató a nadie”. Es el rédito del duelo del Corral O.K., el combate legendario que en realidad fue una riña de bellacos que se dispararon a bocajarro por ver quién meaba más lejos.

El sheriff de la frontera
A pesar de que se pasó la vida tentándolas, Wyatt Earp jamás se cruzó con su última bala y murió de viejo, en 1929, con 81 primaveras, en la soleada California, en donde solía ir a beber de gorra a las fiestas de los comediantes de Hollywood, que le pasaban la mano por el lomo y le recordaban lo bravo que fue. Su longevidad le libró de los testigos y así pudo contar la historia desde el punto de vista del superviviente, que como no tiene quien le contradiga, la puede disfrazar al gusto del consumidor. Sin embargo, Wyatt Earp ni siquiera fue  un tipo medio decente. Fue un arribista con ganas de medrar y fumar cigarros buenos. Su fama como hombre de la ley es desmesurada si se tiene en cuenta lo poco que se puso detrás de una estrella de latón y lo mucho que se condujo alrededor del tapete verde. Fue sobre todo proxeneta, burlanga y hostelero, y casi siempre disparó por conservar su interés, aunque guardando la precaución de hacerlo desde el lado bueno de la ley. Ese fue su merito principal, el de usar el revólver como se usa una prebenda municipal, matando a los prójimos por conveniencia, de cerca y apuntando cuidadosamente, y librarse de la cuerda de cáñamo y el árbol más cercano por llevar una orden timbrada en el bolsillo del pantalón.

El duelo del O.K. Corral
Wyatt Earp nació en Monmouth, Illinois, en 1848, y cuando era niño vio como sus hermanos se iban a la guerra. La juventud le salió nerviosa y se dedicó a cazar búfalos, guiar carretas y a arbitrar combates del pugilismo primitivo en el que se zurraban a puño desnudo. Si el resultado no gustaba le zurraban a él, así que comprendió las ventajas de tener el viento a favor dejando la justicia de las decisiones para mejor ocasión. Empezó a ejercer la ley en Wichita como asistente del sheriff local y aprendió que los WYATT EARPvaqueros que armaban jaleo, dependiendo de la intensidad de la curda que acarreasen, eran incapaces de meter una bala dentro del arco iris, por lo que si se mantenía razonablemente sereno y se acercaba lo suficiente, los dejaba secos a la vez que iba haciéndose una reputación. También supo que el sueldo no daba para lujos pero el cargo permitía poner el sombrero, al final de la semana, en los tinglados de apostar. Wyatt Earp afianzó su prestigio matón en Dodge City, Lamar y Daeadwood, hasta que llegó a Tombstone, en Arizona, en donde la plata brotaba hasta en los segundos pisos. Allí se hizo con las mesas de póquer del saloon Oriental y se unió a sus hermanos Virgil y Morgan y al pistolero tísico John “Doc” Holliday, un dentista jugador y alcohólico  que estaba en la última vuelta del camino. Representaban una especie de mafia urbana que se amparaba detrás de la estrella de sheriff que se oponía a otra mafia más rural formada por la familia ganadera de los Clanton y McLawry. No había tajada para todos y acabaron a tiros en el Corral O.K. No fue un desafío épico, con los contendientes recorriendo la calle como toreros en el paseíllo, sino una bronca marrullera que torció en matanza. La mañana del 26 de octubre de 1881, los hermanos Earp y “Doc” Holliday se fueron a buscar a los Clanton al Corral O.K., en donde éstos descansaban una noche de farra y estaban mal dormidos, resacosos y alguno de ellos desarmado.  Se mentaron a las madres como los perros rabiosos y se echaron a las armas para liarse a tiros a una distancia de apenas dos pasos. El tiroteo duró treinta segundos y se dispararon treinta balas. Ike Clanton salió pitando y Wyatt le acertó a Frank McLawry en el estómago. Su hermano Morgan le dio dos veces a Billy Clanton y “Doc” Holliday  acribilló a Tom McLawry. Virgil Earp no hizo ni un solo disparo, pero recibió una herida en la pierna, Billy Clanton, moribundo, le atinó en el hombro a Morgan y Wyatt le remató. A la mañana siguiente, los cadáveres  vestidos de domingo  de Frank y Tom McLawry y de Billy Clanton se expusieron en el escaparate de una ferretería. Los ciudadanos de Tombstone respiraron cuando los Earp, a los que miraban como a una cuadrilla de chulos con placa, dejaron la comarca. A Holliday le enterró la tisis y Morgan murió sobre una mesa de billar, de un tiro en la columna. Virgil se quedó manco en una pelea y a los Clanton les colgaron en México por robar caballos, con lo que Wyatt fue el único que sobrevivió de una pieza y pudo contar a  la posteridad los pormenores del tiroteo. Y le aprovechó de largo. Abrió, con suerte irregular, salas de timbas y casas de placer a lo largo de todo el país, desde Texas  hasta el Dexter Saloon, en Alaska.

Acabó sacándole tajada a su prestigio en el cine, asesorando a los directores de los westerns mudos de Hollywood, engordando la cuenta de los hombres a los que mató y hermoseando a su favor los combates, obviando mencionar que más bien fue el hombre del naipe en la manga y un porcentaje de las rameras. Cuando murió, su féretro lo cargaron las estrellas Tom Mix y William S. Hart.

MARTÍN OLMOS

El traidor reiterativo

In El Far West on 20 de diciembre de 2012 at 13:28

Bob Ford asesinó al bandido Jesse James por la espalda y difundió su gesto en el teatro. Hoy hubiera ido a la tele

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Bob aprovechó que Jesse estaba totalmente indefenso para dispararle en la nuca”.
GREGORIO DOVAL. Escritor.

Bob Ford quiso hacer de una traición un oficio cuando cualquiera sabe que da renta que dura poco. A Judas los treinta denarios no le dieron ni para convidar farra porque salió corriendo a mitigarse la conciencia colgándose de un olivo y todavía no se ha quitado la mala prensa. La traición pesa mucho para lo que paga y hay que gastar poca vergüenza para pasearla por los tablaos en funciones de tarde y noche.  El traidor Bob Ford, pistolerito sin talla, le pegó un tiro felón y cobarde al bandido Jesse James, que le había ofrecido hospitalidad y la espalda, y más tarde hizo comedia de su hazaña, con balas de salva y gesticulación amanerada, porque era mal actor, en los teatrillos del camino. El traidor Bob Ford salía al escenario con su repertorio escaso y enseñaba su reputación maldita como otros enseñan un mérito. Como enseña la mujer barbuda el bigotazo en la feria de los fenómenos. El público pagaba los dólares viles y asistía a la repetición del crimen del asesino zaino y Bob Ford, dos veces cada noche los días de tajo y tres los fines de semana, volvía a ejecutar la traición, inevitablemente, como el parlamento de un tartamudo. El respetable le decía canalla a gritos y se palpaba la cadera despojada de revólver por la precaución del empresario. A falta de plomo le hacían la puntería con la sobra de la olla. A veces le acertaban. A veces Bob Ford comparecía en el proscenio y se echaba a reñir con los de la primera fila, se partía la cara con los insultadores que le llamaban lo que era. Se metía en el papel Bob Ford, como los actores del Método.

Hacer espectáculo del mérito infame de matar por detrás puede parecer romería de tiempos más bárbaros pero hoy, en otros mentideros, se difunden otras hazañas que suelen ser alivios de dormitorio que alguno de los contertulios detalla con profusión de matices y hace renta con lo que antes no salía de la alcoba. Hoy se hace oficio hasta del oficio de vivir y los que no sirven para otra cosa exhiben sus rutinas, sus desacuerdos y sus calcetines sucios y van haciendo su industria. Hoy se exhiben las traiciones con desparpajo, pero se le evitan los muertos, que quedan fatal.

La vida de Bob Ford antes de la traición se cuenta pronto. Nació en el condado de Ray, en Missouri, en 1861 y vivió a la sombra mítica de su primo, el bandolero Jesse James, por el que sentía una devoción enfermiza. Bob quería vida forajida y un lugar en las baladas rancheras, quería mandar a Colt y cabalgar el monte pero era verde para la acción y niño para templar la sangre. Lindaba la delincuencia chica, la que no gana blasón, pero no tenía sitio en la banda en la que había hombrones. Bob Ford iba mezclando la admiración a los bravos con el rencor de verse tercerón, a veces Jesse le usaba de utilero, le ponía a cuidar los pencos y a mandarle a por lo de fumar. Sin embargo el escenario cambió después del desastre de Northfield, en Minnesota, en 1876,  en donde James perdió a los titulares de la banda que cayeron en una trampa de fuego cruzado. Huérfano de cuadrilla, se retiró a Saint Joseph, en Missouri, en donde puso casa para la familia y usó el nombre de Thomas Howard con el que pretendió pasar por hacendado y hacer vida de clase media. Pero para eso necesitaba posibles y sacó al banquillo para asaltar un tren en Blue Cut. El joven Bob Ford participó en el atraco pero James le confío la tarea ingrata de vigilar la vía, de frenar la rienda de la montura y de quedarse en el umbral. Bob Ford, que quería ser bandido fiero, se quedó en ladrón de bulto y se fue a pactar con el gobernador Thomas Critteden la traición. Le ofrecieron 10.000 dólares y limpiarle la credencial y se fue a hacer de Judas.

En abril de 1882 Bob y su hermano Charlie se alojaron en la casa de Jesse James para planear un robo en Platte City. El bandido les dio catre y tertulia, almuerzos con postre y café. Bob le correspondió pegándole un tiro en la cabeza una tarde que vio la BOB FORDoportunidad. James se subió a una silla para corregir la posición de un cuadro, dejó las armas en un diván, ofreció la espalda y recibió un balazo en la nuca. La bala le salió por el ojo. Bob Ford salió al porche y gritó: “He matado a Jesse James”. Buscó el aplauso pero no lo oyó. Por ecuación simple matar a un célebre otorga posteridad. A José Antonio Rodríguez Vega, el asesino de ancianas de Santander, le pegó ciento cuatro puñaladas otro preso en el penal de Topas, en Salamanca. Le decían el Zanahorio y salió en la tele gritando: “He matado al Mataviejas”. Es de imaginar que tendrá crédito en el economato de la cárcel, es de imaginar que fumará de gorra.

A Bob Ford le timaron la bolsa y casi le cuelgan por conspiración para asesinar. Le quedó el camino y la mala fama y se dedicó a vender fotos en las que posaba con el revólver matón, que era un Smith and Wesson calibre 44 que años más tarde se subastó en Londres y alcanzó los cien mil dólares. Las fotos del bandido conservado en hielo se vendían mejor. Lucía más el héroe muerto que el felón coleando. Luego llegaron las candilejas y recreó su hazaña en las tablas, salía maquillado y pretendía matizar de honrosa su infamia pero recogía abucheos. No le pedían bises. Libraba peleas a puñetazos al salir del camerino. A su hermano Charlie, que oficiaba de comparsa en las farsas, le pesaba más la traición, era tuberculoso y adicto a la morfina y se suicidó en 1884 disparándose en la cabeza. El espectáculo dejó de dar rendimiento y Bob Ford abandonó el teatro y su oropel. Le quedaba la vida por delante, no tenía ni treinta años, y le llamaban el Pequeño y Sucio Cobarde. Puso tasca en Las Vegas pero la tuvo que abandonar huyendo del bravo José Chávez, que le desafió a pelea limpia y se conoce que no se encontró cómodo encarando a un enemigo de frente. Puso tasca en Kansas City pero quebró y escapó a dos intentos de asesinato. Puso tasca en Creede, en Colorado, la puso con pianola y grifo de cerveza rubia en forma de águila real, pero se la quemaron porque nadie quería beber en la casa del traidor. Tres días después del incendio echó cuentas y constató su ruina, era su cumpleaños pero no hubo tarta, hacía treinta y uno y no cumplió más. Salió a pasear entre el escombro de su cantina y Edward O´Kelly le llamó por su nombre para marcarlo. Ford contestó. O´Kelly era del partido del Sur de los guerrilleros y de la banda antigua de James. Le disparó en la cara con una escopeta del diez y lo mató en el acto. Bob Ford está enterrado en el cementerio de Richmond, en el condado de Ray, en Missouri, debajo de una lápida en la que pone: “El hombre que mató a Jesse James”. A Edward O´Kelly le mataron en 1904 durante un tiroteo con la poli. Está enterrado en el cementerio de Fairlawn, en Oklahoma City, debajo de una lápida en la que pone: “El hombre que mató al hombre que mató a Jesse James”.

MARTÍN OLMOS

El francotirador

In El Far West on 8 de noviembre de 2012 at 13:23

Tom Horn quiso representar la esencia del Oeste pero solo fue un matón de a seiscientos dólares la pieza

“Tom Horn nunca volvería a ser tan feliz como en los tiempos en los que, por un breve instante, fue apache”
JAVIER LUCINI.

Hubo un tiempo en el que América pareció infinita, como la misericordia de Dios. Siempre había una milla más al oeste y una tierra sin cercar, pero un día se gastó, como  se  gasta la noche del juerguista y la paciencia. Se gastó el país por el oeste porque se dio de bruces con el Pacífico y tuvo el centauro que dejar de vagar. Se acabaron los pastos libres y las manadas de búfalos que parecían islas pardas en mitad de la llanura, se acabó el piel roja y se asentó la civilización con su iglesia con campana y su censo para votar. De aquel tiempo de leyenda quedó el circo de Búfalo Bill y sus salvas de fogueo delante de la reina de Inglaterra y el feroz apache Gerónimo montándose en la noria de la Exposición de San Luis, con ochenta primaveras, las encías secas y cobrando dos dólares por cada fotografía firmada. A Tom Horn le gustaba decir que él era el último vestigio de aquella época, pero en realidad nació en 1860, cuando Etienne Lenoir ya había inventado el primer motor de combustión interna que iba a dejar, a la larga, al caballo en su corral. Horn pretendió personificar al hombre de la frontera, violento, solitario y puro, pero fue un asesino a jornal que acabó colgando de una soga por bravuconear chuleta en una tasca de Denver, por contar cuentos de macho cuando el sentido común mandaba callar. Los años le han ido poniendo simpático porque los anacronismos acaban cayendo bien, aunque sean voluntarios,  y nos gusta pensar en un mister Horn de piernas arqueadas y añoranza de montañas, incómodo en la ciudad como un niño en un camposanto. Tom Horn se hizo célebre por exagerar sus pocos méritos y por matar a distancia por oficio, el resto es el barniz que le ha ido concediendo el tiempo.

El vencedor de Gerónimo
En la granja de los Horn, en Menphis, se leía la Biblia antes de cenar y se combatía la pereza a tundas de cinturón. Tom pensó que había horizonte más allá de Dios y la correa y se escapó de casa a los quince años para abrirse camino en las obras del ferrocarril. Clavando rieles se hizo hombre para alistarse en el ejército y se hizo explorador en las patrullas del legendario Al Sieber, formadas por apaches hualapai a sueldo blanco que perseguían al renegado  Gerónimo por las montañas de la Sierra Madre. Horn aprendió el español musical de los mejicanos, el zuñí de los indios pueblo y el dialecto atapasco de los apaches chiricahua, aprendió a seguir las pistas de los mocasines y a peinarle la raya a una mosca en pleno vuelo con un rifle del cuarenta y cuatro. El resto de su educación la adquirió en la viril taberna en donde los machos ejercían la hombría sin resquicio. Estuvo presente en el Cañón de los Esqueletos en 1886, cuando Gerónimo se rindió definitivamente ante el general Nelson Miles, pero no destacó sobre los demás intérpretes que tradujeron los términos de la capitulación y, sin embargo, con el tiempo se dedicó a exagerar tanto su participación que parecía que él solito había subyugado a toda la nación apache. Cuando dejó la milicia se hizo desbravador de potros y en 1891 ganó el concurso de rodeo de Phoenix, en Arizona, domando un mesteño de tres años. Le prendieron una guirnalda blanca, azul y roja en el tirante de las chaparreras y le invitaron a un trago de saltatapias. Se lo bebió y contó mentiras de mataindios. Le dieron un cigarro de Savannah y palmadas en el lomo y le agradó el abrigo que le concedía el que otros supieran su nombre. Sin embargo entendió que el rancho ajeno rendía poca ganancia y saludos en los riñones y pensó que era oficio de más relajamiento el de cazador de hombres a distancia.

Seiscientos por cabeza
Para tumbar a un cristiano de un tiro a doscientos metros hace falta buena puntería, paciencia y no darle muchas vueltas al principio caballeroso de la buena lid. Tom Horn tenía buen tino, tiempo libre y cierta laxitud moral. Entre 1890 y 1893 prestó sus servicios como francotirador para la Agencia de Detectives Pinkerton, una institución a sueldo de los magnates del ferrocarril, de los barones del ganado y de la incipiente aristocracia industrial. Durante esos tres años Horn mató a diecisiete hombres y a ninguno en pelea limpia. Su método era la emboscada traicionera y la espera y una vez hecho el tajo les ponía a sus víctimas dos piedras debajo de la nuca para firmar el recado y cobrarlo. Prefería el rifle Winchester del cuarenta y cuatro sobre el más preciso Sharps, que le decían el Cuarto de Milla porque se usaba a distancias de 400 metros, por la razón de que le resultaba más económica la munición, y raramente llevaba revólver de mano. Le gustaba alardear sus muertes cuando se entrompaba en los bebederos y alimentaba su imagen de jinete solitario medio hermano de los indios apaches. Cuando estalló la guerra contra España en el 98 se quiso alistar en el regimiento de los Rough Riders (los Rudos Jinetes) de Theodore Roosevelt, un cuerpo de voluntarios de caballería formado por atletas de las universidades del este, vaqueros de rodeo y jugadores de polo. Horn hablaba español pero había menos caballos que voluntarios y le encargaron del cuidado de una reata de mulas de carga. Siempre parecía quedarse un escalón por debajo de la leyenda que pretendía encarnar, pero igual daba si la contaba convenientemente y con tres copas decía que había estado en la batalla de la Colina de San Juan y que había tenido un número propio en el circo de Búfalo Bill. El siglo XX le pescó en Wyoming, trabajando de ejecutor para la Asociación de Ganaderos, que le pagaba 600 dólares por cada cuatrero muerto. Como matón de oficio era eficaz, salvo por su costumbre de airear sus chismes cuando se emborrachaba, y llegó un momento en el que incluso sus patrones pensaron que tenía la boca demasiado grande para una labor que se maneja mejor en el oscuro. Cuando en 1901 mataron a un muchacho de catorce años llamado Willie Nickel de un tiro de rifle a quinientos metros los propios valedores de Horn entendieron que las hostilidades estaban yendo demasiado lejos. Puede que el chico robase una vaca y puede que no, y puede que Horn no tuviera nada que ver con el asunto, o puede que sí, pero tenía su nombre dentro del sombrero y le detuvieron por asesinato. Para variar, había estado largando en una cantina de Denver, soltando su repertorio de hazañas tremendas, y el detective Joe Lefors le había sacado un testimonio lo suficientemente ambiguo para cargarle el mochuelo cuando ya estaba borracho como una cuba. En el juicio no se presentaron pruebas concluyentes pero le condenaron a la horca igualmente. Le colgaron en Cheyenne en 1903 y hasta su ejecución fue un testimonio de que los tiempos habían cambiado. No le subieron a un penco, lo arrearon y le dejaron bailando bajo un álamo sino que le ahorcaron en el Patíbulo de Julian, un artilugio inventado por el arquitecto James P. Julian que hacía que el peso del reo vaciase un barril de agua cuyo tapón estaba conectado a la viga de la trampilla del cadalso de tal forma que el condenado se ahogaba a sí mismo. Como si les diese vergüenza matarlo a la manera de los viejos tiempos, con un párrafo de la Biblia y las botas calzadas.

MARTÍN OLMOS

Ley y cerveza

In El Far West on 25 de octubre de 2012 at 17:44

El juez Roy Bean inclinaba la ley hacia el más sediento, tenía un oso que se llamaba Mister Bruno y pensaba que los chinos no eran seres humanos

“Bean se proveyó de un cuaderno en el que empezó a redactar sus leyes alternándolas con anotaciones sobre las partidas de póquer que disputaba”
RAFAEL ABELLÁ.

La demostración incontestable de que el Juez de la Horca Roy Bean fue cocinero antes que fraile era la cicatriz que ostentaba en el cuello de una vez que le quisieron despedir en la frontera mejicana por enredarse con la mujer del prójimo. Los carnales del cornudo le dejaron colgando de un árbol con las botas a tres pies del suelo polvoriento y si el señor Bean, que en aquellas se dedicaba a la mercachiflería ambulante, no murió descoyuntado fue porque la soga que utilizaron se la habían comprado a él y la trenza estaba podrida de puro vieja, a pesar de que el señor Roy Bean anunciaba su género como de primera. A partir de ese día sufrió de rigidez de pescuezo y cuando cambiaba el tiempo amanecía tieso como una estaca y tenía que aplicarse friegas en la nuca de aguardiente y pimienta. Bean vendió leña verde y leche aguada, y pencos viejos como los Mandamientos como si fueran corceles recién desbravados por el sistema de prenderles una aguja en la base de las orejas para que las mantuviesen firmes como los potros jóvenes. Si tenía que pelear procuraba hacerlo con ventaja y mató a tiros a un borracho que le sacó un cuchillo en un tinglado de Chihuahua y a un mestizo en California, en una reyerta por faldas en el bar El Cuartel, que regentaba con su hermano Joshua, que con el tiempo llegó a ser alcalde de San Diego y murió asesinado por un marido al que le empezó a quedar pequeño el sombrero. Bean timbeaba con barajas de cinco ases, no cumplía sus promesas y durante la Guerra de Secesión capitaneó una banda de contrabandistas que se hacían llamar Los Vagabundos Libres que  robaban armas en México y las vendían a la Confederación. De tanto bordear la frontera se acabó enganchando con la chola Anastasia Chávez, que le enseñó los rudimentos del español y a desconfiar de los indios yaquis. Con ella puso choza en San Antonio de Texas y tuvo cuatro hijos que se llamaron Roy, Laura, Zulema y Samuel y la chola Anastasia engendró por su cuenta un descuido al que llamó John, cuya condición de vástago de trastienda no le quitaba el hambre y había que cebarlo como a los legítimos. Sea como fuere, Roy Bean se las arregló para conservar el pellejo y subsistir con estrechuras a base de vender a la projimería gatos como si fueran liebres paseándose, según el viento que soplase, por ambos lados de la ley. A la edad de 57 años, cuando los demás hombres empezaban a pensar en una dieta más blanda, lió la alforja, abandonó la camada sin mirar atrás y siguió la estela del progreso con alegre determinación. El ferrocarril estaba partiendo en dos el país de Texas, el de los indios comanches, las manadas infinitas y los campos amarillos, y Bean encontró tajo en las vías, poniendo cantina en Vinegaroon, un secarral de saguaros y serpientes de cascabel que se levantaba en la mitad de la línea de San Antonio a El Paso. En Texas llaman vinegaroon a un alacrán negro y chiquito cuya picadura es mortal, en Texas había poca agua y poca ley y Roy Bean entendió que las apariencias, generalmente, engañan. En el valle del río Pecos la única ley que se respetaba era la del árbol alto y el colt de seis tiros, el juzgado más cercano estaba a 500 kilómetros y la mitad de la población no sabía leer. Bean gastaba barba cana de patriarca, figura rotunda y la voz profunda del que parece que sabe lo que dice, con lo que las autoridades del condado le nombraron juez de paz presuponiendo que un hombre que había alcanzado su edad sin agujeros en el cuero podía poner algo de orden en el desierto salvaje. Era 1882, los tiempos estaban cambiando y Roy Bean se convirtió en el legislador más pintoresco de la frontera a pesar de que pensaba que “habeas corpus” era una blasfemia, apenas sabía escribir y las únicas leyes que conocía era por haberlas transgredido.

Bean levantó su juzgado en el villorrio de Langtry, al lado del Río Grande, en una barraca desvencijada que a la vez era el bar del pueblo. Impartía la justicia sentado en un barril en el porche, con un sombrero de paja para que el sol no confundiese su dictado y usando como mazo la culata de un colt 45, y en los recesos de las sesiones abría la tasca y servía cerveza fría y un whisky turbio del color de un céntimo de cobre. En sus veredictos influía directamente la cantidad de rondas que el acusado pagase y si la vista se alargaba se hacía una pausa para dormir la curda y se continuaba al día siguiente. De mascota tenía un oso grizzly que atendía al nombre de Mister Bruno, el bicho, que era enorme, estaba completamente alcoholizado y el juez le limaba las garras cuando dormía las tajadas en el suelo del juzgado. Montesquieu dijo que las leyes deben adaptarse a los hombres y no al contrario y Bean, que no sabía quién era Montesquieu, las adoptó a su propia conveniencia y llegó a la conclusión de que era ocioso colgar a un cristiano cuando aún le quedaban unos dólares que ordeñar. Una vez que encontraron a un tipo muerto en el desierto el juez le cacheó y le encontró un revólver y 40 dólares, así que le impuso una multa póstuma de la misma cantidad por ocultación de armas y, en otra ocasión, cuando un sediento le pagó una cerveza de 30 centavos con un billete de veinte dólares y no obtuvo el cambio recibió una multa de 19 con 70 por desacato a la autoridad. El importe de las penalizaciones iba directamente a su caja de cigarros porque sostenía que el juzgado no costaba un chavo al erario porque se autofinanciaba. Le llamaron el Juez de la Horca pero ahorcó poco y con desgana, el verdadero juez sin piedad fue Isaac Parker, que sí había estudiado derecho y ejerció en Fort Smith, Arkansas, en donde colgó a 190 desgraciados en veinte años demostrando que le gustaba más balancear a un reo que a un lechón las seis ubres de su madre. En la particular jurisprudencia del juez Bean se afirmaba que un chino no era un ser humano, conclusión a la que llegó cuando un irlandés mató a uno y sus compinches amenazaron con destrozarle el tinglado si le condenaban,  y dictó la independencia de un islote en mitad del Río Grande para celebrar el campeonato mundial de boxeo, que estaba prohibido en Texas, que disputaron en 1896 Bob Fitzsimmons y Pete Maher. El juez fue constantemente reelegido porque se presentaba en el colegio electoral con una escopeta del diez y en una ocasión se contaron más votos que habitantes; Bean creía firmemente en el sufragio cualitativo y sus partidarios votaban tres veces. Y Mister Bruno, que estaba censado, también. Roy Bean murió en 1903 con ochenta años, se dijo que le mató el mestizo Joey Garza de un tiro a traición con un rifle de precisión, pero en realidad se cayó del pescante de un carro cuando estaba borracho como una cuba. Su ley resulta arbitraria para un librepensador de estos tiempos (y para un chino de cualquier época) porque se inclinaba hacia el que más cerveza gastaba, pero ahora sale absuelto el que contrata, en vez de jarras,  un despacho mejor. Los abogados de oficio tienen mucho tajo y han dormido mal. El oso Mister Bruno murió poco después que su amo, de pena que le dio.

MARTÍN OLMOS

El pistolero diestro

In El Far West on 19 de octubre de 2012 at 11:45

Un error al reproducir el único retrato de Billy el Niño divulgó la leyenda de que era zurdo

“En esa fotografía Billy el Niño parece tosco y zafio”
MICHAEL ONDAATJE.

El Kid Billy aportó a la Frontera su inagotable leyenda de coraje joven. Dios puso los crótalos y el paisaje inhóspito y los bailes tapatíos pusieron la sangre mestiza. Las mujeres morenas tenían el vientre de cobre y los ojos negros y los gringos las sembraban sobre las jarapas y tomaban los tequilitas olvidando la añoranza del norte. Les decían güeros a los mejicanos rubios que abundaban la lindería. Al Kid Billy le contaban en las fogatas que pintaban el cielo de la raya de atardecer y de melancolía. Al pastor güero le era natural la guitarra y recién compaseaba la chicharra se ponía a cantar: “Fue una noche oscura y triste/ en el pueblo de Fort Summner/ cuando el sheriff Pat Garrtett/ a Billy el Niño mató/ a Billy el Niño mató”. Ahora ya no le cuentan tanto al Kid Billy porque se ha ido perdiendo la costumbre de apurar la noche contando y se han perdido las fogatas, que eran rojas y parecían eternas. “Mil ochocientos ochenta y uno,/ presente lo tengo yo,/ cuando en la casa de Pedro Maxwell/ nomás dos tiros le dio,/ nomás dos tiros le dio”. Del Kid se dijo mucho pero se sabía poco; se sabía su valor, su edad escueta, su muerte pronta y violenta, su risa mellada y su joven vanidad, que tenía algo de blasfemia. Se sabían sus novias de ojos negros. “Vuela, vuela palomita,/ a los pueblos de Río Pecos,/ cuéntale a las morenitas/ que ya su Billy murió,/ que ya su Billy murió”. Del Kid se quiso saber una infancia pendenciera en el arrabal de Nueva York, el asesinato temprano de un minero que mentó a su madre a destiempo y el dominio incontestable de su mano zurda y, sin embargo, los tres hechos se tuvieron, a la fuerza, que desmentir: del primero tuvo la culpa Borges, que le inventó al Niño un pretérito violento en los conventillos del Bowery, del segundo tuvo la culpa el adorno de un corrido y del tercero un retrato que se hizo el Kid en Fort Summner un año antes de morir y que le devolvió la imagen como el reflejo de un arroyo. Se imprimió aquella fotografía invertida en los almanaques y se vio al Niño como él mismo se miraba cuando se asomaba a un espejo, en vez de verlo como lo hicieron los hombres que lo afrontaron, y fue quedando la certeza de un Kid zurdo como Judas.

Hasta no hace tanto tiempo, el lujo de la fotografía era un acontecimiento extraordinario, como el natalicio de una infanta o un eclipse de sol. Hoy, sin embargo, un tío se va un puente a París y vuelve con un millón de fotos debajo del brazo. De la Torre Eiffel, del Planet Hollywood y así. A ver si quedamos un domingo por la tarde en casa y las vemos, que hago una sangría y lo pasamos fetén. Sí, claro. Fetén. De aquellas tardes fetén ha quedado la conclusión de que si no hay refrendo gráfico no se rindió el viaje, y lo malo es cuando se va uno a Pisa y tiene que echar la jornada encuadrando la foto chorra de la parienta sujetando la torre. Que graciosa queda. De aquellas tardes fetén queda la conclusión de no querer ir a más tardes fetén. Antes, la fotografía era un rito solemne que se permitían cuatro, que posaban con la ropa del domingo, delante de un trampantojo que dibujaba un jardín veneciano y con cara de susto y los demás nos teníamos que recordar de memoria. Ahora se tiran fotos como se dan consejos, a la buena de Dios y a lo que salga, y lo que sale es un tonto poniéndole cuernos al padrino, un niño haciéndose el bizco y  la novia enseñando la liga.

La imagen invertida
No abundaban los fotógrafos en el territorio copioso  del Nuevo México y los hombres olvidaban los rostros de sus muertos. En 1880 paraba en Fort Sumner el Niño Billy y compartía un techo de adobe con su cuate pistolero Charlie Bowdre. Decían en la cantina que también le compartía a la mujer, que se llamaba Manuela. El Niño ya andaba tasado por asesino y mandaba una banda de cuatreros que oficiaba entre Tascosa y las minas de White Oaks, en la tierra mescalera. El sheriff Pat Garrett ya le andaba detrás. El Niño gastaba sus ocios suerteando el naipe en las tambarrias, generalmente al juego del monte español, y rasgaba con desigual talento el guitarrón en el mariachi, pero se le daba mejor bailar el tapatío a las chamacas en las romerías, danzando guapo sobre una teja. Llegó a Fort Sumner en otoño un fotógrafo itinerante y clavó el trípode en la plaza en una tarde de feria. El Niño se animó a perpetuarse, puede que porque ya intuyese su inmortalidad o porque quiso dejar a sus novias morenas un consuelo para cuando le estuviese huyendo a la ley. Posó con gesto de matón de barriada y descuido, con la boca abierta enseñando la mordida irregular y los párpados dormilones, con el chaleco abierto enseñando una camisa con una ancla bordada, un jersey de lana que se presume polvoriento, acaso un anillo de plata en el meñique izquierdo y el copete del  sombrero chato. Parece culón el Kid, y sin embargo decían que era galán. Desde la cadera derecha le surge el revólver insolente y con la mano izquierda sujeta por la boca del cañón un rifle Winchester del 1873. El artista le cobró diez céntimos de dólar por dos copias en ferrotipo, una se perdió y la otra se la regaló el Kid a su cuatacho Sam Dedrick, de los White Oaks, que era socio suyo en el negocio rentable de vender vacas ajenas. No se hizo más fotos el Niño, no fue a Pisa a sujetar la torre.

Como los ferrotipos dan una imagen invertida, la publicación de la fotografía del Kid dio lugar al mito del pistolero zurdo. Durante casi un siglo se divulgó por error a un Niño zocato y Hollywood hizo una película en 1958 que se tituló, ostensiblemente, “El zurdo” (The Left Handed Gun), dirigida por Arthur Penn a partir de un guión de Gore Vidal. Paul Newman aprendió a usar la izquierda de balde. Hizo un Kid cargante que parecía un chaval de BUP que se quiere poner un pendiente. Billy el Niño salió del espejo en 1986, cuando los herederos de Dedrick sacaron a la luz pública la placa original y la volvieron a invertir para mirarla como es debido y  enseñar al bandido como posó, diestro y joven y rondando a la muerte. Al Kid, todo el mundo lo sabe, le terminó tumbando Pat Garrett una noche de verano de 1881 y después le contaron en las fogatas los pastores güeros del Nuevo México. “¡Ay, qué cobarde el Pat Garrett,/ ni chansa a Billy le dio!/ En los brazos de su amada, / ahí mismo lo mató/ ahí mismo lo mató”. Ahora ya no le cuentan tanto al Kid porque se ha ido perdiendo la costumbre de apurar la noche contando y se han perdido las fogatas, que eran rojas y parecían eternas.

MARTÍN OLMOS

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