MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘El cañí’ Category

El rey golfo

In El cañí on 3 de noviembre de 2015 at 21:02

 


 ILUSTRACION ALFONSO XIII

Alfonso XIII financió el precedente del cine de suecas de José Frade y tuvo cinco hijos bastardos.

“La biografía de don Alfonso XIII está todavía oscurecida por la pasión”

FERNANDO DÍAZ-PLAJA

Alfonso XIII fue rey borbón, fumador y putero que hacía trampas en las apuestas de los galgos y tenía halitosis y el barman Emile del Hotel París de Montecarlo le puso su nombre a un cóctel hecho con ginebra y dubonet. Alfonso XIII financió pelis porno con putas del barrio chino de Barcelona que eran medio pandorgas y bigotudas y fue buen tirador de pichón y de pájara. Por lo demás, era prognato, su labio inferior obedecía a la gravedad, le barruntaba el hocico y tendía a perder dientes. Lo que le gustaba era hacer bastardos con las suripantas, jugar mal al bridge y ponerse uniformes de coracero como si fuera el káiser Guillermo mandando tropas en una guerra bonita y colonial. Alfonso XIII tuvo su guerra colonial en el moro, pero no le salió bonita porque se le llenó de muertos capaos y se la protestaron en casa y cuando los quintos morían en los blocaos del Rif él estaba en las playas de Deauville, jodiendo modistas. Apreció, sin embargo, que le dijeran el Africano, como a Escipión, igual porque le pareció postizo de reconquista en comparación con el Piernitas, que era como le llamaba el popular por enclenque. Su madre María Cristina, que te quiere gobernar, le decía Bubi, que tampoco es nombre de Miura. Alfonso XIII intuyó, en cambio, la campechanía borbónica y pensó que reinar era bajar al castizo, comerse un cocido con un simple y contarle dos chistes verdes, pero juraba la constitución por la mañana y por la tarde consentía la dictadura de Primo de Rivera. Al rey Manuel II de Portugal le aconsejó salir en los ecos de sociedad y meterse a sus súbditos en el bolsillo porque “en nuestros reinos no se reina por la tradición, sino por la simpatía y los actos personales del soberano”. Alfonso XIII fue simpático de oficio, pero sus actos personales eran los de un señorito un poco calavera que salía de noche al cañí a rendir una juerga de peleón y putas y esencialmente se conducía con el sentido de la superioridad natural de quien ha sido rey desde la niñez. Gregorio Marañón dijo que era un botarate educado entre faldas y sotanas y le vio hacer apuestas de mil duros por disparo en el tiro al pichón. Una tarde ganó sesenta mil pesetas porque no era mal tirador y en una cacería en Santa Cruz de Mudela, en Ciudad Real, cobró 450 perdices, 130 conejos y 40 liebres.

Alfonso XIII fue a buscarse novia al extranjero y le arreglaron una cita con la princesa Patricia de Connaught, que le rechazó por feo (según el historiador Juan Balansó) y porque le apestaba el pico a retrete por la halitosis y el rey se trajo a casa a Victoria Eugenia de Battenberg de trofeo de consolación, que era pechugona y rubia. La casó y le atinó siete aciertos que culminaron con irregular suerte y casi no perpetuó la estirpe porque le salieron dos hijos hemofílicos y uno sordo, pero enseguida le perdió el interés y se puso a merendar fuera de casa. Dejó preñadas a dos institutrices de los infantes, una de ellas era escocesa y sabía tocar el piano, y tuvo dos hijos con la actriz Carmen Ruiz Moragas y otro con Mélanie de Vilmorin que cuando creció se hizo botánico. Carmen Ruiz Moragas debutó en el María Guerrero y estuvo casada seis meses con el torero Rodolfo Gaona, el Califa de León, y el rey le puso un chalet en la avenida del Valle. La leyenda quiere que cuando murió en 1936 de cáncer de útero, se untó los labios de canela y el rey se los besó como el príncipe necrófilo de la Bella Durmiente, pero para entonces ya estaba casada con el periodista comunista Juan Chabás y se había hecho republicana. El rey brioso adornó su lista de queridas con abundamiento y pudo presumir entretenimientos con Celia Gámez y con la Bella Otero, con la marquesa de Craymayel, con Beatriz de Sajonia Coburgo, con la viuda del duque de Fernán Núñez y con la bailarina Carmen de Faya, que en un concurso hípico en San Sebastián le regaló sus zapatos de raso en un arranque de fetichismo y él le devolvió flores. Cuando se iba de putas usaba el nombre de Monsieur Lamy y le gustaban merinas y a medio lavar y encomendó al conde de Romanones la misión de encargarles a los hermanos Baños, propietarios de la productora Royal Films, el rodaje de pelis porno con rameras del barrio chino de Barcelona que salían enseñando los parruses selváticos y sin peinar y tocándole la flauta a un cura. El clero debió apreciarlas, en todo caso, porque tres de ellas (las películas, no las golfas) aparecieron sesenta años después en el monasterio de Moncada y hoy se conservan en la Filmoteca Valenciana.

En 1929 se mezcló en un asunto feo de galgos y mangantes y engordó la cartera con sus acciones de la sociedad la Liebre Mecánica, que recibía los réditos de las apuestas de las carreras de galgos organizadas por el Club Deportivo Galguero Español, una sociedad sin ánimo de lucro cuyos beneficios debían ir al fomento del galgo español y a la beneficencia en vez de al bolsillo de los jetas. Cuando se proclamó la República en 1931, el rey quemó su colección de fotos de chavalas en cueros, dejó a la familia en la cama, recibiendo pedradas y guardada por veinticinco alabarderos, y se escapó del Palacio Real por una puerta de retaguardia que daba al Campo del Moro. Se montó en un Hispano Suiza y llegó a Cartagena, se embarcó en el “Príncipe Alfonso”, al mando del capitán Manuel Fernández Piña, y puso rumbo a Marsella, donde llegó a las tres de la mañana y se quejó de que estuviesen cerradas las casas de putas. Valle Inclán dijo que el pueblo le echó por ladrón. Alfonso XIII hizo un exilio decadente de hoteles, casinos, safaris en Sudán y viajes a Hollywood con Douglas Fairbanks, al que le pidió que le presentase a Fatty Arbuckle, su cómico favorito, y cuando le dijo que no era una compañía conveniente desde que se le había muerto una corista de una peritonitis provocada por la introducción de una botella de champán por la escotilla, le contestó que eso le podía haber pasado a cualquiera. Encontró que el exilio engordaba y la libertad le pareció una lata porque tenía que bajar a por el periódico. Se compró un Bugatti y lo guiaba a ciento veinte por hora y en Viena mató a un peatón y se apostaba cien libras por mano en las mesas de Deauville jugando al chemin, una variante del bacarrá. Murió el 28 de febrero de 1941 en el Gran Hotel de Roma, de una angina de pecho, atendido por el doctor Frugoni y por sor Inés, una monja navarra del valle de Echauri, abrazado al manto de la Virgen del Pilar y diciendo según unos: “¡Dios mío, España!”, y según otros pidiendo agua fría. Baroja le encontró esencialmente cursi y dijo que tenía los gustos de un señorito de la burguesía y que sus andanzas de colchón no tenían mérito porque eran facilísimas por su posición de sultán, y que “anduvo con una cupletista tonta que en Cuba, según dicen, estuvo liada hasta con los negros”. La inclusión de los negros cimarrones en la ecuación de don Pío igual le confundió y tenía en la cabeza al príncipe Alfonso de Borbón y Battembreg, el primogénito del rey, que renunció a sus derechos sucesorios para casarse con la cubana Edelmira Sampedro, que le decían la Puchunga, de la que se divorció para reincidir en el Caribe y volverse a casar con la modelo Marta Rocafort, natural de La Havana, con la que solo duró seis meses. Don Alfonso se consoló en Miami con una cigarrera de un boliche de alterne que se llamaba Mildred Gaydon y le decían la Alegre y a la que pidió casorio que no llegó a celebrar porque se mató, el pobre, estampándose en coche contra una cabina.

MARTÍN OLMOS

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Dos maneras de ser presunto o la venganza del cuñado

In El cañí, Timadores y burlangas on 29 de marzo de 2015 at 19:47

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Estéticamente, Bárcenas hace mejor villano que Urdangarín

“Si uno vive en la impostura/ y otro roba en su ambición/ da lo mismo que si es cura,/ colchonero, rey de bastos,/ caradura o polizón”
ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO.

Al jamón le dicen presunto los portugueses y par acá les hacemos el chiste de que comen presunto jamón. Por acá somos chisposos de la puñeta cuando nos ponemos a inventar gracias. Los portugueses, sin embargo, curan un buen jamón con el cerdo alentejano y con el de pata blanca de Chaves. Por acá pensamos que los portugueses se pasan las tardes cantando fados trágicos y vendiendo toallas en mercadillo, los pobres, y los franceses piensan que nosotros nos pasamos el día cortejando a Carmen con los huevos prietos dentro de una taleguilla de toreador. Los alemanes piensan que los franceses difundieron la sífilis por besarse en sitios raros y los polacos se ponen nerviosos cuando escuchan música de Wagner. Los franceses le dicen “jambon” al jamón y los alemanes le dicen “schinken”, que hay que joderse, y vete a saber cómo le dicen los polacos, pero se sabe que lo ahuman. Los portugueses le dicen al jamón presunto y al presunto le dicen alegado y por acá, como somos pueblo de Dios, al jamón le llamamos jamón y al sospechoso presunto, cuya forma adverbial se ha convertido en una fórmula periodística para difundir reputaciones sin tener que abonar la dolorosa. Por acá ya no llevamos la huevada prieta dentro de la taleguilla de toreador y cortejamos a Vanessa y, sin embargo, andamos todos de presuntos de algo, como siempre. El presunto, si es vocacional, tiene que conducirse como la mujer del César y además de serlo, tiene que parecerlo. El presunto sin ganas desmerece y no tiene gracia y acaba haciendo un sospechoso menestral de horario de oficina.

Dedos y abrigos
Ahora tenemos el paisaje adornado por dos presuntos célebres que exhiben índoles distintas: Iñaki Urdangarín es un alegado sin gracia que le viene grande el personaje y no lo ha sabido gestionar y José Luis Bárcenas tiene la actitud y el traje y se va a esquiar. Bárcenas gasta hebras de plata en las sienes patricias, como Stewart Granger en Las Minas del Rey Salomón, abrigo Chesterfield de cuello de terciopelo negro y el dedo medio beligerante y un poco macarra, avisador y esgrimista. Urdangarín gasta nomás zancada larga de galgo y zinga que te cagas echando carreras  por las calles de Washington y uno piensa que si corre es que algo habrá hecho. Bárcenas no corre, que suda y sudar es de gañanes, y cita en torería haciendo desplantes y amenazando con estocadas frascuelinas que se clavan hasta el puño. Urdangarín ha hecho un torito maulón que enseñaba estampa en la dehesa pero en el ruedo se ha puesto manso, un toro albahío y descepado que no va a dar lidia, de los que dicen huidos los entendidos porque esquivan las suertes y rehuyen el engaño. Bárcenas hace toro cárdeno y un poco probón, que es como dicen los de la afición al animal que amenaza con embestir y se queda a la expectativa queriendo descubrir donde está el cuerpo del matador. El abrigo Chesterfield de Bárcenas va para icono pop, como el puro de Churchill, y lo emparientan con el que sacaba Robert de Niro haciendo de Al Capone en “Los intocables” de Brian de Palma, con vestuario de Giorgio Armani. El abrigo Chesterfield lo puso de moda George Stanhope (1805-1866), sexto duque de Chesterfield y criador de caballos de carreras y el cuello de terciopelo negro proviene de los ribetes de  luto que se cosieron los nobles franceses en la ropa para mostrar el duelo por la ejecución de Luis XVI. A uno le cae bien un abrigo si culmina cierta estatura porque la prenda requiere zancas y si no se tienen se acaba pareciendo una marioneta de manopla. Bárcenas debería ir de abrigo hasta en verano como gasta Indiana Jones la misma chaqueta en el Nepal con un frío del carajo y en Egipto con la calor. Bárcenas, más que a un Capone de Armani, se parece a John Gotti, el Don Apuesto de la familia Gambino que vestía de trajes de Brioni de dos mil pavos y calcetines con iniciales. Gotti era un matón de Brooklyn que acabó saliendo en revistas de moda y se vestía de hampón chuleta porque si no para qué quieres ser un mafioso. A Bárcenas le llamaban Tarzán porque dicen que llegó a la sede de Alianza Popular en taparrabos, con los zapatos rotos, por lo que es normal que ahora no quiera prescindir del Chesterfield ni de las cenas de lujo en Carcassonne. En el trullo se arregló fetén jugando al mus con los chorizos y librando dos pleitos o tres con los pasmas y como los toros probones, amaga con los papeles que tienen pinta de Macguffin de Hitchcock, porque Bárcenas es cine de sesión continua.

Urdangarín no tiene papeles sino correos con chistes malos. Le trincaron uno en el que firmaba como el Duque Empalmado y uno se lo imagina escribiéndolo con una mano y con la otra haciendo el gesto de balancear los dedos índice y medio como hacía Milikito cuando soltaba una gracia de doble sentido para que estuviésemos atentos para pescarla. La salida es como de chaval de BUP que se ha fumado un pito en los billares. Urdangarín va de tonos pastel y carrera de gamo y ha desmejorado mucho y se pone a conducir un Volkswagen Polo verde de diecisiete años para pasar por prieto, pero nadie se lo cree. Urdangarín ostenta zancas largas para llevar abrigo, pero las usa, sin embargo, para zingar que te cagas delante de la pobre Paloma García Pelayo que, claro, no le pescó, usted verá. A Bárcenas le merece un George Sanders con hebras de plata en las sienes, como Stewart Granger, aunque por el momento solo ha llegado a ser personaje de Ibañez en un tebeo de Mortadelo (“El tesorero”, abril de 2015), pero al pobre Urdangarín como mucho le va a hacer un guaperas de teleculebrón tipo Fernando Carrillo. Bárcenas le pega vuelta y media a Urdangarín como villano de escaparate porque además es alpinista (en 1987 coronó el Everest y pretendió haber abierto la Ruta de los Españoles, que fue puesta en tela de juicio por un comité de expertos que sospechó que rindiese la cima) y cuando sale de la trena se va a esquiar a Baqueira en vez de subirse a un Polo para impostar a un mileurista. Uno acaba echando de menos la villanía vocacional de capa negra y voz de barítono en un andurrial en el que todos queremos pasar por monaguillos que vamos con la verdad por delante. Urdangarín, como el profeta velado del Jorasán, escondía la lepra detrás de la seda, pero Bárcenas avisaba por puro somatotipo, le llamaban el Cabrón y solo le faltaba el monóculo de Rupert de Hentzau.

Urdangarín ha hecho un presunto de asco que solo ha servido para elevar la figura un poco trágica del duque de Lugo y, por el camino, enderezar el cartel ominoso del cuñado pobre. El español que no lleva la huevada prieta dentro de una taleguilla porque ya no le quedan cármenes anda de presunto de algo casi siempre y también de cuñado pobre. El cuñado siempre es más listo que tú y a él no se la pega nadie. Rafael Azcona se preguntaba si los cuñados eran de alguna utilidad y proponía la solución de que el servicio militar se nutriese exclusivamente de ellos para que en la paz estuvieran guardados en los cuarteles y en caso de guerra los aniquilasen. A don Jaime de Marichalar le tocó ser el cuñado dudoso al lado del vigoroso Urdangarín de ojos azules y rubiales, grande y deportista. Don Jaime tenía pinta de Oscar Wilde tardío y primaveral y se ponía pantalones con estampados de paramecios, combinaba rayas y lunares y se paseaba en patín y uno se lo imagina apestadito en la cena de navidad en la que le ignoraba el suegro porque prefería hablar de fútbol y de gachises con su cuñado. Don Jaime también sufrió la presunción de farlopero después de que le dejase medio patón una isquemia cerebral y andaba, medio renco y con capa, en desfiles de París con Nati Abascal en vez de irse a librar regatas extenuantes y varoniles. Todos nos reíamos un poco de Marichalar, pero todos éramos él en las cenas de nochebuena cuando nos teníamos que someter a la ordalía de la comparación con el marido de nuestra hermana, que le iba tan bien en la vida. Cuando a Urdangarín le salieron los naipes de la bocamanga se dignificaron los pantalones con estampados de paramecios y quedamos compensados los cuñados, que pudimos por fin cenar tiesos como si hubiésemos invitado nosotros, que fumamos de lo nuestro.

MARTÍN OLMOS

Los crímenes del cerro del Otero

In El cañí on 16 de marzo de 2015 at 20:44

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Resulta que es oficio peligroso el de sereno de la ermita de Santo Toribio

“Como no hay dos sin tres, han optado por no poner ermitaño en el lugar, no sea que la tragedia se repita”
FRANCISCO PÉREZ CABALLERO.

Santo Toribio mandaba el cauce del río Carrión pero no mandaba la voluntad de los hombres villanos. Santo Toribio fue a Palencia en el año 447 a predicar contra los herejes del obispo Prisciliano y los palentinos le corrieron a pedradas hasta el cerro del Otero, en donde se escondió en una gruta e hizo que el río Carrión se desbordase e inundara la ciudad. Los palentinos mojados subieron al cerro y le pidieron perdón y santo Toribio devolvió las aguas del río a su cauce y los secó. Los palentinos abandonaron la herejía priscilianista y volvieron a la órbita de Roma y a la Trinidad y, en adelante, subieron en peregrinación a la gruta del cerro a pedir buenas cosechas. Santo Toribio fue capaz de detener a la peste negra pero no pudo, en cambio, influir en la voluntad torcida de los hombres villanos. Cuando en el siglo XIV la peste asoló Castilla, los palentinos subieron al cerro del Otero a pedir al santo y el santo detuvo la peste y le levantaron una ermita hipogea y le celebraron cada 16 de abril. A los hombres villanos que salen de noche con merced de matar no les detiene el santo Toribio ni Dios siquiera, porque se mandan al libre albedrío que les otorgó el Todopoderoso y las cuentas se las rendirán a san Pedro.  La inclinación de los seres humanos a conducirse como si no lo fueran es la base de la paradoja de Epicuro que dice que si Dios quiere evitar el mal y no puede no es omnipotente, y si puede y no quiere no es benevolente. Y si ni quiere ni puede prevenir la maldad entonces es canalla e impotente y por lo tanto no es Dios. Epicuro, en todo caso, se murió de piedras en el riñón.

Ni santo Toribio ni Dios siquiera evitaron que en la nochevieja de 1468 dos jaques desalmados entraran a robar a la ermita del Otero, que estaba guardada por un sereno que vivía con su mujer y sus dos hijas niñas y como quiera que una de las chiquillas reconoció a uno de los golfos y le dijera en alto por su nombre, los dos hombres degollaron a la familia sin misericordia y se escaparon con las limosnas. Para refrendar con desahogo a Epicuro, que murió de piedras en el riñón, volvió el crimen a sus anchas a industriar en la ermita del Otero cuatrocientos años después por un botín de mil doscientas pesetas y las ofrendas de los indianos devotos que eran meras promesas. El segundo crimen de la ermita del Otero lo recuerdan los papeles viejos y una canción de ciego que empieza así: “Reparen con atención/ en la lista de sucesos/ y vean lo que ha pasado/ en el Cristo del Otero.”

Una cena a la luz de una vela
Lo que pasó, vean, en la ermita del Cristo del Otero, que los palentinos levantaron al honor del santo Toribio que mandaba en los ríos y en la peste pero no en la voluntad de los hombres villanos, fue que en 1907 la guardaba el ermitaño Mariano Rey del Río, hombrón de cincuenta y dos años que decía poco, y la vieja Isabel Arroyo Pérez, de setenta y seis, que decía por los dos. Las viejas tienen que hablar y si no revientan de guardar tanto verbo dentro. La vieja Isabel, que de muda no reventó, iba diciendo que Mariano Rey apretaba fuerte el puño y que de tanto guardar tenía una caja de lata colmada de duros de plata que estaban cogiendo azul de estarse quietos. En la ermita también dejaban prendas los indianos para agradecerle al santo Toribio la semilla de la palmera que se habían traído de Cuba. La roñosería de Mariano Rey y la promesa de la caja de lata de duros azules de puro quietos llegó a las orejas de la banda de Santos Collado Ortega, que le decían el Quincallero y era de Ademud de Valencia. Con el Quincallero iban Mariano Monzón de la Rúa, que le decían el Moraíta y era jornalero en Dueñas, Cipriano González Fraile, que le decían el Chato por narigón y era panadero en Valladolid, y Gervasio Abia Brizuela, que le decían el Chivero por su oficio de pastor de cabras y andaba en tribunales por robar una gallina. La noche del 25 de noviembre de 1907 llegaron al cerro del Otero montados en yeguas bayas el Quincallero, el Moraíta, el Chato y el Chivero llevando armas de capea, que eran pistolones, navajas y una escopeta de cazar,  y la intención de ganarse los duros azules y las devociones de los indianos. Tocaron la puerta en plena noche oscura pidiendo un vaso de agua y cuando entraron en la ermita amarraron a la vieja a un pilar y atropellaron a Mariano Rey a patadas preguntándole por la caja de lata. A pesar de ser hombrón, Mariano Rey contra cuatro tenía las de perder, pero como era magro de verbo y además tacaño calló y los rufianes le tumbaron a palos, le escaldaron con agua hirviendo, le pusieron en cueros y le sentaron sobre un brasero encendido  quemándole el culo. Después le torcieron los cojones con unas tenazas de herrar que le volvieron palabrista y les señaló, ustedes verán, el quicio de una ventana en donde guardaba la lata que tenía mil doscientas pesetas. Los jaques trincaron los duros y le tumbaron al ermitaño boca abajo con la cara en una almohada y le clavaron en el intersticio del culo un cirio encendido con cuya luz se alumbraron una cena de pan y chorizo. Mariano Rey, escaldado, medio capón y candelabro, se murió asfixiado y no le libró el santo Toribio ni Dios siquiera y los cuatro villanos saquearon el sagrado y afanaron dos cálices, una corona y un rosario.

Al Quincallero le detuvo en Almazán el sargento Castrillo, del puesto de la Guardia Civil de Frechilla, y después cayeron los otros tres y les carearon con la vieja en el cuartel de Calabazanos. A la vieja la llevaron los guardias al reconocimiento montada en un burro y durante un tiempo estuvo sospechada de cómplice, pero salió ilesa a contar el suceso en la fuente, porque de muda no reventó. El cuento lo recogieron los ciegos para decirlo por un duro en pregón: “A un pobrecito ermitaño/ que vivía santamente,/ entre cuatro criminales/ le prepararon la muerte”. Al Moraíta, al Chivero, al Chato y al Quincallero les juzgaron en la Audiencia de Palencia el once de marzo de 1909 y les condenaron al garrote por robo y homicidio con los agravantes de ensañamiento, nocturnidad, cuadrilla, sacrilegio y despoblado. El Chivero se escapó cuando le trasladaron a la cárcel Modelo de Madrid para juzgarle por el robo de la gallina y huyó a la Argentina y los otros tres esperaron en la prisión provincial de Palencia a que les rompiesen el espinazo. Los abogados interpusieron un recurso para cambiar la condena de muerte por la de prisión amparándose en que la justicia no tenía nada que ver con la venganza y el 26 de marzo de 1910 el rey Alfonso XIII, para celebrar el Viernes Santo, les conmutó la pena y el alcalde de Palencia Tomás Alonso se lo comunicó a los reos en el patio de la prisión, se hizo una foto con ellos y les regaló tres cigarros habanos. “Moraíta toca la gaita,/ Chivero toca el tambor,/ el Chato toca los platos,/ Quincallero el director”.

Santo Toribio mandó el cauce del río Carrión y detuvo a la peste negra pero no influyó en la voluntad de los hombres villanos y cada 16 de abril le celebran los palentinos en una romería a los pies del cerro en la que se comen caracoles y avellanas y recuerdan que le corrieron a pedradas los priscilianistas tirando a la concurrencia bolsas de pan y queso. En 1930, el escultor Victorio Macho levantó en el cerro del Otero un Cristo de cemento de veinte metros, blanco y medio cubista que se parece un poco al marcianito de Roswell y Epicuro se murió de piedras en el riñón sin descubrir si Dios es omnipotente o benevolente o ni siquiera es dios.

MARTÍN OLMOS

El torero de Sestao que mató a un morlaco en la Gran Vía de Madrid

In Bichos, El cañí on 15 de febrero de 2015 at 20:31

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Diego Mazquiarán murió loco en Perú y una vez toreó de abrigo

“Diego Mazquiarán, ´Fortuna´, de Bilbao, es otro gran matador de tipo carnicero”
ERNEST HEMINGWAY

Sestao queda lejos, muy lejos, de Sevilla y su Giralda y olé y sus mujeres son matronales y amamantadoras como la loba de Roma y no majas morenas de cuadro de Julio Romero de Torres. En Sestao hay nubes serias y de plomo y no firmamento azul sobre calesas con postillones que cantan. En Sestao no se llevan las patillas rizadas ni los lunares ni los caireles en las botas y se viste de azul marino, como Dios manda, que es color de formalidad y de pasearlo los domingos en combinación con la camisa blanca y planchada y el pantalón de mil rayas. En Sestao hay cuestas que arrancan pedos que no se celebran y se disimulan con una tos, cof, cof. El norte vasco no es de hacer chistes con pedos y si se escapan se pide perdón. En el norte vasco gustan los toros bravos cuanto más grandes mejor y Hemingway decía que la feria de Bilbao era seria, lujosa y sólida y los toreros debían vestir chaqueta y corbata. Al norte vasco, sin embargo, no le va el alrededor del toro, que es de colorines y de majas y de sol y de fino La Ina, y a veces ha tenido la tentación de prohibirlo por español, pero no lo ha hecho porque Jon Idígoras fue novillero con el nombre de Chiquito de Amorebieta, fue subalterno en la cuadrilla del Duque de Boroa y una vez toreó a beneficio de los huérfanos de la Guardia Civil. Con el tiempo se ha ido expandiendo la verbena y las ganas de festejar lo que se ponga delante (igual da que sea el jalowin que la feria de la cerveza) y en el norte vasco se ven ahora venencias y sombreros cordobeses cuando llega abril y parece que estamos esperando a mister Marshall. Sestao queda lejos, muy lejos, de Sevilla y su Giralda y olé, queda a setecientos kilómetros que separan a las matronas de las majas morenas y, sin embargo, tuvo que ir un torero de Sestao a hacerle una faena de abrigo a un toro que se desbocó en la Gran Vía de Madrid y corneó a un ordenanza en el culo. Estas historias de toros y toreros son pintorescas como una andaluza de cartón encima de la tele y merece la pena contarlas porque te levantan una sobremesa. La tauromaquia al final es pintoresquismo, tertulias de sobremesa y versos de Lorca.

El torero de Sestao que mató a un morlaco desbocado y molestón en la Gran Vía de Madrid tentándole faena con un abrigo fue Diego Mazquiarán Torróntegui, que le decían Fortuna por la suerte que tuvo de no diñarla un día en la estación de Valladolid arrollado por un tren. Cuenta Roberto Espina que Diego Mazquiarán nació en Sestao a las once y media de la noche del miércoles 20 de febrero de 1895 en la calle Iberia, letra F, quinto piso, y que fue bautizado dos días después en la Parroquia de Santa María de la Anunciación figurando en la partida con el apellido de Marquiarán, con erre en lugar de zeta. De joven fue pinche de laminación en los Altos Hornos con un jornal de 2´25 pesetas diarias pero no duró seis meses en la fragua porque prefería frecuentar las novilladas y salió de banderillero el 15 de octubre de 1911 en la plaza de toros de Indauchu una tarde en la que toreó Agustín Rodríguez, que antes había sido María Salomé. Estas historias de toros y toreros son pintorescas como una andaluza de cartón encima de la tele. María Salomé Rodríguez Tripiana, que le decían la Reverte, fue una novillera que debutó en una becerrada en Almería en 1907. Era de Jaén y hembra, y por lo segundo le iban a ver torear, porque en realidad no dejó mucho arte para recordar. En 1908, el ministro de la Gobernación Juan de la Cierva prohibió las corridas femeninas y la Reverte se quitó los pechos postizos y la peluca y resultó que era un hombre que se llamaba Agustín y siguió en la lidia, pero sin gracia y únicamente dejó blasón anecdótico que recogió el Cossío “tan solo por lo singular y desvergonzado de su sexo acomodaticio”. Estas historias de toros y toreros merece la pena contarlas porque te levantan una sobremesa.

Diego Mazquiarán viajó de tifus en los topes de los vagones para ir a hacerse lunas y una vez, en la estación de Valladolid, casi le descoyuntó un tren en el que se quería subir sin papel y por suertudo le dijeron Fortuna. Después anduvo Salamanca en capeas hasta que llegó a Sevilla, que quedaba lejos, muy lejos de Sestao y sus nubes de plomo, en donde encontró tajo en una panadería que servía a Rafael Gómez el Gallo, maestro dinástico y calé que duró un año escaso de marido de Pastora Imperio,  que le dio la alternativa el 17 de septiembre de 1916 en la plaza de Madrid cediéndole el toro Podenquero, de la ganadería de Benjumea, que era bragado y negro. De Fortuna dijo Hemingway que era un torero valiente y carnicero, “bravo como el toro y solo un poco menos inteligente”, que tenía los cabellos rizados, las muñecas gruesas y que se casó con una mujer rica. Dijo que era rudo y fanfarrón. En el Cossío le dicen de virtuoso de la estocada a volapié y Hemingway dijo también que no tenía ningún nerviosismo durante la lidia, y sin embargo se murió loco en un manicomio de Lima, en Perú, en 1940. Entre 1918 y 1926 despachó casi trescientas corridas pero su cartel empezó a decaer y en 1927 solo cumplió tres contratos hasta que recuperó el favor del respetable después de matar al toro de la Gran Vía.

Faena de abrigo
Estas historias de toros y toreros son pintorescas como una andaluza de cartón encima de la tele. El 23 de enero de 1928, sobre las ocho de la mañana,  se escapó de la manada un toro que era conducido al matadero de Madrid y entró en la ciudad por el Puente de Segovia, desde Carabanchel Bajo, y a la altura de Leganitos corneó en el culo a un ordenanza, embistió a dos paseantes y casi mató a una señora de sesenta y seis años. Hacia las once apareció por la Gran Vía (la antigua avenida del Conde de Peñalver) y se cruzó con Mazquiarán, que iba con su mujer a comer en casa de sus suegros. Mazquiarán apartó a la legítima y templó al bicho usando su abrigo como engaño  con un público entregado de madrileños paseantes que le gritaron olés. Del Casino Militar le trajeron un sable que Fortuna desdeñó por endeble y porque era matador y no un húsar y pidió que le fuesen a buscar un estoque a su casa del número 40 de la calle Valverde. Le hizo al toro faena de abrigo y lo mató de media estocada y descabello con la dificultad del suelo mojado de lluvia que resbalaba al animal. Toreó el vasco como dijo Hemingway que obligaba Bilbao, de chaqueta y corbata y zapatos de cordón. El respetable agitó pañuelos pidiendo que le diesen la oreja y le llevó a hombros hasta el café Regina de la calle de Alcalá, en donde le convidaron a anís,  y el ministro de la Gobernación le concedió la Cruz de Beneficencia, que se la entregó don Nicanor Villalta en la corrida de la Asociación de la Prensa.  Diego Mazquiarán Fortuna, torero que huyó de la fundición y que murió loco en un sanatorio limeño, dejó un sobrino novillero y tiene una placa en la calle donde nació en Sestao, al final de Iberia, frente a la estación de cercanías, encerrada en una urna fea y metálica con un cristal que cuando se empaña de lluvia no la deja ver. Estas historias de toros y toreros merece la pena contarlas porque te levantan una sobremesa y son pintorescas como una andaluza de cartón encima de una tele y hay que decirlas debajo de un pasodoble.

MARTÍN OLMOS

La noche que volvimos a tener piojos

In El cañí on 25 de noviembre de 2014 at 22:01

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Con la masacre de Puerto Hurraco volvió la España negra.

“Volverán las oscuras golondrinas”
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Recién le cogimos la costumbre a votar las democracias como si fuéramos ingleses, empezamos a orear el vino en un decantador en vez de beberlo directamente del porrón y nos olvidamos de que veníamos de la miseria y de Caín. Recién le cogimos la costumbre a votar las democracias como si fuéramos ingleses, se cargaron a los marqueses de Urquijo en un crimen como de juego del Cluedo con mayordomo marica, sangre azul y chalet en  Somosaguas, cocinera negra y novio americano, y encaminamos, dichosos, la modernez pensando que habíamos dejado atrás el gasógeno y el piojo verde, la navaja de virola y el estacazo y la foto del Lute con el brazo brechado y la carita de mangaburras. Con su escolta de par de picoletos de cuernos de charol que parecían recién desertados de la vendimia por la capa y el camino que, de repente, nos parecieron de color sepia y nos pusimos a encomendarnos a la Interpol con sus pasmas de gabardina que chanaban pitinglís. Contaba Umbral en el setenta y cinco que volvieron los piojos a colonizar los tiestos de los chavales de los colegios de Madrid, como en los años cuarenta, y le vio a la cosa inclinación retro derivada del estreno de “El Gran Gatsby” (Jack Clayton, 1974). En el retorno de los piojos también quiso ver Umbral la vuelta del irracionalismo, del pasado de la humanidad, del misterio y de la mugre después de una era de electrodomésticos y biodetergentes. El español es un poco puta redimida que le predica a la vecina porque enseña la natividad del canalillo y enseguida olvida que antes ponía ella todo el género en el mostrador cuando caían los viajantes por el salón. La memoria del español no es frágil, sino maleable como el hierro caliente, y la usa a su conveniencia y el lunes está haciendo cola en la Plaza de Oriente para velar al General y el martes dice que lo mató él porque una tarde escuchó la Radio Pirenaica debajo de una manta y se acaba creyendo que es Mateo Morral. Recién liquidaron a los Urquijo (agosto de 1980), al español, que andaba quitándose del puterío, se le olvidaron los Lutes, los Tempranillos y el Tío Camuñas y se pensó que todo el pasto era Agatha Christie.

Menos de un año después se organizó una sanjurjada de falla valenciana con un picoleto de cuernos de charol y cara de huirle a la vendimia que se puso a disparar al techo como Pancho Villa y el español aprendió aquella noche la palabra Hemiciclo, pero no vio a los piojos en la puerta porque empezó la era de los electrodomésticos y los biodetergentes. El español, que además de puta es tauromáquico, no escuchó bien el aviso de la presidencia de la plaza porque encaminó la década de Almodóvar, de Cesepe y de Bernardo Bonezzi y pensó que lo suyo era seguir oreando el vino para bebérselo a la temperatura de la habitación, en vez de refrescarlo en el pozo dentro de una bota con pitorro de cuerno.

Posta y linde
Los piojos regresaron, inevitablemente, diez años después. Regresaron (quizá porque nunca se fueron) en pareja de dos paletos con escopetas de posta de montería y mala sangre que les dijeron a sus hermanas feas y de luto que se iban a cazar  tórtolas cuando lo que llevaron fue la intención de matar demografía. La matanza de Puerto Hurraco tuvo música de chicharras y fresca de atardecer con sillas de tijera en el zaguán, y tuvo viejas de luto y lindes antiguas y braseros de carbón y horda y tuvo Badajoz y agosto y no tuvo mayordomo, ni Miss Marple ni té de las cinco. En Puerto Hurraco hubo rencor, pretérito y tribu y la tragedia principió con clasicismo agrario de predio rústico y minifundio extremeño en 1963, cuando el desacuerdo por la linde de un pasto echó a reñir al clan de los Izquierdo, que les decían los Pataspelás, con el de los Cabanillas, que les decían los Amadeos. En el prólogo del drama hubo también Romeos y Julietas y en 1967 Amadeo Cabanillas sedujo a Luciana Izquierdo y después la abandonó y salió, como siempre, la navaja a lavar el honor. El mayor de los Pataspelás, Jerónimo Izquierdo, atenuó el despecho matando a puñaladas al galán y echó quince años de sombra en la cárcel de Badajoz. En 1984 se incendió la casa familiar de los Izquierdo con la madre dentro y comentaron en la fuente que los hijos salvaron primero la tele. Los Pataspelás, sin embargo, dijeron que los Cabanillas lo provocaron en desquite por la muerte de Amadeo y salió Jerónimo de la penitencia, acuchilló sin suerte a Antonio Cabanillas y se fue a morir en una loquería. Los cuatro hermanos Izquierdo se trasladaron a Monterrubio de la Serena y vivieron en celibato y en endogamia social: las dos mujeres sin apearse del luto y los dos hombres apacentando mil ovejas y cazando al pase la codorniz con escopetas del doce. Las dos mujeres, Ángela y Luciana,  se negaron el color y el estampado y prometieron por las noches ataúdes y los dos hombres, Emilio, el mayor, que era mandón, y Antonio, el pequeño, que le decían el Tuerto porque cuando niño le sacó un ojo un gallo de un picotazo, se quedaron de quinteros solterones, cinegéticos y feos.

El 26 de agosto de 1990 volvieron los piojos al país que preparaba la Expo y desafinaron y pintaron al fresco un crimen de secarral castuerano y de pliego de cordel con ciego y acordeón. Salieron los dos varones Izquierdo cruzados de cananas y con dos repetidoras Franchi de cinco cargas y puestos de chaquetas que pesaban sus buenos cincuenta kilos de lastre de cartuchos cebados cada uno de nueve  perdigones de plomo. Eligieron agosto y la calor porque Emilio era friolero y el fresco le ponía el dedo yerto para tirar. En el labriego abunda el hombre con escopeta para la liebre que le evita andar con el procurador y con manca en una taba que le dice la meteorología. Entraron en Puerto Hurraco por la calle Carrera a las diez de la noche y dispararon a los rivales y al pueblo entero y dejaron nueve muertos para el cura. Se echaron al monte después de la matanza y les cogieron los picoletos en batida, que ya no llevaban cuernos de charol porque los habían cambiado por la gorra teresiana y, sin embargo, tuvieron que alumbrar la noche oscura de sierra con linternas de petaca que tiraban la luz justa para mirarse los pies. El cabo Vicente Salguero, de Feria de Badajoz y huérfano desde los once años, detuvo al Tuerto y salió en las fotos de guardia bigotudo prendiendo del brazo al paleto criminal que iba de cazador de conejos. A Emilio Izquierdo le localizó a la mañana siguiente un helicóptero escondido en un zarzal. Echaron en el parte de la tele a las hermanas Izquierdo huyéndole a la lincha en un tren y vestiditas de luto renegrido como dos brujas de Macbeth escritas por un Shakespeare de aceitunero y pocilga y el español volvió aquella noche a Caín y a la miseria y al Duelo a Garrotazos de Goya. Las viejas la diñaron en el psiquiátrico de Mérida y los dos hermanos Izquierdo en la trena, uno por lo natural y el otro se colgó. Aquella noche de calor y Badajoz dejamos los españoles la ilusión de ser modernos y de cantar crímenes de Agatha Christie con parterres y vicarios y volvimos a tener piojos y ahora que se nos han quitado está volviendo la tuberculosis y nos vamos a morir como Bécquer. Como no había ciegos a mano, ni acordeones, la matanza de Puerto Hurraco la dijeron los raperos de Def Con Dos: “Veraneo en Puerto Hurraco. España ya no es roja, España no es azul, España ahora y siempre es negra como el betún”.

MARTÍN OLMOS

Por rojo y por maricón

In El cañí on 26 de octubre de 2014 at 18:01

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Dedicado al Marqués de Cubaslibres, misántropo y librepensador.

“La historia de Miguel de Molina es tan española, tan de aquí, que duele con sólo teclearla”
ARTURO PÉREZ-REVERTE

Fue costumbre del lugar acabar las noches de zambra, pitarra y tablao yéndose a cazar maricas al pase, como al pichón, o a la montería, como al jabalí de alance, echándoles los perros para apartarlos de la querencia y matándolos a palos. Fue costumbre del lugar cazar al palomo cojo. Al marica le dicen también violeta y bujarrón y el padre Pedro de León (1544-1632), cura jesuita, confesor de los presos de la Cárcel Real de Sevilla y catequizador de putas, le llamó mariposilla porque decía que “andan revoloteando por junto a la lumbre y así los que tratan de esta mercaduría una vez quedan tiznados en sus honras vienen a parar al fuego”. El padre Pedro de León dejó escrito en el Apéndice de los Ajusticiados de su “Compendio” de uno al que quemaron en junio de 1579 por ejecutar con una borrica y a la borrica la ahorcaron, que culpa tendría el animal. Al marica contemporáneo del padre Pedro de León le daban potro, azotes, exhibición en la plaza y la hoguera. Lo dejó comentado Quevedo: “Y al fin todos los demás miembros del cuerpo han holgado, y el culo es tan desgraciado que sólo una vez que se quiso holgar lo quemaron” (Gracias y desgracias del ojo del culo. Dirigidas a Juana Montón de Carne, mujer gorda por arrobas. 1620). A los maricas recomendaba caparlos el rey visigodo Chindasvinto. A los maricas les dicen también sarasas, pulgas y truchas, porque nadan a la contra de la corriente. A la huelga del culo le dicen entrar por la puerta de atrás, que es por donde generalmente se sale cuando no se pretende alborotar. Le dicen también batear con la zurda, pero es americanismo que proviene del juego de la pelota. El artículo 83 del décimo título (el dedicado a los crímenes militares y comunes, y penas que a ellos corresponden) de las Reales Ordenanzas dictadas por Carlos III en 1768 recoge el crimen nefando augurando que “el que fuere convencido de crimen bestial o sodomítico será ahorcado y quemado”. El general Primo de Rivera castigó la homosexualidad con una pena  de dos a doce años de sombra, multas de mil a diez mil pesetas y la inhabilitación para la función pública durante un periodo de seis a doce años (artículos 69 y 616 del Código Penal de 1928). Al marica le despenalizó la República, siempre que no oficiase en el cuartel, pero en las fiestas del santo le siguieron tirando a la fuente los mazorrales de la labranza cuando se cocían de pitarra porque el campo da hombres de barba cerrada. El general Franco dejó las cosas como estaban después de la guerra porque si quería entrullar a un trucha solo tenía que recurrir al expediente de “escándalo público”, hasta que en 1954 incluyó en la Ley de Vagos y Maleantes a los homosexuales junto a “los rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados”, con lo que fue costumbre del lugar acabar las noches de zambra, pitarra y tablao yéndose a cazar maricas al pase o a la montería. Hoy sigue siendo uso en Rusia porque la estepa da hombres de barba cerrada, como en nuestro mazorral agrario.

La Miguela
Miguel de Molina fue marica tonadillero de botines de tacón cubano y abanico, rizos de caracol y mangas de bombacha y lunares. Fue payo cantaor y malagueño y zaguero vocacional que no consintió ejecutar la suerte natural ni cuando siendo un chaval de catorce años se le pusieron las putas a huevo cuando trabajaba limpiando mesas en el burdel de Pepa la Limpia, en Algeciras. Miguel de Molina nació el 10 de abril de 1908 y le criaron sus cuatro tías, su abuela y su madre porque su padre era epiléptico y se levantaba poco de la cama. Pasó niñez estrecha y callejera y estuvo interno en un colegio de curas en donde pegó a un salesiano con un tintero porque le quiso robar un beso en la sacristía. Además de mancebo de casa de putas, voceó tablaos flamencos en Granada y en el café árabe de la Exposición de Sevilla de 1929 le sedujo el moro Samidu y se despertó al alba en el jardín de la Alameda de Hércules, al lado del Guadalquivir, oliendo a hierba mojada y a romero. Miguel de Molina decidió ser artista de la copla cuando vio en Granada un espectáculo organizado por Lorca y Manuel de Falla en el que despuntó Manolo Caracol. Triunfó ávidamente, como un meteoro, cantando en masculino “La Bien Pagá” con chaquetillas de fantasía y mangas de sartén, asistió a la composición de “Ojos Verdes” en el Café de Oriente de Barcelona en medio de Rafael de León y Lorca y disputó con Concha Piquer, a la que le dijo que tenía el flamenco negado porque lo bailaba con las puntas de los pies separadas en la posición de las doce y media. La guerra le cogió recién acabó de rodar su primera película y corrió las retaguardias republicanas  cantando a las tropas leales  con Amalia Isaura, que interrumpía los cuplés para contar chistes. Los milicianos le decían la Miguela, por maricón, y le cayó una bomba cerca en el frente de Teruel. La guerra, cualquiera lo sabe, la ganó Franco y Miguel de Molina, junto a Jacinto Benavente, Isaura y Milagritos Leal vestida de fallera,  tuvo que tirar flores a los vencedores cuando entraron desfilando en Valencia.

A Miguel de Molina le sacó el rendimiento un empresario falangista apellidado Prieto rebajándole el caché de mil duros a quinientas cucas bajo la amenaza de predicarle el rojerío y la mariconez y le estrenó en el Rialto, en la Zarzuela y en el teatro Pavón, en donde se puso contestón y una noche le fueron a ver tres machos con impermeables blancos que le dijeron que le tenían que llevar a la Dirección General de Seguridad para una diligencia rutinaria. Le metieron en un coche y siguieron de largo por Cibeles sin torcer a la Puerta del Sol, le llevaron a los Altos del Hipódromo, en el Paseo de la Castellana, y en el oscuro y de montería le dieron una paliza de muerte “por rojo y por maricón”. Le pegaron con los puños de las pistolas, le rompieron dos dientes y le pelaron los rizos de caracol que llevaba untados de aceite. Le obligaron a beber ricino y vaselina y se llevaron de trofeo su cabellera esquilada. Miguel de Molina les vomitó los impermeables blancos y más tarde dijo que Dios le ayudó y aquellos tres se fueron oliendo a ricino. Le dieron por muerto, probablemente, pero le despertó la lluvia madrileña y consiguió parar un taxi y regresar al Pavón, en donde Prieto no le perdonó la función y le sacó a cantar con una peluca porque tenía los rizos de caracol trasquilados al tazón. Unos días después, la muchachada del Frente de Juventudes le interrumpió una copla en el Teatro Cómico llamándole marica y Miguel de Molina calló a la orquesta y les contestó que marica no, que mejor maricón que sonaba a bóveda. Se fue al exilio argentino en 1942 porque se le puso el oficio cuesta arriba y pasó un intermedio en Méjico, en donde le insultó Cantinflas. Años más tarde dijo que dos de los que le zurraron fueron Sancho Dávila, luego presidente de la Federación Española de Fútbol, y el conde de Mayalde, futuro alcalde de Madrid, al que no predicó por respeto al rey de España, que sabía que le frecuentaba. A veces se puso en litigio su memoria porque de viejo se puso un poco arrogante y se le pegó el acento porteño, regresó brevemente a España para enterrar a su madre y dijo que le torció por envidia el secretario de Ramón Serrano Suñer, que era un mariquita encubierto que una noche casi cogió unas hostias en una boite de Madrid por tocarle el culo a un gringo. Le honraron en España tarde y mal otorgándole la Orden de Isabel la Católica en 1992 y murió en Buenos Aires a los ochenta y pico años parabólico de rojo y rosa, pero él no estuvo de acuerdo (quizá por falsa modestia, que es pecado) y dijo: “Yo solo fui un señor que nació pobre en Málaga, trabajó toda su vida y le gustaron los hombres. Y ahí se acaban todos los símbolos”. Antonio Burgos tampoco y escribió: “Le faltaba una mijita de sida para que fuese ya el acabose de los progres”.

MARTÍN OLMOS

El destripador de Vitoria

In Destripadores y sacamantecas, El cañí on 2 de agosto de 2014 at 0:15

El Zurrumbón era macho difícil de colmar y se apañaba en las veredas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La maldad física se pretende asociar a la maldad moral”
JULIO CARO BAROJA

Los niños exhiben con su inconsciente atrevimiento una sinceridad descarnada que  sus papás  celebran con regocijo y al prójimo que la sufre le sienta como una coz en el vientre y se ríen de los cojos y de los calvos, de los más feos que Picio y de las señoras gordas. A los niños hay que podarles las ocurrencias desde meones y no aplaudirles el chiste para que comprendan que la franqueza sin tamiz no es una virtud cristiana, por mucho que lo parezca, y que la educación y las mentiras, piadosas o no, se inventaron para algo. La hija de un labriego de Alegría, a trece kilómetros de Vitoria, decía al paisanaje que su padre había contratado de gañán para la tarea de la huerta al tío más feo del mundo. El hombre se llamaba Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña, había nacido en 1821 cerca del dolmen de las brujas de Eguílaz y era horrible hasta para el circo de la mujer barbuda, alto como un campanario, bracilargo, ojijunto y con la cabeza tan difícil que había que hacerle la boina con ángulos rectos y aún así no le calzaba porque tenía hundido el occipital y un bulto en el parietal derecho. De remate era analfabeto, mordía con la irregularidad de los que han ido perdiendo el nácar  y olía mal. El alguacil del Ayuntamiento de Vitoria Pío Fernández de Pinedo andaba buscando a un feo del que sospechaba que había apuñalado a María Dolores Cortázar en las carboneras de Ordumbre, a treinta kilómetros de la ciudad por el camino de Amurrio. La muchacha lucía el relieve espontáneo, la promesa del tacto del melocotón y el rubor a punto y el feo se la encontró en la vereda, la puso en charlas de viajero, que suelen estar plagadas de mentiras, y la JUAN DÍAZ DE GARAYOconvidó a almorzar en la venta de El Grillo, donde ofrecían intermedio de judías a los caminantes. Al postre el feo se puso cortejón y como andaba escaso de gracias le ofreció un real de plata por yacerla en un atajo de la senda y que rindiesen ambos el viaje con el relajo cumplido pero la muchacha fingió un novio quinto que la esperaba y se acordó que llevaba prisa. La asimetría del par proporcionó a la parroquia del Grillo hablilla para el naipe, la moza bella y  en recelo y el hombre alimañado, hecho, de prisa y corriendo, por un dios que se levantó con un mal día. El feo alcanzó a la chica más tarde en el camino y como no la pudo tener por la moneda la tomó por el puñal, la acuchilló quince veces y la cubrió mientras agonizaba, como un animal de la selva, sobre un lecho de acebos y ortigas. Pero el feo no tenía colmo y a la mañana siguiente, el 8 de septiembre de 1879, el cuero le volvió a pedir desahogo y se echó a la carretera para satisfacerlo con el jamonero presillado al cinto, aún pringón de sangre sin secar. Manuela Audícana volvía de Vitoria, de poner puesto en la feria, camino de Nafarrete, tenía cincuenta años y llevaba en la cesta pan francés y atún en escabeche y envueltos en un paño de queso los duros de la ganancia. El feo la cruzó a la altura de Gamarra y le propuso lujuriar debajo de un árbol y como recibió el desaire la dejó inconsciente sofocándole con el delantal, la violó y la mató de cuatro cuchilladas. Después la abrió en canal con su machete montañero, le sacó las entrañas y un riñón y se comió el pan francés. El periódico “El Pensamiento Alavés” empezó a llamar al asesino el “Sacamantecas”, aunque técnicamente no lo era,  porque más bien se trataba de un violador de camino con final de cuchillo, como mucho un destripador, pero no un mercader de untos como lo fue Francisco Leona o los hermanos Carricedo, que vendían la grasa de sus víctimas como remedio para la tuberculosis o, se decía, para lubricar los cojinetes del ferrocarril. En las piedras de lavar las viejas hicieron lo suyo y sacaron cuento de que el criminal era el mismo diablo Belcebú con sus patas de chivo y el rabo.

El alguacil Pío Fernández  de Pinedo no se demoró en buscar a un demonio sino en abrir pesquisas en la venta del Grillo, de donde sacó en limpio que la joven María Dolores Cortázar había parado con un hombre alto, de boina azul y con pinta de estar más cerca de un cavernario a medio erguir que de un ser humano en condiciones de razonar. Los feos abundan, aunque descartase a los chaparros, pero oyó de uno que se llevaba el premio y que le hacía la labor a un aldeano de Alegría cuya hija pequeña le hacía el chiste de que parecía el Sacamantecas. El alguacil le identificó como Juan Díaz de Garayo, que le decían el “Zurrumbón”,  agrario de Eguílaz con casa en Vitoria, tres veces viudo y con mancha en la ley porque había estado tres meses en la cadena por agredir a la dueña de un molino. El Zurrumbón tenía un historial de  grescas con fulanas a las que solía escatimar el salario y hacía poco que había tenido que callar con veinte pesetas a una mendiga vieja a la que desordenó las enaguas. Fernández de Pinedo le echó el guante en Vitoria, cuando iba a su casa para recoger un hato de ropa, y Garayo aflojó en el repaso y dijo que el Diablo se le aparecía a los pies de su cama y por eso se echaba al camino a matar. Una vez comido y bebido, Juan Díaz de Garayo solo vivía para satisfacer sus necesidades de macho, para las que siempre tenía ganas y vigor para cumplirlas. Con su primera mujer todo fue bien porque le concedía alivio diario pero cuando murió, es de suponer que de agotamiento, no encontró pareja adecuada y el resto de sus esposas le salieron zánganas, con lo que tuvo que buscarse los jolgorios fuera de casa. Desde 1870, con cincuenta años cumplidos, empezó a acechar las veredas y asesinó a tres prostitutas –la Riojana, la Morena y la Valdegoviesa-, a una chiquilla que repartía por los portales las cantinillas de leche, a la muchacha del Grillo y a la ferianta de Nafarrete, a la que también robó media libra de atún escabechado y un panecillo francés. De Alicante llegó el doctor José María Esquerdo, seguidor de la doctrina alienista de Philippe Pinel, para medirle las protuberancias de la cocorota y la extremada longitud de sus brazos pero un equipo de once médicos vitorianos concluyeron que Garayo era imbécil, pero no tanto como para tener la conciencia inhibida y que los asesinatos posteriores a las violaciones respondían al deseo de no dejar las lenguas desatadas. El diablo al pie de su cama no tuvo nada que ver. A Garayo le dieron garrote en el Polvorín Viejo de Vitoria el 11 de mayo de 1881. Pío Baroja se equivocó y escribió que ofició el verdugo Gregorio Mayoral, pero el trance lo ejecutó el maestro Lorenzo Huertas, que cobró 700 pesetas.

MARTÍN OLMOS

La honorable esgrima del sable

In El cañí, Timadores y burlangas on 6 de junio de 2014 at 10:49

El gorroneo es profesión vinculada a las letras que permite tomar el vermú de mogollón

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“…y les parece que debemos andar como solicitadores o hechos estudiantes capigorristas, enlutados y con gualdrapas”  
MATEO ALEMÁN

Al sablista hay que tener la precaución de saludarle desde lejos, como a la mujer bigotuda, y prevenirle el discurso de cercanía como si tuviera halitosis, porque en cinco minutos te enreda y te toca la petaca. El sablazo es cañí como un par de castañuelas y es industria de estudiantes y de periodistas que no hay que confundir con la comisión, que es manejo de sujetos menos imaginativos y de más elevación social que han derivado en la trapaza por enchufe y sin vocación. El comisionista vil prospera sin mérito porque ceba la bolsa sin sudarla y le llueve del cielo el matute que va aparejado al cargo, al que ha trepado doblando la bisagra delante de la gerencia y poniéndose a los pies de su señora. El sablista, en cambio, está obligado a procurarse la ganancia inventándose un hilo argumental, con lo que por lo menos es narrativo, y es neoclásico porque procede de la tradición picaresca del Siglo de Oro. Los antiguos estudiantes de Salamanca vestían de capa negra y gorro del mismo color, que embozaba más la mierda,  y como siempre andaban a la cuarta pregunta comían de mogollón colándose en los bautizos y Quevedo les escribió de “susto de los banquetes y cáncer de las ollas”. Les llamaban capigorristas o capigorrones y lo fueron Tácito y Andronio en la comedia “El laberinto de amor” de Cervantes. El presbítero José María Sharbi y Osuna sostenía que la cuarta pregunta a la que estaban los carpantas, que la decían también la última, era la que terminaba la serie de inquisiciones que les hacían los estudiantes a sus nuevos camaradas para descubrir si tenían salud, talento, amores y posibles. Como eran bachilleres las decían en latín: “¿Salutem habemus? ¿ingenium habemus? ¿amores habemus? ¿pecunian habemus?”. Los novicios asentían las tres primeras pero enseñaban la bolsa pelona para negar la cuarta y arrimarse a la cofradía de los gorreros y aprenderse los pesebres del puntapié donde almorzar al trote.

La diferencia entre el sablista y el gorrón es que el primero acecha rapaz, industria por barrios triangulándolos como predios de caza observando la precaución de agostarlos por temporadas para no yermarlos y después pergeña y procede con determinación porque es, en el fondo, un hombre de acción, mientras que el segundo es pasivo y oportunista, parasitario, y su mérito procede del estoicismo y de la paciencia para esperar que el rumboso pague la ronda de gambas inmutable como una esfinge, como el que otorga callando. Al gorrón le dicen también guagüero y sopista, y le dicen rozavillón y tifus, y tiene el estómago elástico, como el de los calés. Un sablista legendario fue el poeta Pedro Luis de Gálvez, anarquista y escritor de sonetos, que llegó a pasear por los cafés a un hijo que le nació muerto metido dentro de una caja de zapatos para arrimarse los duros del supuesto entierro y escribió el tratado “El sable. Arte y modos de sablear”, en el que incluyó un listado de primaveras entre los que anotó al torero Nicanor Villalta, a Carlos Arniches y a don Jacinto Benavente, que, a lo que parece, eran rotos de petaca. A veces alquilaba la lista a otros sablistas por diez pesetas y una comisión sobre el resultante. Pedro Luis de Gálvez llegó a hacerse pasar por muerto para sacarle diez duros al cura que fue a darle la extremaunción y una vez empeñó a su gato en el Monte de Piedad y en 1940 le fusilaron los vencedores de la guerra en la cárcel de Porlier acusándole de haber asesinado a doce monjas.

Fondas del sopapo y cafés de poetas
El gorrón desprecia a la hormiga de Samaniego y es fumador de petaca ajena (a veces pone la lumbre) y en la primera mitad del siglo del cambalache frecuentó las pensiones y los cafés, y como siempre andaba sin una gorda no podía aliviarse en el putañal y se tumbaba lo que podía. El guionista Rafael Azcona contaba que se alojó una temporada en una pensión de la calle del Carmen colonizada por opositores a Correos cuyo dueño era un marica que se llamaba Paquito y en la que trabajaban una cocinera calva y una criada enana que siempre andaba en hospitales curándose los desgarros de vagina que le producían los estudiantes cuando se ponían belicosos por la contemplación de unas modistas que vivían en el piso de abajo. Azcona mantenía que los cafés se llenaban porque en las casas no había calefacción central y él frecuentó el Varela, en cuyos servicios se afeitaban los habituales porque había agua caliente y un otorrino pasaba consulta en una mesa. En el Varela se celebraban veladas poéticas y cuando uno participaba en ellas conseguía el derecho de sentarse en una mesa sin consumir y hasta le daban una jarra de agua. La pluma y el sable son parientes y antes de que en el periodismo se pusiesen de moda las tertulias y las columnas con foto, el de gacetillero era un oficio en el que había que ir saltando la mata y previniéndose de la autoridad municipal. Alejandro Sawa, que inspiró a Valle su Max Estrella, tenía por costumbre sacarle a Alfredo Vicenti, director de El Liberal, cinco duros de adelanto por artículos que no había escrito (ni pensaba hacerlo) y Felipe Navarro, Yale, pensó que se podía escribir sin comer pero se equivocó y alternó el oficio con el estraperlo de tabaco y la venta de condones. A Yale le echaron de la pensión y dormía sobre un colchón entre dos coches en un garaje, una vez robó un reloj en una piscina y lo mercó por quince duros que se gastó en comer una paella de doce pesetas con guarnición de moscas y le pretextaba entrevistas a la actriz Ana Mariscal para que le invitara a pastas en el Hotel Gran Vía. Frecuentaba la Bodega Bohemia en la que recitaba en un tablao el romance “El hijo de la Volantes” para que le convidasen a un café con leche y a una ensaimada y en una ocasión iba tan tieso que no tenía ni las tres pesetas que costaba un menú de caldo, tripas de gallina y una mandarina que daban en un restaurante de la calle Wifredo y aún así cenó, se levantó y najó sin abonar andando despacito porque era poliomelítico, pero se arrugó recién salió y se metió en un portal, y como el sereno no le vio, cerró con llave y tuvo que rendir la noche en la escalera hasta que le sacaron a las siete de la mañana del día siguiente. Hoy el periodista es un intelectual que a veces llega a fin de mes y se puede enseñar la cartera en el bolsillo culero del pantalón cuando se entra en una redacción y con suerte salir con ella (hay casos documentados).

Un sablista del profesional fue el dibujante Manolo Vázquez, el creador del agente secreto Anacleto, las hermanas Gilda y la familia Cebolleta. Vázquez era putero y anarquista, decía que su abuelo había sido el sastre de la Familia Real y tuvo once hijos con siete mujeres distintas. Era moroso por devoción y mató a su padre dos veces para conseguir adelantos para el entierro y EL TÍO VÁZQUEZquiere la leyenda que fuese el inquilino de la buhardilla de la 13 rue del Percebe, de Ibáñez, que hacía que su mujer sacase un loro al alfeizar de la ventana para avisarle de que había acreedores en la puerta. Vázquez trabajó en régimen de galeote para la editorial Bruguera en unos tiempos en los que los dibujantes de tebeos  no conservaban los derechos de sus personajes y ganaban dos gordas (Josep Coll dejó el lápiz porque le rentaba más ser albañil de obra y se suicidó en la bañera con un secador de pelo) y estuvo tres veces en el trullo, dos por deudas y una por bigamia. Fue un sablista artístico que descubrió que el truhán cae simpático y acabó dibujándose a sí mismo huyendo de los sastres en la serie “Los cuentos del tío Vázquez”. Sostenía don Camilo José Cela que hay tres cosas que un hombre no debe negar: un sopapo a un impertinente, un revolcón a una señora que lo demande y un pitillo a un mendicante.

MARTÍN OLMOS

El crimen de La Canal

In El cañí on 24 de mayo de 2014 at 13:47

José García San Juan degolló a su novia con una navaja barbera para birlarle 20.000 pesetas y gastárselas con su querida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En 1948 Burgos tenía treinta conventos y dos cabarés”
 PEDRO COSTA

Por cuatro mil duros y con una navaja barbera, el valor indiscutible que otorga el anís del Mono y un paisaje con catedral salió el de La Canal un crimen de meseta, clásico y de los que le decían pasional porque mediaban celos y jodiendas. El crimen tuvo lluvia de mayo que alivió el secano burgalés y cena de caracoles, moza en capilla soñando un vestido blanco, una viuda puta y jodedora y un tonto del haba con el lecho disperso y el oficio de cantamañanas. El tonto se llamaba José García San Juan, era de Prádena de Segovia, tenía veinticuatro años y ejercía en el liviano amateur sin llegar a tonto con pensión. No obstante, tenía la voluntad maleable y el pajarito cantor y andaba en la quincalla y repartido entre una novia formal y una señora mayor con la grupa hambrienta de galopes que guardaba un  retrato en el cuartelillo por haber gastado sus días de moza en el rendimiento del timo del larguero, que consistía en vender a un primo una propiedad ajena por la ful del dueño legítimo. José García San Juan rindió la mili en Madrid, en caballería, en el cuartel del barrio de Tetuán, en 1947, en la que ofició de ordenanza del comandante Álvaro González Fernández-Núñez y pasó la quinta oliendo a bosta, midiendo mamporros y cortejando a la cocinera de su oficial, Dominga del Pino, que era laboriosa y de Santa Olalla de Toledo. Cuando se licenció, se quedó en los madriles por buscarse el porvenir sin ponerle mucho énfasis, porque era cagón para sudar, y vivió de pensión en una habitación que le alquiló Francisca Sánchez Morales, que la decían La Molinera y era una mujer en el descarrío, de cuarenta y cinco años, viuda de luto flexible y antigua estafadora. José García San Juan y Dominga del Pino se prometieron para el casorio y pasearon los domingos mirando los atardeceres. A Francisca Sánchez Morales le gustaban los mozos verdes y se le daba bien el carnal, que le dice el popular la joda, y engatusó al tonto José García por la gimnástica y se lo cenaba todas las noches. Francisca Sánchez Morales era, sin embargo, fea, pero de caballería. Dominga del Pino se caía del guindo y guardaba el pan de ayer para ir ahorrando unas perras y juntó cuatro mil duros. Francisca Sánchez Morales le envidiaba a Dominga los domingos de atardeceres y le llamaba la Fregona. Quizás escondía una naturaleza romántica de cartas perfumadas con jazmín detrás del venéreo. José García San Juan se dejó crecer el bigote. Se vio tenorio, el pobrecito, y una noche le dijo a Francisca que tan boba no sería Dominga si había hecho cuatro mil duros a base de pan de ayer. Ni tan bobo sería él, pensó, que disfrutaba domingos de novia de respetar  y noches de querida. Todos los tontos tienen su temporada. José García San Juan se dejó crecer el bigote pero seguía siendo pequeño y pardo como un gorrión. Francisca Sánchez Morales le envidiaba a Dominga los domingos de atardeceres pero más le envidiaba los duros que observan más tangencia y una noche que le andaba madurando el verdor al tonto le apuntó la maquinación para hacerse con la dote de la novia y José García asintió porque tenía, el pobrecito, poquita voluntad para escurrirse de líos cuando estaba en la horizontal.

El degüello
En mayo de 1948 José García le dijo a Dominga de un bar que había apalabrado en traspaso en Aranda de Duero para construirse un futuro y por el que había adelantado cinco mil pesetas y la convenció para asociarse en el negocio arrimando los cuatro mil duros con los que pagarían a un notario de Burgos para consolidar los timbres y después casarse. Los novios tomaron un tren y llegaron a Burgos el 15 de mayo, José García con su bigote y dos navajas barberas recién amoladas en el asentador y Dominga con sus ahorros y un cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro a la que se encomendaba con veneración, alquilaron cama en la Pensión Riojana y se fueron a cenar caracoles a Casa David, en la Plaza de la Vega, donde Dominga le pidió al mesero que le envolviese el chusco de pan que les sobró del unto y se lo llevó en un paquete atado con una hoja del Adelantado de Segovia. Amanecieron el día siguiente con pan duro y noticias de ayer y José García consiguió la custodia de los cuatro mil duros hechos de migas y sopas de chuscos estirados, echó un paseo hasta una tasca de la calle de la Merced y se reunió con Francisca, que le apuntó que para que la Fregona no les denunciase había que terminarla por la mojosa y quitarse de flecos por la lógica incontestable de que las muertas no dicen ni mú. José adquirió el valor soplándose la mitad de una botella de anís del Mono y se llevó a pasear a la novia debajo de una gabardina porque llovía y a las seis de la tarde le pidió abrazo buscándole la intimidad y la rebanó el pescuezo con la barbera entre un arroyo y un trigal de la zona de La Canal, al final de las Calzadas, al lado de la fábrica El Porvenir. Murió degollada y sin casar la pobre Dominga, abrazadita a su Landrú de la meseta, que fue quinto mamporrero,  y  al alba del día siguiente un campestre encontró su cuerpo recogiendo la lluvia de mayo y al lado de la navaja y del chusco de pan duro que sobró de los caracoles envuelto en una hoja del Adelantado de Segovia con noticias de anteayer.

A  la viuda puta Francisca Sánchez y a José García San Juan, que era pequeño y pardo como un gorrión y no le iba el bigote, les trincaron tres días después en la estación de Valladolid y los comparecieron en Burgos, donde la pérfida chuleó gestos a la concurrencia que le insultó y el tonto se arrugó cagón por no acarrear anís. El crimen de La Canal tuvo predicación en aquel Burgos de conventos y cuarteles y salió en los papeles con fotos de Federico Vélez y cuarenta años después le hizo Vicente Aranda una película (“Amantes”, 1991) con Victoria Abril, producida por Pedro Costa, antiguo reportero de El Caso. A Francisca Sánchez Morales y a José García San Juan les juzgaron sin defensa, porque el abogado de oficio que les tocó no asistió por unas anginas, y les condenaron al garrote, pero les atenuaron la pena por otra de treinta años y salieron mediando los sesenta. Francisca la diñó de un infarto recién pisó la calle y José prosperó en Zaragoza en la construcción. El de La Canal fue crimen de manufactura clásica, victoriana, que le decían pasional porque incurrían celos y jodiendas y le decían de triángulo amoroso, por ponerle geometría, y tuvo mazorral corto de entendimiento, criada cegadita de amor y vampiresa, navaja barbera y anís del Mono y sostuvo la afición con solvencia. Francisca Sánchez Morales le envidiaba a Dominga los domingos de atardeceres y quizás escondía detrás del venéreo un natural romántico de cartas de amor y paseos del brazo pero quizás no,  y lo que le envidiaba eran los cuatro mil duros paridos a base de chuscos duros y al final fue un suceso de parneses. Ya no se estira el pan ni se cosen los tomates de los calcetines con un huevo duro y ya no se usan las navajas barberas porque ya no hay fígaros de chaquetilla que te cuentan los toros mientras te pelan y abundan, en cambio, las peluquerías unisex, que son cosas de franceses. El anís del Mono aún contribuye a los soles y sombras y aguanta su botella labrada con la etiqueta de un macaco que se parece a Darwin pero ya no le sacan ruido los conjuntos del folclore frotándola con una cuchara, qué pena. De lagartas seguimos servidos, gracias, y tontos del haba hay seis o siete en cada portal y alguno con el bachillerato.

MARTÍN OLMOS

La noche sin gabardina

In El cañí on 6 de abril de 2014 at 11:23

A Luis Miguel Iglesias el Piqui le finó un limpiabotas  por la cuenta de dos chatos de vino

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Una calle de Oviedo quedó ensangrentada el 16 de marzo de 1955 a causa del bárbaro crimen cometido por un limpiabotas borracho”  
MARGARITA LANDI

El 16 de marzo de 1955, día de los santos Julián, Agapito y Heriberto, salió Luis Miguel Iglesias, que le decían el Piqui por recogidito, a rendir una zambra de pitarra y madrugada que se acabó torciendo y la terminó sentadito en el cruce de la calle de San Juan con Schultz en Oviedo con una peseta y media en el bolsillo, muerto de dos balazos y huérfano de gabardina. Le tropezó un sereno en bicicleta que venía de meter en la piltra a un huésped de fonda y le tomó por un cristiano que se había tumbado un raudal de cuartillos y estaba roncándola, lo apartó de la carretera para que no se lo llevase por delante un Biscúter y se fue a pedirle un taxi. En la segunda ojeada le vio los dos agujeros en el cuero y la sangre, le intuyó el alma descolgándosele de la percha y vio en el suelo tres casquillos que más tarde le dijeron los chapas que eran del 7´65. El Piqui andaba entre varias faldas porque impartía el amor con desprendimiento  –o porque tenía veinte años y a esa edad se puede- y frecuentaba el ramo bodeguero y las querellas de mesón que no iban más lejos de los mecagüendioses. Al Piqui le salió el pulmonar escueto y no anchó de coraza para llenar un uniforme y cuando le tallaron para ir de quinto le devolvieron al corral por estrecho de caja y se quedó, el pobrecito, sin vestirse de verde oliva. El Piqui había estado de cajonero en una tienda que cerró por quiebra, se puso a estudiar contabilidad y andaba opositando a Telefónica. El Piqui quería porvenir. Tenía novia formal de nombre María Ángeles a la que le llevó un domingo por la tarde al cine a ver “Marcelino Pan y Vino” y por el atrás le requebraba a una bella que atendía por Marily disputándosela a otro mozo. El Piqui era canijo pero audaz y llegaba tarde a casa y su madre doña Amalia le tenía el luto presentido cuando le veía perfumarse para salir de parranda a los chigres de la barriada de San Lázaro. Ay, que algo le va a pasar a mi niño, decía la mujer vete a saber por qué intuición. Las madres trágicas se quedan en casa esperando a los hijos, cosiendo dobladillos y agorando desgracias. A doña Amalia le gustaba María Ángeles por formal y desconfiaba de la Marily porque le acababa el nombre en ye exótica como de pilingui del amateur o por lo menos de fresca. A doña Amalia no le gustaba la compañía de hombrones de bebedero que frecuentaba el hijo, que cuando empitarraban se volvían broncos de vocear y soltar el macho. El Piqui no rehuía la pendencia pero no le acompañaba el cuero y llevaba las de perder.

El Piqui empezó el martes 16 de marzo de 1955, día de los santos Julián, Agapito y Heriberto, cumpliendo en un funeral en el que lloró con sentimiento y figuró en la presidencia del duelo porque le tenía ley al difunto. Después fue también al entierro y como le quedó mal cuerpo se quitó a vermuses el olor a ciprés, empeñó un reloj en el Monte de Piedad por treinta duros y volvió a casa, a eso de las seis de la tarde, con flojera de apetito. Doña Amalia le puso de merendar porque le hiciera la cama a lo que llevaba bebido y le intentó convencer de que no saliera de juerga al anochecer. El Piqui le dijo, en cambio, puede que por molestar, que se iba a ver a la Marily. Doña Amalia le dijo que cogiera la gabardina porque la noche de Oviedo en marzo rociaba relente si se la rendía al sereno. Las madres trágicas que esperan en casa cosiendo dobladillos y agorando desgracias siempre recomiendan gabardina aunque sea verano, y por algo será.

El Piqui se echó sobre el cuero la gabardina, cogió los treinta duros, se puso loción de oler bien y salió a compadrear y, como tenía el reloj empeñado, se le fue gastando la noche sin enterarse en los pesebres de San Lázaro. Si encontró a la Marily, la de la ye pilingui, nadie lo sabe, pero se conoce que acabó en la tasca de La Belmontina, en la calle del Águila, bebiendo con un valentón llamado Manuel Cuesta González, de oficio limpiabotas y falangistón que cargaba pistola. Manuel Cuesta González rondaba los cincuenta y oficiaba de macho bravo cuando enseñaba el plomo y le gustaba multiplicar sus méritos por fardar. Se las daba de sargento militar cuando no ascendió de cabo primero en la milicia y decía que había sido jefe ferroviario por una temporada que fue mozo de estación. En la Belmontina el Piqui ya tenía fundidos los treinta duros y riñó con el limpiabotas por quién convidaba la última. El patrón del changarro le tomó la gabardina en prenda para no palmar y los dos empinadores salieron de la tasca metidos en discusión y media hora después Manuel Cuesta le pegó tres tiros al Piqui en la esquina de Schultz con la calle de San Juan. Dos balas le dieron de muerte y la otra se clavó en una máquina de caramelos que había en una tienda de  ultramarinos. Así la entregó en la mitad de la calle el pobrecito Luis Miguel Iglesias, que le decían el Piqui por magro, húmedo de vino y de orvallo y sin gabardina y con una peseta y media que le quedó del préstamo del reloj y la madre esperando en casa, presintiéndole el luto y cosiendo dobladillos.

Al funeral del Piqui acudió la mitad de Oviedo y la madre preguntó por la gabardina. Le dijeron, mujer, no la llevaba y le encontraron a cuerpo bravo. Manuel Cuesta González le dio el pésame a doña Amalia en el velorio y dijo a aquel que le quisiera oír que había que colgar al canalla que asesinó a un chaval que estaba en la flor de la vida. Después le dijo al segundo jefe de la Guardia Municipal que la policía no estaba haciendo lo suficiente por echar el guante al criminal. El crimen del Piqui lo instruyó el juez don Manuel de la Cruz y lo investigó el comisario García Cofiña y Margarita Landi le sacó la reseña en El Caso. Manuel Cuesta González le prometió la muerte al patrón de La Belmontina si decía la gabardina y en la calle tuvo otro pleito con otro muchacho al que le enseñó la pistola del 7´65. No se le había quitado el bocón por asesino y seguía riñendo grescas y pistoleando como un matón. Le trincaron en cinco días en un cuarto en el que dormía en la travesía de la Silla del Rey. Primero cantó por la milhombres diciendo que de él no se reía nadie y que le importaba poco pegarle  tres tiros a uno como hay Dios y luego, cuando la vio negra, contó que el Piqui le amenazó con darle dos bofetadas y se tuvo que defender. Se tuvo que defender a muerte el medio sargento hombrón del pobre Piqui de veinte abriles, curda y tieso de frío porque iba sin gabardina y dispensado de la quinta por escurrido, ya ven. Manuel Cuesta González pasó nada más que dos años de trullo, dicen que le menguaron la penitencia por la falangista,  y cuando salió le puso una demanda a Matgarita Landi por injuriarle el honor, que no prosperó.

El crimen del Piqui fue habitual como los lunes, como de cocido de garbanzos, y no tuvo marquesas ni sacamantecas. Fue un crimen de dos chatos de pitarra y de calentón, de nochecita flamenca que se va torciendo y torciendo y hoy ya no se cosen tantos dobladillos porque la raza ha ido medrando, que da gusto verla, pero las madres trágicas siguen esperando a que los hijos vuelvan del botellón con gabardina para que no les agarre un catarro y sin enredos de honores curdas que parecen tan importantes de madrugada y siguen esperando, por Dios, que vuelvan de una pieza los hijos, los hijos.

MARTÍN OLMOS

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