MARTÍN OLMOS MEDINA

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¿Quién teme al lobo feroz?

In El cañí, Vampiros y licántropos on 27 de agosto de 2012 at 14:01

Hace 200 años nació en una aldea de Orense Manuel Blanco Romasanta, el hombre lobo de Allariz, que fue el primer asesino en serie documentado de la historia de España

“Manuel Blanco Romasanta, el hombre lobo de Rebordechao en las montañas de Allariz era pariente de don Socorro, decía a las mozas que las llevaba a servir a Castilla en buenas casas y después las mataba a mordiscos”.
CAMILO JOSE CELA. “Madera de boj”.

El lobo necesita el bosque y necesita que las caperucitas lo crucen, confiadas, con la cesta de la merienda al brazo, cubierta con un paño de cuadritos rojos, camino de la casa de la abuelita. A veces, las caperucitas, para espantarse el miedo, van cantando: “¿quién teme al lobo feroz?”. El lobo, el lobo que avisó Pedro y nadie le creyó, de tanto avisarlo.

El lobo Manuel Blanco Romasanta no necesitaba acechar las veredas, aguzando el olfato y enconando las orejas, tergiversándose con los helechos. Al lobo Manuel Blanco Romasanta las caperucitas le esperaban en la linde de la aldea para seguirle como a un Moisés y alcanzar la Tierra Prometida. La Tierra Prometida pasaba, inevitablemente, por el bosque. Las caperucitas gallegas del Valle de Allariz, entre Orense y Portugal, aspiraban a mejor vida y para eso tenían que dejar el aldeón y su orvallo y servir en Santander, que olía a salitre de mar y en donde había casas de postín y quintos de permiso con los que bailar, ruborizadas, los domingos por la tarde. Las mozas salían de Rebordechao, o de Montederramo, con la incertidumbre de la aventura y la esperanza en el futuro, y al hombro cargaban su ajuar humilde con la ropa buena, la medallita del santo, desgastada de tanto besarla, y las perrillas escasas que habían arañado de malvender lo que quisieron dejar detrás. Romasanta les había apalabrado la casa de un cura y les había dicho que, desde el paseo de la playa, se veían los palos de las fragatas que venían de Cuba. Pero las chicas nunca llegaban a Santander. Romasanta las atacaba por el camino, al amparo de la selva muda, en la Sierra de Moura o en la de San Mamed, o en Cargo do Boy, las estrangulaba y se las intentaba comer a dentelladas. Cuando regresaba al cabo de semanas les contaba a los vecinos lo bien que andaban las paisanas, criando vientre y trabajando en la gloria, echándose color en las mejillas por el aire de la mar. Si las cartas tardaban en llegar tampoco importaba porque, de todas formas, pocos había en aquella época con letras suficientes para descifrarlas (ni para escribirlas. Era común dictárselas a un culto, que naturalmente cobraba por ello, por lo que la correspondencia era un artículo de lujo). De Romasanta todos se fiaban porque era beato y buen comulgador, y algunos le tenían por medio marica porque había sido costurero y se daba maña tanto en los oficios del hombre como en los de la mujer. Lo que no sabían es que, en 1843, el Juzgado de Primera Instancia de Ponferrada le había condenado en rebeldía a diez años de prisión por el asesinato del alguacil de León, Vicente Fernández, que le quiso cobrar una deuda de 600 reales. Ni que en algunas aldeas de Portugal le decían “o home do unto”, porque andaba mercadeando con extraños sebos que Dios sabía de dónde los sacaba.

El séptimo hijo varón
Manuel Blanco Romasanta nació en Regueiro, en el municipio de Esgos, provincia de Orense, en 1810 (en 2006 quedaban cuatro habitantes en Regueiro, ninguno de los cuales quería saber nada de Romasanta). Aprendió a leer y a ayudar en misa, trabajó de cordeiro (fabricante de sogas) y de peneireiro (constructor de cribas o tamices), se casó con Francisca Gómez y enviudó pronto y sin descendencia, y a los 24 años se echó a los caminos y se hizo buhonero. Se ganó la vida a salto de mata, a medias entre la mercachiflería y el contrabando menudo. Cargaba al hombro su muestrario de quincallas y retales de paño, santiños, botones, franelas y cabos de vela, y conocía todos los caminos, los del Bierzo, los de Castilla y los que morían en Santander. Un poco alcahuete, un poco recadero y un poco feriante, se medio asentó en la aldea de Rebordechao, en donde gastó zalamerías hasta con el cura, que le tomó mucha confianza y consideración de buen cristiano, y le encomendaba frecuentemente mandados. Su furor asesino comenzó en 1846, cuando engatusó a Manuela Blanco para servir en una casona de Santander, que dijo tener hablada, y se puso en camino con ella y con la hija de ésta, Petra, de seis años, a las que mató en A Redondela, abajo de la Sierra de San Mamed. Posteriormente aseguró que las acometió a mordiscos convertido en un lobo feroz. Romasanta dijo ser alobado desde siempre, merced a una maldición familiar o por ser el séptimo hijo varón de una camada sin hembras, lo que, según las meigas, no es un principio tranquilizador, a no ser que te apadrine un hermano. Durante un tiempo formó manada con otros dos lobisomes valencianos en el monte del Couso, que se llamaban don Genaro y don Antonio, que le enseñaron a cazar al acecho y a desgarrar el pescuezo, a aullar a la luna y a rascarse las orejas con las patas de atrás. Romasanta asesinó a trece mujeres y niños en las selvas de la sierra orensana pero cometió el error de poner en venta los ajuares de sus víctimas, porque ser lobo no quita perder la ocasión, que acabaron por ser reconocidas por los paisanos y se levantó la sospecha. Algo oyó en los caminos y no volvió a Rebordechao sino que tomó el camino de Castilla, por no verse en el cepo.

Le cogieron en el pueblo de Nombela, al lado de Escalona, en Toledo, en donde andaba en la siega, en julio de 1852, al ser reconocido por dos jornaleros gallegos. Le devolvieron a su tierra cargado de cadenas y le juzgaron en La Coruña (el sumario de la causa, de casi dos mil folios, se conserva en el Archivo del Reino de Galicia, legajo 1788). Seis médicos le examinaron por “saber si Blanco es un invecil (sic) lelo, loco rematao, maníaco parcial, o criminal sereno. Pero, de entrada, los seis facultativos partían ya de que estos tipos resucitados de los cuentos de hadas, no merecen seria ocupación”. Concluyeron que estaba lo suficientemente cuerdo para ser ejecutado en el garrote, pero la reina Isabel II le conmutó la pena por la de cadena perpetua a petición de ciertos frenólogos que pretendieron estudiarle. Aún quedaban en el siglo XIX científicos humanistas que creían que la ferocidad del hombre era un accidente y no una inclinación natural. Romasanta fue el homini lupus, aunque solo sea para darle la razón a Hobbes, el lobo humano con su mala fama. El lobo lleva su impronta siniestra porque es el enemigo natural del cordero, que es la representación simbólica de Jesucristo, y partiendo de ahí, no puede pretender que le comprendan. Manuel Blanco Romasanta murió en prisión poco tiempo después, pero no se sabe ni cuándo ni dónde le enterraron, ni se sabe si el Diablo le recibió en su forma de lobo o de persona.

MARTÍN OLMOS

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