MARTÍN OLMOS MEDINA

Papas, capones y mentiras

In La cruz y la media luna on 5 de marzo de 2013 at 13:35

 Por culpa de Dan Brown se ha generalizado la creencia de que el Papa Pío IX castró las estatuas del Vaticano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En 1857, Pio IX decidió que la representación de los atributos varoniles podía incitar a la lujuria en el interior del Vaticano. En consecuencia, agarro un escoplo y un mazo, y cortó los genitales de todas las estatuas masculinas del Vaticano”
DAN BROWN. “Ángeles y demonios”.

Cela sostenía que a la hora de capar a alguien, si no se tenía a mano una tajadera en condiciones, se podía apañar el oficio dándole vueltas a la bolsa. Se capa para el engorde o por lo musical -por eso al castrón se le dice soprano-, para colmar la barbarie, para celebrar la derrota del enemigo sin elegancia y para que el que te echa un ojo al harén no te lo fatigue. Se capa para amansar al lujurioso y que no cabalgue al galope y para controlar la demografía cuando ya no hay sitio para todos. El rey visigodo Chindasvinto ordenaba castrar a los que eran sorprendidos practicando la sodomía siempre que no perteneciesen al clero y el emperador Nerón mandó capar al joven Esporo porque le recordaba a su difunta esposa Popea, después se casó con él y le paseó en una litera para presumirlo por Roma. Esporo hizo del matrimonio un porvenir y lo practicó con desahogo y cuando enviudó de Nerón se casó primero con el prefecto de la guardia pretoriana Nifindio Sabino y después con el emperador Otón y vivió del oficio de mantenido hasta que acabó suicidándose después de la humillación que sufrió al ser violado en público durante una representación de Perséfone. El eunuco Tsai Lun inventó el papel y Narsés de Persamenia, que era capón por su oficio de guardián de harenes, fue un general de Justiniano I que se distinguió en la guerra demostrando que el valor en batalla no proviene de los pendientes.

La publicidad del terror
El rito bárbaro de mutilar los genitales de los soldados enemigos no tiene tanto de tauromaquia como de avisar  del barbero para quitar las ganas de reñir. Los moros de El Mizzian castraban a los milicianos durante la Guerra Civil Española alentados por las arengas borrachas de Queipo de Llano que respondían a la estrategia de Mola de “sembrar el terror”  y los reclutas americanos también dejaban sin bombillas a los guerrilleros del vietkong. Hoy la costumbre la alimentan los narcovillanos de Sinaloa, que han concluido que difundirse de atroces les merece el respeto de la competencia. El miedo es apaciguador, como la música que ponen en las salas de espera, y suele inclinar a la reflexión. La poda coercitiva tiene que publicitarse para que sea eficaz, para que ponga el vecino las barbas a remojar. Los barones del carbón de Butte, en Montana, acabaron con las huelgas mineras castrando al sindicalista Frank Little, al que exhibieron colgado de un árbol con un llamamiento para volver al tajo –que fue unánimemente atendido-  prendido con alfileres en sus calzoncillos ensangrentados.

El camino de la santidad
El capón puede ser voluntario si eligió perseguir la virtud. Cuando Hemingway era reportero de sucesos en Toronto conoció a un tipo que se cortó la industria con el cristal de una ventana para no pecar más. Plutarco ya hablaba de castraciones públicas entre los sacerdotes de Artemisa y Luciano de Samosata cuenta que los obispos de la diosa Cibeles se mutilaban en la calle y arrojaban los testículos contra la puerta de una casa, cuyo dueño adquiría la obligación de proporcionarle al oficiante ropas y adornos de mujer. Los monjes valesianos de Transjordania se emasculaban para alcanzar el Cielo y no duraron mucho porque no dejaron prole. Los Skoptsis rusos en cambio observaban la prudencia de castrarse después de dejar descendencia. Se hacían llamar los Hijos de Dios y se hicieron con el monopolio del negocio de los coches de caballos en Bucarest. El capitán Ionescu Dobrodgea presenció uno de sus rituales y observó que el neófito acudía al sacrificio completamente borracho y era mutilado de un navajazo, sobre un tocón de madera. San Epifamio de Salamina, obispo de Chipre, pensaba que la castración voluntaria imposibilitaba el camino natural de la santidad porque anulaba el principio del libre albedrío.

El capón de harén era discreto y el de iglesia cantarín. En el siglo XVI el papa Paulo IV dictó una bula que prohibió la participación de las mujeres en los coros de los templos católicos y la voz de falsete la pusieron los castrati, que sustituyeron a los niños que se les ponía voz de afilador cuando echaban el bozo. Les mutilaban antes de que tuvieran doce años y generalmente después de los siete, antes de que la función glandular de los testículos ocasionase el cambio de voz. Les tajaba un barbero, remojándoles las pelotas en agua caliente y durmiéndoles con opio. Los castrados cantaron en el Vaticano hasta que el papa León XIII los prohibió definitivamente en 1902. Los papas son hijos de Dios pero cada uno de su madre y los ha habido de todas las calañas: Sergio III tuvo un hijo con una prostituta llamada La Marozia y a Juan XII, que se acostaba con sus hermanas, le desnucó de un martillazo el marido de una de sus queridas. Sixto IV tuvo media docena de bastardos, uno de ellos con su hermana, y Julio II pescó la sífilis confesando putas francesas y se pasó la mayor parte de su pontificado riñendo guerras. Pío IX era epiléptico y se sentó en la silla de San Pedro durante más de treinta años, desde 1846 hasta 1878, repartió excomuniones con entusiasmo, proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción y definió la infalibilidad papal. Condenó el comunismo, el socialismo y la libertad de prensa y, cuando murió,  los masones apedrearon el cortejo fúnebre y casi tiraron su féretro al río Tíber a la altura del puente de Sant´Angelo. Pío IX no anda escaso de mala reputación para que se la adornen aún más y, sin embargo, desde no hace mucho tiempo pasa también por el papa castrador porque le han hecho responsable erróneamente de la mutilación genital de las estatuas del Vaticano, que destrozó por indecentes a martillazos. La historia de la castración de Pío IX es un invento del novelista Dan Brown que pone en boca de su personaje Robert Langdon en “Ángeles y demonios”, la continuación de “El código Da Vinci”, y que los guías del PIO IX, EL FALSO CASTRADORVaticano se están hartando de desmentir. El superventas ha desplazado a la Guía del Trotamundos. Fue un Pío anterior el que no entendió lo que expresó San Clemente de Alejandría cuando afirmó que no es vergonzoso nombrar los órganos sexuales que Dios no se avergonzó en crear. En 1564 el papa Pío V, que fue comisario de la Inquisición en Roma, encargó a Daniele de Volterra que cubriese las desnudeces de las figuras del mural de El Juicio Final de Miguel Ángel. Pío V también prohibió la tauromaquia promulgando la bula “De salutis gregi Dominici” y a Daniele de Volterra le acabaron llamando el Braghettone, el pintor de calzones.

MARTÍN OLMOS

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