MARTÍN OLMOS MEDINA

Alfred Packer, argonauta y antropófago

In Caníbales on 24 de agosto de 2012 at 22:16

Seis hombres subieron a la montaña de San Juan en busca de oro y aprendieron que cuando falta el pan, son buenas las tortas

“Solo la antropofagia nos une”
OSWALD DE ANDRADE. Escritor.

Según el saber popular, el cerdo agridulce del Palacio Shangai son las nalgas de Confucio, que se murió de añoranza de la Gran Muralla. Al chino se le sospecha por chino, porque nunca hemos acabado de entender sus analogías taoístas y porque, al comer con palillos, saca en el plato el filete en rompecabezas, en vez de poner en la mesa el gurriato de una pieza, como en Cándido. Dicta el derecho que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento,  pero te puedes zampar a un cristiano sin responsabilidad penal si te han metido gato por liebre. Te conviertes, entonces, sin beberlo pero comiéndolo, en el colaborador involuntario de la desaparición de un cadáver, pero si transitas con decencia, Dios mediante, no conservas mucho tiempo la evidencia encima. En los años veinte, Carl Grossman, asesino de mujeres y hostelero, concilió su devoción por destripar pimpollas con la optimización del margen comercial haciendo salchichas con los restos de sus víctimas, que después vendía en su carrito de  la estación de Silesia y ningún comensal se quejó. Comer es ponerse, como rascarse las pulgas, y el condumio se puede disfrazar en morcón, en morteruelo o en botillo, solo hace falta una trituradora y pimentón. La ignorancia es una de las razones del canibalismo, qué culpa tendrá uno si pide carne de res y se la dan de su primo. Las otras son la religión, la aberración y el hambre desesperada. Por religión los indios guaraníes del Amazonas se comían a sus enemigos para asumir su poder y por religión se come el católico el cuerpo de Cristo en forma de pan; por aberración se cena el lunático a su novia, como hizo el estudiante Issei Sagawa, que encontró el sabor de la holandesa Renée Hartevelt suave y sin olor, como el atún.

El hambre desesperada, la famélica, no tiene nada que ver con  las ganas de merendar y condujo a Charlot a comerse las suelas de sus zapatos. Decía Cela que la higiene es lujo de ricos que el hambriento no acaba de entender y contaba que hace algunos años, en los tiempos de la carpanta, se ordenó quemar los cadáveres de los cerdos con triquina para que no se los comiesen los gitanos. Cuando hay hambre no hay pan duro y los pobres de Peixinhos, en el estado de Pernambuco, se comían los restos humanos de los hospitales de Recife, que se amontonaban en un vertedero sin incinerar. En casos de gazuza rematada lo que se recomienda es comerse a un pariente, del que por lo menos se conoce la ceba y uno se queda más tranquilo. Durante el sitio de Leningrado, en la Segunda Guerra Mundial, el hambre se hizo tan insoportable que se organizó un mercado negro de cadáveres y los supervivientes del accidente aéreo de los Andes de 1972 se dieron a la antropofagia para conservar las fuerzas y ponerse a caminar a cuarenta grados bajo cero. Eran apenas muchachos, miembros de un equipo de rugby, y tuvieron el juicio de no mencionar los nombres de los que se comieron. Cada cual hizo la digestión a su manera y con el tiempo unos entendieron que aquello fue una comunión entre los vivos y los muertos, como la Última Cena, otros no le dieron  más vueltas que las necesarias y mantuvieron que fue comer o morir y todos se pusieron a dar conferencias. El dilema del canibalismo por necesidad pasa de ser gastronómico a judicial dependiendo de lo que se mueva la cena antes de hincarle el diente. Una cosa es ser carroñero y otra hacerle tajadas a un prójimo que aún respira.

La expedición de los novatos
Alfred Packer, el Caníbal de Colorado, fue antropófago y asesino, pero no recordaba en qué orden. Nació en el condado de Allegheny, en Pensilvania, en 1842, y nunca tuvo suerte en la vida. Abrazó la causa de la Unión cuando estalló la guerra civil y se alistó en un regimiento de infantería de Iowa para ser un héroe pero no llegó a entrar en combate porque le licenciaron cuando descubrieron que era epiléptico. Hasta entonces había pensado que a veces le visitaba el diablo con ganas de bailar. Ni siquiera usó su nombre con corrección porque una noche que estaba trompa se lo hizo tatuar en el brazo por un artista disléxico que alteró el orden de las letras y desde entonces le llamaron “Alferd”, para no contradecir a su piel. “Alferd” Packer vagó el país sin perspectivas, con su nombre cambiado y su mala sombra, y como todos los hombres desesperados,  persiguió el sueño del oro. Oyó hablar de un yacimiento en Breckenridge, en Colorado, en las montañas de San Juan, en donde las pepitas abundaban como las liendres en el cuero de un perro. Formó una asociación de conveniencia con otros cinco argonautas que fueron Shannon Bell, que tenía la mirada torva, Jim Humphrey, Frank Miller, que le decían el Rojo, George Noon, que le llamaban California, y el viejo Israel Swan. Compraron carne en tasajo, café y latas de melocotones, yesca, una criba y azadas raederas, mantas, pólvora, cabos de vela y tabaco de Virginia y partieron con seis pencos y una mula a principios del año 1874. Ninguno de aquellos hombres tenía experiencia montañera y los indios ute les desaconsejaron empezar el viaje en pleno invierno pero los soñadores no atendieron a prudencias y, dos meses después, solo uno de ellos regresó.

Alfred Packer bajó de la montaña en primavera, tan pobre como subió, barbudo como un profeta, descalzo y cubierto por el puro jirón, llevaba en el cinto un cuchillo de desollar y contó que sus compañeros habían muerto de inanición y, sin embargo, él no enseñaba los estigmas de la desnutrición. Una expedición de rescate encontró los cinco cuerpos despellejados y a medio comer, cuatro de ellos muertos a hachazos y el otro de un tiro en la pelvis. Packer confesó que se perdieron en medio de una tormenta y la mula con el pertrecho se les escapó. Al principio sobrevivieron comiéndose el forraje de los caballos y después se zamparon a los caballos mismos. Intentaron comerse las sillas de montar pero el cuero mojado era imposible de masticar. Primero murió el viejo Israel Swan, según Packer de hambre, y se lo comieron también. Después les tocó el turno a Jim Humphrey, a Frank Miller el Rojo y a California George Noon y de tanto comulgar Shannon Bell se volvió loco y atacó a Packer con un hacha, que en defensa propia le tumbó de un tiro en el estómago. Su historia de supervivencia, narrada vigorosamente, no conmovió al juez y le condenó a morir en la horca por haberse merendado a cinco demócratas. Más tarde le conmutaron la sentencia por cuarenta años de prisión, de los que cumplió apenas la mitad, y se convirtió en una celebridad local que ganó 1.500 dólares vendiendo bridas trenzadas con su pelo. Recuperó la libertad en 1891 y se fue a vivir a Denver, Colorado, en donde encontró trabajo de conserje en la oficina de correos, se hizo vegetariano y murió en la paz de Dios en 1907. En sus últimos años era tan famoso como el indio Gerónimo y como los niños le seguían por la calle le llamaron el Flautista de Hamelin. En 1971, en la cafetería de la universidad de Boulder, en Colorado, servían un almuerzo tan indecente que los estudiantes rebautizaron el comedero y lo llamaron La Parrilla de Alfred Packer, que se hizo muy popular con el eslogan “Traiga a un amigo a cenar”.

MARTÍN OLMOS

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