MARTÍN OLMOS MEDINA

El pistolero popular

In Bandidos on 11 de enero de 2013 at 13:52

John Dillinger fue un atracador de bancos de pueblo con el gatillo ligero al que su época disfrazó de bandido social

ILUSTRACION by martín olmos

“En plena Gran Depresión, Dillinger mutó a héroe del pueblo”
MICHAEL MANN. Director de cine

Cuando acaba la fiesta hay que pagar a los músicos y barrer las serpentinas. Hay que recoger los cristales rotos de las copas que chocaron celebrando la amistad y echar a los borrachos. Cuando acaba la fiesta, hermano, queda el carmín tatuado en el cuello de la camisa y viene el dolor de tiesto, el aliento de alimaña y sentarse a echar el balance, que no cuadra, y manda  empeñar las joyas de la abuela para abonar la dolorosa. Cuando acabó la fiesta loca de los felices años veinte, cuando los negritos dejaron de tocar el ragtime y las chicas que enseñaban descaradas las rodillas se cansaron de bailar el foxtrot, no quedó un chavo en el bolsillo de nadie y todo el mundo se compró un punzón para hacerle otro agujero al cinturón. Papá perdió el empleo, el abuelo vendió la vaca y mamá tuvo que estirar un menú para dos para que comiesen veintidós. El miércoles que siguió al Martes Negro del 29 de octubre de 1929 dejó de entrar el café en casa y empezaron los desayunos de agua sucia de achicoria sin terrón de azúcar ni bollos para mojar y  la música de las tripas, que no obedece a compás, calló al charlestón. Tom Joad metió en el coche a la familia y se fue a buscar las inciertas uvas de la ira y los peces gordos de Wall Street  despidieron a sus secretarias con un beso casto en la mejilla y se tiraron por la ventana. Descubrieron que no sabían volar. En los años treinta se acabó la suerte y el parné y, sin embargo, John Dillinger se paseaba por los caminos llevando 50.000 dólares debajo del sombrero, pagaderos a la entrega de su cabeza, disecada o en ejercicio, y el crédito a interés perdido que le concedían sus pistolones de saquear y su oficio forajido.

El hijo del tendero
John Herbert Dillinger fue el héroe de la época sin fe, el campeón del obrero que estaba hambriento de tajo y jornal, el tío que hacía lo que el resto no se atrevía, que era entrar bravo a un banco, decir arriba las manos y salir con los bolsillos llenos. Sin humillar la cabeza ni quitarse el sombrero y sin enseñar aval. En los tiempos flacos la talla del héroe se democratiza y sirve para la tarea cualquiera que no obedezca unas reglas que no se acaban de comprender. John Dillinger no tenía vocación de revolución porque iba para chorizo en cualquier caso, pero la época de la Depresión le adornó el gesto. Dillinger nació en 1903 en Indianápolis y se crió sin madre. Su padre tenía una tienda de clavos, leía la Biblia sin tamizar las metáforas y temblaba ante la palabra de Dios, se mantenía alejado de los licores fuertes y de la cerveza y creía que la educación de los hijos se llevaba a cabo con un cinturón. Johnny echó posaderas de acero y frecuentó los billares, las peleas de matón y las muchachas de la germanía, con lo que no le quedó tiempo para el pupitre. Se hizo capitán de una banda peleadora que se llamaba La Docena Sangrienta. Le estaba creciendo el bozo cuando empezó a mangar coches para pasear a las novias el sábado por la noche, era chuleta y jaquetón y con veinte años se alistó en el ejército, pero se le dio mal obedecer y desertó. Se casó con su novia de siempre, que se llamaba Beryl Ethel Hovious y le prometió un porvenir, una casa con porche y una vajilla de diario y otra para los domingos, pero se le dio mal la monogamia y se fue a por tabaco. Encontró un trabajo honrado en un taller de coches, se le daban bien las bujías y se le daba mal madrugar y le dijo al patrón que hasta la vista. Cogió la calle del medio y asaltó una tienda, tenía veintiuno y le trincaron. Le metieron cinco años en el penal de Indiana. En la enfermería vieron que tenía gonorrea.

Héroe de circunstancias
En la trena le dieron tres comidas diarias y sábanas limpias una vez a la semana, le dejaban jugar al béisbol en el patio y le impartieron la inexorable docencia del hampa. Compartió celda con Oklahoma Jack Clark, John Hamilton el Pelirrojo y Walter Dietrich, que eran veteranos de la banda de Herman Lamm, el Barón, un desertor del ejército prusiano, alemán de Kassel, que había cabalgado con el Grupo Salvaje de Butch Cassidy y Sundance Kid. Lamm había convertido el atraco de bancos en un arte y sus secuaces le enseñaron el oficio al joven Dillinger, de probada vocación de mangante pero de método indefinido. Lamm el Barón murió en 1930, en Sidell, Illinois, se pegó un tiro en el paladar cuando estaba cercado en un granero por un batallón de doscientos policías. Dillinger salió de la cárcel en 1933 con una sólida formación profesional refrendada por la universidad del trullo, formó banda y se puso a la labor. El 17 de julio se llevó 3.500 dólares de la sucursal del Banco Comercial de Daleville, en Indiana, y a partir de ahí empezó su peripecia violenta que duró un año escaso.

La banda de Dillinger asaltó una docena de bancos pequeños del Medio Oeste y un arsenal del ejército y dejó once bofias acribillados en tiroteos de escapada. A Dillinger le prendieron dos veces y dos veces se fugó, una de ellas haciendo pasar por buena una pistola tallada en una pastilla de jabón pintada con betún. Nunca fue un justiciero y observó la solidaridad justa con el JOHN DILLINGERdesgraciado, que abundaba, y sin embargo cultivó el cartel heroico que le endosó la opinión popular porque coincidieron dos circunstancias: en primer lugar el país, aunque  estaba altamente industrializado, conservaba enormes espacios rurales que recordaban con nostalgia un pasado mítico (generalmente imaginario) que simbolizaba el pasado de conquista. Dillinger, como Cara de Niño Nelson, Bonnie y Clyde y la banda de Mamá Baker, estaba más cerca del bandido legendario del Oeste que del gangster organizado de Chicago. Solo había acortado el ala del sombrero y había cambiado el caballo mesteño por el Ford T. En segundo lugar Dillinger golpeaba a los bancos, es decir, a la institución económica que ejecutaba las hipotecas que dejaban a los que les había cogido la mala sombra durmiendo debajo de las estrellas, con unas botas con suelas de cartón y por manta el diario de anteayer. Cada dólar que robaba atenuaba lo que Eric Hobsbawm llamó “el resentimiento privado de los débiles”.

Muerte en Chicago
La carrera de Dillinger duró poco, de un verano hasta el siguiente, lo que tarda un año en rendir. El 22 de julio de 1934 le acribillaron a tiros cuando salía de ver una película de gangsters en el cine Biograph, en el 2.433 de la avenida Lincoln de Chicago. Le vendió una del oficio horizontal que se llamaba Anna Cumpanas, rumana de nacimiento y alcahueta de un cortijo. Dillinger paraba en la ciudad porque quería ver un partido de los Cups, se hacía llamar Jimmy Lawrence y había cambiado de pinta. Se había dejado bigote fino, se había teñido el pelo y se había puesto una funda sobre un diente frontal que le hacía sonreír con mella. Treinta agentes federales al mando del oficial Melvin Purvis, que le decían el Nervioso, le rodearon en la calle y cuando le vieron acercar la mano al bolsillo le pegaron cuatro tiros en la cabeza y en el corazón. Murió en el acto, con su sonrisa nueva porque los héroes son siempre bonitos. Las mujeres mojaron sus pañuelos en su sangre. Los bancos siguieron ejecutando las hipotecas, inexorables como el invierno. La mala fama no se la han quitado porque ya dijo Bertolt Bretch que es difícil discernir quién es más criminal, si el que atraca un banco o el que lo funda. Y las fiestas, ya sabemos, terminan, y lo que ayer eran risas y jerez hoy son navidades sin juguetes y los bolsillos vacíos de esperanza para gastar en héroes de pacotilla.

MARTÍN OLMOS

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