MARTÍN OLMOS MEDINA

El distinguido público

In Ejecuciones y linchamientos on 21 de septiembre de 2012 at 12:31

Un mirón que asistió a una ejecución avisó de que uno de los reos coleaba y exigió que lo finaran, que ir para nada es tontería

“¿Qué pensáis que os sucederá cuando la justicia os entregue a vuestros enemigos, atados y rendidos, encima de un teatro público, a la vista de infinitas gentes, y a vos blandiendo el cuchillo encima del cadalso, amenazando el segarles las gargantas, como si pudiera su sangre limpiar, como vos decís, vuestra honra? ¿Qué os puede suceder,  sino hacer más público vuestro agravio?”

MIGUEL DE CERVANTES

Cuando uno va a la ópera quiere que al final cante la gorda. Al respetable hay que sorprenderle lo justo y no darle gato por liebre, y si se anuncia un dramón de mucho llorar en el liceo no se puede sacar al escenario a un tío contando chistes de suegras. Hasta no hace tanto tiempo se consideraba que el elemento disuasorio más eficaz contra el crimen era el espectáculo del castigo terrenal, así que los ajusticiamientos se saldaban a la vista del popular, para que se educase y pusiese sus barbas a remojar, pero la concurrencia, más que a un ejercicio educativo, iba a la ejecuciones a pasar una tarde de parrandeo, iba en tromba con almendras y el botijo, a la farra y al jolgorio, y lo que quería ver era cómo la diñaba el reo. Frustrarle al pueblo su solaz estaba muy mal visto, quitarle el circo, sobre todo en épocas de poco pan, llegaba a ser debate parlamentario. Cuando el asesino John Williams, que mató a siete personas a golpes de tubería en Londres en 1811, se colgó en su celda unos días antes de su ejecución,  se convirtió en plática del Primer Ministro en la Cámara de los Comunes, que le llamó burlador del patíbulo y se refirió al condenado como “el villano Williams, que últimamente ha frustrado la justa venganza de la nación soslayando violentamente en su persona el castigo que le esperaba”. Se permitió, para compensar, que el cadáver del desgraciado fuese paseado sobre un carretón abierto, cinchado sobre un plano inclinado para que quedase expuesto a la audiencia, desde San Jorge hasta la calle Cannon, en donde fue enterrado con una estaca clavada en el pecho. El público congregado insultó con terrible violencia al asesino difunto, no se sabe si por criminal o por aguafiestas,  y arrojó a la fosa barro del camino y adoquines de la calle pero, por cualquier lado por el que se mire, no fue lo mismo que verle bailar en la soga. Una ejecución, además, era gratis, como mucho uno tenía que madrugar para coger sitio y andarse listo para que no le levantasen la petaca de los parneses, porque donde había reunión había urracos,  con lo que después del esfuerzo, del bulto y de los empujones, lo que se exigía, cuando menos, era que el espectáculo tuviese su fin natural y que no se quedase la función a medias. Igual que la ópera, que no acaba hasta que canta la gorda, y lo mismo que un bautizo, que carece de refrendo administrativo si el padrino no se la engancha y llora con sentimiento, el pueblo piadoso no desalojaba la plaza hasta que el ilustre no tomaba, tieso, la avenida de San Pedro.

El hecho ocurrió en Sevilla en 1565, lo recogió Luis Astrana Marín en su ciclópea biografía de Miguel de Cervantes y Cervantes mismo lo aprovechó para adornar “Los trabajos de Persiles y Segismunda”. Al tabernero Silvestre de Angulo le brotó cornamenta porque su legítima andaba en festejos con un mulato de las Indias, que como se sabe la gastan complacida. En aquella época la ley castigaba a los actores del adulterio y a los que, por debilidad de carácter, lo consentían y las penas podían ser de escarnio, de picota o de muerte. El tabernero Angulo probó la culpa de la doña y el moreno y los metieron presos en la Cárcel Real, donde estuvieron dos años hasta que un tribunal decidió entregarles al esposo para que él mismo les diese justicia. Levantaron las tablas en la Plaza de San Francisco, al lado de la Sala de Audiencias, el 19 de enero de 1565, a dos varas cumplidas del suelo para que no se quedasen sin junar los retacos y pusieron a los reos hincados de rodillas y amarrados de muñecas. El verdugo usó el tocado de la señora para vendarles los ojos y entre vítores de la concurrencia compareció el tabernero para limpiarse el apellido, que llevaba dos años a la par de los cascos de las mulas. Detrás de él le iban con cruces de madera varios frailes franciscanos y los curas jesuitas, que trataron de meterle en razón y que perdonase a los pecadores para hacer honor a la pasión de Jesucristo, pero el marido dijo que la  honra se lava con sangre y, animado por la chusma, se sacó de una bota un cuchillo puntón y les metió de puñaladas, primero a la hembra, por viciar en la trastienda, y después al negro, por aprovechar la ocasión. Cuando ya no le daba el cuero para seguir clavando y les dio por muertos fue a bajar de las tablas para coger resuello pero un mirón le gritó “¡el mulato aún se mueve!” y el marido, colérico, pidió prestada una espada y volvió a la escena a rematar el escarmiento. Sin aire por la faena se plantó a saludar, como un cómico de corrala, sucio de sangre y sudor,  hizo una reverencia, se quitó el sombrero dejando la frente a la intemperie y gritó: “¡Cuernos fuera!”

El final del suceso ofrece la moraleja discutible porque no está demostrado que muertos los lujuriantes desaparezca la cuerna del ciervo. El mesonero matón, en todo caso, se fue a dormir crecido después de una noche de celebración pero, en rigor, el que terminó satisfecho fue el gritón que avisó que el mulato coleaba. No ha quedado su nombre, ni falta que hace, pudo ser cualquiera que quiso acabar la tarde con aprovechamiento y no quedarse con la diversión a medias y uno se pregunta qué más le daba a él si el mulato quedaba tieso o maltrecho si ni los cuernos, ni la mujer, ni el negocio le iban ni le venían. El suceso, recogido en los anales de Sevilla, pudo ocurrir en cualquier parte y no explica la idiosincrasia de un país que luego tendió a la tauromaquia sino la naturaleza del público que exige su espectáculo, con sus reglas, su liturgia y su final, y si va a una comedia quiere reír, llorar en un velorio y que la palme alguien en una ejecución, que para la piedad ya tiene el domingo y su misa. Que ir para nada es una tontería.

MARTÍN OLMOS

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