MARTÍN OLMOS MEDINA

La batalla de Nueva York

In Matanzas on 13 de diciembre de 2012 at 13:33

Las revueltas contra la ley de reclutamiento dejaron más de 2.000 muertos en las calles de Nueva York en el sangriento mes de julio de 1863

ILUSTRACION de Martin Olmos

“Se debe acabar con esa gentuza de inmediato. Denles metralla, y mucha”.
HENRY J. RAYMOND. Periodista del New York Times

A morir se manda al pobre, que abulta, y el rico se queda en el club, leyendo el almanaque y metiéndole prisa al camarero para que le traiga el jerez. Esto es así desde que se inventó la sangre azul. Napoleón dijo que el nervio de la guerra es el oro, así que las peleas las empiezan los nerviosos y a las trincheras se manda al hospiciano para que encuentre un sitio donde caerse muerto. Y en tiempos de paz al campo, a desterronar, bajo el sol grande, con un botijo y una flauta de pan para que entretenga sus ocios silbando romancillas pastoriles y haga un paisaje bucólico. Y que la hinque, que la mies no se recoge sola. El pobre abunda, y en la  batalla, cuanta más gente mejor. En la guerra no se espera que el descamisado se comporte como un Cid, basta con que haga montón y que la diñe cuando haga falta. El coronel S. L. A. Marshall comprobó que solo quince de cada cien soldados destacados en el teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial habían disparado en alguna ocasión contra posiciones enemigas, mientras que más del 80% de la tropa, disponiendo de ocasión, había preferido darle la tarde libre al gatillo. En términos de productividad es para despedir al sargento, sin embargo, el coronel Marshall, especializado en técnicas de adiestramiento militar agresivo, comprendió que el personal combatiente pasivo cumple una función de abrigo que tranquiliza al contingente que pelea. A excepción de los 300 de Leónidas, que les daba lo mismo pelearse contra ocho que contra ocho mil, por regla general, cuando se va a una bronca cuanta más gente se lleve mejor, aunque la mitad tenga la pegada de un monaguillo. A este montón se le llama técnicamente infantería pero, para entendernos, es la carne de cañón.

En la Guerra de Secesión americana los generales aún conducían a sus tropas utilizando las tácticas napoleónicas, generosas en cargas frontales, pero la artillería había evolucionado por su cuenta sin esperar a que West Point se pusiese al día, se habían desarrollado armas de fuego más precisas y se generalizó el uso del rifle Spencer de siete tiros y de la ametralladora Gatling de seis cañones rotatorios, lo que convirtió los campos de batalla en mataderos.  En Antietam cayeron 13.000 hombres, 30.000 en Chancellorsville, 12.000 en Fair Oaks, 25.000 en Stone´s River. Solo en la batalla de  Gettysburg se contaron  40.000 bajas, y eso que empezó siendo una escaramuza. Y si en la escuela sientan en las primeras filas a los que apuntan un porvenir y atrás dejan a los zoquetes, para que se pasen la clase grabando a navaja corazones enamorados en el pupitre, en la guerra a los primeros que sueltan es a los muertos de hambre y así la diñan por una causa, de una vez y rápido, y no de inanición y afeando las avenidas. Las dos primeras líneas de combate durante la Guerra de Secesión eran prescindibles por obligación, como la cáscara de un plátano, y los que abrían la formación ni siquiera llegaban a ver al enemigo y caían mucho antes de meterse en harina, así que la carne de cañón se convirtió en un género de demanda. Y para eso estaban los irlandeses. Los sargentos de reclutamiento les iban a buscar a sus cobijuelas de los Five Points de Nueva York, donde eran legión, les prometían rancho y ropa del estado y les mandaban al frente, a desfilar. Al irlandés, tradicionalmente, le gusta la camorra, pero cuando las listas de bajas fueron casi tan largas como las del censo hasta el más belicoso de Dublín dejó de firmar y prefirió quedarse en el bar porque, después de todo, había cruzado el océano para matar el hambre y no para que le matasen a él. Entonces, en marzo de 1863, el presidente Lincoln emitió una declaración en la que convocaba a 300.000 hombres para el ejército y el Congreso aprobó la Ley de Reclutamiento Obligatorio por la que cualquier individuo con las cuatro extremidades más o menos en ejercicio podía ser alistado, a excepción del que pudiera pagar 300 dólares al gobierno. Que el dinero no puede comprar la salud se quedó en frase bienintencionada y a Lincoln se le olvidó que había dicho que ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otro sin su consentimiento.

El reclutamiento empezó en Nueva York el 11 de julio de 1863, se abrieron oficinas militares en los distintos distritos y en tres días empezaron los disturbios. Se dijo que el primer núcleo de la insurgencia fue organizado por Los Caballeros del Círculo de Oro, un grupo político contrario a la ley de recluta, pero en seguida salieron los saqueadores, los incendiarios y los que no tenían nada que perder, los cuchilleros, las lumias y los profesionales de la gresca. “Esta multitud no es el pueblo -aseguró el New York Times-. La componen en su mayor parte los elementos más viles de la ciudad”.   El lunes 13 la compañía de bomberos voluntarios de la calle Treinta y Tres, que se hacía llamar La Broma Negra, pegó fuego a la oficina de reclutamiento de la calle Bowery haciendo correr a la poli, que se tuvo que retirar a la Segunda Avenida. El fuego se extendió y arrasó toda la manzana. El superintendente de la policía John A. Kennedy salió de ronda de paisano llevando una caña de bambú para respaldar su autoridad pero un grupo de revoltosos le zumbó una de campeonato y le dieron por muerto, le recogió el ciudadano John Egan, que le llevó al médico y le contaron 72 golpes de estaca y una docena de cuchilladas. Con la cabeza del sargento McCredie, que le llamaban Mac el Peleas, tiraron una puerta de un edificio de la Tercera Avenida y al negro William Jones le colgaron de un árbol en la calle Clarkson. A otro negro le tumbaron a golpes y las mujeres le abrieron el cuerpo a cuchilladas y vertieron alcohol en sus heridas. Los insurgentes culpaban de la contienda a los abolicionistas de la esclavitud y durante aquella  semana no fue saludable pasear la  piel de chocolate por las calles tomadas por los rebeldes. Ni exhibirse con una camisa limpia, porque entonces suponían  que su dueño era un señorito con 300 dólares para librarse de la obligación militar y le bajaban a golpes de adoquín. Al coronel H. J. O´Brien le acorralaron en una taberna de la calle Diecinueve, le abrieron la cabeza a palos y le arrastraron por el pavimento por los tobillos atados a una maroma. Un sacerdote católico intercedió por él pero solo le dejaron administrarle la extremaunción y lo entregaron a las mujeres furiosas, que tardaron más de tres horas en matarle a cuchilladas y pedradas. Los rebeldes saquearon las armerías y se hicieron con carabinas, quemaron el Colored Orphan, de la Quinta Avenida, que acogía a los huérfanos negros y prendieron fuego al museo del circo Barnum, dejando que un elefante africano se escapase y se pasease enloquecido entre las peleas a muerte. Por si alguien no se había dado cuenta, el gobernador Horatio Seymour  declaró el martes 14 que la ciudad se había sublevado y pidió la ayuda del ejército. El Secretario del Departamento de Guerra envió a la ciudad cinco regimientos y doce cañones, y la marina un acorazado, dos corbetas y cuatro lanchas cañoneras. La batalla de Nueva York continuó dos días más y acabó el jueves 16 de julio a cañonazos. Los cálculos más prudentes anotaron 2.000 muertos durante las revueltas, casi todos manifestantes que murieron en los bombardeos. Veinte negros fueron linchados,  doscientas tiendas saqueadas y cien edificios quemados, entre ellos un orfanato, un circo, un arsenal,  tres comisarías y una iglesia protestante. Durante esos cuatro días salvajes se suspendió cualquier actividad comercial y solo se mantuvieron abiertas 5.000 tabernas, que hicieron su agosto en julio y confirmaron que no hay jornada tan dura en este patio de pícaros que no se pase mejor empujándola con un trago.

MARTÍN OLMOS

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  1. Touché.
    Acabo de descubrir su blog, señor Olmos.
    Tengo lectura para rato. Muy buena lectura.
    Rodrigo Dueñas

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