MARTÍN OLMOS MEDINA

Serenata de posta bajo la luna

In El cañí on 17 de febrero de 2013 at 13:08

Por hacerse una luna murieron a tiros en la dehesa tres torerillos niños

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Huye luna, luna, luna,/
que ya siento sus caballos.”
FEDERICO GARCIA LORCA

La misma luna que encubre a los asesinos inclina a los enamorados a hacerse promesas que nunca cumplirán. La luna es muda pero les habla a los locos, aunque nadie sabe lo que les dice, a la luna viajó Cyrano de Bergerac  y los perros la aúllan para recordar que una vez fueron lobos. La luna solivianta unas veces y otras parece un queso, la media luna asustaba a los comerciantes cristianos del Mediterráneo y la luna llena convierte en bestias a los pobres desgraciados que sufren de licantropía porque les maldijo una gitana zíngara a la que jugaron a seducir. La luna ya no se promete tanto porque ha perdido halo desde que unos mendas la pasearon con sus botas de plomo y sus cascos de cacerola, a la luna podrán ir los millonarios dentro de poco para decir que han ido y ponerse importantes en el club de golf, pero la luna, a pesar de todo, conserva su influjo poderoso y mirándola tuvo el mono desnudo su primer pensamiento abstracto. Bajo la luna llena se tocan serenatas a mujeres que están detrás de una ventana de rejas. Los torerillos jóvenes y flacos le dicen hacerse una luna a colarse de noche en las dehesas y apartar un toro bravo para darle unos capotazos sin camisa, con zapatillas de correr y el ruido de las llaves en el bolsillo, con la gorra de visera ceñida arriba y ladeada con cuidado para pintar chulo y coger maneras para cuando toque la plaza del pueblo. A los toros que capean en esas rondas de campa y furtiverío los dejan inutilizados para la lidia porque aprenden a arrancarse al cuerpo en vez de al trapo y los ganaderos mandan a sus mayorales, las noches de luna llena, a que le den gusto a la garrocha sobre el lomo de los maletillas que van a probarse de valientes y los pobres diablos, si los cogen, vuelven a casa con las costillas en cisco y sietes de puntos en la de pensar. Es el peaje de dolor que tienen que pagar los de una vocación que siempre ha sido de pobres que quieren dejar de serlo y comprarse un Mercedes.

La noche del 1 de diciembre de 1990 había luna llena y en la finca del Charco Lentisco, en Cieza, en la Vega Alta del Segura, por donde se entra a Murcia desde la Meseta, se tocó una serenata de posta del doce y mala sangre. Tres novilleros de la escuela de Tauromaquia de Albacete salieron a hacerse una luna, eran el Loren, el Panduro y el Rumbo, el mayor tenía veintidós  abriles y el más chaval diecinueve,  cargaron en un Talbot Solara los engaños de trapo y los trastos de estoquear y aparcaron en un andurrial que le decían Las Lomas,  siguieron a pie hasta el pasto y saltaron la verja para apartar una res de la ganadería brava de Manuel Costa Abellán. Cerca de allí, en la casa de José Yepes, cuyos hijos varones trabajaban para el ganadero, habían matado un cordero para hacerle el agasajo al patrón. Estaban con la tertulia y el café cuando oyeron el ruido de los cencerros de los mansos y concluyeron que había visita de maletillas, los sonidos llegan claros en el monte y acallan a las cigarras. Manuel Costa cogió a los dos mayores de Yepes, que eran José Manuel, de diecinueve años, y Pedro Antonio, de quince, y los sacó al negro del campo para hacer justicia campera, que es salvaje y nadie se preocupó en escribirla. Ya no salen al sereno los mayorales al pelo de la yegua, con pelliza borreguera y botas altas con cairel, en estos tiempos sin arte salen al abrigo de los trescuartos de plumón  cabalgando a bordo de un buga montero, grandote y despilfarrón, con tracción a las cuatro ruedas. El Loren, el Panduro y el Rumbo escucharon el motor y salieron de carrera para no coger la vara, saltaron la verja y echaron a través del monte con dirección a Las Lomas, detrás les iban los Yepes, que uno era buen tirador y el otro tartamudo, y el patrón, que iba jurando, iba caliente, que iba valentón. Pararon para seguir la persecución a pie y Manuel Costa sacó del maletero dos escopetas de caza, una era una Franchi de dos bocas superpuestas y la otra nunca apareció. Bajo la luna llena, bajo la luna lunera, aquella noche no pintaban bastos sino perdigón lobero del doce, posta de matar alimañas, bajo la luna llena aquella noche de diciembre pintaba mal.

Les cogieron en un claro y los pararon, los pusieron firmes a la orden de las escopetas, un hombre y cinco muchachos, seis en total, tres para tres, pelea limpia si se hubiera dado, pero no hubo ganas de hombría sino de ejecución. Les dispararon a pie tieso, en la cara, y allí mismo los mataron a cartuchazos de escopetón. Tres vidas y muchos años por delante por un toro maleado parece un saldo desigual, en la ley dura del campo se mata al perro que hace sangre y se cisca el costillar al que se hace una luna, se le muele a palos para que aprenda y la autoridad mira para otro lado, en la ley dura del campo, si no es por lindes, no se fusila con ILUSTRACION DE MARTIN OLMOSdespreocupación. Manuel Costa pensó después en enterrar en cal viva a los maletillas o en meterles en el Talbot Solara y pegarles fuego pero al final decidió llamar a su abogado y cargarle los muertos al joven Yepes, a Pedro Antonio el tartamudo, que podía salir de rosas al ser menor de edad. En el juicio se demostró que los disparos no se produjeron en carrera sino con los muchachos ya quietos y rendidos y que cantaron dos escopetas, aunque una nunca apareció, y por lo tanto tiraron dos fusileros. Manuel Costa había sido apoderado de una de las víctimas, de Juan Lorenzo Franco, el Loren, pero habían reñido por dinero y la mujer del ganadero tenía cartel de ligera porque se tumbaba en la finca con las gracias al sol, Manuel Costa no tenía permiso de armas pero gastaba hierro por poderes y tenía su escopeta a nombre de un albañil al que llamaban el Perrote, que le había comprado la Franchi a un tal Jesús Saorín, que le decían el Ricoteño y que se colgó de un árbol el día antes de declarar ante el juez, el Charco Lentisco era de agua estancada . Manuel Costa era un empresario papelero que tuvo el sueño de ser cacique del toro y tener hierro propio, el campo le tuvo de advenedizo y no le enseñó su ley inexorable. La justicia de los hombres le condenó a 81 años de ver lunas a través de los ventanucos de la cárcel de Sangonera, pero solo cumplió trece por portarse bien. La libertad le ensanchó el corazón, quizás demasiado,  y se murió de un infarto poco tiempo después.

MARTÍN OLMOS

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