MARTÍN OLMOS MEDINA

Negros zulúes y sangre azul

In Hazañas bélicas, Reyes y caudillos on 19 de junio de 2013 at 23:13

Las excursiones de la nobleza a zonas en conflicto persiguen la publicidad y huyen del riesgo pero, a veces, se complican

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“¿Quién es ese pueblo extraordinario que vence a nuestros generales, convence a nuestros obispos y acaba en un día con una gran dinastía?”.
BENJAMÍN DISRAELI.

Resulta que por ir un molón a un festejo, el príncipe Harry, que es pecoso y zanahorio, y tercero en la línea de sucesión al trono de Inglaterra, se vistió de oficial nazi, se pescó una trompa y salió en la portada de “The Sun”. Cuando vieron la foto, los polacos acopiaron latas de conserva y se metieron debajo de la cama. Decían en Roma que la mujer del césar, además de serlo, tiene que parecerlo y el príncipe Harry aquella noche pareció gañán, curdela de guateque y poco sensible con la parte de sus paisanos que aún recordaban el Blitz. Cuando le leyeron la cartilla en Clarence House, la casa del Príncipe de Gales, el chaval se quiso ir a las Cruzadas, como Ricardo Corazón de León, porque en las biografías reales adorna más una guerra que en las de las bailarinas un amante tísico. Su tío Andrés ya frecuentó Las Malvinas, leyendo revistas de polo en el camarote mientras los gurkas tibetanos barrían el patio trasero  de mamá. A pesar de la oposición del Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra sir Richard Dannant, Harry de Afganistán fue destacado en la región de Helmand, en el suroeste de Kabul, para que combatiese al  barbudo talibán y se hiciese postales pintureras debajo de un sol de Lawrence de Arabia. Sir Richard Dannant, que es Caballero Comandante de la Orden del Baño, seguramente sabía que el ilustrerío en el frente complica y que las balas, como las flechas de Cupido, son ciegas y no miran si en el que se meten es huérfano y sustento de la familia, rey, santo o uno que pasaba por allí. Al general que le toca un célebre en la tropa se le levanta una jaqueca y si se descuida le pasan la cuenta del funeral; en el ejército inglés, que es dado a reñir en las colonias, lo saben muy bien desde que los negros cafres le matasen al último de los Bonaparte, que pretendió recuperar el trono de Francia jugando a ser Gordon de Jartum.

Fue durante el levantamiento zulú contra la ocupación inglesa del Transvaal sudafricano en 1879. Los casacas rojas de la reina Victoria  se fueron a dar un paseo, con los galgos y el servicio de té, pensando que le iban a pegar un repaso a un hatajo de negros en taparrabos hasta que, recién empezada la campaña, los zulúes les dieron una paliza bajo las colinas de Isandlwana y aniquilaron a media docena de compañías de infantería. “¡Ahí llegan, señor, espesos como la hierba y negros como el infierno!”, avisó el soldado Hitch, del 2º Batallón del 24º Regimiento, cuando unos días después atacaron el puesto de Rorke´s Drift. Zulú significa cielo y sus guerreros cruzaban los ríos cantando un sonido onomatopéyico que simulaba el zumbido de las moscas para espantar a los cocodrilos, podían recorrer sesenta kilómetros en una jornada a paso de carrera y atendían la lucha cuerpo a cuerpo deteniendo las bayonetas con el “isihlangu”, el escudo de piel de toro curtida en estiércol, y atacando con el “assegai”, la tradicional lanza corta cuyo temple guardaban en secreto los herreros de la tribu. Cuando se enteró del desastre, Luis Enrique Juan José Napoleón Bonaparte solicitó al duque de Cambridge, comandante en jefe del Ejército Británico, alistarse en el NAPOLEON IVcontingente de refuerzo que la metrópoli se disponía a enviar a Ciudad del Cabo. Luis Enrique era el último de la casa de los Bonaparte, sobrino nieto del corso e hijo de Napoleón III y de Eugenia de Montijo, Grande de España y condesa de Teba. Eugenia de Montijo era granadina y nació durante un terremoto, Rubén Darío le escribió un poema y practicó una alcoba hospitalaria, restauró el castillo de Arteaga y puso de moda los veraneos en Biarritz. Napoleón III fue el último soberano de París y había muerto en 1873 en el exilio en Inglaterra, después de la derrota francesa en la guerra franco prusiana. Estaba enterrado en la cripta imperial de la Abadía de Saint Michael. Luis Enrique era mozo guapetón, buen jinete y rumoreado de novio de la princesa Beatriz, hija de la reina Victoria, y los franceses que albergaban la esperanza de restituir la casa bonapartista le rendían el tratamiento de Su Alteza Imperial. El primer ministro Benjamín Disraeli consideró que la alternativa encerraba riesgos que no estaba dispuesto a correr pero la reina Victoria ejerció su influencia y consiguió que el príncipe, que se había graduado con el número 7 de una promoción de 34 en la Academia Militar de Woolwich, pudiese desplazarse a la campaña como observador civil, sin mando militar ni opción de entrar en combate.

El 28 de febrero de 1879 Luis Enrique zarpó desde Southampton con destino a Ciudad del Cabo. En el puerto le despidió su madre, la prensa y la comunidad francesa en el exilio. Luis Enrique tenía 23 años y ganas de engordar méritos, tenía un ojo en París y se llevó el sable de su tío abuelo Napoleón y dos de sus caballos preferidos, un par de pura sangres de silla alta. Le duraron lo justo, uno se rompió una pata al desembarcar y hubo que sacrificarlo y el otro se murió por fino, porque no se acostumbró al pasto africano. El periódico Le Figaro envió al corresponsal Paul Deléage para seguir las andanzas del príncipe y Luis Enrique comprendió las ventajas de una publicidad brava, desenvainó el sable del abuelo y sacó a relucir el armiño. El 1 de junio de 1879 se obstinó en efectuar un reconocimiento topográfico en las orillas de Blood River, en la zona de Natal, para buscar un lugar idóneo para acampar. Le obligaron escolta de seis hombres y la sumisión a las órdenes del teniente Brenton Carey, que estaba propuesto para capitán y lo último que deseaba era complicarse la vida. Cuando llevaban cabalgadas cinco horas era Luis Enrique el que dictaba el paso y decidió desmontar para descansar. Aunque la zona estaba considerada segura la rebanada, como casi siempre, cayó por el lado de la mantequilla y una patrulla de treinta guerreros zulúes les atacaron abatiendo a tiros a dos hombres de la expedición. En inferioridad, el teniente Carey mandó retirarse al galope pero la brida de Luis Enrique se rompió y le dio en tierra dejándole solo y a pie ante el enemigo. Le mataron de frente, a lanzazos de “assegai”, y en señal de respeto no le mutilaron. Encontraron su cuerpo desnudo a la mañana siguiente, con más de diez heridas frontales y ninguna en la espalda, que parece que no ofreció, con lo que murió valiente pero llevándose por delante el ascenso del teniente Carey, al que el teniente coronel Redvers Buller le recomendó que se pegase un tiro, y la carrera política de Disraeli. La sangre azul no es refractaria al cuchillo y el turismo de guerra tiene su riesgo, como el esquí, el polo y otros pasatiempos nobles. El príncipe Harry volvió de Afganistán de una pieza y con la imagen repasada,  puso las fotos de la mili encima de la tele pero no pudo evitar que, poco después,  el Channel 4 emitiese la agonía de su madre en el túnel de l´Alma. Eso no le mató, pero seguro que tampoco le engordó. Y sir Richard Dannant volvió a dormir de un tirón.

MARTÍN OLMOS

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